The Way of the Exploding Fist
Género: Lucha Música: Neil Brennan
Desarrollado por: Melbourne House Año: 1985
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Lo siento, chavales, pero os voy a flagelar con otra de mis absurdas historietas nostálgicas.

Una de las primeras recreativas de las que tengo memoria, era Karate Champ. Dos chinitos cabreados y expertos en artes marciales, embutidos en sendos kimonos (uno rojo y otro blanco) se enfrentaban a capón limpio en una serie de escenarios orientaloides, tratando de progresar a través de los "Dan" de sus cinturones negros.

El chisme tenía un curioso y complicado método de control, que no involucraba ni un solo botoncito. Había dos mandos, si no recuerdo mal, y combinando los movimientos de ambos, era posible practicar un elenco de llaves bastante nutrido y espectacular, con animaciones asombrosas para la época que, además, y para más pasmo de propios y extraños, se acompañaban de una plétora de alaridos y berridos digitalizados. ¡Sorprendente!

Uno de los recuerdos más bonitos de mi vida (y disculpadme la cursilada) viene de ciertas noches de verano, en La Antilla (provincia de Huelva, al ladito mismo del celebérrimo Lepe). En aquel entonces, aquel lugar era una especie de desaliñada urbanización popular, salpicada de edificios estéticamente horrendos (y no quiero ni pensar cómo serían -y son- arquitectónicamente) en medio de dunas, pinares, montes y marismas. Había poca gente, mucho cielo y batallones enteros de mosquitos de esos que, cuando se te acercan, oyes pidiendo permiso a la torre de control para posársete en un brazo. 

Que me perdonen los asiduos del lugar, si es que hay alguno entre vosotros, pero hace tiempo que ya no me dejo caer por allí, si no es casi accidentalmente. Ahora, La Antilla es una especie de versión dominguera, cañí y macarra de Marbella (que ya debe de tener bastante de hortera; sólo le faltan los otros dos parámetros). Para que nos entendamos. Ya no quedan ni mosquitos. Por no hablar de cielo. Ni playa, si me apuran.

Felices sueñooos...
Bueno, pues a lo que iba: en aquel entonces, cuando contaba yo con unos 9 ó 10 añitos (hablo de 1982, más o menos; poco antes de que mis padres tuvieran una idea que cambió mi vida: comprarme un Commodore 64 -no en vano, por algo soy ahora informático-), los mayores solían pasar algunas de aquellas noches tibias, sentados en la terracita de Los Corales, un restaurante-bar al pie de un grupo de torres de apartamentos, de aquellas tan feas, en la entrada de La Antilla. 

A los niños nos soltaban por ahí para que diéramos rienda suelta a nuestros 9 años. Terror y pavor.

Había montones de setos en los jardincillos de la urbanización, bajo los que se formaban túneles naturales, entre los troncos y ramas bajas. Eran como "cuevas", sólo que llenas de hojarasca, barro y hormigas (así que volvíamos a nuestros respectivos apartamentos hechos unos cromos).

Tiempos aquellos. Fue la primera vez que tuve contacto con un videojuego, que yo recuerde: el Galaxian de toda la vida (aunque la que allí había sería una versión de contrabando, porque se llamaba "Zero Time"). Era fascinante. Me costaba lo mío sacarle a mis papaítos alguna que otra de aquellas enormes monedas de cinco duros de las del año de la Catapita (Catapite's Year, que se diría en modenno), para asomarme a los mandos del monstruo que tronaba y emitía pitidos y luces de colores, pero merecía la pena.

Así que imaginaos la impresión que me llevé cuando, el verano siguiente, me encontré con el Karate Champ ese. Ya le podían ir dando morcilla al Galaxian.

Apenas pude tocar la maquinita en cuestión, eso sí. Siempre estaba copada por niñatos mayores que yo, y que, no recuerdo muy bien por qué, hacían cola para jugar esbozando siempre un gesto bastante huraño. Tenían cara de mala leche, vamos. Tanto, que me asustaban. Sería que iban preparando el karma, el ying y el yang para repartir capones digitales. O sería que eran unos gilipollas, que espero fervientemente que hoy en día trabajen recogiendo las cacas de los perros de algún vejestorio rico, carca e insoportable. ¡Me caían mal! ¿qué queréis que os diga?

Unos años más tarde, mi primo hermano mayor tuvo el buen tino de seguir mi ejemplo, y compró un C64. Los 8 bits se encontraban en su esplendor (era 1985), así que los principales fabricantes de ordenadores personales, compitiendo ferozmente (como debe ser -al final, el beneficiado siempre es el consumidor-), lanzaban ofertas, a cuál más sugerente. A la gente de Commodore no debió de escapárseles el hecho de que en España no se estaban comiendo una rosca, así que abrazaron la filosofía de los "paquetes de software", ya casi convertida en un estándar hoy día.

O sea, que "me compras mi pedaso de maquinita" ... (aún guardo la publicidad del C64; en uno de los anuncios, decía literalmente: "Cuando se tiene el mejor ordenador personal del mundo, es muy difícil enseñarlo sin que el orgullo se te note". ¡Ahhh! ¡Qué gustazo!) ... "y te regalo sotopocientos juegos".

Bueno, pues uno de esos juegos era precisamente este que nos ocupa. ¡Toma déjà vu! ¡El Karate Champ! ... o algo muy parecido, ¿no? Muy, muy parecido. ¡Tremendamente parecido! Vaya, oigan... ¡si es que es mejor! Sí, vale, los luchadores no estarán en alta resolución y los alaridos digitalizados no son tan nítidos, ¡pero los gráficos tienen colores más bonitos, y es infinitamente más jugable!

¡Pasmo! ¡Estupor!

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me hice con una copia, pero seguro que fue bien poco.


Recuerdo perfectamente el SUSTO HORRENDO que me llevé la primera vez que la cargué. Solía poner bastante alto el volumen del televisor al que conectaba mi fiel C64. Como a un 70% del máximo (la música que salía de aquel chisme, había que disfrutarla, ¿no?)...
¡Chee! ¡Quieto, león! ¿Dónde vas con las emociones?

... bueno, pues cuando escuché el ALARIDO digitalizado que profiere el juego cuando carga la pantalla de presentación, seguido de un estampido similar al de un bloque de madera quebrándose, casi que me tengo que cambiar de calzoncillos. Y, ya de paso, de sistema cardiovascular, entero. No me lo esperaba, en serio.

¿Y el juego en sí? Pues no me defraudó lo más mínimo. Es maravillosamente rápido y divertido. Además, ofrece la posibilidad de enfrentarte a otra persona, que siempre es una cosa simpática.

En el modo de un solo jugador, nuestro objetivo es ir obteniendo esos "Dan" que, la verdad, no tengo muy claro qué son. Si no me equivoco, cuando un karateka alcanza el cinturón negro, puede ir añadiendo unos caracteres japoneses (los "Dan", precisamente) conforme progresa y mejora. Y creo que lo más alto era el Séptimo Dan. A estas alturas, me suena a película cutre de artes marciales de los 80 (ahora piensa uno en Karate Kid y ¡Dios! ¡qué cosa tan rematadamente mala! ¡lo que nos tragábamos de chicos!), pero creo que por ahí van los tiros.

Como es de esperar, cada rival es más duro que el anterior, y os puedo asegurar que ya por el Tercer Dan, nuestro oponente es un auténtico bloque de piedra berroqueña. Bloquea casi todos nuestros golpes con una agilidad envidiable, y aprovecha la más ínfima fracción de segundo en la que bajamos la guardia, para arrearnos una coz en todos los incisivos y dejarnos fuera de combate.

Una cosa que me gusta de este Exploding Fist, es que resulta complicado encontrar la clásica combinación de movimientos infalible, que siempre consigue dejar a tu oponente por los suelos, hecho un pingajillo. Vaya, de hecho, yo aún no he dado con ninguna.

Los combates tienen un límite de tiempo. Si al final de éste, ninguno de los dos luchadores ha logrado noquear a su contrincante el suficiente número de veces, el clásico chinito calvo y bigotudo que contempla el combate en primera línea, sentado pacientemente, alzará un abanico con el color del kimono del ganador, que será el que más puntos haya obtenido.

¿Y cómo se mide la puntuación? Pues mediante fragmentos del símbolo del ying y el yang. Ya sabéis, ese círculo compuesto por dos mitades que encajan y se complementan, una blanca y otra negra.

Las maniobras más difíciles y/o espectaculares, nos pueden otorgar uno de estos curiosos iconos, completo, aunque la mayoría sólo nos granjearán medio. Así, vencer un combate requerirá que noqueemos al rival un mínimo de dos veces (dos iconos completos) o un máximo de cuatro (cuatro mitades).

Cada cuatro escenarios, nos enfrentaremos a un toro que carga contra nosotros y al que tenemos que derribar de un solo sopapo. Si lo conseguimos, más puntos para el bote.

En cualquier, caso, el siguiente combate tendrá lugar de nuevo con el primer fondo.

 
 

Muy buenos. No hay demasiada variedad, eso sí, pero tampoco creo que sea una cosa que pueda exigirse en un juego de este tipo. Los cuatro escenarios son bastante convincentes (me gustan especialmente el primero y el último, que son precisamente los dos que he capturado para ilustrar esta página).

Sólo hay dos personajes (si obviamos a esa especie de árbitro enano y calvo, y al toro gibón), los dos combatientes. Eso sí: su animación es fantástica y su diseño, más que satisfactorio.

Chillidos, berridos y gritos, y algún que otro contundente y sonoro porrazo, todos digitalizados (la calidad no es maravillosa, pero cumplen más que de sobra), suenan con mucha fuerza, sobre un fondo musical fantástico. De lo mejor que compuso Neil Brennan en su carrera.

Rápido, divertido, adictivo y técnicamente magnífico. En mi opinión, es incluso mejor que el mismísimo Karate Champ. A los entusiastas del género de las collejas y los pescozones, seguro que les encanta. Si me gusta incluso a mí, que nunca fui un gran aficionado a los juegos de este tipo... es que se me hacen algo repetitivos a la larga, incluso aunque la dificultad aumente, con rivales cada vez más hábiles y peligrosos.

* Rápido, divertido y adictivo.
* El sonido: estupendos y contundentes efectos digitalizados sobre una fantástica banda sonora orientaloide.
* Es una opinión muy subjetiva, sí, pero a mí, este tipo de juegos, se me acaban haciendo algo repetitivos.