Black Lamp
Género: Arcade Música: Tim Follin
Desarrollado por: Software Creations / Firebird Año: 1988
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Ya mesmo parésceme que avéntase um grant comentario dotro desos tantos juegos que tornaron regios fastos del medioevo en muchedumbre de mamelucos de la más baxa ralea; dellos apréstome a narrar gestas sin par en las provincias donde xpianos se venden, é cómo los traen dallí é muéstranles la ley é á cavalgar é de jugar con el arco, é de que son examinados por el Alfalquí mayor (servidor de ustedes) (supongo), e pónenles su quitaçón é raçión é embiánlos a la cibdat. ¿Eh? ¿Queda claro? ¡No os escondáis, jodíos!

Pues sí. Ya lo decía el comendador de diezmos é gabelas (que parésceme que invítanos al su yantar) (vaale, me refrenaré un poquiito): si hay una época de la historia de Occidente que ha dado juego es, sin duda, la Edad Media. La alta, la baja, la del medio y la de más allá. Comprende un periodo que para el profano (como el que suscribe y esto escribe) parece que queda entre interminables genealogías de reyes con nombres de lo menos mnemotécnicos (¡qué desconsiderados que eran, oiga! podían haber pensado un poco en los estudiantes del siglo XX, y llamarse "Elqueconquistobollullos IX", o "Eldeljuaneteentumesío III". Pero no, tenían que recurrir a Fernandos, Juanes, y Carlos. Como si todos los Chindasvintos y Fibinusos estuvieran ya reservados), y toda suerte de leyendas y cuentos recubiertos por una densísima capa de un romanticismo muy parecido al que envuelve a la piratería del XVII. 

Y sospecho, aún desde mi desconocimiento del asunto, que imaginar un Medioevo lleno de blancos castillos con radiantes estandartes meciéndose en la fresca brisa de la mañana, irguiéndose sobre una loma verde a cuyo pie se extiende un pueblo encantador lleno de casitas encaladas, callejas primorosamente empedradas, y labriegas sonrosadas con los sobacos depilados y sonrisa colgate, tiene tanto que ver con la realidad como las imágenes que nos presentaban a aguerridos bucaneros, simpáticos, juerguistas, nobles y valerosos... en fin, una pandilla de amables gamberretes de aliento perfumado a ron. 
Ya. Y un huevo de pato.

Tengo amiguetes que, sospecho que demasiado influidos por la mitología tolkieniana y adláteres, no dudan en asegurar que si tuvieran que elegir una época de la Historia de la Civilización Occidental, sin duda se quedarían con la Edad Media.

Chacho, estás echando barriguita, ¿eh? A ver si dejas de comerte a los borregos enteros
E insisto, me da a mí en la nariz que deben de tener una imagen mental demasiado parecida a... bueno, a la Edad Media made in Hollywood, en la que todo el mundo va recién duchado y engominado, tiene seguro médico y vive un promedio de 80 años, rodeados por doncellas de lo más exhuberantes e higiénicas, y de banquetes en los que ¡menudo gustazo! ¡se come con las manos! 

Blancos corceles, brillantes armaduras, gloria y mito... en fin... lo de creerse la lírica al pie de la letra tiene estas cosas.

Pero en nuestro mundillo, creo que podemos pasar por alto alegremente cualquier atisbo de rigor histórico. Es más: no perdonaríamos un exceso de realismo, salvo que el juego en cuestión se acogiera al género apropiado para recurrir a él (como en el caso del espectacular Defender of the Crown y otros representantes de los "wargames"). Es decir: si alguien os dice que estamos ante un arcade ambientado en la Edad Media, confío en que seréis lo suficientemente lúcidos como para deducir, ya a priori y a bote pronto, que semejante ambientación se reduce a los escenarios y el aspecto de los personajes.

Porque lo de recorrer aldeas y bosques a los mandos de un bufón que ametralla a todo cuanto se mueve, a base de proyectiles mágicos (que yo diría que exhala desde la boca), y que se desespera por recuperar una serie de linternas mágicas con las que cerrar cierto portal interdimensional, mientras se da de guantazos con ogros, brujas y hasta dragones... bueno, pues como que tiene tanto de medieval como asegurar que los Mitos de Cthulhu son una representación fidedigna y rigurosa de la sociedad norteamericana de los años 20. 

No, no me voy a poner en plan repollo escéptico (que, como todos sabrán, es mucho peor que ponerse en plan repollo, a secas): soy un auténtico enamorado de las leyendas de espada y brujería. No podía ser menos en un admirador de la literatura de Tolkien, ¿no? De modo que va siendo hora de centrarnos en el comentario del juego, ¿os parece?

Pues sí, señores: Black Lamp es un agradable arcade con scroll horizontal en el que un heroico bufón se enfrenta a la gesta de recopilar una serie de linternas de colorines. 

Primer detalle original. (Bueno... primero y único, si me apuran). El bueno es un bufón. Y es que parece que a la gran mayoría de los programadores y/o guionistas de videojuegos les resulta poco menos que inevitable hacer que, si deciden usar un telón de fondo salpicado de castillos y armaduras para alguna de sus producciones, la protagonice un guerrero mastodóntico que arrastra tras de sí un espadón con las dimensiones de un camión de la basura. Y dos veces el peso.

Ya puestos a ofrecer concesiones a la intelectualidad, incluso es posible que el jugador tenga la posibilidad de escoger a un avezado hechicero de larguísima barba blanca (nunca llevan bigote a lo Dalí, o perilla, o simplemente van pulcramente afeitados; qué va: barbas desaliñadas y lanudas, como de científico chiflado -que, a fin de cuentas, es el papel que acaban adoptando los alquimistas de las historietas modernas de espada y brujería-). No es lo más frecuente, sin embargo. 

Ahora, lo de meterse en las botas chillonas y cascabeleras de un bufón, es algo nuevo. Nuevo, y único... no me suena haber visto otra cosa similar en el C64. Y tampoco se puede decir que el tipo de personaje se haya prodigado mucho en el mundillo (Pandemonium -para la PSX- aparte). 

No me preguntéis quién es, qué hace allí, quién tiene la genial idea de encomendarle una misión tan descabellada, ni de dónde diablos ha sacado la habilidad de escupir descargas mágicas. Me temo que mandé el manual a freír espárragos, y ahora no hay quien lo encuentre.

Sí recuerdo, sin embargo, que el tipo debe recorrer un mapa relativamente extenso (y algo confuso) que le llevará a atravesar bucólicos bosquecillos (como el de la captura de la derecha), pequeñas aldeas con sus casas de madera, y algún que otro palacete de piedra habitado por toda suerte de engendros agresivos.
Pero qué monada de pajaritos carroñeros quebrantacráneos...

Y todo ello, con la intención de recopilar esas lámparas mágicas que os he mencionado.

Cada una de ellas debe ser depositada en una especie de portal con 9 casillas vacías. Cuando todas estén en su lugar... bueno, se supone que ocurre algo... digo yo, vaya... en fin, que ni me acuerdo, ni jamás me he acercado a completar el juego. Porque, entre otras cosas, es difícil a más no poder.

Podréis ver varios de esos portales desperdigados por el mapa. Están conectados, en el sentido de que cuando dejáis una lámpara en uno de ellos, también aparecerá en todos los demás. Buena cosa esta. Si el juego ya es complicado con ganas, imaginaos si encima tuvierais que encajar cada lámpara en su panel correspondiente. La monda.

Cada linterna está guardada por un dragón barrigudo con un aspecto bastante cómico y que, paradójicamente, representa bastante menos peligro que la mayoría de los demás monstruitos contrahechos, babosos y halitosos con los que nos enfrentaremos. Si aprendéis a localizar el punto en el que las llamaradas de la bestezuela no os alcanzan nunca, por mucho que la condenada revolotee arriba y abajo, acabar con ella a escupitajo limpio será, más que fácil, inevitable.  

Ahora, avanzar entre diablillos que nos rocían a base de bolas de fuego, soldaditos que nos pondrán el cuerpo a tono a flechazos y otros alegres engendros, es un auténtico desafío. Ahí se pasaron varias pedanías, condados, ducados, ciudadelas, plazas fuertes y puentes levadizos, los programadores del juego. Personalmente, no soporto las situaciones en las que el bueno avanza a trompicones, aguijoneado constantemente por auténticos enjambres de enemigos que revolotean y corretean a su alrededor, bombardeándole, disparándole, royéndole los tobillos y propinándole tobas en las orejas y sardinetas en el culo. Con lo que fastidia eso. 

Pues resulta que este Black Lamp es uno de esos casos. Una pena, porque técnicamente da gusto verlo (y sobre todo oírlo). 

 
 
Agradables y bien definidos, especialmente en los exteriores, muy coloristas ellos. En los interiores de casas y palacios, la cosa pierde algo de calidad, debido a esa "textura" tan recargada que el o los grafistas emplearon para decorar las paredes. 

Todos los personajes están a un muy buen nivel. Quizás los dragones sean de apariencia un poco tontainas, pero en el fondo creo que casan con el espíritu, en cierta clave de humor, del juego. 

No hay efectos, pero las músicas son de lo mejorcito de Tim Follin. El tema de presentación es una auténtica delicia, por no hablar del que acompaña a la acción, durante el juego, con sus efectos de viento lejano y demás agradables aderezos destinados a reforzar el ambiente de cuento de hadas. 

Un arcade agradable de ver, con personajes muy bien dibujados, una música preciosa y... frustrante e irritantemente difícil. 

* Gráficos muy vistosos, en general.
* Música preciosa.
* La dificultad es EXAGERADA.