FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Werewolves of London

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COMENTARIO ORIGINAL
La review
Hay lugares que inspiran leyendas. No sé si tenéis la fortuna de conocer mi querida Galicia, pero ese es uno de ellos. Uno vagabundea por la Riveira Sacra, entre bosques profundos, monasterios milenarios excavados en la propia falda rocosa de los montes, siempre bajo un techo de hojas y ramas entre las que se filtran rayos de luz, y bordeando el río Sil que se retuerce encajonado en lo más hondo de un desfiladero verde salpicado de pueblecitos, y no tiene más remedio que imaginar cuentos de trasgos y meigas.
Bueno, pues lo mismo debía de sucederle al Londres de la era Victoriana.
Tenebroso, lánguido, gris y permanentemente sumido en una espesa niebla (así nos lo
pintan, vaya). Las callejas adoquinadas, húmedas, frías y solitarias por las
que merodeaba Jack el Destripador, y otras hierbas seguramente igual de poco
recomendables, es más que probable que inspiraran historias (de miedo,
indefectiblemente; no como el paisaje Gallego... al menos, ese es melancólico
y la melancolía siempre tiene un toquecito alegre, en el fondo) a más de un
escritor.
Los cuentos de terror góticos tienen pocos escenarios tan adecuados como las
lóbregas tripas de la City, una noche de cualquier año del siglo XIX. ¿Un
monstruo deforme que ataca por las noches a los viandantes solitarios? ¡En
Londres, claro! ¿Una antigua maldición que sólo se resuelve encontrando ocho
crucifijos? ¡En Londres, claro! O en Transilvania, si me apuran. (Lo cierto es
que las cosas han cambiado bastante; conozco Londres, aunque sea como turista y
de un par de días pululando por sus calles, y la verdad es que tiene ya más de
cosmópolis ultramoderna que de siniestra ciudadela de leyendas oscuras).
Bueno, pues aquí tenéis el resultado de la mezcla de esos ingredientes: Werewolves of London.
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¿Un hombre-lobo en Central Park, o en Seattle? ¿Escalando las paredes de cristal y acero de sus rascacielos, o refugiándose en el interior de una sala de control informatizada? Como que no pega, ¿verdad? Como que suena más a bodrio de sobremesa de Antena 3, producido por Eddie Murphy y protagonizado por él mismo. |
Pero imaginaos al energúmeno peludo, de garras afiladas y apetito desbocado, reptando entre callejas y alcantarillas, arropado por la perpetua neblina. La cosa cambia.
Bueno, pues no esperéis ver nada de eso aquí. Werewolves of London es casi
alegre. Los gráficos son vistosos y coloristas, y la música da de todo (hasta
dolor de cabeza), menos miedo. Y no digamos nada del personaje principal,
transformado en un licántropo caníbal... que parece un jorobado barbudo.
No sé si los responsables del juego pretendían darle un toque humorístico. Si
es así, estupendo. Y si no, quedaron como unos merluzos.
Pero centrémonos en el comentario: como ya os he dicho, el objetivo de la
aventura es encontrar a los 8 miembros de la malvada familia que maldijo a
nuestro protagonista y le condenó a transformarse en una bestia peluda (el
pobre no gana para collares antipulgas) cada vez que asoma la Luna llena.
Cada uno de ellos lleva encima un crucifijo. Hemos de conseguirlos todos.
¿Cómo? Pues dado que la amabilidad no es precisamente una de las virtudes que
nuestro desdichado protagonista adquiere cada vez que adopta la forma perruna,
no nos quedará otra que darles a sus portadores un par de dentelladitas en la yugular, a ver si
así aprenden.
Es más: cualquier personaje que encontremos paseando por las callejuelas de
Londres, es susceptible de transformarse en aperitivo, cada vez que nos dé por
ahí, o cuando lo necesitemos. La energía del protagonista se mide con una
bolsa de plasma sanguíneo (puaj), que gotea cada vez que nos pegamos un
zurriagazo al caernos desde un tejado, o cada vez que algún policía nos
endiña un tiro.
Sólo podremos recuperarla pegándonos un buen banquete de ciudadano inocente.
Qué cosa tan florida.
Los días y las noches se suceden a toda velocidad. Yo diría que pasamos de
uno al otro cada minuto, más o menos. A veces, es bastante incordiante; sobre
todo cuando merodeamos, en nuestra forma animaloide, detrás de uno de los
miembros de la malhadada familia y, de pronto, al Sol le da por surgir de golpe
y de nuevo recuperamos la apariencia humana.
Ser un hombre-lobo tiene sus ventajillas, no creáis. No todo va a ser corretear
por ahí, meándonos en las farolas y rascándonos las orejas con las uñas de
los pies: en esta forma, además de poder reducir a picadillo a los probos
ciudadanos, podemos saltar desde un tejado a otro. Eso es algo imposible cuando
andamos por ahí con la apariencia humana.
Claro, que también hay algún que otro inconveniente: a la policía no les caen
bien los hombres-lobo. Y si nos atenemos a las películas del género, tampoco
hacen buenas migas con las momias, los zombis y los extraterrestres. Normal:
llevan toda la vida interpretando el papel de carne de cañón. Siempre son los primeros que
caen (generalmente, mientras están mirando distraídamente una tele portátil
y trasegando donuts, aunque tampoco lo hacen mucho mejor cuando les da por
cumplir con su deber), y además, de la forma más asquerosa y salpicante posible. Y para colmo,
al final, el que derrota al monstruito y se lleva a la rubia imponente, es
algún ex-marine guaperas, experto en artes marciales y que masca goma-2 para
pasar el rato.
Cuando merodeemos por las callejas en forma lupina, iremos encontrándonos cada vez más policías. Y su número aumentará conforme organicemos sanguinolentas escabechinas con cualquier ciudadano, ya sea un inocente cualquiera, o uno de los miembros de la familia.
| Al principio, puede que sólo veamos a algún que otro "sereno", como esos que dicen que patrullaban de noche por las calles españolas en el siglo XIX, encendiendo y apagando las farolas, armados con un chuzo (una especie de lanza), y acudiendo a ayudar a los ciudadanos que los requirieran (a veces, incluso para abrirles la puerta de su casa -llevaban llaves maestras, o algo así-). | ![]() |
Bueno, pues eso: estos policías son inofensivos; es decir, no nos causarán ningún daño. No llevan armas, sino que simplemente caminan con una linterna, pero si nos tocan mientras estamos en forma de hombre-lobo, nos enviarán automáticamente a prisión, donde pasaremos un rato, hasta que amanezca, recuperemos la apariencia humana, y podamos salir tranquilamente. Pero lo peor no es la pérdida de tiempo (a fin de cuentas, no tenemos ningún plazo para cumplir el objetivo), ni siquiera el hecho de que sea de lo más molesto que estés en una punta del mapa, y aparezcas en la opuesta, donde se encuentra la cárcel. No: lo peor es que perderemos todos los objetos que llevábamos encima. Así que, cuando adoptéis la forma de lobo, lo mejor es que, si merodean muchos policías por los alrededores, dejéis cualquier chisme que tengáis.
Hablando de los objetos: si no me equivoco, sólo hay cuatro: una linterna,
que nos permitirá orientarnos en los subterráneos, una llave que nos servirá
para abrir ciertas verjas en Hyde Park (muy bonito, por cierto... me refiero
al de verdad), un ticket para el metro (era inevitable encontrarnos con él;
es otro de los símbolos de la capital del Imperio Británico, junto con el Big
Ben y el Puente de Londres, ese tan pastelero que une las orillas del Támesis
-y cuyas siluetas pueden verse en el fondo-) y una herramienta que nos permitirá
levantar las tapas de las alcantarillas.
Para seleccionar un objeto que tenemos en el inventario, hemos de posicionar
sobre él un cursor gris (que podéis ver en las dos capturas), simplemente utilizando
las teclas de cursor (CRSR en un C64 real).



