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The Train - Escape to Normandy
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¿Conocéis el Dam Busters? Se trata
de una especie de simulador de vuelo bastante rudimentario (pero de lo más efectivo
para la época en la que se lanzó -1984-) en el que el objetivo es pilotar un
bombardero de la Segunda Guerra Mundial y mandar al cuerno una presa de un gran
valor estratégico para los Nazis.
Bueno, pues se ve que el tema les gustaba a los responsables del juego en
cuestión (que creo que tuvo una acogida bastante cálida), porque no fue el
único que lanzaron en esa línea.
Ace of Aces fue el segundo. De nuevo, el escenario era la Europa agujereada y hecha trizas, de principios de los 40. De nuevo tomábamos los mandos de un avión aliado con la misión de hacer mucha pupita a los salvajes de la Svastika. Y de nuevo, podíamos controlar el vuelo de nuestro cachivache moviendo un cursor sobre algunos de sus botones, palancas, conmutadores y demás. Original, sin duda.
¿Que si este The Train fue la culminación de la saga de batallitas épicas en
pleno Viejo Mundo, de este grupo de programadores? Pues no. La culminación fue
el Night Raider, quizás el título
más flojo de todos. Lo que hace a este que nos ocupa verdaderamente especial,
es el hecho de que posiblemente sea el más trabajado, interesante y variado
de todos.
Bueno, eso, y que, en vez de pilotar un cazabombardero, hacemos lo propio con una
locomotora de vapor, que arrastra un montón de vagones llenos hasta arriba de
armamento pesado y obras de arte robadas por los Nazis. Toma castaña. Como en
la película del mismo título.
No, no es broma: en The Train - Escape to Normandy, nos ponemos a los mandos de una de aquellas humeantes bestias metálicas que aullaban y resoplaban a través de las vías de la Europa de la época.
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Y no creáis que se mueve con la soltura del moscardón común: el juego tiene mucho de simulador, así que os las tendréis que arreglar para familiarizaros con los mandos del cachivache, aprender a ponerlo en marcha, evitar que caiga la presión del vapor, o que la caldera alcance la temperatura del núcleo de alguna estrella supergigante en plena fusión atómica (sólo un bicho raro como yo podía teclear parida semejante). |
Al principio quizás os perderéis entre lo que os parecerá una maraña de
palanquitas, manubrios y manivelas, e indicadores de oscuro motivo, pero pronto
os daréis cuenta de que hacer que el convoy traquetee desaforadamente a través
de los raíles que surcan la Francia ocupada, es muy sencillo.
El truco es mantener más o menos constantes la presión del vapor y la
temperatura del horno. Insisto: no tardaréis en haceros con ello. Y más os
vale que sea así, porque hay un tiempo límite (y un pelín justito, creo yo)
para terminar la misión. Antes de que amanezca (a eso de las 7:30 de la
mañana, más o menos), tendremos que haber alcanzado la estación de Riviere,
en la Normandía.
La función comienza en Metz, donde hemos de asaltar el tren nazi mientras
espera en el andén. Se ve que, como el juego se ambienta en 1944, cuando las
huestes del psicópata del bigote y mirada esquizoide empezaban a retroceder y
el ejército alemán no pasaba por su momento más glorioso precisamente (y
menos mal), eso de quitarles un cargamento de obras de arte a los bestias de la
Gestapo, en sus propias narices, es de lo más sencillo: sólo hacen falta dos
hombres.
La escena se desarrolla
con perspectiva en primera persona. El supuesto jefe del ataque aliado sostiene
una pavorosa ametralladora en la parte inferior de la pantalla, con la que debe
cubrir el avance de un compinche que corre por el fondo de la pantalla.
Cada pocos segundos, un guardia abrirá fuego desde una de las ventanas de la
estación o sus alrededores, y tendremos que quitarlo del medio antes de que
reduzcan a nuestro valeroso miembro de la Resistance a carbonilla
agujereada.
El cómplice de la maniobra (representado por una silueta apenas visible) sólo avanza un poquito cada vez, cuando no aparece en lontananza ningún desquiciado de las SS dándole gusto al gatillo. Tendremos que batallar hasta que alcance la manivela que cambia las vías y permite que la locomotora escape. En ese momento comenzará el juego en sí, con nuestro aguerrido chico-para-todo (balea nazis, conduce trenes... una joya, vamos) al ... volante (o lo que sea) de la locomotora. Fijaos en la captura de abajo.
De nuevo en la línea del Ace of Aces y compañía, conducir el monstruo de acero sobre las vías es cuestión de guiar un cursor sobre los mandos apropiados y accionarlos según sea conveniente.
Insisto: no es tan difícil como el maremagnum de hierrajos y manubrios que se arremolinan en la ilustración, parece sugerir. Además, contaréis con dos ayudas: primero, cuando el cursor se sitúa sobre un mando, su nombre aparece en la parte inferior de la pantalla.
| Y segundo, si el tren tiene algún tipo de problema (por ejemplo, que la presión del vapor está cayendo), aparecerá un mensaje avisándonos, y diciéndonos qué hemos de hacer. No pasará mucho tiempo hasta que seáis capaces de dominar la locomotora vosotros solitos. | ![]() |
Y, en el fondo, y con un poco de imaginación... ¡es una gozada! Os confieso que no pude reprimir una sonrisa cuando se me ocurrió tirar del mando que hace sonar al silbato del tren. Sospecho que casi todos hemos soñado, de niños, con controlar una locomotora de las clásicas. Jeje, es curiosa la fascinación que estos chismes ejercen sobre los niños (y los no tan niños).
Pero no creáis que todo se reduce a contemplar cómo los árboles y edificios de las estaciones desfilan a través de los ventanucos de la locomotora: además, podemos obtener una vista desde la parte superior de ésta, donde hay montada una ametralladora antiaérea de lo más simpática, que hará las delicias del artillero de turno (y de paso, la puñeta, y muy eficazmente además, a los cazas alemanes que traten de atacarnos). En realidad, hay dos vistas exteriores: una en el sentido del avance, para enfrentarnos a los aviones que nos asalten desde el frente, y otra, apuntando hacia atrás, para acabar con los que merodeen por la retaguardia.
Además, en todo momento podemos consultar un mapa que nos indica el punto en el que se encuentra el convoy. Y no es un colgajo estético, de relleno, o despilfarrador de recursos en general: tiene mucha utilidad para planear nuestros movimientos. Las vías conforman una red que... hombre, no voy a decir que es la monda de tupida, pero sí que hay más de un camino posible entre Metz y Riviere. Y en medio, estaciones enemigas que tendremos que atacar (más tiro al nazi, al estilo de la primera fase) para reponer el nivel de agua de la locomotora, interceptar transmisiones del enemigo y mandar órdenes a los aliados (por ejemplo, que asalten una estación o un puente cercanos). Por supuesto, en código Morse. Muy atmosférico y auténtico todo. De película, casi.
Y por si todo esto fuera poco, y sin olvidar que no podemos permitir que el tren sufra demasiados daños (repararlo lleva un buen rato, y no contamos con toda la noche... erm... ¡vale! sí que contamos con toda la noche, pero no sabéis lo rápido que se pasa), en muchos puentes tendremos que detener el convoy para limpiar el río, de barcazas enemigas que nos atacarán a bombazo y tentetieso.
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Hombre, no se les puede reprochar el hecho de que usan los grises de forma intensiva. Primero: el juego se desarrolla de noche. Segundo: no sé, pero no creo que hubiera muchas locomotoras de vapor pintarrajeadas como una furgoneta hippie de los 60. Y tercero: en el fondo, como aseguraba Spielberg, aquella época resulta difícil de imaginar si no es en blanco y negro. O en escala de grises, para ser exactos. |
Vaya, que The Train no es un juego colorista, pero...
a) ... no lo pretendía.
b) ... ni falta que le hace.
Sin embargo, sí que está lleno de detalles estupendos. Desde el temblor de la
pantalla, cada vez más rápido, conforme el tren acelera sobre las vías, hasta
el resplandor de la caldera iluminando la cabina cuando abrimos su portezuela,
pasando por las vistas tridimensionales, bastante efectivas, desde la ametralladora
antiaérea del techo y sin olvidar lo resultones que son los árboles del camino
desfilando a toda velocidad tras los ventanucos de la locomotora.
Muchas de las pantallas (como la primera, en la que hemos de asaltar el tren)
usan gráficos estáticos más que buenos.
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Bueno... si obviamos el tema principal, tan flojito como todos los de Paul Butler que amenizan la pantalla de presentación de los cuatro títulos de esta saga de aventuras belicosas en la Segunda Guerra Mundial (en esta ocasión, se trata de una versión militaroide de la Marsellesa), The Train no está del todo mal en este apartado. |
Me gustan los bufidos y resoplidos del tren cuando está parado en una estación, o el sonido del silbato. Sin embargo, hay poca variedad de efectos. Es inevitable, sí: durante casi toda la acción sólo escucharemos el traqueteo del tren. Otros sonidos son algo más flojos, como el de las ametralladoras.
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Pues creo que este The Train es, si no el mejor, sí el título más interesante de los cuatro de parecida temática que lanzaron casi los mismos programadores, pero con distintas compañías. |
La parte de simulador está llena de detalles agradables y divertidos (no conozco ningún juego, al menos de la era de los 8 bits, que te permita azuzar el fuego de una locomotora, echando paletadas de carbón en la caldera, y hacer sonar el silbato), aunque las escenas de arcade son un poquito repetitivas. Técnicamente es muy, muy bueno, y los elementos de estrategia le dan aún más interés.
| * La parte de simulador es muy original y está
llena de detalles curiosos. * Técnicamente muy bueno. * Una mezcla de géneros que, es curioso, da buen resultado. |
* El tiempo es un poco escaso. * Las etapas arcade quizás sean algo repetitivas. |