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Bobby Bearing
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Diferencias entre los programas infantiles de "aquellos maravillosos años" y los de ahora:
1. Antes, los Barrios Sésamos, Cometas Blancas, Desvanes de la Fantasía, Planetas Imaginarios y demás creativas invenciones, estaban presentados por jovenzuelos con un cierto aire de inteligencia, o bien por monigotes simpáticos como la inolvidable gallina Caponata (me gustaba menos que Perejil, el caracol, eso sí). De Espinete prefiero no hablar. Era un verdadero capullo. ¡Qué mal me caía, el condenado! Además, tonto del culo: iba todo el día en pelotas y se ponía pijama para dormir.
2. Ahora, los conductores de los experimentos televisivos equivalentes son piaras de adolescentes supermegaguais jotío cómomolaelmazoquetecagas aúnnosémenstruarperoyallevocuatrocajasdecondonesenelbolso. O en su defecto (peor aún), los siniestrísimos Teletubbies esos. No sé qué pasará por el cerebelito embrionario de un tierno infante ante semejante despliegue de ñoñería cuidadosamente planificada, sentado boquiabierto y babeante ante la caja tonta, gracias a sus amantísimos y hartísimos padres, pero lo que es a mí... no sé, pero me dan un mal rollo tremendo.
Bueno, pues ¡y lo bien que me lo pasaba yo con el Barrio Sésamo, oigan! Supercoco era cojonudo. Por no hablar de los marcianitos peludos aquellos que flotaban inquietos exclamando "bip, bip, bip, bip", consultando una especie de enciclopedia galáctica en la que se definían todos los cachivaches fabricados por los terrícolas (¿recordáis? "liiibro diiiceeee..."). ¡O los Nabucodonosorcitos que vivían en una caja de zapatos en casa de Epi y Blas! ¡Lo que me reía yo con ellos! O con aquel hippy de felpa y fieltro que entonaba, con toda la pasión y la vehemencia del mundo lo de "¡manamaná!", a lo que el coro de nenas hechas con trapos de colorines respondía con un no menos encendido "paaatiií... pipipiiii, repipi, repipi...". Qué risas, oigan. Así he salido de gilipollas...
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Pero si había algo que me encantaba de ese programa, por alguna de esas razones cuasi surrealistas que mueven a los niños a encapricharse con esto o lo otro, eran las aventuras de aquella especie de bolita de máquina del millón, que rodaba desaforadamente por un mundo de maquetas, emitiendo sonidillos inarticulados, roncos y guturales, de lo más divertidos. ¿Os suena? |
¿Os acordáis de cuando avanzaba penosamente por la nieve -sospechosamente parecida al resultado de raspar un corcho blanco de esos de embalaje- y al llegar a su casa y plantarse ante la hoguera profería un áspero "ahhhhhhh..." de gusto?
Luego a alguien se le ocurrió que a los niños no les gustaban memeces absurdas comparables y que lo que molaba superchachi piruli que te cagas, era tener a Leticia Sabater esbozando un gesto histérico, ataviada con un vestidito ajustado y estridente dotado con un escote que le llegaba hasta las rodillas, diciendo gilipolleces a cuál más atronadora y rodeada de chavales con cara de haberse merendado un bocata de Valium con mantequilla. Pues sí.
Bueno, pues no me extrañaría que a más de un psicoanalista, aficionado o no, se le hiciera la boca agua ante memeces como las que de vez en cuando desfilan por estas páginas (yo las dejo salir; hago con ellas la vista gorda, cosa mala). El caso es que, miren ustedes por donde, cuando le eché el guante a este curiosísimo Bobby Bearing, me acordé de las andanzas de la canica metálica de voz rasposa a través de su minimundo a escala, lleno de cabañas de juguete y nieve de poliuretano. Y es que precisamente el protagonista de la extrañísima historieta que se desenvuelve en una especie de representación de los retortijones neuronales de algún matemático tarao (como que este "mundo" en cuestión recibe el poco poético nombre de "Los Metaplanos"), es una especie de canica con cara de lela que rueda rampas arriba, pendientes abajo, en busca de sus hermanitos descarriados.
La pandilla de bolindres prófugos ha desaparecido de su casa (el gua, vamos... sí, sí, el gua. ¿Qué pasa? ¿no jugabais a las canicas cuando erais pequeños? no todo iban a ser commodores y similares, ¿no?) y ahora andan desperdigados por Los Metaplanos, a merced de los peligros poligonales que los pueblan. A merced del todo, porque además, los muy lerdos están sumidos en una especie de coma que nos obligará a llevarlos a empujones a través de corredores angostos y formaciones geométricas de toda condición.
Y he aquí la principal dificultad del juego. Que no es poca, además. Si controlar a Bobby a través de los Metaplanos no es especialmente sencillo, máxime si tenemos en cuenta que dada la perspectiva los controles funcionan como si uno girara el joystick 45º hacia la izquierda (o manteniendo la palanquita fija, mover el resto del Cosmos hacia la derecha, a elegir) (alguno habrá que sienta el impulso de tomar el segundo camino) (os lo juro).
O sea, que si empujamos la palanca hacia adelante, nuestra simpática canica gesticulante rodará hacia la esquina superior izquierda de la pantalla. Digamos, el "norte", según la perspectiva.
| Si tiramos del mando hacia nosotros, conseguiremos que el sonriente bolindre dé tumbos dirigiéndose hacia el vértice inferior derecho. Sí, complicadísimo, vamos. De hecho, algunos autores recomiendan que uno se saque un doctorado en topología petapicucadimensional, mecánica cuántica y de turismos ligeros y análisis de continuidad de funciones en un plato de arroz con leche para disfrutar plenamente de este juego. ¿No te jode? :-p | ![]() |
Bien, pues si no es sencillo maniobrar a Bobby entre las rampas y desniveles varios (además, el sistema de "física" del juego está bastante conseguido; en ocasiones, basta con dejar el mando centrado para ver cómo la gravedad actúa de un modo muy realista sobre nuestro felicísimo peloto rotatorio) que se ensamblan como piezas de un mecano a lo bestia, para formar el enorme mapa de los Metaplanos, la cosa se complica más aún si añadimos al guiso condimentos tan sabrosones como los malvadísimos Rodamientos, algo así como las "antipelotas" del reino. Fijaos en la primera captura: ¿veis a esas dos lustrosas canicas negras con ceño torvo y fruncido y aviesa mueca erizada de afilados dientecillos? Bueno, pues se trata precisamente de dos especímenes de esta estirpe de gamberros rodantes. Tienen tres formas de actuar: dedicarse a girar cíclicamente por una pantalla, esperar parapetados en algún recodo esbozando una mueca de perro pachón esquizoide con una cataplasma de ajo y vinagre debajo del rabo y lanzarse contra nosotros en cuanto pasemos por delante, o perseguirnos incansablemente. En cualquier caso, su principal peligro es que si chocan con mucha fuerza contra Bobby, lo atontarán unos instantes y el marcador del tiempo que tenemos disponible, descenderá rápidamente algunas unidades. En algunos casos, incluso pueden empujarnos por un terramplén para abajo (galletazo que te crió y más pérdida de tiempo vital aún), o todavía peor: puede que nos dejen con cara de pasmo justo debajo de una de las múltiples losas o masivos bloques cúbicos que, en algunas pantallas, suben y bajan a modo de aviesas apisonadoras (mirad la segunda captura). Si Bobby termina adquiriendo un aspecto parecido al de una almeja laminada por un camión, perderemos una verdadera barbaridad de tiempo.
Bueno, pues ahora imaginaos todas estas complicaciones, mientras tratamos de guiar a empellón limpio a un bolindre en estado comatoso. Imagináoslo cayendo desaforadamente por algún terramplén, yéndose a parar justo bajo una mole granítica a punto de dejarlo con el grosor de una perrunilla o poniéndose a merced de los furibundos Rodamientos. E imaginaos que tenéis que empujarlo por un corredor tan estrecho que no podáis tomar ninguna intersección demasiado cerrada, porque el muy membrillo se atasca. Un auténtico suplicio, creedme. He aquí toda la salsita del juego. Incluso llevar a casa Barnaby, el primero de los hermanos descarriados y que duerme la mona a un puñado de pantallas de distancia, es todo un desafío. Y ¿sabéis? ¡eso me gusta!
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Excelentes, claros, nítidos y... monocromos (aunque, eso sí, ese único color cambia de una pantalla a otra, para darle una miaja de variedad al asunto). Vaya por Dios. Aún así no creáis que eso resta muchos puntos a este apartado. En realidad, sólo uno. |
Pero aún así, se las apaña para conseguir todo un sobresaliente. Y no es para menos; fijaos en lo inteligible y original de las "estructuras" que pueden verse en las dos ilustraciones de esta página. Más aún, a pesar de que unas canicas anodinas no parecen dar para mucho, es sorprendente lo expresivas que pueden llegar a ser. Fijaos en cómo Bobby parpadea y hace muecas cuando se pega un guarrazo.
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Aquí sí que no lo tengo claro. A ver: resulta que hay un fichero SID con una musiquilla compuesta por Ben Daglish rulando por esas webes, pero tengo la cinta original y nunca pude oír ni el más insignificante pitidito. Igual la tonadilla de turno sólo se reproduce en la versión para el C128. |
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Bobby Bearing es complicado como él solo. Recuerda bastante a otros malabarismos geométricos como el Gyroscope o el Spindizzy, aunque en mi modesta opinión, el título de The Edge (o sea, este que nos ocupa -hay que ver a los giros forzadísimos y chirriantes que tiene que recurrir uno para no redundar como un poseso-) tiene bastante más personalidad y es más agradable de ver. |
| * Gráficos estupendos * Modelo de "física" bien conseguido |
* No tiene sonido. |