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Bride of Frankenstein
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A ver cómo os cuento la introducción en la que estaba pensando para esta ficha, sin ponerme tan asquerosamente pedante que no tenga más remedio que propinarme tres o cuatro collejas a mí mismo.
Es curioso cómo eso de dar miedo al prójimo con el único objeto de divertirle (sí, la frase es correcta: asustar para entretener) ha evolucionado con los siglos. En el XIX, parece que el personal era bastante más ingenuo y sobresaltable que ahora. Eso dice mucho acerca de los tiempos que vivimos. No sé si bueno o malo, pero decir, dice mucho.
Los fantasmas translúcidos de jovencitas lánguidas a las que el despecho llevó a suicidarse de la forma más estilística y poética posible, que abundaban en las historias del Romanticismo (ojo: lo romántico de verdad de la güena, lo romántico fetén, es de lo más lúgubre; nada que ver con floripondios de vivos colores y rumorosas mariposillas de toda índole), hoy en día podrían aspirar como mucho a un papel de figurante con derecho a bocata de ectoplasma, haciendo un fugaz cameo en algún fotograma sujeto a no aparecer en la versión definitiva del último remake de las andanzas de Scooby Doo. Ahí es nada.
Hoy, lo que mola, es el desparrame de casquería fina. Lo que anima al patio de butacas es la presencia estelar de algún tarao disfrazado de pescador-de-bacalao-regresado-de-la-tumba, que blande un machete pavoroso y hace todo tipo de imaginativas y creativas guarrerías con sus víctimas.
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Así, no debería extrañar a nadie que se puedan leer comentarios como aquel con el que un servidor de ustedes se topó hace un tiempo, en Internet. Ni recuerdo dónde, ni recuerdo a cuento de qué venía, ni recuerdo quién era el autor de la proclama en cuestión... por no recordar, ni recuerdo en qué idioma estaba escrito. Jaté. |
De lo que sí me acuerdo, es de la leña inmisericorde que el redactor propinaba al cuento clásico de Frankenstein, o como se llamó originalmente: "Frankenstein, o el Moderno Prometeo", por aquello del mito griego de la creación de la Humanidad. El crítico de turno venía a resumir las razones que le motivaban a otorgar tamaña somanta a uno de los clásicos de la literatura de terror con un argumento tal que este: "la obra fue idea de una inglesita pija de 17 años que, mientras pasaba unas vacaciones en un lago suizo, participó en una especie de concurso de redacción de historias de mucho canguelo, organizado por unos amiguetes. Con esos mimbres, fíjense ustedes la pollez de cesto que salió. Era de esperar".
El caso es que Mary Shelley, la inglesita pija de 17 años, era bastante lista. Y el lago suizo de marras había sido el escenario de las vacaciones de don-nadies ... como Voltaire. ¿A alguien le suena? Bueno, sí, no tiene mucho que ver. Tampoco es que la creatividad del monsieur se quedara flotando sobre la rivera del charco alpino, como el aroma mezcla de sobaco recocío y estropajo de alambre que desprendía uno de los garrulos de mantenimiento de la residencia universitaria en la que me hospedé años ha (¡qué asco de tío! uno podía saber, a mediodía, si el zagal había pasado por allí aquella mañana, porque el pestucio, denso, pegajoso, reptante, adhesivo y pastoso, aún palpitaba en el aire). El caso es que el lago en cuestión tenía fama de ser un sitio de lo más vistoso y de azuzar la inspiración y la creatividad de los sesudos domingueros que se dejaban caer por sus orillas. Entre los que, por cierto, se contaba el anfitrión de la señorita Shelley, un tal Lord Byron. Sí, otro desconocidísimo.
Bueno, pues maese Byron fue quien, precisamente, propuso que los asistentes al retiro vacacional se pusieran plumas a la obra y redactaran poemas de mucho miedo, mucho pánico y muchos incontrolables retortijones en el momento más inoportuno. Y tras gran estruje de neuronas, a Shelley le dio por escribir la historia de un médico suizo al que se le ocurre arrejuntar cachos de muertos, aplicarles un calambrazo colosal y animar la masa pestilente y tambaleante que resultaba.
Supongo que estamos ya tan hartos de ver versiones mil del cuento del Monstruo de Frankenstein, que ya no nos hace ni gracia. Miedo, nos da menos todavía. Yo creo que a nadie se lo ha dado nunca. Y es que las adaptaciones cinematográficas han sido siempre de lo más ridículas; cuando la aullante creación del doctor Von-Taraden no parecía un portero de discoteca con grapas en la frente, tornillos en la yugular, cinta aislante en las articulaciones y zapatos del 56, al histrión venido a más de Kenneth Brannagh no se le ocurría nada mejor que rapar a Robert de Niro y ponerle tres kilos y medio de pizza quattro stazioni por toda la cara. Y hala. Toma monstruo.
Lo cierto es que "Frankenstein, o el Moderno Prometeo" es uno de los libros más inquietantes, descorazonadores y devastadores que he leído nunca. Ya, cada uno le da su interpretación (y precisamente por esa razón, esto de la lectura tiene tanta gracia) y puede que a alguno le parezca una soplapollez pueril surgida de la pluma ociosa (y pija) de una inglesita aburrida en un conciliábulo primaveral en torno a un lago al que na más que le faltaba a Heidi rodando por algún monte, ladera abajo. Como tampoco es mi intención que terminemos todos en una esquina, con un mantón de Manila por encima de la cabeza y llorando a moco tendido, si os parece, dejaré mis interpretaciones existencialistas aparcadas en el lugar más conveniente y trataré de centrarme en este juego...
... que es lo que nos ocupa, al fin y al cabo. ¿Habéis visto la película de 1935? Sí, hombre, "La novia de Frankenstein", esa en la que la afortunada zagala destinada a desposarse con el más apuesto, aguerrido y mugiente montículo de órganos en avanzado estado de descomposición, era una especie de Marge Simpson con mechas y cara de pasmo perpetuo? Bueno, pues no tiene nada que ver con lo que os encontraréis aquí. Para empezar, la feliz prometida es una rubia con la figura de una saca de esparto llena de sandías maduras. Y para seguir, su cometido no es... erm... el de la película (a saber...), sino reconstruir a su pocholín. Podrido pocholín.
Bien: pues la protagonista de esta simpática y colorista memez de videojuego, debe recorrer los aledaños de un castillo más siniestro que un sarcófago de metacrilato, en busca de la tripita perdida. Cerebro, corazón, pulmones... toda una sección de cárnicas anda desperdigada a través de las pantallas que componen el mapa del juego. Y hemos de recuperar todas las rezumantes y escurridizas visceritas malolientes para que nuestra gorda hiperactiva y su apolíneo cumuleno de tejidos apolillados y fluidillos coagulados, vivan... erm... se descompongan amorosa y felizmente.
| He aquí otra muestra más de la aplastante originalidad de
los juegos de los 80. ¡Una chavala tan atractiva como un jabalí afeitado
en bikini, en busca de los órganos vitales de su amado! ¡Ahhh! ¡Ohhh!
¡Aplausos! ¡Aplausos! ... |
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O sea, un "arcade-aventura" en el que el protagonista tiene que encontrar
una serie de objetos.
Anda. Ya no es tan original.
Lo cierto es que no, no es tan original. Salvo por un detalle: su colorido
y lo simpático de sus gráficos. En realidad, el juego se parece bastante al
Werewolves of London. Casi
estaría yo tentado de decir que el o los autores son los mismos.
...
¡Qué demonios! ¡Sólo se vive una vez! ¡Sucumbamos a la tentación! "El o
los autores son los mismos". ¡Ahhhh, qué gustazo eso de transgredir apabullante
y escandalosamente las normas! ¡Y no me toquéis las narices, que os lo digo
otra vez! :-p
(Warning, warning: el autor lleva un par de párrafos con la inspiración por
los suelos; ¿se nota?)
¡Jopé! ¡Si es que este Bride of Frankenstein no es más que una chorrada
colorista original sólo en el argumento! ¿Qué os podría contar que no os
haya largado ya en el tostón de introducción que una vez más he tenido al
desfachatez de colaros de rondón? ¿Que nuestra oronda enamorada, mientras
corretea inquieta a la caza del bazo oculto y el píloro descarriado, será
asediada por las inevitables monstruosidades del mucho-más-allá? Pues sí, os
lo cuento: esqueletos y fantasmones (y no recuerdo si alguna otra pringue del
submundo más) no cejarán en su empeño de aterrorizar a la delicada flor de
abril que menea grácilmente sus catorce arrobas en canal, castillo p'arriba,
castillo p'abajo. No creáis que por el hecho de estar colada por un cadáver
despiezado, la heroína de esta historia es una psicópata inasequible al miedo,
a la duda y al asquito más elemental. ¡Qué va! Cuando se tope de bruces con
uno de los histéricos malosos (se mueven como marionetas comandadas por un
titiritero en plena crisis epiléptica), su corazón se acelerará
peligrosamente.
En realidad, los malos de ultratumba no son el único peligro al que se enfrentará nuestra hermosa aprendiza de ballena yubarta: conforme el tiempo pase, irá perdiendo vitalidad, representada por un líquido verde-moco que llena un matraz. Procurad que el nivel no descienda demasiado y buscad lugares donde llenarlo. Sabio consejo, sin duda. Apuesto a que no se os había ocurrido a ninguno. Si es que soy la leche. Cualquier día de estos me da por disfrazarme de tetra-brik y acomodarme en una balda de la nevera, entre la mantequilla y la bolsita de queso rallado.
Para llevar a buen término nuestra búsqueda de la viscerilla agusanada, nos serán necesarios varios objetos, entre los que se cuentan una pala, un farol para alumbrar nuestro camino en las zonas más oscuras del castillo y siete llaves. El problema es que el sufrido vestido de nuestra heroína ya está todo lleno de prietos michelines, así que no queda sitio para llevar más de una a la vez. Una verdadera faena esta, que te puede obligar a patearte la mitad de las 60 pantallas que el manual proclama que componen el mapa del juego, sólo para cambiar una de las llaves que tienes y que ya has usado, por otra que necesitas. Como son todas diferentes, no estaría de más que os hicierais un mapita o similar, en el que anotarais qué puertas se abren con cuáles.
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Cuadriculados, grandes, simpáticos, coloristas... parecen salidos de un CPC cualquiera. Los fondos son bastante menos siniestros de lo que uno podría esperar en un juego tan escatológico y lúgubre como este podría ser, a juzgar por el argumento (aunque lo mismo le sucede al Werewolves of London) y los personajes son más bien cómicos. |
Brujulean nerviosamente por los escenarios moviéndose de forma convulsa, merced a sus dos frames de animación mal contados.
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El tema musical es... bueno... en los 600 juegos con música que tenéis a lo largo de estas fichas, puede que estemos ante la composición más infantiloide y nula de todas. No sé si durante aquellos-maravillosos-años tuvisteis curiosidad por programar el SID, aunque fuera a golpe de línea en BASIC. |
Bueno, pues yo sí: y las cantatas a una sola voz, estridente y gangosa, que
tosía las ñoñerías de preadolescente inquieto que servían de overtura de andar
por casa para las tonterías de videojuegos que vuestro seguro servidor programó
en aquel entonces, no sonaban mucho peor que los cuatro chirridos que mancillan
la Tocata y Fuga de Bach cuando este Bride of Frankenstein termina de cargar.
Matizo eso: mis pitiditos lejanamente melódicos, en ocasiones, sonaban incluso
MEJOR que la cascada de notas que se pisotean torpemente unas a otras, como
en una estampida tartaja, que da la bienvenida, a traición, a nuestros tímpanos
desprevenidos. Toma ya.
Los efectos de sonido no van más allá de los latidos del corazón de nuestra
sandía peleona y un curioso repiqueteo que, se supone, emite al caminar y cuyos
orígenes, cualquier observador imparcial ubicaría en los más profundo del altavoz
de un Speccy de los clásicos.
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La idea no es del todo mala. No, no me refiero a la denodada búsqueda del páncreas misterioso y el epigastrio esotérico, sino a lo de hacer una aventura sencilla, con gráficos coloristas y agradables, a través de 60 pantallas con bastante personalidad. |
Una pena que al final la cosa se reduzca a vagabundear en busca de la puñetera llave que nos abra la puerta que se nos resiste (menos mal que, una vez que demos con la que se ajusta a la cerradura en cuestión, se quedará abierta durante el resto de la partida), mientras huimos despavoridos de piaras de malos que se cuentan entre los más recalcitrantes, insistentes e insufribles de la historia del videojuego.
| * Entretenido * Gráficos simpáticos |
* El sonido es patético. * Los malos son un verdadero incordio. |