Bruce Lee
Género: Lucha / Plataformas Música: John A. Fitzpatrick
Desarrollado por: Datasoft / U.S. Gold Año: 1983
Pincha aquí para ver la portada ampliada Pincha aquí para bajarte el juego Pincha aquí para bajarte el manual en inglés Pincha aquí para bajarte la música en formato SID ¡Flipaaa!

Esto de los emuladores está cada vez más avanzado, sí, pero por muchos vices y cecé-ese-sesentaicuatros que en el mundo sean, nada puede igualar a un Commo real. Al menos, de momento. Cómo será la cosa, que casi merece la pena la espera de vayaustedasabercuántos minutos, mientras el polvoriento, chirriante y renqueante Datassette se las ve y se las desea para cargar una cinta que has rescatado de la esquina más remota de una caja (no señor, nada de que "todas las esquinas de una caja son iguales"; algunas son bastante más remotas que otras) (un momento, que me tome la pastilla para la gilipollez crónica, y continuamos...) y que, de vez en cuando, y como en los viejos tiempos, al entrañable cacharro le dé por interpretar lo que le salga de los cabezales y dejarte con cara de pasmo mientras miras la pantalla en negro. 

Hace no mucho, anduve jugando mis buenas partidas con mi "breadbin" auténtica, genuina y fetén. Y, oye, ¡no se parece en nada a eso de los emuladores! ¡En serio! Me consta que más de uno de vosotros tiene la estupenda costumbre de dedicar más tiempo al cachimbo real que a esta simpatiquísima engañifa emulada. Aplausos. Me uniría a vosotros, pero mientras repte a través de los poquísimos metros cuadrados del apartamento desde el que escribo estas fichas, me temo que no voy a tener espacio físico para ubicar en ningún lado toda mi colección de cintas y mi entrañable Commo. Pero todo se andará, no desesperemos.

¡Juachaaaa! El caso es que, después de una tarde simplemente magnífica, enchufado a mis clásicos vetustos (que, para mi satisfacción, seguían funcionando estupendamente... o casi; a veces eran necesarias un par de intentonas para que la cinta de marras cargara en condiciones), cuando un par de días después volví a mi PC y mis emuladores, tuve una sensación similar a la que uno experimenta cuando trata de imitar por su cuenta y riesgo, y en su cocina, aquel plato de pasta tan estupendo que le sirvieron el otro día en un restaurante. 

Mueca torcida, entre el asco y la decepción. Uno tiene que reprimir un primer impulso que le anima a incinerar el retorcido experimento culinario, las cacerolas y sartenes involucradas en tan nefasto ejercicio y ya de paso, darse una ducha a fondo para eliminar cualquier partícula microscópica del engendro baboso lejanamente parecido a cualquier cosa comestible. Tras un rato de dominio mental, casi te haces creer a ti mismo que "bueno, en el fondo no está tan mal". Poco a poco, te vas olvidando del modelo original y descubres que, al día siguiente, tras una noche en la nevera y el inevitable recalentón en el microondas, la plasta vagamente fluida de ayer, ha adquirido hoy la consistencia de la tierra de un tiesto con geranios y la mezcla de sabores del frigorífico ha conseguido disimular el gustillo a conato de imitación de un buen plato (requemado, excesivamente salado y duro, además). En el fondo, sin embargo, sabes de sobra que no hay comparación posible con el original.

Pues algo así, vamos. NI PUNTO DE COMPARACIÓN, señores. Qué gráficos, qué scroll, qué musica... un C64 real, al lado de un emulador, tiene momentos en los que casi parece una máquina distinta. ¿Queréis una prueba más concreta? Echadle un ojo a las fotos de los comentarios de la revista Commodore Format. ¡Cualquier medianía parece hasta bonita! Al lado de la excesiva precisión y limpieza de las imágenes de los monitores modernos, que se afanan por afilar los bordes de los pixels, un juego de Commodore, "de verdad" casi parece escapado de aquel ordenador "de 12 bits", como decía un amiguete spectrumnero mío, en aquel entonces (porque, como aseguraba el chaval, estaba a medio camino entre los 8 y los 16; jejeje, el tío estuvo a punto de comprarse un C64 en sustitución de su Speccy-teclitas-de-goma, pero corría el año 1990, y terminó optando por un Amiga).

Aún así, en el terreno visual, este Bruce Lee tiene bien poco arreglo. No creo que ni siquiera a través de una "panaera" de verdad (huy, qué gracia más tonta me ha hecho la imbecilidad de traducción de "breadbox" que acabo de sacarme de la manga; me vais a permitir que la utilice sistemáticamente a partir de ahora) se pudieran disimular esos enormes caracteres cuadrangulares y angulosos, de filos respingones, burdamente "remapeados" y amontonados casi sin ton ni son, a lo largo de pantallas que parecen inspiradas en los "Tente" esos que teníamos cuando éramos pequeños.  

Y aún así, da lo mismo: este es uno de mis juegos preferidos. Cuando se recurre a aquello tan tópico de la "adicción en estado puro; por encima de gráficos y sonido", con no poca frecuencia, el cliché sirve de justificante a un título que, en realidad, es más bien bodrio en el apartado técnico y no tiene gran cosa que ofrecer en el de la jugabilidad. Es como cuando una panda de amiguetes hablan de una nena que conocen y se refieren a ella asegurando que "es muy simpática". Pueden estar ustedes seguros de que la desdichada, es el coco. 

Pero, ¡anda, qué sorpresa! en este caso, el tópico es rigurosamente cierto. Y supongo que, a principios de los 80, me debió de parecer bastante menos feo y simplón de lo que sugieren las capturas que acompañan este comentario. Bueno... no lo sugieren: lo proclaman abiertamente y sin tapujos. El caso es que cuando leí el elogiosísimo comentario que le dedicaron en uno de los primeros números de la Commodore Magazine, se me hizo la boca agua. ¡Menuda pinta tenía!

No sé dónde lo conseguí... aunque no debió de serme nada fácil... ni barato: la cinta, original, que aún tengo, es de importación. Vaya, con las instrucciones en inglés y todo. Por lo visto, aún no se traducían, salvo las que Indescomp distribuía bajo una carátula genérica. Bueno, pues ya desde la primera partida me engancharon la agilidad, la rapidez y la sencillez del juego. Desde entonces he debido de terminármelo... hmmm... pues como entre chorrocientas y sotopocientas veces (chumiquince más, chumiquince menos). Y aún así, no me canso nunca. Hombre, claro, lo "rejuego" con cierta moderación, a ver si van ustedes a creer que lo primero que hago por las mañanas es enchufarme al emulador y liarme a darle coces cuadriculadas en todo el pixel al Yamo Verde y al ninja, a través de los escenarios construidos con el Exín-Pagodas y ya ni como, ni respiro, ni meo, ni duermo... 

... auque no me extrañaría que más de uno cayera en su tiempo presa de tan febril adicción. 

Pues sí: Bruce Lee es una curiosa mezcla entre plataformero y juego de lucha. Los dos géneros, además, se combinan de la forma más natural que os podéis imaginar. La cosa no chirría nada. Y ya tiene mérito, la verdad, porque muchos juegos modernos intentan juntar gambas al ajillo con sorbete de chocolate y un chorrito de zumo de pepino, a ver qué sale. Un asco, claro.   El rey de los lollitos de plimavela, al ataque

Veréis, se supone que nuestro nervudo y fibroso cuadriculito amarillo con patas, debe adentrarse en la Misteriosa Fortaleza de Lego (TM), donde un mago malísimo y más feo que los agujeros de la nariz, vigila un tesoro descomunal y, lo que es casi tan importante, ¡el secreto de la inmortalidad! Ahí es nada.

La fortaleza consta de veintitantas pantallas, si no recuerdo mal, en las que no sólo nos las tendremos tiesas con dos de los malos más célebres (y patosos, hasta lo cómico) de la historia del C64, sino a multitud de trampas en forma de descargas de rayos, aviesos cuchillos voraces colocados en los lugares más inoportunos (generalmente, al final de cintas transportadoras tan psicodélicas como el arroyuelo de pixelazos morados que podéis ver hacia la derecha de la segunda captura; ¿os estáis fijando en él? Bien, pues la ristra de "tes" blancas y gordísimas que aguardan en la parte superior de la cinta de marras es, precisamente, una fila de puñales... sí, ya os lo he dicho: los gráficos del juego parecen haber sido planificados con las piezas y los bloques de colorines de algún mecano para nenes de post-teta y pre-guardería) y unos simpáticos arbustos explosivos, denominados en el manual con algún tintineante palabro chinomorfo, que se despliegan violentamente, con un estampido, cuando alguien pasa sobre ellos.

Aunque quizás lo más divertido sean, precisamente, las refriegas a coz limpia, contra el Yamo Verde y el ninja. Siempre aparecen los dos juntitos, en amor, comparsa y pixels inflamados, en muchas de las pantallas iniciales. Es decir, en las más llanas y menos peligrosas; y es que en aquellos tiempos ignotos, las técnicas de programación de la IA de los personajes de un videojuego no daban para según qué aleluyas, así que los dos histéricos secuaces del mago (resulta divertidísimo verlos corretear, persiguiéndonos furibundos, como cochinillas famélicas detrás de un terrón de suculenta arcilla, en cuanto nos ponemos en su línea de visión -el Yamo Verde, esa especie de cruce entre luchador de sumo y sapo peleón, incluso ingresa en la batalla profiriendo un alarido de lo más cómico-) muestran una tendencia ridículamente alta a terminar ensartados, agujereados, desintegrados y chamuscados. Son más torpes que un cerrojo, los pobres, y con mucha frecuencia no nos hará falta ni emprenderla a coces volantes y a collejas con ellos. Se quitarán del medio ellos solos. De hecho, es sencillo maniobrar entre los dos para que se arreen de palos, pellizcos retorcíos y sardinetas entre sí. De lo más cómico, insisto. 

Para avanzar a través de la Mega Fortaleza Súper Chachi Móntatela-Tú-Mismo Del Sargento Zote (marca registrada), hemos de recoger los farolillos ornamentales (o algo parecido... es que, en las inmediaciones del salón del mago, los objetos a recoger son distintos y la verdad es que no sabría deciros qué diantres son; ¿candelabros? ¿velitas?) que cuelgan en algunas de ellas (me encanta la musiquilla que emiten en ese momento; otro de los soniquetes nostálgicos de aquellos-maravillosos-años), de modo que consigamos que una de las paredes de la sala se abra y deje paso libre a la siguiente. 

 
 
Ni siquiera lo parecen. Que no parecen gráficos, digo; más bien recuerdan a un refrito de caracteres un poquito remapeados. De hecho, algunos de los que adornan (o al menos, lo intentan) los fondos de algunas habitaciones, se conseguían directamente a través del teclado del C64. Sin más aderezos.

Combinacioncita de teclas de rigor, y ¡hala! casi era uno capaz de trazar algunas de las habitaciones de este juego. Sin embargo, la acción es verdaderamente rápida y ágil. Creedme, no es un topicazo: al cabo de un rato, acabas olvidándote de que estamos ante un remix de simbolitos del teclado estándar del Commodore, poco vistoso incluso hace 20 años. 

La música es una pavada metálica y aguda, pero los efectos de sonido son memorables. Desde el "grito de guerra" del Yamo Verde hasta la tonadilla que emiten los faroles ornamentales cuando los recogemos, prácticamente no hay sonido en este juego que no haya pasado a los anales del Commo.   

No hagáis ni caso de los gráficos toscos y primitivos; Bruce Lee es uno de los juegos más entretenidos que se lanzaron para C64. En serio. Así de rotundo. Y por si fuera poco, permite que un segundo jugador tome las riendas del furibundo Yamo Verde y emprenda la caza del heroico limón saltarín.

¿Una pega? Sí: que es muy fácil. Demasiado, quizás. Con un poco de práctica, terminar el juego no sólo es factible: es casi inevitable. Como leéis.  

* Divertidísimo. Magnífico. Un clásico. * Facilón.