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Big Trouble in Little China
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A ver; ¿qué década os parece más hortera, la de los 70 o la de los 80? Las modas cambian, y lo que en un momento parece estupendo, escuadrúpedo y hasta atrayente, resulta que cinco o seis años después se convierte en una macarrada de mucho cuidao. Aún así, hay momentos de la historia de los que ha trascendido una imagen más o menos elegante; son modas que, en el fondo, no terminan nunca de pasar, y sus símbolos se convierten en clásicos. Y, tratemos de ser objetivos: ¿hay alguien que crea que la imagen de un pazguato bigotudo, con sus pantalones de campana, sus patillas a lo Curro Jiménez, y su camisa roja de flores tropicales naranjas, desabrochada hasta el ombligo para permitirle al dueño mostrar una colección de deslumbrante quincalla reposando sobre un torso peludo, se puede considerar como clásica? Pues no. Más bien habría que llamarla HORTERA. Y al protagonista de la misma, CAPULLO.
Claro, pero luego uno se repantinga en el sofá una noche ociosa, y zapeando
por esos canales dejados de la mano de Dios, se topa con un anuncio de no sé
qué colección de música superfetén de los 80, que-no-podrás-encontrar-en-las-tiendas,
presentado por un mindundi canijo y extrañísimo, a medio camino entre la androginia
y la ridiculez, mal doblado, mal vestido y mal peinado, y cuando empiezas a
presenciar la procesión de vídeos musicales de la época, pues... chico, como
que ya te ponen en la duda.
Dejando al margen que me fastidia profundamente que en esas colecciones cojonudérrimas,
de lo más mejor y superchachi que te cagas de los 80, nunca aparece nada de
Queen, lo cierto es que me gustan esos anuncios. Bueno, dejando al margen la
ausencia del cuarteto liderado por Freddie Mercury, y la presencia del esmirriado
de género difícilmente etiquetable, claro. No sé a vosotros, pero a mí me inspira
de todo menos confianza un vendedor así.
A lo que iba: empiezas a ver vídeos musicales, y nostalgias aparte, cada uno
te hace más gracia que el anterior. ¡Qué pintas, mamma mía!
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Pero lo más curioso de todo esto es que no hace tanto que vivimos esa época, y que nos parecía normalísimo ver aquellos vaqueros ceñidos marcapaquete y aquellas camisetas ajustadas de chulo de playa, en ellos, y aquellos flequillos cardados, aquellos coloretes estridentes y aquellos pendientes que parecían las bombillas de colorines de una hamburguesería de barrio, en ellas. |
Ahora, cualquiera de esas nenas que nos parecían una monada en los 80, se quedan más cerca del orangutanismo que de otra cosa. Harían las delicias de Ágatha Ruíz de la Prada.
No, y encima van, todos y todas, de sugerentes y sensuales seductores y seductoras.
Qué ridículo.
Pues algo parecido ocurría con las películas. Por alguna extraña razón, hasta
lo que, durante nuestra adolescencia, nos parecían maravillosas historias adornadas
con unos efectos especiales impresionantes y seguramente coprotagonizadas por
alguna serrana jamona y maciza (un reclamo de lo más apropiado para nuestros
15 añitos y nuestras hormonas en ebullición), ahora, cuando a alguna televisión
les da por reemitirlas por quincuagésimo novena vez, caemos en la cuenta de
que son unas pavadas infumables. Y la protagonista está fondonga, es desgarbada,
y la visten como a una muñeca pepona rebozada en colorete. Qué desilusión, ¿no?
No hace mucho, pude ver en la tele Golpe en la Pequeña China. ¡Con lo bien
que me lo pasé en el estreno, eones ha...! Y ahora, con un espíritu algo más
crítico, y sobre todo, más acostumbrado a los gustos y las modas de principios
del siglo XXI (que no es que sean mejores que los de los 80... son diferentes...
incluso en algunos casos, tiran a peores), acabo por admitirlo: ¡qué cosa más
cutre! ¡Y además, hortera!
Aquellos efectos especiales grandiosos, ahora cascan por todas partes. Ciertos
bichos esféricos flotantes, de lo más feos, y recubiertos de ojos, que levitaban
a través de los corredores de la fortaleza subterránea del malo, haciendo las
veces de cámaras de seguridad, ahora parecen versiones blanduchas y viscosas
de una especie de mister potatos sobreimpuestos encima del celuloide original.
Aquella misteriosa bestezuela peluda que habitaba en las cavernas, ahora te
sugiere más bien a un jorobado gordinflas metido dentro de un disfraz mugriento
de pelo estropajoso. Y no os digo nada de la sala en la que se desarrollaba
la batalla final... yo que tenía ciertos recuerdos de ella como envuelta en
una especie de halo de misticismo, y... resulta que el halo ese eran lámparas
de neón de colores estridentes que perfilaban los contornos de una especie de
estatua de cartón piedra de un sujeto feísimo que parecía un cruce entre Buda
y Shiva. Vamos, como un guarriclub cualquiera.
Y no os digo nada de la impresión que me llevé cuando caí en la cuenta que Miao
Ying y Grace Law, las dos nenas del reparto (que, insisto, estaban mucho más
ricas en los 80), acudían a su enlace espiritual con la reencarnación del siervo
del dios del Este... a bordo de una escalera mecánica. Como las del Alcampo,
igual.
Sin embargo, a pesar de todo, Golpe en la Pequeña China seguía siendo divertida.
Si uno obviaba semejantes tonterías (y no queda más remedio, si quieres tomarte
la película como lo que es: una chorrada sólo destinada al consumo light y a
entretener de una forma inocua al personal), lo cierto es que, aún hoy en día,
podría pasar un buen rato viendo a Wang Chi, Jack Burton y el enano contrahecho
de Egg Shen, repartiendo leña entre las huestes del retorcido Lo Pan.
Sin embargo, no puede decirse PRECISAMENTE lo mismo de la versión informática
de la película. Era cutre entonces, y es cutre ahora. O incluso más todavía.
Las premisas son muy originales: veréis, un anciano magnate de San Francisco
no es sino la reencarnación de un emperador de la antigua China que, por su
crueldad, fue maldito por Chin Tai, el dios del Este.
Para redimirse, tendría que buscar a una mujer china de ojos verdes y casarse
con ella. Pero resulta que no las hay. Eso aseguran en la película, y salvo
que las leyes de Mendel digan lo contrario, tengo la sensación de que es cierto.
Sin embargo, un día sus esbirros consiguen echarle el guante a Miao Ying, la novia de uno de los protagonistas: Wang Chi (que es el limoncete cuyo retrato aparece en la parte central del panel, en las dos capturas). Y ya de paso, a una entrometida que... bueno, ni recuerdo qué cuernos pintaba en todo el fregado. Aparecía, sin más. Creo que era una especie de representante de algún organismo que pretendía proteger los derechos como inmigrante de la señorita Ying. Bueno, da igual. El personaje más elaborado de la película debe de tener una profundidad comparable a la de un barreño, así que olvidémoslo.
| El caso es que Jack Burton, amigo de Wang Chi, y éste,
emprenden el rescate de las dos zagalas, antes de que Lo Pan (que así se
llama el bacalao reseco y decrépito poseído por el demonio
no-sé-cuántos) se case con una de ellas, y haga sopicaldo con la
otra. |
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Contarán con el apoyo de Egg Shen, un brujo del barrio chino, experto en estas
lides sobrenaturales.
Ya está.
Últimamente vengo soltándoos verdaderas parrafadas en las fichas de los juegos.
A veces, lo reconozco, me paso tres pueblos. Para cuando quiero empezar a hablar
del título en sí, ya he consumido más de media review, y termino alargándome
más de la cuenta, o intentando abreviar atropelladamente.
En esta ocasión, lo he hecho a conciencia. Prefería contaros la película. El
juego no merece la pena. En absoluto. Es un BODRIO colosal.
Se trata de una especie de "beat'em up" (o sea, arcade de
mamporros, pescozones y collejas a granel) con scroll (brusco y mareante) lateral,
en el que nuestros tres héroes tienen que enfrentarse a las hordas de Lo Pan,
mientra se acercan a su fortaleza mística en lo profundo del subsuelo de San
Francisco.
Podemos controlar sólo a uno de los protagonistas. Los otros dos le seguirán
de cerca. Cada vez que haya un combate, éstos desaparecerán de la pantalla,
y el que encabezaba la marcha será el encargado de ponerle las pilas al chino
cudeiros de turno.
Si observáis la primera captura, podréis ver a los tres personajes. De izquierda
a derecha: Jack Burton, que es el más fuerte, pero el menos ágil. Wang Chi,
moderadamente fuerte, y muy ágil. Y Egg Shen, que es una ruína, el pobre. Torpe
e incómodo de manejar; su única forma de ataque es el lanzamiento de unos patéticos
rayitos que emiten un ruido ridículo, y que disfrutan de un alcance... como
de tres pixels mal contados. Todo un portento.
Afortunadamente, los tres pueden encontrar armas más dañinas en el LARGUÍSIMO
y ABURRIDÍSIMO camino que les espera. Con cuál nos toparemos, depende del personaje
que vaya en cabeza. Si es Jack Burton, se tratará de una especie de pistola
de repetición. Si controlamos a Wang Chi, una espada. Y si estamos a los mandos
del enano cabezudo de Egg Shen (a todo eso... ¿por qué diantres lo han dibujado
montado sobre una nubecilla?), una poción mágica que le permitirá disparar descargas
de energía a gran distancia.
Ahora, repito: el juego es ABURRIDÍSIMO. Sólo tendréis que avanzar hacia la
izquierda, contínuamente. No hay ni un obstáculo que esquivar (salvo unos monstruos
bastante feos que surgen de algunos umbrales oscuros en la fase de las alcantarillas...
aunque como resulta que es imposible esquivarlos, pues ni los cuento), ni un
salto que dar, ni una trampa que te sorprenda, o que rompa con la monotonía.
Nada. Sólo caminar, caminar y caminar, y de cuando en cuando (MUY de cuando
en cuando), enfrentarte a un combate aún más aburrido.
Y se acabó el juego. No hay más, en serio.
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Un vistazo rápido y superficial a las capturas podría inducir a más de uno a pensar que, cuando menos, se merecen el aprobado. Craso error. |
Fijaos en la primera de las ilustraciones. Veréis a los tres protagonistas pasando ante una especie de escaparate. Bien, pues en TODA la primera fase, es lo ÚNICO que hay: ese fondo de ladrillos rojos, y ese escaparate que pasará contínuamente, a nuestro lado. Como en los dibujos animados de bajo presupuesto, cuando algún personaje salía corriendo, y podía verse la misma puerta y la misma plantita ornamental, pasando una y otra vez en segundo plano. Vaya, como si la calle estuviera formada por una hilera de locales idénticos y situados a intervalos regulares. Y el resto de los escenarios no van mucho más allá. Encima, los personajes son insípidos en todo: diseño, animación... y por si resultara que os estábais divirtiendo de lo lindo viendo a la misma farola setecientas veces, nunca os toparéis con varios malosos a la vez. Salen de uno en uno, y para colmo sólo hay dos o tres clases diferentes de ellos en todo el juego.
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No hay música, y los únicos efectos que se pueden escuchar, son un par de rídiculos bufiditos de ruido blanco, y algún que otro patético tableteo que, se supone, emiten los porrazos que nos propinan los guardias de Lo Pan. Bueno, y el extrañísimo soniquete metálico que emiten los rayos mágicos de Egg Shen. |
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Uno de los juegos más aburridos que recuerdo para C64. Una auténtica tomadura de pelo. Si he decidido puntuarlo con un 3 (igual me estoy pasando), se debe al hecho de que la dificultad está razonablemente bien medida, y no es complicado, con la práctica suficiente, alcanzar la batalla final con Lo Pan. |
Eso puede que le dé un MÍNIMO interés. Por lo demás, una castaña pilonga. Me quedo con la película y con los cardados horteras.
| * Lo entretenida que era la película. | * Gráficos mediocres. * Fases aburridas y largas. * Animación penosa. * Efectos de sonido ridículos. * Combates poco emocionantes. * Enemigos poco variados y mal diseñados. * Etc, etc, etc... |