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Bubble Bobble
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Indicios para detectar una japonesada:
* Caso A: manga de pescozones acrobáticos y megagalletas con efectos especiales,
rayitos, truenos y vendavales diversos.
- Los protagonistas son jovenzuelos cabezones de enormes ojos (curiosamente,
casi nunca rasgados, como se supone en los habitantes de esas islas que quedan
a tomar por saco, milla náutica más, milla náutica menos) y rebeldes y enhiestas
melenas que recuerdan a las hojillas de una piña o al matojo de fibras sintéticas
de colores chillones que coronaban a aquellos muñecajos... los "trolls"
¿os acordáis de ellos?
- Cuando uno se apunta a una escuela de kárate, sale a los dos años sabiendo
invocar a todos los dioses y a todos los espíritus de niponlandia, cada vez
que tiene que endiñarle una bofetada a alguien. Además, mientras se prepara
para el capón, transcurren diecisiete capítulos en los que le da tiempo a reflexionar
sobre su pasado, sus raíces, qué tendría el lollito plimavela que encargó a
noche, que lleva toda la mañana yendo urgentemente al retrete cada dos por tres
y los motivos psicosociales del odio furibundo y cerval que le profesa su oponente.
Oponente que, dicho sea de paso, nunca tiene más opción que ensayar su repertorio
de muecas de pasmo y espanto durante esos diecisiete capítulos en los que el
héroe de la aventura retrae su puño, sustituye el cielo por un collage hortera
de colorines psicodélicos y transmuta su uniforme de escolar de Yokohama por
una armadura tecnosamurai con esmeraldas incrustadas.
- A pesar de todo, cuando el malísimo encaja la súper-archi-hiper-megayoya-of-the-power
y cuando la inmensa polvareda se despeja y terminan de llover los escombros
que ha provocado la invocación a todas las constelaciones del Hemisferio Sur,
el malo se alza, intacto, inmutable, sin despeinarse y sin haber atraído siquiera
una partícula de tierra batida. En lugar de ello, esboza una mueca de satisfacción,
una sonrisilla pérfida de medio lado, mientras gruñe desafiante. Ahora, el que
pone la cara de pasmo es el bueno, y el malvado del asunto dispone de otros
veinte o veinticinco episodios para arrearle un puntapié malabar en el píloro.
- Y así, se pasa la serie tan ricamente.
* Caso B: ñoñería edulcoradísima destinada a consumo infantil.
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- Ahora, los protagonistas son una recua de animalitos de colores que saltan, corretean, sonríen muy abiertamente y cubren de enternecedores lametones a sus cariñosísimos dueños, una pareja de felices hermanitos que vive con sus aún más felicísimos papaítos en una pagoda-avec-tatami-en-el-salón, en mitad del bosque. |
- No tiene por qué haber malos, aunque lo cierto es que es lo más
frecuente. Aún en ese caso, las perversidades adoradoras de la oscuridad, son
igual de monas y achuchables que sus juradísimos enemigos sacarinados y
enmielados (dan ganas de rellenarlos de gomaespuma y regalarlos a algún
sobrinito preescolar). Y es que en el fondo, en el fondo, en el fondo no son
malos del todo. Simplemente, tienen alguna doliente espinita clavada en el alma,
que acaba revelándose en uno de los últimos episodios. Se ve que nunca han
tenido un amiguito de verdad y por eso andan siempre por ahí de mala leche. Al
final terminan todos reconciliados y más monos que nunca.
- Cuando los animalitos del bosque feliz canturrean, pían y silban (siempre
emiten tiernísimos ruiditos agudos), el cielo también es sustituido por un
collage macarra, pero este salpicado de motivos gastronómicos; especialmente,
frutitas, dulces, caramelos, helados y demás empalagosidades.
Lo cierto es que podría hablarse de un caso de nuevo cuño. Una excepción
interesante y digna de estudio. El llamado...
* Caso C: mezcla de los dos anteriores.
- Los protagonistas son animalitos monos y sonrientes, al cuidado de jovenzuelos
cabezones de enormes ojos redondos y melenas puntiagudas.
- ... a pesar de su monería, las mascotitas cantarinas no tienen el menor reparo
en inflarse a guantadas espectaculares que liberan a todas las fuerzas vivas
del Universo, pulverizan planetas enteros y disuelven galaxias como el que no
quiere la cosa. Previamente, será necesario que preparen la apocalíptica pedorreta-plus-juegos-de-luz
a lo largo de catorce episodios en los que aprovechan para mutar a una especie
de parodia gigantesca, contrahecha y babosa de ellos mismos.
No sería incorrecto afirmar que este Bubble Bobble tiene un 50% de Caso B y
el otro 50% de caso C. Es una ñoñería empalagosa protagonizada por una pareja
de dragoncitos bebé que eructan burbujas verdosas en las que atrapan a sus enemigos.
¿Veis? Hay un puntito de agresividad en el tema. Los buenos y los malos no se
sientan a resolver sus problemas echando mano de la buena fe, la tolerancia,
los talleres de actividades extraescolares y el amor por el medio ambiente.
Al final, se reparten un par de pescozones. Aunque bastante leves, todo hay
que decirlo. Además, esos malos son casi, casi igual de monos. Algunos parecen
gominolas de frambuesa, otros tienen pinta de simpático juguetito incomprendido
que corretea aireando su cómica frustración por no haber tenido nunca una mamá
que le quisiera... y así, el elenco de dulzainas con patas, se va ampliando
a lo largo de las 100 pantallas de las que, si no recuerdo mal, constaba esta
tontería tan entretenida.
| A un hispanohablante, lo de "Bubble Bobble" le suena a chorrada. A un anglosajón, tengo entendido que le envoca las mayores y más cursis empalagueces que os podáis imaginar. No, no es que tenga un significado especialmente mariquitoide... es el sonido en sí, una especie de ridículo balbuceo que no divertiría ni al más ingenuo de los lactantes. | ![]() |
Sea como sea, e incluso tapándose la nariz si es necesario, la verdad es que
dedicar un rato a este juego merece la pena. Y en la mayoría de los casos, el
rato acaba alargándose lo suyo. Tiene "gancho", el jodío.
Precisamente por su simplicidad. Veréis: la cosa consiste en limpiar cada
pantalla de todos los malos que la pueblan, ya sea por nuestra cuenta o con la
ayuda de los flatos cavernosos y espesos de otro dragoncillo de digestión
pesada.
Las das escamosas monerías tienen la habilidad de expeler una burbuja verde (te
paras a pensarlo y la verdad es que es una marranada inmensa) que, si toca a
alguno de los juguetitos furibundos o chucherías iracundas que corretean y
saltan entre plataformas y boquetes, los encierran durante un tiempo. Fijaos en
la primera captura. Si miráis hacia la parte superior, veréis una pompa que
contiene a un malo desesperado, flotando justo delante de una plataforma. Bien,
pues no basta con someterlos al (breve, pero intenso, seguro) suplicio de
tenerlos dentro de una temblorosa esfera de babaza procedente de lo más hondo
del cavernoso estómago de uno de los dos monísimos lagartos de juguete: para
eliminar al malo atrapado, hemos de saltar hacia la pompa y reventarla. El
desdichado saldrá disparado por los aires y aterrizará en algún lugar de la
pantalla, momento en el que se transformará en... no podía faltar: una
frutita, pastelito o algún que otro pica-muelas similar. Si es este es de esos
juegos que duelen los dientes sólo con verlos...
Bien: pues repetid el proceso con todos los acarameladísimos monstruitos de
colores que brujuleen amenazadores en cada pantalla, y conseguiréis acceder
a la siguiente. Contáis además con varias ventajas, incluyendo joyas que aparecen
en algunos lugares (más puntos) y burbujas especiales. Algunas nos permitirán
eructar más pompas o con más alcance. Otras, que levitan hacia el techo cargadas
de algún fluido repugnante, cuando explotan, liberan su contenido y generan
una verdadera riada que se lleva tras de sí a todo malo que se cruce en su camino.
Ojo con tocar a algún maloso, o perderéis una vida. Ojo también con tardar demasiado
tiempo en limpiar una pantalla. No hay ningún marcador o similar que indique
cuántos segundos nos quedan... en lugar de eso, cuando la invisible cuenta atrás
está a punto de finalizar, suena una alarma, la música se acelera y todos los
malos que aún repten por la fase adquirirán un lozano color rojizo-cabreo-mayúsculo
y aumentarán su velocidad y su mala leche. Si os seguís retrasando, se materializará
una monada de horripilancia que se os acercará, imparable, hasta fagocitaros
una vida.
Ah, por cierto, si tardáis mucho en reventar una burbuja que contiene a un malo
pataleante, el muy taimado conseguirá hacerla explotar por sus propios medios,
y surgirá de ella más cabreao que un mono. No, no es retórica; en serio: cuando
se libere, estará colérico perdido, correrá más y habrá adoptado el mismo tono
colorao que tiñe los pixels de todos los caramelitos saltarines de cada pantalla,
cuando el tiempo está a punto de acabarse.
Hala. Pues esto es el Bubble Bobble. Así de simple y así de adictivo.
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Miríadas de monadas coloristas y sonrientes corretean con sus patitas cortas y sus marcadísimas muecas de felicidad a través de pantallas muy simples, construidas mediante bloques y plataformas dispuestas siempre en ángulos rectos. |
En algunas de las pantallas veréis agujeros en el suelo: si os dejáis caer a través de ellos, emergeréis por boquetes opuestos, que se abren en el techo. A veces, vienen de perlas para escapar de las hordas de peluches antropófagos.
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Un par de musiquillas alegres, metálicas y que llegan a hacerse una miaja cargantes. |
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Bubble Bobble es una cursilada infestada de juguetitos-bebé y caramelitos vivientes que brincan y corren al son de una musiquita que parece proferida por algún invento de Fisher-Price para tiernísimos infantes... y es también una de las mejores adaptaciones de una recreativa al C64 y un juego verdaderamente entretenido y adictivo. |
Por si fuera poco, para aquellos de entre vosotros que no hacéis ascos a eso tan raro de "socializarse", se incluye una opción que permite participar a un segundo jugador.
| * Simpático y adictivo. | * La música es más bien machacona. |