Bob Winner
Género: Arcade / Lucha Música: M. W.
Desarrollado por: Loriciels Año: 1988
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A ver, hacedme una lista de personajes carismáticos en la historia de los videojuegos. Era de lo más complicado conseguir algo así con las máquinas de 8 bits. Si a un muñecajo surrealista de ojos saltones y recia pelambre mugrienta, construido a base de pixels del tamaño de tomates maduros le privas del don de la palabra, se queda... pues en eso... en un muñecajo feo y cuadriculado. El carisma de los protagonistas de juegos de ordenador se basa, al menos en estos tiempos, precisamente en lo que dicen, no en la pinta que tienen. No en vano, muchos aclamaron a una caricatura de macho-man veladamente misógino, abiertamente militarista y ceporro del todo, como Duke Nukem... en su versión en primera persona. O sea, que a la criaturita no se le veía nunca (o casi nunca: uno podía asomarse a un espejo)... pero se la oía. ¡Vaya que si se la oía! Y sí, hay que admitirlo, tenía una cierta gracia gamberra que muchos desarrolladores intentaron imitar en títulos posteriores. Casi siempre sin éxito, claro.

Gracias a la macanuda capacidad de almacenamiento de los cedeses, deuvedeses y discos duros modernos, eso de tener un par de chisporroteantes y ásperas voces digitalizadas masticando (más que pronunciando) palabras difícilmente inteligibles, quedó tan atrás en el tiempo... como el C64. Ahora, raro es el título que no incluye tres cuartos de hora de diálogo de altísima calidad en Dolby Surround, THX... lo que haga falta, vaya. Y pasa como con las películas extranjeras: una mala interpretación puede maquillarse si el doblador se esmera. Y una cojonuda puede hundirse si el responsable de hacer creer al patio de butacas que mister Hoffman habla un estupendo español neutro es tan avezado en su cometido como un servidor de ustedes tricotando babuchas de lana.  

¿Ejemplos de doblajes estupendos? El Monkey Island 4. Una verdadera maravilla, creedme. ESO es lo que hace que un personaje tenga carisma... no sólo frases con chispa, sino bien leídas, como las que profiere el dependiente ciego de la tienda de prótesis o el mascarón de proa del buque que Guybrush Threepwood se agencia para viajar por el Caribe. El cachivache representa a una dulce y hermosa jovenzuela... ¡y habla como un macarra de barriada! ¡una risa, en serio! Por no mencionar a los jueces del concurso de saltos (uno de ellos con un marcado acento gallego).

Perdone, ¿pierde usted un poquito de aceite, por casualidad? Nada que ver con las voces originales del Ultima IX. Algunas rozan lo ridículo... y otras se meten dentro de cabeza. Una, en concreto, es tan, tan, tan, tan nefasta que recuerdo que acabé quitando el volumen de los altavoces mientras duraba la conversación con el insulso personajillo en cuestión, un nervudo e inquieto chaval preso en una de las plazas fuertes controladas por El Guardián y, estoy seguro, doblado por un pimpollo al borde del retraso mental.  

Si habéis jugado a este invento de Origin (por lo demás, magnífico), es más que probable que aún tengáis en mente al interfecto, con su fortísimo acento francés, mientras recordaba constantemente al jugador que no dramatizaba, interpretaba o actuaba, sino que estaba leyendo despacio, mal y sin poner el más mínimo interés, una gilipollez de texto. Vamos, como si pillas por la calle a cualquier zagal de Barbecieux que en su vida ha salido de la viña, le largas un párrafo en inglés, le pides que te lo lea y le grabas con un micrófono. Absolutamente penoso. Qué horror. Aún se me pone una mueca de asquito profundo cada vez que lo recuerdo. Puaj.

Ah, a todo esto, el hecho de que el doblador en cuestión hiciera gala de un acento que podría pasar por el de cualquier turista parisino no era lo que más me fastidiaba del doblaje, sino el absoluto patetismo de su falta de entonación, de interpretación, de dramatismo y lo anodino, vulgar y ñoño de su voz. Cualquier nene de preescolar sabe leer mejor. 

... pero ya que estamos sacando a colación a los de la Torre Eiffel y los Campos Elíseos, permitidme enlazar con el juego que nos ocupa: Bob Winner, una de las pocas producciones directamente llegadas desde gabacholandia para nuestro C64.

Allende los Pirineos, sabían programar de maravilla al Amstrad. Es más: la versión de este juego para la máquina de Alan Sugar es una verdadera maravilla para la vista. Los escenarios también son digitalizados y aunque también cuentan con sólo 4 colores, los desarrolladores echaron mano del modo de 320x200 puntos del ordenador británico. Lo que ya no sé es por qué no hicieron lo mismo con la adaptación a nuestro querido cacharro. Supongo que, como siempre, les resultó más difícil de programar. 

Vaya, el caso es que Bob Winner, el protagonista de esta extraña pavada que, si nos fiamos de la portada, debe de involucrar a algún tipo de talismán precolombino o similar, es un mozalbete esmirriado de andares cansinos. Vamos, si hablara, seguro que lo haría como aquel preso desarrapado y desentonado del Ultima IX. Y es que, es curioso, si había expertos en crear personajes de videojuego con menos carisma que una orangutana preñá, eran los franceses. No sé qué pretendían con este esbozo de proyecto de conato de héroe. ¡Si parece un oficinista anémico! Personalmente, siempre me cayó bastante mal. Pero se compensaba, porque los malos me caían aún peor...

El caso es que el zangolotino este, con sus pantalones abrochados a la altura de los sobacos y su camisa arremangada, tiene la prodigiosa habilidad de convertirse en luchador cuando se acerca a un oponente y utiliza el objeto pertinente. Ah. Pues qué bien. Si queréis que os diga la verdad, tan asombroso súper-pagüer nunca me motivó lo más mínimo. Indiana Jones + Woody Allen = Bob Winner

El nervudo papanatas que pasea sus desgarbos entre campos elíseos y houses of parliament me resultó antipático desde el principio. 

Y para colmo de males, tiene la desfachatez de apellidarse "Winner". Ajá. O sea, que estamos ante todo un ganador. Todo un rey de las nenas, que las mata con su férrea y lúbrica mirada de borrego a la vista del esquilador y con su gallardo y galán porte de espárrago triguero hervido. Qué asco más estupendo. 

Si el personaje es extraño, más aún lo es el juego. Dejemos al margen el objetivo final; sea cual sea, Bobby atraviesa gloriosos parajes digitalizados saltando sobre pérfidos barriles rodantes, esquivando malvadísimas pelotitas botantes y en general, huyendo despavorido de malos bastante absurdos, entre los que se cuentan petardos verbeneros que irrumpen súbitamente en la pantalla, lanzados por vaya usted a saber quién y sobre todo, arenas movedizas y minivolcanes que, os lo garantizo, os supondrán una verdadera sangría de vidas. Saltar los diminutos charcos de fango viscoso capaces de tragarse al amigo Bob (en medio de todo un despliegue de... incomprensibles gorgoritos deslabazados del SID... pues no sabía yo que el sonido que emiten las arenas movedizas cuando engullen algo se parece a una versión electrónica de un acceso de tos de una mona) no es demasiado complicado, cuando uno aprende a dominar la poco ortodoxa técnica de mister Winner. Pero lo de los volcancitos en miniatura es harina de otro costal.

Y no os quedará otra que enfrentaros a estos obstáculos y, por si os parecía poco, al menos dos veces en cada fase. La primera de ellas, cuando vayamos en busca del objeto que nos permitirá convertirnos en luchador y la segunda, cuando volvamos de vapulear a los dos malosos que tienen la funesta costumbre de practicar sus gesticulantes bravatas y aspaventantes desafíos, en las dos primeras pantallas de cada nivel, o sea, justo en el extremo opuesto a la salida.

Cuando llevemos encima el chisme adecuado, no tenemos más que entrar en una de las pantallas habitada por alguno de los luchadores (a todo esto, en Francia son una especie de mariposones embutidos en algo parecido a un maillot de ballet de cuerpo entero y que, pese a llevar guantes de boxeo, pelean exclusivamente propinando estilísticas y artísticas coces; en Inglaterra se trata de boxeadores de los de toda la vida; y en USA... bueno, lo cierto es que no me acuerdo) y pulsar la barra de espacio para que Bob se convierta en un clon de éste. Y ¡hala! ¡a guantada limpia con el interfecto! Cuando derrotemos a los dos que encontraremos en cada pantalla, obtendremos la llave que nos permitirá progresar hacia la siguiente.

 
 
Excelentes, sobre todo por los magníficos fondos digitalizados que, sin embargo, sólo cuentan con 4 colores. Desventajas de practicar una adaptación más o menos directa de la versión de CPC (que, al César lo que es del César, es sencillamente asombrosa en este apartado).

Ya que a la gente de Loriciels les dio por rebajar la resolución de nuestra conversión, ¿por qué no aumentaron el número de colores, en lugar de centrarse en estos... erm... "ocres"? O si no, directamente, podrían haber mantenido la resolución original de 320x200 puntos. Bueno, da igual. Los fondos son cojonudos, y punto. ¿Para qué más vueltas? 
¿Y los personajes? Muy bien, gracias. ¿Y los suyos? 

...

Esto... perdón. Queee los personajes están muy bien dibujados en su mayoría... es decir, en su mayoría inteligible, que son los menos, porque casi todos los malos y obstáculos con los que nos toparemos son bastante chiquitajos y ni siquiera cuentan con más de un par de frames de animación. Eso sí, los humanos (si es que al convulso espagueti al dente con corbata que protagoniza esta febril fazaña se le puede llamar "humano") están verdaderamente bien animados.

El tema musical es tan soso, tontainas y poco carismático como mister Winner. O sea, que le va como anillo al dedo. Respecto a los efectos de sonido... bueno... no hay muchos de ellos y encima parecen estar trastocados.

Son realmente RAROS. Los abejorros suenan como un triciclo derrapando y lo de las arenas movedizas profiriendo histéricos pitiditos absurdos al tragarse al protagonista, como que no me termina de cuadrar.

Seamos sinceros: Bob Winner se basa, casi única y exclusivamente, en sus sorprendentes fondos digitalizados y, en menor medida, en la animación de algunos de sus personajes. Punto. Ni argumento, ni nada que saque al jugón de una sensación de surrealismo más cercana al delirio tontainas que a algo inteligente.

Podríamos añadirle un par de pírricas gotitas de jugabilidad, sobre todo en los combates, no especialmente furibundos ni espectaculares, pero sí moderadamente entretenidos. Y tendríamos que quedarnos ahí, porque el resto de lo que os puedo contar se mete de cabeza en el terreno de la frustración, por una dificultad a veces absurdamente alta. Ah, y el protagonista es gilipollas. 

* Los escenarios digitalizados son verdaderamente llamativos, aunque algo cortitos en el colorido.
* La animación de los personajes humanos es muy buena. 
* Los combates son razonablemente entretenidos.
* Qué rarito es el pobre.
* La música es más tonta que hacerte la zancadilla a tí mismo. Y muchos de los efectos de sonido parecen haber sido programados de coña, a ver qué salía.
* A veces es tremendamente difícil.
* Y el protagonista es imbécil.