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Tales of the cat
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¡Hay que ver cómo quieren los sajones a sus mascotas, es curioso! La cosa no termina con los británicos. Los americanos de arriba también son bastante amantes de los perritos y gatitos de compañía (en el sentido más casto de la palabra "amante"... e igual, en el otro, también). Yo flipo cuando les dan "besitos" en el morro y cuando esos perrazos babosos les cubren la boca de lametones. ¡Qué asco!
Es más; recuerdo que, en uno de mis viajes/cursos de inglés, hacíamos
excursiones bastante interesantes a pueblecitos mineros, algún que otro museo
de andar por casa, y demás sitios donde, se supone, aprenderíamos mogollón de
inglés (y dado que íbamos todos los españoles en tropel, acabábamos montando
alguna jarana y de espiquin la lengua de Chespir, poca cosa). Bueno, pues a mi
grupo y a mí nos tocó una inglesita más bien entrada en años, solterona
empedernida pero siempre acompañada de su chucho descomunal, peludo y halitoso.
¡Cómo conducía la señora! ¡Qué salvaje! Carlos Sainz era una tímida
abuelita a su lado.
En una de estas, se comió con patatas un "stop" y, claro, tuvo que
pisar el freno de la furgoneta en la que íbamos, hasta que casi sacó el pie
por el suelo. Nos dimos todos una morrada de lo más simpática, acabamos
amontonados sobre los asientos, y la primera reacción de la mojama británica
al volante fue abrazarse a su doggy y preguntarle que si estaba okay. La monda.
No me consta que el animalito le respondiera. Qué desconsideración la suya.
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Y quien dice perros, dice gatos. Hace unos años pude ver un pasmoso reportaje en el que gente (estadounidense) desolada por el fallecimiento de sus mascotas, se veía obligada a asistir a terapias de grupo. Algo así como Desmascotados Anónimos. |
Todos contaban sus enternecedoras experiencias y se consolaban los unos a los otros. Hasta cierto punto comprensible, imagino, pero desde una óptica hispana, un pelín excesivo, ¿no?
Es inevitable que cantidad de animalitos de compañía hayan protagonizado
películas, libros, series de dibujos animados y, por supuesto, videojuegos.
Desde el punto de vista de los habitantes del Pellejo de Toro, eso de gastarse
no sé cuántos mil millones en rodar una película protagonizada por un San
Bernardo de baba espesa (que sirvió para que el gringo de clase media pensara
que Beethoven era un chucho, en vez de un compositor alemán -del que, por
supuesto, ni había oído hablar-), es un poco
tontainas. Pero bueno. Mientras entretenga al personal y corra a cargo de una
empresa privada, como si quieren que la estrella del film sea una sardina.
Bueno, pues este Tales of the Cat es uno de tantos videojuegos en los que el héroe es un animalito peludo. Concretamente un gato. Y más concretamente aún, un gato que debe sortear los peligros de las calles de alguna ciudad, para llegar a... a... ni idea... alguna gata secuestrada, un montón de raspas de pescado, o un camión de leche accidentado. Lo que sea. Da igual.
En realidad el desarrollo es simplísimo. Tanto como el apartado técnico. Tales of the Cat es de esos juegos que me daban la impresión de que, con un poco de esfuerzo y estudio por mi parte, habría sido capaz de programar yo mismo. Y no sé qué os parece a vosotros, pero cuando uno compra un producto supuestamente profesional y llega a la conclusión de que "yo lo haría igual (o mejor)", se siente un poco decepcionado, ¿no?
No estoy diciendo que este sea un mal juego. Es más simplón que un bocata
de miga de pan, pero en el fondo, tiene su atractivo. Al menos, entretiene
razonablemente durante un rato, que es de lo que se trata, ¿no?
Recuerdo que me hice con él en una de mis mencionadas excursioncillas a
Inglaterra (probablemente, en una pequeña y encantadora tiendecita de rol y
videojuegos -¡el paraíso!- en Camborne, un pueblo pequeño al suroeste de
Inglaterra. El lugar estaba atendido por una señora sorprendentemente maternal y simpática. Lo
digo porque uno no espera encontrar a una especie de oronda mamaíta detrás del
mostrador de una tienda así -que, de todos modos, era de lo más pulcra; nada
de ambiente pseudosórdido y/o tenebroso-, a la que sólo le faltaba recibirte
con un tazón de leche caliente con galletas). No es que le viera nada especial
al juego,
ni hubiera oído maravillas de él. Simplemente, era baratísimo, y me gustaba
eso de descubrir pequeñas joyas desconocidas (a veces, los títulos de "budget"
eran divertidísimos). Este se quedó en baratija.
| Lo dicho: nuestro felino debe cruzar cada pantalla, esquivando los peligros de la ciudad y sus alrededores. Siempre comenzamos en el borde derecho, y hemos de avanzar hasta el izquierdo, recogiendo algún objeto de aspecto simplón, y casi siempre monocolor, que aparece en algún punto, antes de continuar. | ![]() |
Comenzamos en la ciudad, caminando entre perros enormes, policías, tiestos y
botellas que caen, y hasta unos marchosos negritos que caminan haciendo el paso
del "Moonwalker" (ese que, o inventó Michael Jackson, o lo
popularizó, y que consiste en mover los pies como si uno anduviera hacia
adelante, pero deslizándose de espaldas).
No tenemos más defensa contra ellos que nuestra velocidad, o los saltos. Sí,
es curioso: si saltamos ante algún maloso, no nos hará daño. Pero de todos
modos, esta táctica no es muy recomendable, porque nos forzará a mantener el
botón de disparo presionado continuamente, y si tenemos que hacer alguna
maniobra que nos obligue a dejar de brincar, podemos perder una vida.
En realidad, avanzar por la ciudad es sencillísimo: caminad por la línea discontinua que separa los dos carriles de la calzada. Los (inmensamente cuadriculados) coches ni os rozarán, y ninguno de los peligros que merodean por la acera se aventurará en vuestra persecución. Sólo habréis de ir hasta el extremo izquierdo de la pantalla y, cuando no pase ningún coche, correr hacia la acera para acceder a la siguiente pantalla.
Siguiendo esta táctica, pronto llegaréis al parque, donde las cosas se ponen realmente crudas. A nuestro gato le gusta más bien poco el agua y el juego nos obligará a pegar más de un brinco con precisión a nivel de pixel, que dará con nuestros huesos en un estanque si fallamos. Sumadle a eso los aviesos pajarracos que vuelan por la pantalla y que nos quitarán una vida con sólo rozarnos, y otros peligros, y veréis por qué es bastante sencillo alcanzar el parque sin haber perdido muchas vidas y quedarse sin ellas a las dos pantallas de haberse adentrado en él.
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Ninguno de los sprites merece la pena. Son todos simplones, cuadriculados, feos y con una animación que deja bastante que desear. Y para pixels gordos, gordos, gordísimos, los de los coches que circulan por la calzada en la ciudad. Fijaos en la primera captura. |
¡Mamma mía! El VIC-II disponía de una función que multiplicaba por dos el tamaño
de los sprites, con bastante facilidad (horizontalmente, verticalmente, o en
los dos ejes a la vez). Pero claro, sin el conveniente retoque por software,
los condenados quedaban feísimos. He aquí la prueba.
Los escenarios tampoco merecen mayor comentario. La cosa mejora un poquito en
el parque, pero simplemente porque se utilizan unos colores más alegres.
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No hay efectos, sólo una música que suena de fondo, continuamente. No está mal. Es más, como composición es bastante buena y muy pegadiza (creo que es de Stevie Wonder), pero técnicamente no está demasiado trabajada. |
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Ya os digo: técnicamente, Tales of the Cat es de esos juegos que parecen programados en un buen BASIC o en un mal ensamblador. O sea, que cuando lo vi, tuve la impresión de que, con algo de esfuerzo, yo podría haber hecho algo igual. Eso no implica, sin embargo, que no sea divertido y tenga su cierto nivel de adicción. Y es así, la verdad. |
| * La música es alegre y pegadiza (aunque no sea
gran cosa, técnicamente). * Divertido y moderadamente adictivo. |
* Técnicamente muy flojo, especialmente en el
apartado de los gráficos (¡vaya pixels, rediós!). * Avanzar por la ciudad es bastante sencillo, mientras que hacer lo propio por el parque, puede ser tremendamente difícil. |