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Andy Capp
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Cuando estaba en el Instituto, la profesora de inglés tuvo una idea estupenda.
Hay que reconocer que la señora siempre estuvo bastante implicada en eso de
enseñar a los alumnos cosas útiles. Vaya, en justificar su sueldo de funcionaria,
ergo a costa del contribuyente, a cuyos hijos se supone que tenía que educar.
No, no crean que eso es frecuente. Y cada vez menos, además.
Pues resulta que contrató a uno de esos inglesitos que dan tumbos por el mundo
ociosamente, siempre hechos unos guarros, y que terminan echando raíces en el
lugar más inverosímil (no se me ocurren muchos sitios más extraños para un tipo
de Liverpool, que acabar en el casco antiguo de Badajoz), para que todos los
viernes viniera a... hablarnos. Sí, ya está. A hablarnos, nada más.
No a darnos clases de inglés: a hablarnos. El chaval, un gordinflón sonrosado
que vestía siempre una camisa roja a cuadros, de leñador canadiense (jamás le
vi venir con otra distinta; le tenía que oler como el sobaco de un oso), se
limitaba a contarnos su vida, obra y milagros. Sus andanzas en su ciudad natal,
sus opiniones sobre esto o lo otro...
Además, tocaba la guitarra eléctrica que daba gusto oírle, así que imaginaos
qué juergas tan simpáticas organizábamos en clase cuando se traía todo el instalache,
y aceptaba peticiones que cantábamos a coro.
Mitch, se llamaba el interfecto. Y lo cierto es que era de lo más simpático.
De hecho, acabó trabando amistad con varios de los que concurríamos a aquellas
clases (tendríais que haberlo visto durante el carnaval de Badajoz -injustamente
desconocido; es sencillamente magnífico-, vestido como uno de los psicópatas
de La Naranja Mecánica, de Kubrick, con su bombín, su barrigón debajo de una
camiseta térmica blanca, las botas militares, y los calzoncillos encima de unos
leotardos mugrientos. Qué miedo, jeje). No lo niego: los viernes terminaron
convirtiéndose en uno de los mejores momentos de la semana, en clase. Hay que
ver lo que uno podía llegar a reírse con las historietas de aquel panzudo de
Liverpool. Para que luego digan que los británicos son gente fría y aburrida.
Sé que es políticamente incorrecto proclamar algo así, pero... he conocido a
muchos ingleses, y lo cierto es que tampoco son tan nefastos como asegura el
tópico. Es más: hay mucha buena gente por allí. Como en prácticamente cualquier
esquina del mundo. Sorpresa.
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Bueno, pues este juego me recordaba a las aventuritas que nos contaba el tal Mitch. Si tenía una virtud nuestro orador de los viernes por la mañana, era su expresividad. Se las arreglaba de maravilla para meterse a la audiencia en el bolsillo. Cierto día anduvo describiéndonos su estancia en Escocia, no recuerdo por qué motivo (supongo que ni lo entendí). |
Aún me acuerdo de la vehemencia con la que nos describía los madrugones que
tenía que pegarse para ir a trabajar. Imaginaos el panorama... en invierno,
en las Tierras Altas Británicas. Entre lochs, gaitas y clanes.
Sonaba el despertador, y afuera no sólo era la noche más cerrada, oscura y opaca
en la que podáis pensar, sino que hacía un frío glacial. Si no caía una lluvia
gélida, estaría nevando inmisericordemente.
Mitch hacía ademán de apagar el despertador, y musitaba, con un tono divertidísimo,
"Oh, man! No way!". ¡Cómo me recordaba a mis inmensos padeceres cada
mañana, cuando me llamaban con la del alba para ir al Instituto! ¡Con lo bien
que se estaba debajo del edredón!
Bueno, pues las aventuras de Andy Capp, un escocés borrachuzo protagonista,
creo, de una serie de tiras cómicas británicas, me traían siempre a la cabeza
ese "Oh, man! No way!".
Durante todo el juego se mantiene un ambiente bastante tristón. Como de aldea
nórdica en pleno invierno. De hecho, los comentaristas de la revista Zzap!64,
aseguraban que habían terminado ligeramente deprimidos después de andar probando
un ratito este juego. Desde la presentación, con una pieza clásica lánguida
y melancólica de fondo (de la Novena Sinfonía del Nuevo Mundo, de Dvorak), hasta
el desarrollo en sí, en blanco, negro, y sobre todo grises, muchos grises, la
verdad es que Andy Capp no es precisamente un dechado de colorido. Supongo que
con esto pretendían...
a) Recrear la presunta tira cómica.
b) Imitar el fantasmal ambiente que, digo yo, tiene que envolver a un pueblo
escocés allá por Enero. Qué horror. Como para echarse un mantón de Manila por
la cabeza, e irse a llorar a una esquina.
No sólo eso: el estilo de vida del propio Andy es de lo más deprimente. Igual
a alguno de estos contracultura-antisistema que tanto proliferan últimamente,
le parece muy gracioso y atrayente pero a mí, que con los años voy tendiendo
a un cómodo pijerío (sí, lo admito), me entristece. Siempre con cuatro duros
en el bolsillo, mister Capp pasa los días hecho una boñiga con patas, vagabundeando
por su pueblo a la espera de que abran los bares para hacer barra fija. Ya me
entendéis.
Y en cuanto se queda sin cuartos, se echa de nuevo a la calle, tratando de sablear
a propios y extraños, para que le financien un par de litrejos más de cerveza
fresquita.
No trabaja porque no le da la mismísima gana, cada vez que tiene oportunidad
se da unas palizas de escándalo con su suegra en la vía pública, y suele dormir
con más frecuencia en la trena que en su propia casa. Pues sí. Qué vida tan
de portada de folleto publicitario de universidad privada yanqui.
No, si al final iban a tener razón los Rignall y compañía, de la Zzap!64: en el fondo, Andy Capp tiene un poso de tristeza desastrada, que acaba deprimiendo al más pintado.
| Afortunadamente, su seguro servidor no es precisament el más pintado, sino todo lo contrario (signifique eso lo que signifique -a saber-), de modo que nunca tuve la impresión de que esta pequeña curiosidad de Mirrorsoft despertara las tendencias suicidas del usuario medio. | ![]() |
El objetivo del juego es pagar el alquiler antes de que nos deshaucien. Andy
tendrá que ingeniárselas para reunir dinero de cualquier forma posible. Desde
apuestas en el hipódromo, hasta todo tipo de sablazos a sus conocidos. Incluso,
llegado el caso, y si la situación alcanza extremos insostenibles... tendrá
que buscarse un trabajo (¡horror y pavor!).
Mientras tanto, hemos de mantenernos fuera del alcance de la policía, en la
medida de lo posible. Sólo con cruzarse con nosotros, nos meterán una noche
entre rejas. Puedes resistirte, claro, pero no te lo aconsejo en absoluto. Primero,
porque las posibilidades de victoria son mínimas. Y segundo, porque si pierdes,
el castigo será aún mayor.
Además, maese Capp debe procurar que el nivel de... sangre en el alcohol que
corre por sus venas, no aumente demasiado. Si alcanza la temible sobriedad,
el juego habrá terminado, así que de cuando en cuando, hay que dejarse caer
por la tasca más conveniente. De lo más edificante, ¿a que sí?
Resulta bastante divertido, además, acodarse frente a la barra, y trasegar pinta
tras pinta hasta que se hace de noche (o sea, que el escenario se pone gris
oscuro -jo, qué pena más triste-) mientras el desdichado camarero no para de
quejarse "Time, please, Andy!".
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Lo mejor, sin duda, son los personajes del juego. Todos están dibujados en alta resolución, y la animación es sencillamente estupenda. Eso sí, los fondos son esquemáticos a más no poder. |
De nuevo, sospecho que pretendían imitar el estilo de las tiras cómicas en las que, como bien es sabido, los dibujantes suelen centrarse más en los personajes en primer plano, y dejan el escenario en blanco, o con un par de detalles de relleno. Funcionará estupendamente en un periódico, pero en un videojuego la impresión visual (toma cursilada) se queda algo coja.
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El tema musical es técnicamente aceptable, sin más. Los efectos de sonido son simplemente correctos. ¡Y la de veces que utilizo esta frase! ... pero si es estrictamente cierto, ¿qué le vamos a hacer? |
Claro, que podría decir: los efectos de sonido resultan jagachúficamente lloños,
aunque los mestungueros por la mañana no suelen presentar una kartufa dróstica
cuadrada, a no ser que se les catrezca la tútada infagarral, con mucho cuidado,
eso sí, y sosteniendo un kleenex entre el racatroide y el ñosco, para
que no se manche la alfombra de purrufú.
... no, mejor me quedo con la fórmula convencional, ¿verdad?
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El juego tiene una atmósfera mustia y tristona, que se refuerza (o sea, que se vuelve aún más depresiva) con el tema musical de presentación, y la melancólica gama de grises que se utilizan casi exclusivamente (al menos, se aclaran conforma avanza el día; de noche vuelven a oscurecerse, claro). |
Sin embargo, a mí siempre me ha dado la impresión de que este Andy Capp es una aventura bastante entretenida e interesante, con puzzles desafiantes, y ciertos toques de realismo (como que las tiendas tienen sus horarios, o que los personajes del juego parecen seguir una rutina, y uno puede verles paseando a la misma hora, por los mismos sitios).
| * Los personajes están bien hechos. * Puzzles interesantes. |
* Fondos algo esquemáticos. * Miaja tristón. |