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Captain Blood
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He aquí un debate interesante, sin duda. El de la existencia (o no) de inteligencia extraterrestre. Vamos, es tan, tan, tan interesente, de hecho, que haría el gilipollas esbozándolo aquí. Así que procuraré utilizarlo muy brevemente como excusa para la introducción de esta ficha.
Quizás podríamos clasificar las reacciones del pueblo soberano ante la hondísima (en serio) pregunta "¿cree usted que existen civilizaciones en otros planetas?" en las siguientes categorías:
a) ¿Mande? ¿Cibili... qué? ¿Cómo ice usté? - Sí, sí: "cibili... qué". Es que algunos cometen faltas de ortografía hasta cuando hablan.
b) Ah, sí, hombre, sí, todas las noches lo echan por la tele. Sí, el pograma ese que presenta el Sardá.
c) Por supuesto. Y nos visitan constantemente, a todas horas, en todo momento. Fíjese que ahora mismo estoy viendo a un venusino trepándole a usted por la calva. ¡No me se mueva, no me se mueva, no sea que le capte el olor a protones trémulos y despavoridos que de seguro está usted segregando ahora mismo y vaya la dichosa alimaña a pegarle un bocao!
d) Marcianitos y de eso... haberlos, haylos. Vamos, en las pinículas salen muchos. Y to los dían secuestran a algún garrulo de Kansas y le hacen pruebas médicas sadomasoquistas en todo el sipitrosti. Con lo que tiene que dolé eso. En el sipitrosti, ¿tas fijao? Josú, niña, qué dolol.
e) No hay extraterrestres. No hay vida en ningún lao. Ni siquiera entre los
pelusones que pueblan los bajos de mi cama. No existe entelegensia en ninguna
parte. Por ningún sitio. Estamos más solos que la una menos veinticinco. En
realidad, estoy seguro de que soy el único habitante de este planeta y todos
ustedes son aberraciones mías. Es más: ni siquiera existe un planeta. Es to
mentira.
-¿Y cómo no sabía entonces usted que iba a hacerle yo esta pregunta?
-¡Calla, calla! ¡Aberración!
f) Respuesta razonable, con sus matices por aquí o por allí. Que, por supuesto, es la que todos nosotros compartimos. Insertadla aquí, insertadla :-)
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El matiz que yo doy a mi respuesta razonable podría enunciarse de forma resumida más o menos así: "NO-LO-SÉ". ¿Que si hay inteligencia dando vueltecitas en torno a alguna estrella lejana? Vaya usted a saberlo. Sí, sí, vaya, vaya, que por mucha prisa que se dé, no creo que llegue a las inmediaciones del sol más cercano al nuestro antes de que empiece a adquirir un parecido más que asombroso con la momia de Akenatón I. |
Y ahí tenéis, precisamente, la base del argumento de la respuesta razonable que suelen escoger los más escépticos. Los que se identifican con la llamada Paradoja de Fermi. Que viene a decir algo como: "Si son tan listísimos, ¿cómo es que no están ya aquí?". Contestación: porque el espacio es lahostia de grande. Más aún que el estadio del Betis. (Muy apropiado el ejemplo, ya que por todos es sabido que se le conoce también como "Er platillo volante"). Jaté tú. Sí que es grande, sí. Y resulta que precisamente por eso, brincar de una estrella a otra lleva la tira de tiempo. Eso es, ha sido y será así. Al menos, mientras a algún enorme e hidrópico cerebrito viscoso, verdoso y generosamente recubierto de mocos rezumantes se le ocurra algún modo de mandar al cuerno la Teoría de la Relatividad e invente un método mediante el que pueda viajar más rápido que la luz, sin hacer trizas la coherencia de todo el Universo.
No, no soy de esos tan escépticos. No creerse algo implica, en realidad,
creer en lo contrario. Coñe, qué profunda me ha quedao la frase. Pues ha sido
sin ensayar, os lo juro...
Igual resulta que es verdad y todo ¿eh? Porque, creo yo, la postura del escéptico fetén, del escéptico
pata negra, está un poquito más a mitad de camino. Ni sí ni no, sino todo lo
contrario, y siempre que no se me demuestre lo opuesto. ¿La gallina? No,
hombre, no. Resumiendo con palabras de Carl Sagan: "la ausencia de
evidencia no es evidencia de ausencia". O lo que es lo mismo:
-¿Tenemos pruebas de que existen extraterrestres inteligentes?
-No.
-¿Demuestra eso, entonces, que NO existen?
-Tampoco.
Mientras no haya evidencias DE VERDAD (no, no me vale una foto trucada de algo que se parece sospechosamente a un tapacubos de Seat 131 lanzado a los aires, o un pavoroso primer plano de una cosa cabezona, siniestra y verde gargajo, a la que, un examen más de cerca desvela un par de puntaditas, alguna que otra costura y de paso una etiqueta donde pone "Lavar a mano"), no se puede concluir nada. Ni en un sentido ni en otro. "Sí, claro", alguien podría espetarme ahora mismo, "y siguiendo ese razonamiento, puede uno pensar en que existe una raza de pitufos invisibles responsables de que se te pierdan las cosas que estás harto de ver por todos lados, justo cuando más las necesitas". Ya. El problema es que semejante aseveración es, dicho en términos científicos, una GILIPOLLEZ.
Y en el fondo, en el fondo, en el fondo, tengo que admitir que el argumento de este estupendo (pero injustamente poco célebre) Captain Blood está más cerca de el de los pitufitos porculeros que de la Paradoja de Fermi o de las prudentes cavilaciones que concluyen... no concluir nada, y proclaman cosas como: "La vida inteligente extraterrestre no parece incompatible con nuestros conocimientos de Astronomía y Biología, aunque aún quedan muchas incógnitas por despejar. Eso sí, en principio partimos de la base de que es muy, muy difícil de encontrar. No descartamos que la galaxia esté llena de domingueros siderales de apéndices fláccidos, recolgones y trompetudos, ni tampoco que seamos la única civilización técnica del Universo enterito -en cuyo caso tendríamos una curiosa sensación: ¡qué soledad la nuestra! ¡6.000 millones de criaturitas arrastrándonos sobre esta Tierra nuestra, y qué solitos estamos en el Cosmos!- (véase la Ecuación de Drake)".
Pero no. Captain Blood no propone una búsqueda incierta en pos de avanzadísimas, ancianas y sabias civilizaciones agazapadas en los confines de la Vía Láctea. Es más bien una mezcla de safari interestelar, trabajo de investigación detectivesca con ínfulas de espionaje light y algún que otro aderezo más que, seamos sinceros, na más que a un grupo de programadores franceses se les podría ocurrir. Mira que son enrevesados cuando quieren. Y cuando no quieren, es peor aún.
Fijaos qué premisa tan chula: Blood es un... una... uno... erm... bueno, es
una plasta vagamente antropomorfa que merodea a través de una galaxia lejana en
busca de 5 clones que andan diseminados a lo largo, ancho, alto (y alguna que
otra dimensión física más que vaya simultáneamente en ángulos ortogonales a
las tres anteriores; sí, hombre, es de lo más sencillo: imaginaos el aspecto
de un zorropotró garaflá chusurréstico orondo karakai.... es igualito, aunque
se le parece más si le ñoflas el tonfo -despacito, no sea que te se rompa-)
del espacio interplanetario, haciendo de las suyas. El tal Blood debe provenir
de una especie de estirpe de semidioses, al menos en el apartado tecnológico,
porque comanda una nave con capacidad para destruir un planeta entero con una
facilidad pasmosa. Ya empezamos a mezclar ingredientes raros. Típico potaje a
la francoise. O a la fransuá, me da lo mismo. De momento tenemos espacio
interestelar, tenemos raza alienígena misteriosa y desmedidamente poderosa,
tenemos una mica de clonación de por medio y no podíamos irnos de aquí sin
antes pegarle un buen pellizco al temita bíblico-religioso. Y es que el título
completo del juego es "El Arca del Capitán Blood". Porque,
precisamente, a lo largo de nuestro periplo cósmico, podremos cargar con varias
especies alienígenas, a cuál más babosa y contrahecha, en sendas cámaras
acondicionadas al efecto, de nuestra barroca nave espacial.
Es original, sí, todo hay que decirlo. Es más: es una idea BRILLANTE. No, y
encima no se llevó del todo mal a la práctica. Hombre, claro, se podía haber
hecho algo más, pero para haber metido todo el juego en una sola carga, el
resultado, creo yo, es de lo más digno.
¿O no está en una sola carga? ... misterio habemus.
Resulta que, según me dijo la gente de Gamebase 64, la versión inglesa del juego viene en dos caras de un disco. O sea que es multicarga. Seguro. El asunto es que yo, en mis tiempos, dediqué LARGOS ratos a tamizar la galaxia en busca de los clones condenados y nunca me encontré con ningún mensajito en la pantalla que me instara a "press play on tape". O como se diga en francoise. O incluso en fansuá, me da lo mismo. "Presé playé on tapé", será. Fíjate qué fácil es saber idiomas.
Pero sí, sí que parecen haber varios archivos también en la versión en español en cassette. Al menos, la cara B de la cinta no contiene, como en la mayoría de los juegos de la época, una copia de lo que uno puede encontrar en la cara A, sino datos misteriosos que no cargan independientemente (lo he comprobado). De modo que sí, parece que en algún momento hay que darle la vuelta a la cinta. Aquí tenéis disponible, sin embargo, la carga principal.
| Vamos, la que en mis tiempos exploré a fondo sin verle las dobleces, las costuras o los rotos por ningún lado. Toda homogénea ella. Toda monolítica y autocontenida. Como la condición de gilipollesca de la frase anterior. Una soplapollez recursiva, metida dentro de sí misma. El último grito en soplapolleces. El no va más. Ahora también en supositorios. | ![]() |
Pero tratemos de recuperar el hilo principal del juego. Por allí viene. A ver
si lo atrapo...
... ¡cayó, cayó el jodío! ¡No veas cómo se escabulle a la menor de cambio!
Como os iba diciendo antes de abandonar momentáneamente el mundo de la cordura,
el objetivo del juego es encontrar los cinco clones del protagonista, el Capitán
Blood que, obviamente, tiene bien poco que ver con el protagonista de aquella
película clásica. No sé si de piratas, de aguerridos marines gringos paseando
el Día D por la Normandía o... bueno, alguna otra producción hollywoodiense
en blanco y negro del año en el que Almanzor perdió el bolígrafo.
Y esos clones andan sembrando la devastación por la galaxia. Como podéis suponer,
encontrar cinco criaturitas escurridizas escondidas en sendos planetas en el
seno de un remolino de estrellas, es algo de lo más sencillo.
... y un huevo de pato. O "an huevé de paté", que se diría en francoise.
O en fransuá, me da lo mismo (otra acepción sería: "an huevé de fuagrás").
Una galaxia de andar por casa suele contar con unos (os pongo la cifra con todos
los números, para que veáis lo bien que queda) 100.000.000.000 de estrellas.
Y eso si es pequeñita. Una minucia, vamos.
Hombre, claro, aquí la cosa se reduce bastante. Sólo podemos visitar unos pocos miles de puntos en la galaxia. Y no todos tienen planeta incorporado. La cosa se reduce a meter las coordenadas en el mapa que se ve en la segunda captura (curiosamente, se conoce que el espacio en este juego tiene sólo 2 dimensiones) y saltar a ese pedaso de hiperespacio que todo el mundo estaba esperando. ¿O es que no os lo esperabais? ¡Amos, anda!
En el 99'9999% (periodo 9) de los casos, nos toparemos con, una de dos, espacio vacío o planeta igual de vacío. Si queréis encontrar formas de vida, no os queda más remedio que seguir el guión del juego. Afortunadamente, la partida siempre comienza ante un mundo habitado. Lo curioso es que en la versión en cassette siempre emprenderemos la alegre cacería del clon hooligan ante un planeta llamado Bow Bow, sobre el que merodea una criaturita ñoña, empalagosa, calva y llorona conocida como Yoko (no sé si se apellidará Ono... aunque cosas más raras se han visto... no mucho más raras, eso sí), miembro de la pacífica raza de los Izwal. En la versión en disco, sin embargo, el planeta de comienzo varía bastante (aunque en cualquier caso, siempre estará habitado).
El primer paso es, claro, descender a la superficie, mediante una curiosa (y más bien tontísima) etapa a medio camino entre el simulador de vuelo y la idiotez galopante. Dentro de una ventanita se nos muestra un paisaje vectorial de montes y picos afilados sobre el que vuela, se supone, una cápsula de exploración, o algo así. Podemos controlar su velocidad y su altitud y podemos moverla levemente a izquierda y derecha. En realidad tampoco importa mucho, porque todos los planetas se parecen exageradamente. Sí, ya sé que es inevitable, pero no creo que hubiera sido imposible meter un par de patrones "geológicos" y hacer que se generasen aleatoriamente en cada partida. El asunto es que no: siempre comenzaremos surcando los aires sobre una especie de sierra densísimamente poblada por picos exageradamente pronunciados. Casi parece un mar de agujas. La zona se alza en las inmediaciones de una llanura. En cualquier caso, después, indefectiblemente, siempre, sin excepción, terminaremos adentrándonos en un valle. Al cabo de recorrerlo un ratito, la nave se detendrá automáticamente y nos mostrará una vista ampliada (también generada a base de vectores que, hay que decirlo, quedan de lo más resultones) del lugar de aterrizaje. Si hay una forma de vida, se pondrá inmediatamente en contacto con nosotros. Fijaos en la primera captura.
Y aquí entra uno de los detalles que más gracia me hicieron siempre. Además,
es una idea verdaderamente inteligente: el traductor universal. ¿Veis esa especie
de teclado lleno de iconos, en la parte inferior de la pantalla, en la primera
captura? Bien, pues controlando sobre él la mano de Blood hemos de formar frases
simples. Al terminar, basta con pulsar en ese dibujo que representa a una boca,
y enviaremos la oración a nuestro viscosito interlocutor. O "viscosé interlocuté".
Que dirían... en gabacho.
(... o en gabaché, me da lo mismo...)
Él (o ello) responderá a cada icono que haya llamado su atención. Es algo muy
curioso y que, con la práctica suficiente, te permitiría jugar en cualquier
idioma. Una vez que aprendes qué significan los símbolos más frecuentes, no
tienes ni que pasar el dedo de Blood sobre ellos para leer el texto asociado.
Y ¿qué tienen de especial esas conversaciones? ... pues resulta que son la única
forma de conseguir pistas que nos lleven hacia los clones. Y quien dice pistas,
dice coordenadas. O "coordenés", como... bueno, vale, me callo.
Las coordenadas son la esencia del juego. Acabaréis intentando amasarlas denodadamente.
Tratando de sacárselas por las buenas, por las regulares y por las malas a todo
bicho viviente con el que os topéis. Y es que constituyen la única forma de
seguir progresando.
Algunos de los marcianitos las dejan caer a las primeras de cambio. Todo un
detalle por su parte. Con otros tendréis que echar mano de tácticas
diferentes. En algunos casos habréis de ejercer de mercenarios para alguna raza
que se lleva a matar con otra. En esas situaciones, el planeta de la estirpe
belicosa estará infestado, seguro, de misiles; podéis verlos si
ampliáis la vista cuando lleguéis a sus inmediaciones. Son unas curiosas
estructuras parecidas a pequeñas hélices que dan vueltas dentro de
rectangulitos negros, por toda la superficie del planeta en cuestión. Cuando
descendáis, tendréis que tratar de volar bajo, o veréis cómo
aparecen dos flechas desde extremos opuestos de la pantalla y se van acercando
hacia el centro. Si lo alcanzan, nos llevaremos un espléndido pepinazo. Lo
curioso es que no recuerdo que eso causara ningún daño.
Tampoco faltarán las situaciones en las que alguna mocarrada de las galaxias os
pedirá que subáis sus blandeces rezumantes a bordo del Arca y que la llevéis
a otro mundo. No me negaréis que el juego es atractivo.
Sí que lo es. Más aún para un astrónomo aficionado (de nivel novato-pazguato) como yo. Y todavía sería más simpático si Blood no estuviera degenerando a marchas forzadas. Forzadísimas. Al cabo de una hora de tiempo real, su mano empezará a interpretar el St. Vito's Dance por toda la consola de la nave. No veáis lo incordiante que puede llegar a ser esto. Y sólo podemos curarle, al desgraciado, si vamos recuperando los clones y, con ellos, nuestro ADN. Si es que no se puede ir por ahí desparramando inconscientemente el ácido desoxirribonucleico. Hay que ver. Estos mocos espaciales no aprenden.
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Más que buenos, yo diría que son hasta bonitos. Están llenos de detalles agradables. Fijaos en la galaxia de la segunda captura, o en el paisaje vectorial de la primera. Y no son los únicos momentos dignos de aplauso. |
La vista de los planetas desde su órbita, mientras rotan lentamente, está de lo más conseguida. Quizás lo más flojo sean, eso sí, los personajes. Estáticos, en la inmensa mayoría de los casos, a veces poco inteligibles y siempre nada coloristas.
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La música es un bodrio soso y sin personalidad presuntamente compuesto por el mismísimo Jean Michel Jarre y adaptado por un tal François Lionet... que lo acabó de fastidiar del todo. |
Al menos, los efectos de sonido están verdaderamente trabajados. Me gusta mucho cómo cada raza alienígena tiene su propia "voz". Esto es, en la pantalla del traductor universal, se emiten los iconos con un sonido diferente en función de qué guarrería cósmica nos está hablando. No, no se trata de samples digitales, pero aún así el resultado es muy efectivo. Yoko tiene un timbre más agudo y hasta casi diría yo que lacrimógeno que, por ejemplo, alguna de las razas guerreras, como los Croolis Ulv y los Croolis Var.
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Una idea brillante, una realización técnica impecable y un par de meteduras de pata que alejan, lamentablemente, a este Captain Blood de todo un sobresaliente. Personalmente, me parece uno de los juegos más originales, trabajados (y olvidados) de su tiempo. |
Sólo le faltaría un poco más de variedad en los paisajes vectoriales que muestran el descenso a la superficie de un planeta (bueno, un poco más de variedad... y algún sentido; es que la etapa es tan inútil que acaba por hacerse desesperantemente aburrida), que Blood no envejeciera tan rápidamente y que los personajes no fueran tan duros de mollera (algunos llegan a ser irritantes), y estaríamos ante un clásico.
| * El argumento es brillante. Me gusta especialmente el detalle
del "traductor universal". * Técnicamente impecable. |
* Que Blood envejece a pasos agigantados. * Acaba haciéndose una miaja repetitivo. Todos los planetas se parecen DEMASIADO. |