Barbarian
Género: Lucha Música: Richard Joseph
Desarrollado por: Palace Año: 1987
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No puedo resistirlo, ¡tengo que soltaros uno de mis discursos pseudointelectualoides! 
Y uno...
... y dos...
... y uno, dos, tres...
Vivimos tiempos de cierta hipocresía moral. Aunque sospecho que el problema ha aquejado a la Civilización desde que el Hombre es Hombre, tengo la impresión de que cada vez es más marcado. El susodicho problema se puede resumir con la frase: "échenle la culpa a otro". 

¿Que me van las cosas mal? La culpa nunca será mía. Por supuesto. Confeccionaré una lista negra con males (a ser posible, vaporosos e incorpóreos -así no me arriesgo a que ninguna entidad física me parta la coronilla-) a los que cargaré con todas las responsabilidades de mi infortunio. Entre los candidatos a figurar en semejante relación de hados oscuros, suelen contarse:

- El Gobierno (no siempre influye en esta decisión la orientación ideológico / política del interfecto; la cuestión, insisto, es echar balones fuera, y negar toda responsabilidad en cualquier clase de desaguisado). 

- La mala suerte (defínanme ustedes, desde un punto de vista racional, qué coño es eso de la "mala suerte" ¿espíritus traviesos y burlones que juguetean con nuestro destino? ¿alguna mano invisible empecinada en torcernos los planes?). Ejemplo: "si es que tengo muy mala suerte". Que los golpes de buena o mala fortuna existen, es indudable. Pero de ahí a que una cosa abstracta e indetectable, como "la Suerte" (en mayúsculas, o sea, tomándola como un algo personalizable) demuestre voluntad, consciencia, inteligencia y poder sobre la vida de uno...

- Dios. Este es especialmente peliagudo, y tiende a confundirse con el culpable-multiúsos anterior. En función de la piadiosidad de la víctima, puede culpar a semejante entelequia de sus desdichas, o exculparse a sí mismo, aceptando sus decisiones. Ya sabéis "los caminos del Señor son inescrutables". Si me lo permiten, y con todos mis respetos, he de decir que la frasecita me parece fastidiosa en grado sumo, porque viene a equivaler a algo como "tú créetelo, y no preguntes". 

Uno que ya no gasta más en aspirinas... En esta era pragmática (aunque no lo suficiente), otros factores lúgubres y diabólicos comienzan a asomar en la lista negra de los quejumbrosos profesionales. Como empezar a citarlos me metería más en la camisa de muchísimas varas en la que ya estoy adentrándome, mejor me paro aquí...
... no sin dar un ejemplo de aplicación de esta teoría. Se resume con un razonamiento memo tal que este: 

En el mundo hay violencia. En los videojuegos hay violencia. Ergo, la violencia del planeta, se debe a los videojuegos. 

Los pajarracos carroñeros de papada macilenta y pico retorcido, que a veces adoptan la forma de periodistas, son los primeros en aventar la porquería, echando mano de eso tan feo, pero tan tremendamente efectivo, que es la demagogia. Y así, si un adolescente tarao asalta un asilo, masacra a sus ocupantes, y se come a sus higadillos, no tardaremos en ver asociaciones entre semejante barbaridad, y algún juego de ordenador de última generación. La culpa es de los videojuegos, por lo tanto. O en su defecto, del rol. O si no, de Internet. Pero pare usted de contar ahí. (¿Alguien ha escuchado alguna vez acusar al fútbol de los desmadres de cuatro grupos de exaltados?). 

"El chavalín era un encanto. Era todo amabilidad y estabilidad emocional. Siempre se lavaba los dientes y se frotaba detrás de las orejas cuando se duchaba. No faltaba un día a misa. Pero hete aquí que, tras engancharse al Turbo Despanzurreitor 2000, enloqueció irremisiblemente, y armado con un martillo neumático, estropició a todos los habitantes de su barrio. Angelito. La culpa es de los videojuegos. Inventos del maligno, eso es lo que son". Ya me entendéis.

Pero vamos a ver. ¿Es que los jóvenes somos tontos? ¿Es que no sabemos qué hacer con la educación (he aquí un concepto importante) que se nos da? ... Ah, que ¿hay a quién no le dan ninguna, o se la dan más bien torcidilla? Ajá. Ya. Empiezo a verlo más claro. 

Es obvio que hay videojuegos dotados de un mal gusto considerable. Pero, personalmente, creo que debería estar en el propio mercado (sin olvidar que los que les compran los videojuegos a los chavales de 10 años son los padres) el rechazarlos. O el aceptarlos. En cualquier caso, nunca en una intervención peligrosamente arbitraria de este o aquel poder ejecutivo. Porque, ya puestos, ¿por qué no continuar limpiando conciencias y morales, y retirar del mercado las películas desagradables, irrespetuosas o irreverentes? Y las series de televisión. Y los libros... mal camino, ese.
 
Sea como sea, protagonizar una epopeya de devastación detrás de un trabuco colosal, con hordas de demonios caníbales ante nuestras narices, no tiene por qué convertir a un pacífico y cumplidor nene modelo en una bestia sedienta de sangre. No sé si me explico. El ciudadano medio (y eso incluye al menor de edad) siempre ha sido bastante menos imbécil de lo que se suele creer. Y tanta tabarra que se nos da con aquello de lo malísimo que es generalizar, y esos tabarrescos indómitos e incansables son los mismos que, a la menor de cambio, meten a un psicoesquizo desequilibrado en el mismo saco que el resto de los universitarios corrientes, pacíficos y razonables (que tienden a ser bastantes más).

En 1987, Palace lanzó al mercado uno de los videojuegos de lucha más célebres de todos los tiempos. Un verdadero mito: el Barbarian. 

Y me da la impresión de que en el fondo, quisieron buscar un poquito de polémica. Graduada con el suficiente cuidado como para que no se les quedara corta, y terminara siendo inefectiva, ni para que se les fuera de las manos, y las masas protectoras de la frágil moralidad y el escuálido sentido común de los jóvenes, se alzaran en armas. Un poquitín de tímido revuelo, que aumente una pizca las ventas, y ya está. Y a fe que lo consiguieron. Y si encima, el producto en sí es estupendo, al margen de tales guindas, pues mejor que mejor. 

Y es que no tenéis más que echarle una ojeada a la carátula del juego, con la APABULLANTE María Whittaker viéndoselas y deseándoselas para taparse con los siete centímetros cuadrados de bikini que lleva. A muchos commodoreros nos costó bastante tiempo darnos cuenta que la zagala estaba agarrada a la pierna de un garrulo culturista y feo, tocado con una peluca estropajosa de lo más falsa. 

"¡Anda! ¡Pero si había un tipo en la portada!", pensaría más de uno, al cabo de tres o cuatro meses de contemplarla embebido, sin reparar en tan insignificante detalle.

Y luego resulta que Barbarian es un juego de lucha simplísimo en sus planteamientos... vaya, en realidad, como todos los juegos de lucha. 


Ni siquiera tiene mucha variedad de pantallas. Cuatro en total, dos de ellas en la parte de entrenamiento, y las otras dos, en el torneo en sí. Torneo, por cierto, que se celebra con el objetivo de liberar a la princesa Mariana, presa por el pérfido (pero listísimo; ¡anda que no sabe na, el viejo verde!) mago Drax.
El maloso de turno detiene nuestro tajo al páncreas

El siniestro calvorotas amenazó a los habitantes de la Ciudad de las Joyas, con desencadenar toda suerte de calamidades si no se le entrega a la chavala. Y los tíos, ni cortos ni perezosos, le largaron a la princesita. Además, en paños menores, y todo. Sólo les faltó envolverla para regalo.

La única forma de recuperarla es enfrentarse a las huestes de guerreros de Drax y, llegado el momento, a él en persona. Y aquí llega nuestro bárbaro desmelenado, con su taparrabos de piel de culo de gorila y su mandoble colosal, más que dispuesto a pasar a cuchillo a todo el que se interponga entre él y ... los siete centímetros cuadrados del bikini de Mariana. Comprensible. Comprensible del todo. 

Lo dicho: en Barbarian, el único objetivo es derrotar a los soldados de Drax, en combates verdaderamente sanguinarios, a tajo limpio, hasta llegar a vérnoslas con él. Ahora, uno podría preguntarse, ¿en qué puede destacar este juego sobre la miríada de representantes del género de la lucha? Pues en que...

- Es muy adictivo.
- Es ferozmente rápido. 
- Los malos son bastante listos.
- Cuando, tras mucho entrenamiento y mucha práctica, consigues dominar el manejo del espadón descomunal, los combates tienen momentos de una intensidad y de una fiereza que no desmerecerían lo más mínimo en la versión cinematográfica de Conan, el bárbaro.

¿A que no está mal? Pues aguardad, que falta la guinda del pastelito: para los que crecimos durante la gloriosa era de los 8 bits, el título "Barbarian" nos trae una cosa a la mente. Bueno, dos, contando con Maria Whittaker. 
... erm... en realidad, si contamos con la Whittaker, nos trae tres cosas a la mente. Y la tercera es la inolvidable secuencia de decapitación del rival (fijaos en la primera captura). 

Una de las múltiples acrobacias que nuestro culturista melenudo puede trazar con su espadón recibe el nombre de "corte volante al cuello". La mole de músculos salta hacia su oponente, mientras gira sobre sí mismo, 360º, para tomar impulso. Al completar la vuelta, le sacude un tajo en todo el pescuezo. Y si el desdichado no tiene el tino de protegerse, retroceder o agacharse, veremos cómo nuestra acémila le secciona la cabeza. Y los grafistas no escatimaron en pixels teñidos de rojo, brotando del cuello cortado a modo de surtidor. La escena provocó más de una malévola carjacada en los jugones de la época; me consta. 

Y más aún cuando vemos cómo aparece un enano verdoso, deforme y barrigón, se lleva al cadáver del infortunado, arrastrándolo como si fuera una fregona desvencijada, y al llegar a la cabeza, le propina un patadón que la manda, dando botes sobre el empedrado del suelo, fuera de la pantalla. La monda. 

Ah, por supuesto, esto mismo nos puede pasar a nosotros. Aparte de lo original, espectacular, y (lo consiguieron) moderadamente polémico, de la maniobra, la verdad es que la idea es bastante interesante. Le da un toque de emoción al juego, porque hasta el más esmirriado de los esbirros de Drax, puede acabar con nuestro poderoso guerrero, de un solo golpe, en cuanto nos descuidemos.  

 
 
Hay poca variedad de escenarios. Ya os digo: cuatro pantallas. Las de la parte de entrenamiento están ambientadas en un bosque, y las del torneo, en el castillo de Drax.

Los únicos personajes que veremos, son los guerreros. Y son todos igualitos, salvo por el hecho de que el protagonista va a pecho descubierto, y los sicarios del brujo tienen el pudor de vestir una camisa o similar.
 
No voy a negar que incluso son un poco cuadriculados, pero la animación es más que buena, y algunos de los movimientos resultan espectaculares (como lo que en el manual llaman "la Red de la Muerte"). Por supuesto, mención especial para la secuencia en la que uno de los dos burrancos pierde la cabeza.

La música es, para mí, lo mejor que hizo nunca Richard Joseph. El parecido con la banda sonora de Conan el Bárbaro, es mucho más que casual. Seguro.

Pero no creáis que la cosa se queda en una especie de mal plagio de la fabulosa composición de Basil Poledouris, y es que el trabajo de mister Joseph tiene una personalidad arrolladora. Como los efectos de sonido, por cierto; muy logrados, sobre todo el "¡clannng!" metálico que emiten las espadas cuando chocan entre sí.

A primera vista es un juego de lucha, casi como cualquier otro (exepción hecha de unos gráficos más que trabajados, y unos efectos de sonido y una música excelentes). Y además, corto (8 luchadores nos separan de la confrontación final con Drax... por cierto: ¡terriblemente difícil!).

Con un poco de práctica, es de lo más sencillo quitar de la circulación a todos los contendientes (excepto, insisto, al propio mago). Pero, oye, Barbarian es de esos juegos a los que uno no se cansa de jugar. Ni sé ya las veces que he alcanzado el combate final, y aún así, sigo pasándomelo pipa cada vez que decido echar una partidita.

Y ¡qué curioso! ¡todavía no me he vuelto psicótico! 

* Rápido, adictivo, intenso...
* La música y el sonido.
* Las escenas de decapitación }:-)
* Se acaba enseguida.
* ¿¡Alguien sabe cómo cargarse al mamoncete de Drax!?