Portada de Wrath of the Demon

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

Wrath of the Demon

GéneroArcade
Desarrollado porReadysoft
MúsicaDavid Whittaker y Steve Douglas
Año1991
Veredicto originalMola
Valoración7/ 10
Gráficos
9
Sonido
5

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Curiosa época aquella, la de la transición de los 8 a los 16 bits. Curiosa e interesante para un estudiante de primero de Informática como era su seguro servidor cuando, en 1992, me dejaba caer de vez en cuando por uno de los corteingleses del centro de Sevilla. En una estantería (hoy ocupada por vigésimo quintas partes del más apabullante, atronador y arrollador mátalotodo-sinclemencia-cagontó-paqueaprendan convenientemente muy texturado, espectacularmente muy acelerado y abrumadoramente muy antiali... esto... singdado... *ejem*), tenía uno una hilera con los últimos lanzamientos (en todos los sentidos, lo de "últimos") para Spectrum. Un poquito más allá, la créme de la créme de la jueguería internacional, versión Amstrad CPC. Y, en cantidades sorprendentemente abundantes (aquellos grandes almacenes siempre se contaron entre mis principales proveedores de cintas originales... por no decir que eran, prácticamente, los únicos... no os digo na de los de Urende. Cuatro cassettes commodoreras polvorientas reposando sobre una repisa aburrida en la esquina más recóndita del establecimiento. Y, encima, se conoce que estarían sometidas a todas las radiaciones electromagnéticas que generaban los demás cachivaches que vendían allí, porque la mayoría de las veces tenía que acabar devolviéndolas porque no había forma humana, semidivina o divina del todo, de que cargaran), condumio fresco para los escasos poseedores de un C64.

Recuerdo que fue allí donde me hice con los últimos títulos que alimentaron a mi querida panaera, durante la única época de mi historia de commodorero confeso (y no convicto, que siempre fui mu bueno y no me dediqué a crackear el código de nadie, a hackear los cuatro sistemas antediluvianos que cometían la imprudencia de conectarse a una BBS de usuarios de flequillo cardado y chupa de cuero ceñida, ni a parir demos llenas de proclamas, a partes iguales, infantiloides, antisistema y con la misma hondura intelectual que los programas de sobremesa en la tele -horreur-) en la que mi afán de vaporizar marcianitos de 8 bits parecía prácticamente extinguido. Ahora, miro atrás, y casi me asombro. Sí, señores míos, durante cuatro o cinco años, casi estuve a punto de olvidarme de mi fiel C64.

La única idea que me motivaba, en aquellos tiempos de enajenación en los que ¡horror! ¡estuve casi a punto de convertirme en una persona normal! -afortunadamente, me desvié a tiempo del lado luminoso de la Fuerza, del Oscuro, del sumido en una tenue Penumbra, del Soleado Con Intervalos Nubosos y del Mar Gruesa en el Estrecho, y me volví exquisitamente gilipollas. A Dios gracias. Perdón: gracias a mí-, era... esto... vaya, con el desvarío se me ha olvidado. Bueno, da igual. Seguro que no tenía ni la más mínima importancia. Ah ¿que ya lo suponíais? Qué listos sois y qué bien domesticados os tengo. Tomad, una sardinita ahumada, por lo bien que os habéis portado. 

Mi jaca gaviento y corta el lopaaa... esto... A lo largo de un año, el Darkman, el Space Gun y el Teenage Mutant Hero Turtles, cayeron allí mismo. Fue casi más un retortijón que me sobrevino por pura inercia de mis buenos tiempos commodoreros, que una compra verdaderamente consciente. Menudo merluzo de mí. Es cierto que, en aquellas últimas razzias de 64 K y 1 Megahertzio, metí en la bolsa de plástico, con los triangulitos verdinegros de la imagen corporativa de la empresa, bodrios macabeos como el Lone Wolf.

Pero también me hice con cosas tan interesantes como el Hudson Hawk. Y, lo que es aún más grave... poco más de un año antes de redactar esta ficha, en pleno apogeo del resurgir de mi fiebre commodorera, mientras rebuscaba entre mis cintas antiguas, me topé con el Turrican 2... ¡en su caja, sin abrir y todavía con el plástico! Es más... ¡ni me acordaba de que me lo había comprado! ¡Como para darme de fregonazos en los sobacos! (que tiene que ser, por lo menos, desagradable, seguro). Como no comía mucho en aquel entonces (todo lo contrario que ahora, que sale más barato invitarme a pasar una semana en Nueva Zelanda que a tomar unas tapas), lo que no me gastaba en salchichón, lo invertía en videojuegos. Que no es alimento para el cuerpo ni para el alma. A saber usted a dónde van a parar sus nutrientes virtuales... 

Bueno, pues allí, entre discos para el Speccy +3 y cintas prestas y dispuestas para pasar por los Datassettes, podía uno echarle el guante a la última maravilla desarrollada para el Amiga. No, el mercado de juegos para los PC aún no pasaba de ser una colección de frivolités en muy poquísimos colores, muy escasísimos pitiditos electrónicos irritantes y muy bajísima jugabilidad, que palidecían al lado de la más rupestre de las montoneras de bytes destinadas al mercado de usuarios de Spectrum-teclitas-de-goma. Eso sí, ya despuntaban en lontananza algunos de los inventos más prodigiosos en el sector de la informática doméstica. Como el CD-ROM. ¡Ohhh! ¡Ahhh! ¡Aé-aé-aé! *ejem* ... Aún recuerdo aquel mastodonte compatible reproduciendo el (maravilloso) Going Home de la banda sonora de Local Hero (de los Dire Straits) con la calidad tronante de un lector de compact disc (otro lujo asiático, en aquellos tiempos remotos en los que el estándar seguía siendo el vinilo de toda la vida... vinilos que, su seguro servidor, siempre melómano empedernido, se hartó de comprar... y vinilos que ahora tiene que comerse con patatas a lo pobre, guarnición de verduritas hervidas y miaja de mojo picón, por aquello de que ya no se venden tocadiscos con aguja como los de la agüela). Me parecía mentira aquello. ¡Qué bien se escuchaba! ¡Y salía de un ordenador! (téngase en cuenta que las tarjetas de sonido todavía no eran un estándar; la AdLib, una pijada, y la SoundBlaster original, casi, casi que merecía una casilla aparte en la declaración de la renta de sus afortunadísimos poseedores).

Pero si aquello de oír música en un mamotreto gris clarito, propulsado, seguramente, por un 386 de los recién salidos del horno de Intel, me llamó la atención, no os digo nada de cuando pude echarle el ojo (antes de mi primer encuentro con el CD-ROM) al CD-TV de Commodore. ¿Que nunca habéis visto ninguno? No sabéis lo que os habéis perdido... es decir, el ultimísimo ejemplo clamoroso de lo que la empresa responsable de nuestro C64 fue en su tiempo: una tecnología asombrosa, arropada por... la manta apolillada y mugrienta de las tácticas de marketing más cretinoides del planeta (y de varios sistemas estelares a la redonda). Brillantez tras brillantez, los publicistas, estrategas de ventas, ideólogos de paridas mercantiles y demás ralea de (daba la impresión) topos a sueldo de la competencia, acabaron por hundir a una de las compañías que más mercado habían copado en el sector de la informática doméstica a mediados de los 80. Una de las cuatro o cinco grandes del mundo, vaya.

El caso es que, aquel cachivache, tan elegante, tan sofisticado (más parecía una especie de mueble-electrodoméstico futurista con monitor incorporado, que otra cosa), me pareció tan asombroso, que, cuando lo vi en marcha, en ningún momento pensé que se trataba de un ordenador, sino de una especie de extraño híbrido entre aparato reproductor de vídeo y mini-computadora personal. Algo así, vaya. Porque la introducción de este Wrath of the Demon, desenvolviéndose como la seda, apabullando a los congregados, era tan perfecta, tan suave, tan nítida... que parecía más bien el último experimento de animación de alguno de los adláteres de la Disney. Vaya, es que, de hecho, era toda una película de dibujos animados. Y ni un mal pixel descarriado tenía la desfachatez de dejarse ver entre tantos colorines que, sin duda, parecían demasiado naturales como para provenir de un chip gráfico.

Ah, que ¿qué era el CD-TV? Pues ni idea, oigan. Me parece que acerté y todo: mezcla de video y ordenador. La gracia estaba en que ¡la peliculita de dibujos estaba almacenada en un CD, no en una prehistórica cinta de VHS! Lo dicho: Commodore, siempre innovando. Y, lo dicho, también: su sección de marketing siempre jodiendo la marrana.

Pero la introducción sí que era la de la versión de Amiga de este Wrath of the Demon, uno de esos juegos que le entran a uno por los ojos a chorro limpio. Cuajadito me quedé cuando supe que se había lanzado una versión para C64, también. Cuajadito, y enorgullecidito del todo; vamos, de esas veces en las que uno se solaza en esa parida de chauvinismo primario que a casi todos los nostálgicos nos despiertan nuestras polvorientas máquinas de 8 bits (que si la mía era la mejón, que si la tuya era una moñiga de guarro bellotero pinshá en un palo...). Resulta que este fue uno de esos títulos de principios de los 90, que sólo contaban con versiones de 16 bits (Amiga, Atari y, si acaso, PC) y UNA de 8: Commodore 64. *Inspiración profunda, pecho henchido, sonrisa de satisfacción, jodiura galopante*.

No he visto la versión original del juego, pero me da en la nariz que estamos ante una adaptación más que decente, esto es: gráficos de lo más vistosos... y casi que puede parar usted de contar ahí... bueno, vale, lo cierto es que no estamos exactamente ante el paradigma de la top-model macizorra pero con el coeficiente intelectual de una zamburiña en conserva, esto es, un aspecto fenomenal, pero, por dentro, tan hueca como un botijo. Sí, de acuerdo, los gráficos hacen lo suyo, pero, después, resulta que el producto se deja jugar. No con muy buenos modos, ni sin refunfuñar lo suyo, pero se deja, que es lo que, al final, cuenta.

El argumento haría las delicias de todos esos que profetizan catástrofes diversas, muy ufanos ellos (nadie más feliz que los de su calaña, si hete aquí que el mundo se colapsara de golpe y porrazo, víctima todo él de algún armagedón desencadenado por la cochambre furibunda, a causa de no reciclar lo suficiente), debido a su trasfondo. ¿A que te meto dos yoyas of the power?

Aquello de que el exceso de ambición humana acaba trayendo la perdición a propios, extraños, allegados, asociados y señores que pasaban por allí y no tenían culpa de na. Vamos, como cuando a la Humanidad le dio por inventar la bomba atómica. Pues algo así: a un mago avaricioso como él solo (de nuevo, el malo retorcido o, al menos, uno de los pérfidos implicados en la historia, no es el ceporro musculoso y grasiento más acémila de la manada, sino el inteligente y frágil. Qué cosas), que anhela gobernar el reino, no tiene mejor ocurrencia que invocar a un demonio para conseguirlo. Vaya, de lo más brillante y genial, sí señor... porque resulta que la alimaña de los abismos azufrosos, como es normal, tiene cosas mejores que hacer que ejercer de mozo de los recados de un esmirriado con túnica y decide que, para que otro se coma las nueces del arbolito que él sacude alegremente, directamente es mejor merendarse a todo el mundo. Al árbol, a las nueces y al invocador. Suele ocurrir.

Dicho y hecho. El reino queda reducido a carbonilla, el mago, a una pila de arcana caquiza humeante y, el demonio de las profundidades de Hades, satisfecho con la escabechina. Pero cansado. Y es que, ya sabéis, lo de chamuscar a un país entero para pasar la tarde, es de lo más fatigoso. Es lo que tiene. De modo que el engendro infernal decide echarse una cabezadita durante un par de eones más. Ya despertará cuando sea menester, y reclamará entonces lo que es suyo.

Pero, mientras el mozo dormita a alas membranosas sueltas, el reino se reconstruye. Una nueva nación emerge sobre las cenizas de la anterior, todo muy florido, todo muy bonito, todo muy armonioso, todo muy amoroso y todo, en fin, muy a punto de caramelo para quedar de nuevo convertido en churrusco. Pero ¡quieta la compañía de los infiennos! ¡que ahora el reino cuenta con un héroe valerosísimo que se enfrentará al nuevo despertar del demonio! ... porque, encima, la recompensa es de lo más suculenta: la mano de la hija del rey, que, como todas las princesas de cuento, seguro que está como un queso y ni padece obesidad mórbida, ni le hieden los sobacos a bocadillo de alpargata mojada, ni luce un matorral de pelambre negra y ensortijada en el pecho, ni cuenta con la agudeza mental de la escolopendra común; por supuesto, ni al rey, ni a la reina, ni a los pajes, ni a las paj... esto... ni a los alguaciles, edecanes, capellanes, magos, ni a la madre que los trajo a todos juntos, se les ocurre preguntarle a la princesita implicada en el trueque algo tan tonto como: "su ilustrísima, ¿le importaría casarse con un señor mugriento y sudoroso al que no ha visto en su vida, como recompensa por sus fazañas et gestas, a falta de joyas, chalesitos en Camelot con vistas al Lago de la Dama o diligencias con los asientos de cuero?". Naa. La princesa se entregará, gastos de envío incluido, manutención aparte, al brioso y emprendedor campeón, si consigue derrotar al demonio malo malísimo. No se admiten devoluciones si el producto está cascado por aquello del poco tacto de los mozos de carga.

Sí, vale, muy bien, pero ¿y el juego en sí? ... pues... ¿pensaréis que me he dejado seducir por los gráficos, sin dedicarle el tiempo que merece, si os digo que sólo he podido ver las dos primeras fases y no he jugado más de una hora? Que sí, que sí, que admito que lo que más me gusta del juego, sin duda, es el aspecto visual. Que da gusto mirarlo. Pero, repito, es jugable. De verdad de la buena. No es ninguna maravilla del entretenimiento commodorero, ni ningún prodigio de adicción, pero le permite a uno echar unos ratos de lo más distraídos.

Eso sí, es difícil de cojones.

Sin embargo, precisamente por su buena pinta, consigue mantenerle a uno el interés. Aunque sólo sea por las ganas de ver los gráficos de la siguiente fase, el jugador se esfuerza lo suyo por batallar contra los diablillos volantes que le hostigarán en el espectacular primer nivel, o contra los aprendices apitufados de orco rubicundo y peleón, del segundo.

Porque, repito, no he visto más. Confieso que ya, en la primera fase, tuve la sensación de que el juego escondía más de un detalle de calidad. Cuando uno ve cómo el protagonista avanza como un rayo (el escenario, colorista y detallado, hace scroll en varios niveles) sobre un caballo enorme, y la acción se desenvuelve, casi frenética, queda claro que los programadores sabían lo que hacían. Por ejemplo, putear al jugón imprudente e ingenuo. La dificultad de ese primer nivel es casi estratosférica. Todo se desarrolla con una velocidad apabullante y parece imposible que pueda uno tener el tiempo suficiente para reaccionar cuando:

a) Se le echa encima un diablo volador -en cuyo caso, tendrá que pulsar el botón de disparo para que el héroe le endiñe una bofetada en el momento preciso-.

b) Se aproxime, al galope tendido, a un obstáculo en el camino -joystick arriba para saltarlo-

c) ... o se acerque a una poción -joystick abajo para recogerla-.

Lo verdaderamente complicado es distinguir, en el fragor del scroll desbocado, entre los obstáculos y las pociones. Da la impresión de que los programadores se esforzaron lo suyo para que el juego esté al límite mismo del tiempo de respuesta del cerebro humano. La monda. Eso sí, tras un puñado de intentonas, consigues superar el nivel, incluso quizás con un par de pociones, esto es, de conjuros, activables en las fases de acción (como la segunda, precisamente) moviendo el joystick a la izquierda. Si hacéis esto, veréis que el juego entrará en pausa y el borde de la pantalla cambiará de color. Sólo tenéis que empujar o tirar del mando para cambiarlo (cada color denota un conjuro distinto) y pulsar fuego para seleccionarlo. Y hay tres: escudo, que vuelve invulnerable al protagonista durante unos segundos, curación, que restablece completamente su energía y "zap", que pulveriza a los malos eficazmente.

Hablando de la segunda fase, una de dos, o es absurdamente difícil, o no tengo muy claro qué hacer. O las dos cosas. Hasta ahora, sólo he conseguido sacudirle una buena somanta a esa especie de trasgo morao que enarbola una piqueta de minero, como podéis ver en la segunda captura, mientras un compinche suyo, medio escondido en el borde derecho de la pantalla, la emprende a pedradas conmigo. Pero siempre acaban haciendo fosfatina al héroe. La verdad es que no sé cuántos mamporros aguanta el engendrito, o si hay que utilizar algún hechizo (¿"zap", quizás?) con él. Prometo seguir trabajando en ello. Ay, qué sacrificios tiene que hacer uno.

Lo mejor

* Los bordes reconcomiditos de la caja de cartón original. ¿No te jode? ¡Pues los gráficos, claro!

Lo peor

* La música. Vibrante, ronca y, desde luego, bastante por debajo del nivel de los gráficos.
* Miaja demasiado difícil a veces.