Running Man, The
Género: Lucha Música: ?
Desarrollado por: Grandslam Año: 1989
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De nuevo un ejercicio de futurismo en una película. Claro, que en esta ocasión, no exageraron tanto en el aspecto técnico y sí en el social. Según el argumento de Perseguido (que es como se conoció aquí The Running Man que, por cierto, estaba basada en una novela de Stephen King), en el año 2019, los Estados Unidos se han convertido en un gobierno totalitario. El que fuera el país más rico y poderoso del Mundo, es ahora una especie de dictadura empresarial que aplasta a una población hambrienta y depauperada. Curioso. Cuesta creerlo casi tanto como cuando alguien escribe un guión que pone al Hombre a los mandos de naves interplanetarias armadas con cañones de positrones de colorines, dentro de 10 años, pero es curioso.

El opio del pueblo, siempre necesario para cualquier régimen de este tipo -así se mantiene a raya a la gente y a sus ganas de libertad, que suelen venir como consecuencia de la funesta manía de pensar-, es, en este caso, la televisión. Concretamente, los concursos. Y más concretamente aún, uno de lo más salvaje, conocido como El Corredor, en el que se suelta a un grupo de delincuentes en un laberinto subterráneo formado por las ruinas de la vieja ciudad de Los Ángeles, sepultada por un enorme terremoto años atrás, y se les concede la libertad si consiguen salir vivos. Como la cosa no tendría gracia así, sin más, les ponen a un par de psicópatas armados hasta los dientes, conocidos como Los Cazadores, pisándoles los talones. Sí: es una vuelta al generoso desparrame de casquería fina, para deleite de hordas de energúmenos sedientos de sangre ajena, del Circo Romano.

El protagonista es un tal Ben Richards, agente de la policía represora y fascistoide que, sin embargo, mira tú por dónde, a pesar de todo tiene su conciencia y su corazoncito. Es mu buena gente, pero no le importa pertenecer al brazo armado de un régimen totalitario. Bueno, como sea. El caso es que, cierto día, mientras pilota su helicóptero patrulla sobre una manifestación, recibe la orden de resolver los problemas de hambruna de los desgraciados reunidos... a tiro limpio. Por supuesto, a Ben no le parece una cosa demasiado ética, así que desobedece, y termina aporreado por sus propios compañeros, que consuman la masacre mientras él permanece inconsciente.

Me dejas helado... Para redondear la faena, Richards es condenado a picar piedra por los siglos de los siglos. Pero se hace amiguete de dos de los reos, tan injustamente presos como él y, entre los tres, se las ingenian para escapar, pasando por encima de algún que otro guardia en el proceso.

La fuga es grabada por las cámaras del penal y, no mucho después, las imágenes llegan a manos de uno de los hombres más poderosos del país... no, no es el presidente, si no Damon Killian, el presentador de El Corredor.

El tipejo es uno de los directivos de la cadena de televisión ICS, responsable de la burrada de concurso, y de algún otro de índole parecida (o sea, que son como aquello del "Humor Amarillo", pero a lo bestia). Nuestro fornido Arnold, mientras en el vídeo de la prisión abofetea guardianes y corre como un gamo entre pedruscos y explosiones, llama la atención de Killian, que decide ficharlo para su programa. El trato es simple: si sale de una pieza, será perdonado, y ganará unas vacaciones de lo más fetén, en la isla tropical que más gracia le haga.

Esta es la historia que sirve de telón de fondo a un juego de lucha que destaca en más de un apartado, y se pega el grandísimo batacazo en más de otro. Nuestro objetivo es avanzar a través de las ruinas de la vieja Los Ángeles, enfrentándonos a los Cazadores que el público nos envía (sí: es que son ellos los que eligen a los carniceros que quieren que despiecen a los participantes; aún más curioso. Y además, se llevan para casa el juego de mesa de "El Corredor", y todo), hasta llegar al estudio donde se graba el programa, y darle un par de capones al desalmado de Killian.

En la película, conforme Richards y sus compañeros (eran cuatro en total, incluyendo la inevitable heroína de la historia, interpretada por María Conchita Alonso a la que, por cierto, no le sienta nada mal el mono fosforito con el que vestían a los "concursantes", hmmmm...) se adentran en las ruinas, descubren dos cosas:

- Primero, que hay un movimiento de resistencia al régimen opresor, oculto entre escombros, ratas y cucarachas, y pronto se unen a ellos para planear una revolusssión (pronúnciese con acento cubano, poblada barba, puro habano recocido en los labios y psicopatía profunda).

- Segundo, que el concurso está amañadísimo. Nadie ha salido jamás con vida de las ruinas, y encuentran a algunos de los presuntos vencedores de pasadas ediciones del programa, reducidos a churrascos momificados.

Esto sirvió de excusa a la gente de Grandslam para hacer unas anodinas fases de bonificación entre cada dos niveles, en las que en una pantalla dividida en dos ventanas, se supone que hemos de ordenar una serie de iconos en la de la izquierda, intercambiándolos dos a dos, hasta dejarlos como los de la ventana de la derecha. Si lo conseguimos, teóricamente habremos hackeado uno de los terminales de emisión por satélite de ICS, y lograremos mostrarle al público la verdad (y es que en ese futuro no tan lejano, las técnicas de edición de imágenes digitales está tan desarrollada, que la manipulación es perfecta, y no se da cuenta ni el más pintado).

Pero ¿y el juego en sí? Aún no os he contado prácticamente nada de él, porque tiene más bien poca chicha.

Para empezar, es muy corto: consta de 5 fases de unas pocas pantallas cada una. En todas nos encontraremos únicamente con dos tipos de enemigo: una serie de perros que se nos abalanzan tratando de masticarnos la nuez, y el Cazador correspondiente. ¿Art decó? ¿Neorrealismo? ¿Horterada?

En el primer nivel, nos las veremos con Subzero, un campeón de hockey sobre hielo que ha cambiado el palitroque ese por una especie de guadaña de alta tecnología, y que lanza discos explosivos. 

En el segundo, el energúmeno se llama Chainsaw. Tiene una cara de psicoesquizo que no puede con ella, y maneja una motosierra enorme con una habilidad envidiable.

Tercer morlaco de la tarde: Dinamo. Se trata de un gordo aficionado a la ópera, que va recubierto de bombillitas y lucecitas, y tiene la habilidad de lanzar descargas eléctricas. Un tipo ridículo, la verdad.

Y por fin, a las puertas de los estudios, hará su aparición estelar un tal Fireball, armado con un lanzallamas y un jet-pack que le permite revolotear a nuestro alrededor como un vulgar gorgojo de la patata.

En el último nivel, los enemigos son soldados armados con rifles, que tratarán de balearnos. Afortunadamente, alguno se ha dejado un arma olvidada en el suelo, al alcance de nuestra mole de músculos repletita de esteroides anabolizantes y mala leche, así que quitárnoslos del medio no será demasiado complicado.

A punto de llegar hasta el energúmeno de Killian, nos enfrentaremos al que es, sin duda, el mayor peligro de todo el juego... ¡Un escalón! ¡Que sí, que no es coña! ¡Un escalón! Es virtualmente imposible saltarlo. Lo intentarás todo: pegar un brinco desde un pixel más para acá u otro más para allá, coger carrerilla, tratar de patearlo a punto de sucumbir a la frustración... y quizás, en algún bote afortunado, lograrás subirte a él, seguramente de puritita casualidad. Es HORRIBLE. Y no, no creáis que es un bug de la versión que tenéis aquí. Al original le pasaba lo mismo.

Y es que controlar a Ben no es nada fácil. De hecho, uno de los principales problemas del juego es lo extrañas que resultan sus respuestas a nuestras órdenes. No quiero decir que uno pulse arriba y el sprite se vuelva hacia nosotros y nos haga un corte de manga; me refiero a que los movimientos son, a veces, bastante incómodos. Richards camina con paso ligero, pero no avanza muy rápidamente. Es como si sus pies resbalaran sobre una superficie helada, o algo así. Puede servir de excusa en el enfrentamiento contra el desquiciado de Subzero, pero lo que es en otras fases...

Aunque, con diferencia, lo peor de todo son los saltos. Cuando Ben da un bote, parece que se detiene "en pleno vuelo", como si hubiera topado con un muro invisible. Y a veces, este extraño comportamiento hace que, al tratar de subirnos a una caja, escalón o similar, el personaje se deslice hacia atrás y se caiga o, directamente, rebote contra esa increíblemente frustrante "barrera invisible". Un grano en el culo.

Los combates contra perros, soldaditos o Cazadores, ya sea a base de puños y patadas, o empleando alguna barra de hierro u otra herramienta igualmente sutil que encontremos por ahí tirada, no son especialmente complicados; máxime si tenemos en cuenta que nuestra energía se recupera poco a poco, o aumenta repentinamente cada vez que derrotamos a un enemigo.

 
 

Lo mejor del juego. Algunos escenarios rozan lo espectacular, aunque otros se quedan en poco más que normalitos. Los sprites están bien hechos también; sin embargo usan pocos colores.

Fatal. La música es estridente, fea y desagradable. Deberían poner, junto al texto "F1 Music On/Off", un letrerito al lado de la segunda opción, que dijera "Recommended". Los efectos de sonido son extraños (¿por qué cada vez que le arreamos un porrazo a un enemigo se oye un resoplido que recuerda al de una pelota hinchable perdiendo aire?) y no especialmente trabajados (escuchad el ... repiqueteo electrónico de la sierra mecánica de Chainsaw, y ya me diréis).

La idea no es mala. Es más: es hasta buena y todo. Si nos hubieran dado un buen número de pantallas llenas de acertijos y peligros, la sensación de estar permanentemente vigilados y perseguidos, unos efectos de sonido atmosféricos, y hubieran mejorado el control del protagonista, podríamos estar hablando de un clasicazo. Claro, que eso es mucho pedir, y en su lugar, tenemos que conformarnos con un juego de lucha vistoso y facilón, con algunos defectos importantes.

* Los gráficos. * La música y el sonido.
* El control del protagonista es más bien incómodo; sobre todo en los saltos.
* Muy fácil.
* ¡El puñetero escalón del quinto nivel!