The Dambusters
Género: Simulador de vuelo / Arcade Música: No tiene
Desarrollado por: Sydney Development Año: 1984
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¿Por qué la guerra ejerce esa fascinación sobre la Humanidad?

No, no temáis: no pretendo salpicar esta ficha con un par de reflexiones absurdas, superficiales y chuscas. Pero el caso es que este juego me ha hecho pensar. O mejor dicho: imaginar.

Hay una parte de épica muy importante en muchas historias bélicas. Sobre todo, en las del pasado.
Es llamativo que a alguien se le ocurriera hacer un videojuego basado en una misión real. Aquí, por supuesto, nunca hemos oído hablar del tema (hay una película inspirada en la hazaña, que se rodó en los años 50, pero tengo entendido que es un petardo macabeo de mucha consideración). Os la resumiré...

Veréis: resulta que, allá por el año 1943, el dominio de Hitler sobre Europa comenzaba a declinar, aunque el psicópata que le copió el bigote a Chaplin aún tenía fuerza suficiente como para asestar un par de zarpazos a los aliados. Peor aún: vaya usted a saber qué siniestros planes militares tramaba con la ayuda de sus científicos y las enormes fábricas del Reich. No olvidemos que los primeros cazas a reacción que entraron en combate, eran precisamente de la Luftwaffe, y que los de la Svástika andaban ya detrás de la construcción de la bomba atómica. Imaginaos la combinación: armas nucleares + misiles V2 + fanatismo acojonante. Qué miedo.

Total, que los aliados no podían cometer el error de dejar que el enemigo se recuperara, en aquel momento en que daba muestras de flaquear.

El plan era atacar su corazón industrial. Darle un porrazo devastador al Reich.

¿Bombardear las fábricas? Más bien no. Se recuperarían en cuestión de semanas. La cosa tenía que ser más seria.
Algo gordo. Algo como... destruir las presas de la Cuenca del Ruhr. Eso haría trizas toda la industria que dependía del agua embalsada.

¿Me da un globito pa mi nene? Claro, que, como cabría esperar, los secuaces del Führer no se iban a dejar bombardear así como el que no quiere la cosa, y las inmediaciones de los pantanos contaban con una defensa férrea. Antiaéreos, cazas Messerschmidt, y hasta una especie de dirigibles explosivos...

... las instrucciones los llaman "barrage balloons", que viene a significar algo así como "globos-barrera". No tengo muy claro qué son, pero sospecho que deben de consistir en algo parecido a un zeppelin relleno de trilita hasta las trancas, que flota como los globitos infantiles de colorines en los parques de atracciones, atados al término de un cable, a modo de minas levitantes.

El caso es que la misión existió. Estamos hablando, ya os digo, de un acontecimiento histórico. ¡Y no veáis la sangría que supuso!

Los británicos enviaron varias oleadas de cazabombarderos a dar buena cuenta de las presas del Ruhr... y los muy nazis se carcajearon a cruz gamada batiente ante sus patéticos denuedos. Derribaron a un buen número de aviones, que en el mejor de los casos, lograron hacer alguna que otra rascadilla en el enyesado de algunas de las presas.

Y es que la misión no era nada fácil. Es más: era casi un suicidio. De ahí todo lo que os he contado acerca de la épica de la batallita en cuestión. Es difícil de creer que una tripulación de jovenzuelos aceptara sin demasiados miramientos un encargo de aquella naturaleza.

Se trataba de vuelos nocturnos en lo más hondo de las líneas enemigas, para atacar objetivos estratégicos que los malos defenderían encarnizadamente con todo lo que tenían a mano. Y tenían de todo, los jodíos.

La tecnología bélica de aquella época, que no por rudimentaria era menos dañina que la actual (si acaso, un poco más indiscriminada), no daba como para construir misiles aire-tierra guiados por radar ni nada remotamente parecido, así que... ¿cómo se suponía que los pilotos de los Avro Lancaster, los cazabombarderos británicos, se las iban a arreglar para acertarles a los muros en plena noche, sin casi ningún tipo de guía visual, y lanzando un único pepinazo (con barreras de hormigón de varias decenas de metros de espesor, no valía cualquier bomba: tenía que ser una especialmente destructiva), empleando el método del ojímetro?.

Bueno, pues he aquí la solución: emplear una bomba que rebotaba. Sí señores. Como leen ustedes. Casi habría sido más fácil meter a un puñado de técnicos a pan y agua durante un mes, para que emergieran de los calabozos con el diseño de un proyectil guiado por láser y dotado de avanzados sistemas de inteligencia artificial.
¡Una bomba que rebota! ¿Y cómo se come eso?

... pues sin masticar mu fuerte, que como pegue la pedorreta, te deja a dieta de sopa de fideos sine die.

Resulta que el cachivache era una especie de pesado cilindro metálico (4 toneladas, ni más ni menos) que se hacía girar con un motor a bordo del Lancaster. En las inmediaciones de la presa, se lanzaba para que fuera rebotando sobre el agua, se incrustara en el hormigón del muro, y detonara en su interior.
Y la cosa requería volar a una altura tal que, como le diera a una trucha por asomarse más de la cuenta, se la llevaba el avión por delante. No es coña: 51 pies, o sea, poco más de 15 metros, no está al alcance de cualquier piloto.

The Dam Busters, si no me equivoco, está inspirado en la misión del escuadrón 617, el único que tuvo un éxito pleno en su misión, y consiguió volver a la base sin que la tripulación se pareciera a un muestrario de longanizas a medio cocer. ¡Bang! ¡Bang! ¡Boum! ¡Aye, aye! ¡Arrequetecaicai! ... ejem...

Es, además, el primer juego de una especie de "saga" de batallitas más o menos históricas, ambientadas durante la Segunda Guerra Mundial, y con una serie de denominadores comunes, a saber:

- Están a mitad de camino entre los simuladores y los juegos de acción.
- Siempre están protagonizadas por algún chisme que debemos pilotar o conducir utilizando un cursor que pasaremos sobre los controles pertinentes. Nada de acelerar con una tecla y frenar con otra: habrá que deslizar los conmutadores de turno, sin dejar de echarle un ojo a los indicadores de revoluciones. Demasiado tiempo en la "zona roja", y no tardaremos en percibir un penetrante tufillo a Lancaster-lleno-de-desdichados-con-cara-de-pasmo muy churruscadito.
- Contamos con múltiples vistas (algo poco usual en aquel entonces).

Quizás algunos ya habréis reconocido a qué otros juegos me refiero: Ace of Aces, Night Raider y The Train.

No... aunque el párrafo os lo sugiera, no os estaba planteando una adivinanza. Me he limitado a echar mano de una especie de conato de recurso literario. ¿Cómo se llamará este? Vaya usted a saber... con los nombres tan raros que tienen... ¿polisemia? ¿acucuya? ¿furullóstica mayor? ¿glarfabirágilia? ¿prrrrtz?

Huy, que me descarrío... perdón...

Sigamos: The Dam Busters ofrece tres niveles de dificultad. En el primero, podremos practicar el acercamiento y bombardeo de las presas. No encontraremos a ningún maloso dando la murga en las inmediaciones, y tendremos todo el combustible y el tiempo del mundo para brujulear y moscardonear sobre los pantanos nazis.
Parece una tontería, pero os recomiendo encarecidamente que la utilicéis mucho. Familiarizaos con los controles todo lo que podáis. Incluso para los más avezados aficionados al género, no será fácil eso de mantener la altitud y la velocidad en sus valores adecuados. Recuerda un poco a las misiones de bombardeo del Ace of Aces, pero yo diría que es bastante más difícil.

El segundo nivel nos pone en vuelo sobre el Canal de la Mancha. En cuestión de segundos sobrevolaremos territorio holandés, y nos las veremos con las hordas nazis. Generalmente, la bienvenida nos la darán un par de "globos-barrera" y focos apuntando al cielo. Acabar con éstos no es nada complicado... pero ojo, no os durmáis, porque si chocáis contra los primeros, o no destruís los segundos, y termináis sobrevolándolos, sufriréis bastantes daños. Vaya, de hecho, comerse con patatas uno de los "dirigibles-trampa" acaba automáticamente con la misión.

Y por fin, en el tercero, podremos enfrentarnos a la misión completa, despegue incluido desde un aeródromo en suelo británico. Tratad de planificarla con cuidado: ya tiene uno bastante metiéndose en el pellejo de los SIETE tripulantes del Lancaster (esta es la única misión en la que están todos, incluyendo al ingeniero encargado de monitorizar el nivel de combustible, los flaps, el tren de aterrizaje...), cada uno con su cometido y con su pantallita concreta.

Como eso del don de la ubicuidad es una cosa que seguramente ninguno de vosotros dominará todavía, el juego tiene el detalle de ayudaros en las escenas más tensas mediante un sistema de mensajes.

Si os fijáis en la parte inferior de las capturas, veréis un rectángulo negro. Concretamente, en la primera tiene el número "2" escrito en gris claro, y en la segunda, este mismo, y el "3" a su lado.

Bueno, pues hacen referencia a la posición del Lancaster a la que tenemos que dirigirnos para resolver una situación peligrosa. Así, pulsando "2", iremos a la pantalla del artillero del morro, y pulsando "3", a la del que maneja la ametralladora de cola.

 
 

Para ser un juego de 1984, la verdad es que no están nada mal. Tampoco se podían pedir aleluyas de según qué tipo, así que no esperéis ver un exterior detalladísimo y ágil. No: igual que en el Night Raider, el escenario está compuesto por una especie de mar de puntitos que se deslizan velozmente bajo nuestro cazabombardero, para dar sensación de velocidad.

Como mucho, los veremos cambiar de color en función de si sobrevolamos el mar (azules) o tierra (amarillos).
El resto de objetos que veremos a través de la cabina, tampoco dan para muchas alegrías. Se limitan a cumplir aunque, eso sí, lo hacen con creces en ocasiones. Fijaos en la primera captura, y decidme si la escena no tiene cierto realismo.

Si he decidido puntuar este apartado con todo un 8 ha sido por dos razones:

1. Es un juego bastante antiguo, insisto.
2. La cabina y las pantallas de los miembros de la tripulación, con sus botoncitos, sus palanquitas, sus indicadores, y demás, están muy trabajadas.

Funcional, sin más. La verdad es que los títulos de esta saga nunca se caracterizaron por ser espectaculares en este apartado. Y este es el más mediocre de todos. De hecho, es el único que no tiene música, y limita el audio al rumor de los motores del Lancaster, y a cuatro efectos más (explosiones, el repiqueteo de las ametralladoras...).

No es exactamente un simulador de vuelo en toda la regla. El exterior es muy esquemático, incluso en la secuencia de despegue, en la que sabes que estás sobre una pista porque los puntitos amarillos se alinean como trazándola vagamente en la oscuridad, y porque verás una serie de banderines rojos flanqueando la calzada, y deslizándose hacia ti conforme aceleres.

Sin embargo, es lo suficientemente complejo como para tener entretenidos a los más puristas del género. Los combates son rápidos, de arcade. No tan elaborados como en el Ace of Aces, pero tampoco tan descerebrados como en el Night Raider.
Y la secuencia de pasos que hay que dar para conseguir bombardear las presas, os lo garantizo, os tendrán de lo más ocupados.

* Un estupendo híbrido entre simulador de vuelo y arcade.

* Muy difícil.