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Popeye
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Me llevé una grata sorpresa cuando descubrí este juego, no recuerdo en qué
página. Era una magnífica conversión de una de las primeras recreativas a las
que jugué en mi vida. Ahh, qué tiempos. No sé exactamente en qué bar,
restaurante o similar estaba instalada, pero sí que recuerdo que era en la
playa de La Antilla (Huelva), en aquella época remota en la que daba gusto
pasar el verano allí. Tenía unas playas simplemente DESCOMUNALES y, cuando la marea bajaba, se
formaban inmensas explanadas a cielo abierto en las que los pocos renacuajos que
correteábamos por la arena teníamos espacio más que de sobra para hartarnos
de jugar.
Para mí, La Antilla tenía algo de mágico... bueno, como casi todas las cosas cuando uno tiene 10 años... me refiero a los 10 años de antes, en los que si
uno se comportaba como un chavalín ingenuo e inocente, nadie le inflaba a
capones. El lugar, hoy día, da asco. Sucesivos temporales (igual tienen algo que ver con
la subida del nivel de los mares) han ido devorando la playa, hasta dejarla en
una patética franja sucia atestada de domingueros y gordas con cara de perro
pachón. Desde luego, las cosas han cambiado...
¿Que por qué os cuento esto? Porque son recuerdos. ¿Y no va de precisamente
eso, recuerdos, todo este tinglado de la emulación?
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Síii, vaaale: son OTRO TIPO de recuerdos. Pero la nostalgia es una sensación curiosa y compleja. No puedes aislar un recuerdo: es lo que es y significa para uno lo que significa en función del contexto de aquel entonces. De modo que si os hablo del Popeye y de la recreativa en la que se basa, no puedo remontarme a aquellos (felices) años, si no es metiendo esos recuerdos en su lugar. |
Todas estas historias de nostalgia comienzan con frases parecidas a "recuerdo cuando...". Y tras el "cuando", viene el contexto. Así que, permitídmelo: "recuerdo cuando vi la recreativa por primera vez en La Antilla". Pues sí: también tenía algo de mágico. Los niños no suelen ser demasiado racionales y sí más imaginativos que los adultos (supongo que la imaginación es la infancia de la razón, aunque nunca hay que permitir que una sustituya a la otra; deben convivir, creo yo), de modo que inventos asombrosos como las máquinas de videojuegos no motivaban preguntas de la índole de "¿cómo lo hacen?". Simplemente, uno aceptaba que existían, sin más.
Después de semejante perorata, tratad de poneos en mi lugar (no os será difícil: no tenéis más que recordar vuestras propias historias) y veréis que es sencillo entender qué sentí cuando cargué este juego, vi sus gráficos (salvando las diferencias, muy parecidos a los de la recreativa) y la música (prácticamente idéntica). Es como la máquina del tiempo, ¿verdad? :-)
Ya está bien de mariconadas. Centrémonos en el juego.
A lo largo de una serie de pantallas (hasta ahora he visto tres, pero no sé cuántas hay en total... creo recordar que... tres, precisamente), Popeye debe recoger los objetos que Olivia, que corretea en la parte superior, le lanza. En la primera fase, se trata de corazoncitos. En la segunda, notas musicales. Y en la tercera, gritos de ayuda (sí, vaya, me refiero a que caen, planeando como hojitas de árbol al aire, palabras "Help!").
Nunca hemos de dejar que alguna de estas rarezas llegue a sumergirse en el agua que siempre cubre la parte inferior de la pantalla. Mientras tanto, Brutus, el archienemigo de Popeye, se afana obsesivamente en pescarle y darle un par de buenos sopapos. Lo cierto es que el personaje es bastante expresivo. Al menos, a mí me hace gracia, jeje. Cuando está lejos de nosotros, la emprende a botellazos (que podemos destruir pulsando el botón de disparo en el momento adecuado, para que Popeye dé un puñetazo al frente). Cuando pasamos sobre él, salta tratando de agarrarnos. Y cuando la plataforma por la que nos movemos está debajo de la suya, se agacha y lanza manotazos hacia abajo.
Siempre podremos defendernos de él utilizando ¿cómo no? las espinacas (afortunadamente, en la época en la que se emitían los dibujos originalmente, no había ninguna "oenegé" coñazo, de esas formadas por pseudopedagogos demasiado preocupados por la salud mental de los niños, porque si no, en seguida habrían saltado con que Popeye es una apología del consumo de drogas... ¿pues no se toma el tío una sustancia milagrosa que le pone como una moto?). En cada nivel aparece siempre una (y sólo una, ojo) lata. Un puñetazo bien colocado y Popeye adquirirá un malsano colorcillo verdoso, amén de una velocidad y una fuerza asombrosas (por supuesto, la musiquilla de fondo cambiará para imitar a la que sonaba en la serie de dibujos animados en esos momentos).
| Brutus huirá despavorido, pero si le pescamos, lo mandaremos rebotando por toda la pantalla. Esto nos dará un tiempo, porque hasta que el muy garrulo se recupere, podremos recoger una buena cantidad de corazoncitos o similares. | ![]() |
Además, en cada nivel habrá algún elemento del decorado que nos pueda servir para escapar de Brutus (como un trampolín sobre el que el Gordo Pilón -otro de los personajes de los tebeos- se alza, agarrado a su eterna hamburguesa) o para hacerle la puñeta (como una esfera de "punching" -de esas que emplean los boxeadores para entrenarse- en la parte superior del primero; si le sacudimos en el momento adecuado, golpeará a una especie de jaula que le caerá al matón en la cabeza y le mantendrá ocupado unos segundos).
Pero hay más cosas en el juego: en ocasiones, veremos cómo se materializa la bruja de los tebeos (que era una especie de feísimo cruce entre Olivia y Popeye... por cierto; la verdad es que en este videojuego, la novia del marino no se parece demasiado al personaje original; en lugar de larguirucha y esquelética, es más bien regordeta y achaparrada) y se lía a lanzarnos botellazos. La muy taimada tiene la costumbre de hacerlo cuando Brutus también opta por la misma táctica, lo que complica bastante las cosas.
Completad el panorama con escaleras, plataformas y hasta pajarracos agresivos y tendréis un arcade francamente divertido.
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Son muy simples y, de hecho, en ocasiones, hasta rozan lo cutre (el Gordo Pilón es difícilmente reconocible, por ejemplo). Aunque Popeye está muy conseguido (y diseñado en alta resolución), el resto de sprites del juego no son tan parecidos a los personajes originales. |
El escenario también es más bien sencillo, aunque la cosa varía según la fase. En la primera, por ejemplo, el fondo es normalito, cosa que mejora en la segunda y cae a los abismos en la tercera. Sin embargo, considerados globalmente, los gráficos son agradables y efectivos.
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Se parece muchísimo al de la recreativa. De hecho, a muchos de vosotros seguramente os sonará a maquinita antigua de esas que ocupaban alguna recóndita esquina, siempre llena de chiquillos con los ojos como platos, de algún bar de principios de los 80. |
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Incluso dejando la nostalgia al margen, este Popeye es un arcade verdaderamente simpático y divertido. La dificultad no está demasiado bien ajustada, sin embargo. Puede que sólo fuera suerte, pero aunque la primera fase me tuvo un buen rato atascado, la primera vez que llegué a la segunda, la superé sin más dificultad y sin perder ni una vida. Y en la tercera, me dieron p'al pelo en más bien poco tiempo. |
| * Divertido, y hasta simpático. | * A veces es muy fácil y a veces muy difícil. |