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Championship Wrestling
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Qué cosa más ridícula, eso de la lucha libre. Al menos, la lucha libre a
la norteamericana. Menuda panoplia. Es curioso cómo los habitantes de
gringolandia parecen estar ya tan habituadísimos al espectáculo más chillón,
estridente y hortera que, lo normalito, lo sufridito, sobrio y hasta grisáceo,
casi les debe de parecer de mentirijillas. Eso de ver a un grupo de gordos
enormes y depilados poniéndose colorados a base de pellizcos, cabriolas y
mamporros más falsos que un bizcocho de barro cocido, me parece bastante poco
estimulante. Verdaderamente, no sé hasta qué punto los asistentes al evento se
lo creen. ¡Es que canta una barbaridad! Hace ya bastante tiempo que creo que
nadie emite en España ninguno de los combates del Pressing Catch aquel. Al
menos, que yo sepa. Igual puede verse algo en alguno de los cientos de miles de millardos de
canales que salpican el país de arriba a abajo, entre telenovelas recién
importadas de Paraguay, con sus escenarios de cartón piedra pintados de fucsia,
verde limón y naranja restallante (todo en la misma escena) y sus avezadísimos
actores que se afanan por quedar de lo más creíbles ante la cámara (Cine-Exín,
seguramente), para ganarse así el cuarto y mitad de filete con papas...
Es curioso, porque, luego, esas apologías de todo cuanto es cutre, tienen un
éxito arrollador. Quizás es por lo tontísimas y simplísimas que son. Se hacen
incluso simpáticas. Puedo entenderlo: hay telenovelas de tan bajísimo
presupuesto que, los pobres responsables del invento, ni siquiera tienen dinero
para fingir que trabajan en algo de más postín. Y la cosa queda más bien rupestre.
No, no soy experto en culebrones. De hecho, no los soporto. Y, por favor, no
penséis con esto que estoy, una vez más, haciendo méritos para alistarme en
la intelectualidad de cuarto de pelo. Esos casi me dan más asco todavía. Lo
cierto es que conozco a mucha gente de lo más culta y bien preparada, que no se
perdía un capítulo de Betty la Fea. Cosas veredes.
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¿Por dónde iba? Ah, sí, la purga cerebral televisiva que tanto vende hoy por hoy. Lo dicho: fijaos en la multitud de cadenas locales, urbanas, provinciales... lo que son las cosas: hace 20 años teníamos dos para todo el país y, ahora, cualquier pueblo tiene su emisora. Vaya, ¡si hasta hay barrios con su propia televisión! |
Me sorprendería que, entre debates sesudísimos sobre el número de polvos
feroces que alguna famosa inflada de silicona (y billetazos a golpe de
exclusiva) echa noche sí noche no con su último ligue de barriada, mira-tú-qué-buena-pareja-hacen, que entre los dos suman la capacidad intelectual de un
chipirón a la plancha (ambos comparecen en el programa, bien pagados, por
supuesto, y no tardan en enzarzarse, a bofetadas, collejas y patadas en la
entrepierna, con la piara de supuestos periodistas acusadores que les acosa; él
araña como una nena, lo que da pie a media España para olvidar cualquier
asunto de política nacional o internacional candente en el momento, y centrar
toda su capacidad de atención en el hecho de que el ligue de la famosa
recauchutada parece mariquita; a ella se le ve el refajo, se le menea la
silicona de una forma basta y desagradable, se le descose alguna que otra
puntadita de la cirugía estética y acaba quedando como lo que es: una
verdulera ordinaria cubierta de parches y maquillaje cementoso de putón
desorejado)... esto... nada, que no hay forma de que me centre... no, si yo no
veo mal que existan programas como ese. Lo digo en serio. No soy de los que los
prohibirían, siempre que no los tenga que pagar yo con mis impuestos y siempre
que los cuatro horteras nuevos-ricos que van allí a guturar sandeces lo hagan
voluntariamente. Tiene que haber de todo, vaya. O casi.
Intentemos recuperar el camino: lo dicho, si hoy en día, emitir algo que no
huela a pellejo de liebre descomponiéndose bajo el Sol que calienta el
vertedero municipal, es la excepción, no me extrañaría nada que a alguna de
esas emisoras de polígono industrial que tanto abundan, retransmita, de cuando en
cuando, combates de lucha libre made in USA. Qué cosa más estúpida,
antiestética, absurda... y falsa, insisto. ¡Cómo se nota que no se endiñan de
verdad! ¡Cómo se nota que esas montañas de grasaza y músculos, recubiertos
de aceite que refleja eficientemente la luz de los focos del pabellón, están
actuando! ¡Cómo se nota que, después de todo, no son tan psicópatas como
parecen! Recuerdo escenas sueltas de algunas de esas obrillas de teatro
callejero protagonizadas por maromos patosos disfrazados de pervertidos
sadomasoquistas. Y recuerdo cómo, cuando uno se liaba a darle de guantadas en
la cara a otro, la supuesta víctima pegaba un pequeño brinco que hacía sonar
estruendosamente el tatami elástico y blandito sobre el que tenían lugar las
refriegas. La cuestión era conseguir que hasta los espectadores del
quincuagésimo octavo anfiteatro escucharan "¡bummm!". Ya podrían
clamar, enardecidos. Ya podrían vitorear, aspaventar, enarbolar sierras
mecánicas oxidadas, hachas con el filo dentado y horcas empapadas en cianuro,
pidiendo los higadillos del presunto vapuleado.
No, si tiene que haber de todo, insisto. Lo que me parece preocupante es que haya gente que se lo crea. Que se lo crea de verdad, vamos. Tiene que estar uno muy aburrido, ser muy ingenuo o rozar la apatía mental más próxima a la estupidez galopante que te puedas echar a la cara. Algo de lo más frecuente en nuestro Occidente, de un tiempo a esta parte (señal de que estamos tan a gusto y tan bien alimentados, que las consideraciones relacionadas con la supervivencia más básica, comienzan a importarnos poco; y eso tampoco es, oigan... no, lo de estar bien comidos y bien vestidos es estupendo... lo que no me gusta es que nos acomodemos). La vagancia mental se está haciendo endémica, por desgracia. No creo que estos espectáculos tan nauseabundos y pueriles entontezcan al común de los ciudadanos. Creo que se emiten espectáculos tan nauseabundos y pueriles, porque, precisamente el ciudadano común está ya entontesío del todo y esto es lo que demanda. Él solito. De manera que, "ya que lo pide el vulgo...", que decía aquel...
La lucha libre a la gringa no tiene ni puñetera gracia. A mí no me la hace, vamos. Ni siquiera como espectáculo; es de esas cosas que resultan cuando mezclas catetez supina con un montón de dinero. Qué horror. Sin embargo, en los videojuegos sí que tiene su chispa, sí... especialmente cuando las adaptaciones de turno corren a cargo de compañías que deciden tomarse la enorme imbecilidad histriónica en la que se basan, como lo que es: una GILIPOLLEZ monumental. Entonces, suelen emprender experimentos, no ya en clave de humor, sino destilando pitorreo por todos los bytes. Se ríen, sobre todo, del corazón de este... erm... ¿deporte? ... los luchadores. Sí, los luchadores: esa piara de gordinflas circenses, monstruos de barraca ataviados con calzoncillos plastificados de colores chillones. Para cualquier criatura pensante (ergo, extraigo de la ecuación a todos los desdichados seres lobotomizaditos que insisten en creerse que están viendo un combate de verdad), son tan rematadamente ridículos que se meten de cabeza en lo cómico.
Y si la recua de tarados en bañador del Rock'n Wrestle tenía su gracia y su originalidad, creo yo que los alegres engendros que animan el ring de este Championship Wrestling captan mucho mejor ese puntito de horterada nauseabunda de la verdadera lucha libre. La auténtica. La genuina. O sea, la que es de mentira. Como una tortilla de corcho pintado de amarillo. O un pastel de argamasa y ramajos secos. O una ensaladilla de yeso, cachitos de gomaespuma y perdigones. O... o... joé qué hambre tengo esta noche...
| Sin embargo, personalmente encuentro más entretenido el jueguecito de Melbourne House que este que nos ocupa. Quizás se deba a la "solidez" de las bofetadas, algo que para mí siempre ha sido fundamental en los juegos de lucha. Me refiero a que me gusta ver cómo los malos (o el protagonista) acusan las turbocollejas. Me gusta oír cómo retumban. | ![]() |
Si hay algo que me resulta descorazonador en un título de estas características, es ver a los contendientes encogerse ligeramente de hombros al encajar una guantada por parte de su oponente, mientras el SID emite un bufidito tenue y ahogado. Algo parecido le ocurre a este Championship Wrestling. Los efectos de sonido no son lo suficientemente rotundos. Algunos, de hecho, no pegan ni con cola... pero, si no os importa, dejaré esto para esa sección de los comentarios que un buen día me dio por llamar el "apartado técnico" y que, jaté tú, tanta gracia me hizo que me acabé quedando con la definición. Y tan contento.
Vamos a lo que vamos: la salsa del juego... los matones que se enfrentarán,
a yoya limpia, para euforia y catarsis descerebrada de los parroquianos. Hay
que decirlo: se cuentan entre los más curiosos que he visto nunca en un juego
de lucha libre de C64. Tendremos incluso la ocasión de ver un retrato de cada
uno de los contendientes antes de un combate (primera captura), junto con su
"frasecita" personal. Ya sabéis, las típicas bravatas de chulo retrasado
mental de patio de colegio, de esos que les pegan tobones en las orejas a los
empollones emocionalmente inestables y les quitan la meriendilla (semejante
actitud aparece con mucha frecuencia en las películas gringas; no me consta
que ocurra exactamente lo mismo en España... bueno, ahora que lo pienso, sólo
me he metido en peleas dos veces en mi vida: una, en parvulitos y la otra, en
el cole. En la primera gané, por si queréis saberlo. En la otra, me pusieron
a caldo. Mamones; eran cuatro o cinco... así ya podrán...). He aquí la lista
de intelectuales:
- K.C. Colossus: una especie de remix alopécico de Hulk Hogan, aquel mostrenco
bigotudo que, se supone, encarnaba los muy nobles valores del espíritu norteamericano
en los rings de los cincuenta estados. Si Jefferson, Franklin, Washington y
compañía levantaran la cabeza...
- Purple Hays: al lado de este angelito, M.A., el negrazo recubierto de quincalla
que salía en el Equipo A, es una especie de querubín chamuscado.
- Colonel Rooski: la nota exótica. Bueno, más bien soviética. Supongo que, en
aquel entonces, pocas cosas habían más gustosas para el garrulo de a pie en
aquel país que rascarse ávidamente el grano comunista a través de un pelele
presuntamente moscovita que recibía los más artísticos zurriagazos malabares
que uno pudiera imaginar. Lo digo porque en el Rock'n Wrestle teníamos a un
tal Molotov Mick, un tuerto furibundo que, por el apelativo, seguramente no
provenía de la alta aristocracia británica, y aquí contamos con este bigotudo
siniestro que no dudará en defender las maldades de su régimen a bofetada limpia.
De lo más edificante.
- Prince Vicious: Imaginaos un cruce entre un oso de las cavernas maquillado
como una muñeca pepona, y Boris Izaguirre. Voilà.
- Zantoklaw: aunque el mote parece una deformación cyber-punk del nombre que
le dan por aquellos lares a San Nicolás, no creáis que este chavalote es una
especie de Papá Noel en paños menores, de dos metros quince de estatura y ciento
cuarenta kilos de peso, que la emprende a golpes de reno a la menor de cambio.
En realidad, se trata del clásico zumbao sadomaso que lleva la cabeza cubierta
por una capucha a medio camino entre el atrezzo del hombre-bala del circo y
la caperuza de un verdugo de la Inquisición. Qué pánico.
- Zeke Weasel: parece que, además del puching-ball stalinista, un juego de este
tipo no estaría completo sin el clásico ceporro de Alabama, con todos los crosomas
triplicados. Una especie de orangután pulgoso, barba mugrienta incluida. Bueno,
pues este tal "Zeke" es el espécimen perfecto de semejante estirpe.
- The Berseker: el summum de la sutileza, la inteligencia y el saber estar.
Yo creo que a esta... cosa antropomorfa, le echas un borrego vivo y lo descabeza
de una bofetada y se lo come entero, con la lana y todo.
- Howling Manslayer: ya que estamos con el teatrito de parvulario, el cliché
cateto y la explotación del ansia de carnaza palpitante de las hordas de mugientes
adolescentes estupidizados, de esos que acuden al combate disfrazados de Freddy
Kruegger y llevando un subfusil de plástico debajo de la cazadora... ¿qué tal
si metemos, por aquello también de cumplir con el cupo étnico, a un indio de
los de verdad? Bueno... tanto como de verdad, de verdad... a este pollo lo colocas
en la puerta de un casino de Las Vegas y... lo expulsan por hortera.
Bueno, pues podéis escoger a cualquiera de estos querubines y enfrentaros a
cualquiera de los demás (sólo a uno, que elijáis también, si optáis por el modo
de práctica, o a los siete, uno tras otro, si decidís emprender una competición).
Lo cierto es que nunca encontré mucha diferencia entre ellos... todos acababan
currándome a base de bien. Sí, reconozco que el juego se me da fatal. Pero ¡leches!
¡es que es de lo más complicado acabar memorizando semejante maraña de movimientos,
combinaciones, maniobras orquestales sobre el costillar del prójimo y demás
cabriolas y piruetas! ... y más aún, cuando uno cuenta sólo con un joystick
de los de nuestra época, esto es, que tenían la palanquita y un solo botón.
(Sí, vale, en algunos podías encontrar varios pulsadores, pero para el caso
era lo mismo: todos tenían el mismo efecto).
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Muy Epyx. Bueno, no tanto, porque los personajes no usan la alta resolución que tan bien parecían dominar los grafistas de esta compañía. Aún así, todos ellos están muy bien dibujados y resultan de lo más reconocibles. |
La animación no es como para ponerse a pegar brincos, pero aún así cumple de sobra. De los escenarios hay poco que contar: el ring, claro. Al menos, el fondo está animado... aproximadamente... me refiero a que el público saca pancartas en función de cómo vaya el combate. Por ejemplo, si los dos gráciles jabalíes que triscan sobre el tatami de cartón piedra que les sirve de estrado no se parten la cara con la suficiente vehemencia, escucharemos los abucheos del respetable (¿respetable? ¿en serio?) y veremos cómo enarbolan un cartelito en el que se quejan: "Boring!" (¡Aburrido!). Tiene gracia el detalle, la verdad. Igual que el de ver cómo uno de los dos ceporros arroja a su rival fuera del ring. ¡En serio! Es posible tirar al otro al patio de butacas (hombre, realmente no cae entre esos adolescentes psicóticos de los que os hablaba... -me juego lo que sea a que, si en los combates "reales" ocurrieran cosas semejantes, más de un macaco flipado la emprendería a sillazos con el caído y le roería ávidamente la tráqua- cuando llevamos a cabo semejante maniobra, el otro aterrizará en esos espacios vacíos que podéis ver hacia las esquinas inferior izquierda e inferior derecha de las dos capturas).
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La música cumple, sin más. Cada luchador tiene la suya y la verdad es que ninguna merece mucho más de un aprobado raspadillo. Es el mal endémico de los juegos norteamericanos, ya sabéis. |
Sin embargo, los efectos de sonido, aunque tampoco puedan tenerse por dechados de virtuosismo en el apartado técnico, son bastante simpáticos y hasta originales en algunos momentos (como los abucheos del público cuando no ve la casquería suficiente). Una pena, sin embargo, que las guantadas suenen tan poco rotundas. Los atronadores cebollazos del Rock'n Wrestle tenían mucha más gracia, la verdad.
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Hombre, pues el juego es razonablemente vistoso. Los personajes, esto es, lo que verdaderamente importa en los títulos del género, son verdaderamente originales, están bien dibujados, cuentan con sus maniobras especiales y, antes de cada combate, podremos ver sus retratos, aspaventando, gesticulando y esbozando muecas de lo más furibundas. |
Sin embargo, el juego en sí nunca terminó de convencerme. Y no creo que se deba a esa sensación tan extraña, como de "blandeza", que transmite lo sosito de los efectos de sonido, sino más bien a lo complicadísimo y poco intuitivo de los controles.
| * Los personajes son de lo más originales. Mención especial para sus retratos animados, en el previo de los combates. | * Bastante poco intuitivo. * El sonido es poco rotundo. ¡Los guantazos deberían resonar más! ¡Yesca! ¡Yesca! |