Black Tiger
Género: Arcade Música: Mark Tait
Desarrollado por: Softworx / Capcom / U.S. Gold Año: 1989
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Se me ocurre que puede haber tres formas de traducir una expresión coloquial, en inglés, en principio sin equivalente español, a saber:

1. De forma literal, con lo que la cosa acaba teniendo menos sentido que la letra de la sintonía de Mazinger-Z. Esta estrategia suele ser la favorita de los traductores ocasionales que no pasaron en el cole del "my name is..." o "I'm hungry".
 
2. Recurriendo a una frase que no tiene prácticamente nada que ver, también conocido como "la táctica de la comadreja escurrebultos". El encargado de la transcripción de la expresión problemática asume que el lector es medio modorro y, o no se dará cuenta del trueque, o le resultará más o menos igual de ininteligible que si se hubiera topado con la oración original.

3. Utilizar un giro coloquial en castellano con un sentido equivalente. El traductor intenta así que se conserve la intención del autor. Esta solución, tan honesta, es una de las más adecuadas en los casos en los que el texto original echa mano de juegos de palabras acerca de celebridades del país de origen, o situaciones locales comparables.

Bueno, pues a finales de los 80, las conversiones de recreativas al C64 podían ajustarse a un patrón bastante similar al descrito. 

Si cuando la década daba sus primeros pasos, nuestro Commodore se las arreglaba estupendamente para, no sólo emular a las prehistóricas "maquinitas de los bares", sino que tenía capacidad de sobra para superarlas en no pocas ocasiones, conforme nos acercábamos a 1990, las tornas comenzaron a cambiar. 

Cuando las recreativas pudieron albergar varios microprocesadores en paralelo, los juegos que los alimentaban se quedaron a años-luz de todo lo que cualquier máquina de 8 bits de la época podía hacer. Incluyendo al impresionante estándar MSX-2.   

Así que, en el instante en que un título de "coin-op", como dicen los ingleses, alcanzaba cierto éxito, y la compañía de turno decidía hacer unas cuantas pelas adaptándolo a los ordenadores personales dominantes, el resultado podía acabar acogiéndose a uno de los tres casos que os he enunciado. O séase: 

Anda que no hay cuennos aquí...
Caso 1: los programadores, como se suele decir en la jerga técnica del mundillo: "no-tenían-ni-puñetera-idea", así que, presas de una ambición desmedida, de esas que sólo aquejan a los más novatísimos y/o ingenuos del sector, tratan de adaptar monstruosidades que requieren un total de 20 ó 30 megahertzios, a una maquinita de andar por casa, que renqueaba a menos de uno. 

El resultado era de lo más descorazonador. En vez de parecerse al original, daba la impresión de ser una especie de clon deforme, o de caricatura garrapateada a porrazos por un gorila con una brocha entre los dientes. 

Los responsables del aborto, una de dos, o ignoraban la diferencia de hardware entre el original y la adaptación, o no conocían la máquina sobre la que trabajaban de modo que sus limitaciones (evidentes) les sonaban tanto a dialecto de algún cantón chino dejado de la mano de Confucio, como sus virtudes (igual de obvias). Lamentablemente, todos conocemos ejemplos a patadas. 

Caso 2: el o los desarrolladores venían a pensar algo como "bueno, pues ya que es imposible meter este juego en un C64, hagamos cualquier chapuza cuadriculada, estridente y aburrida para salir del paso; vendámosla como el último prodigio de nuestra compañía, teniendo la prudencia de acompañar la publicidad con una nutrida batería de fotos de la versión de Amiga, y ganemos un buen pellizco de parné sin despeinarnos". Si no faltan ejemplos del caso number one, me temo que de este, en concreto, SOBRAN. 

Caso 3: ... y de los menos frecuentes. Se aceptaba el reto con todas las consecuencias, se iba uno por la calle del medio cuando las de los lados eran impracticables, y al final, ofrecía al público un trabajo de lo más presentable. 

El gran problema con las conversiones de recreativas, desde mediados de los 80 en adelante, es que ese público era demasiado exigente. A veces, ni siquiera se conformaba con lo "presentable", nada más.

"¿Cómo es posible que el Out Run de Commodore no sea CALCADO al original, o incluso AÚN MEJOR?", se indignarían algunos. Quizás les dolía ver cómo al pobre C64, que en su tiempo estuvo entre los mejores ordenadores personales del Mundo, se le veían arrugas, achaques y chocheces mil. Las monstruosas "maquinitas de los bares" lo ponían en evidencia.
 
Yo, que sólo pedía que los responsables de la adaptación se ciñeran al caso tres (y, no creáis... por lo visto, eso era MUCHO PEDIR, también), solía llevarme menos chascos que el grueso de los jugones. Al menos, hasta donde sé. Eso sí, me irritaba como al que más, que hubiera quien recurriera al número dos. A fin de cuentas, los que intentaban meter chorrocientos megas en 64 K de RAM, no merecían calificativos más graves que "ingenuos y excesivamente ambiciosos", pero los que asumían que el Commodore no daba para mucho más que para emitir pitiditos melódicos y mostrar pixels enormes de 16 colores diferentes, me fastidiaban profundamente. Aunque se salga (todavía MÁS) del tema, porque no se dedicaban a las adaptaciones de recreativas, yo diría que los programadores españoles estaban a caballo entre las categorías 1 y 2. 

Y ¿dónde cae este Black Tiger? Hmmm... pues yo lo situaría entre el segundo y el tercer caso. Afortunadamente, más cerca de éste que de aquél, porque hay que decir que la recreativa original tampoco era para tanto, en el plano técnico.

A lo que iba: Black Tiger es un arcade bastante convencional, en todos los sentidos. Es de esos títulos que dan la impresión de que son así de corrientes y poco originales, a propósito. 

Hasta el argumento es el clásico trámite que involucra a dragones pérfidos y destructivos que no tienen nada mejor que hacer en sus ratos libres que sofreír las haciendas de los honrados campesinos, y las enaguas de las frágiles doncellas que pueblan el tipiquísimo reino que, desde la noche de los tiempos, estuvo en paz, concordia, armonía, amor y comparsa. Y, claro, el protagonista es, una vez más, un guerrero valeroso y fiero (me pregunto si le dará el coeficiente intelectual como para no vomitarse en los calzoncillos cada vez que estornude accidentalmente) se toma la justicia por su mano, y blandiendo mazas y cuchillos, y enfundado en su resplandeciente coraza, flexiona sus músculos descomunales y emprende la odisea de liberar a los depauperados y oprimidos habitantes de la nación, prestas sus armas e inexistente su ingenio. 

¿Y el desarrollo? Pocas veces se han visto juegos que se adecúen tan bien a un cliché. Black Tiger es al tópico de los arcades en dos dimensiones y con scroll multidireccional, lo que las películas de Paco Martínez Soria es a la imagen que muchos ingleses y alemanes parecen seguir teniendo de España. 

Paella a mansalva, flamenco hasta en la sopa (o hasta en la paella), en un país en el que ellos van por la calle disfrazados como el Litri, y ellas como La Martirio (peineta horrible incluída), y en cada esquina de cada pueblo (todos ellos con una playa soleada en algún rincón), hay una plaza de toros llena de gitanitos cantando lerele mientras huyen despavoridos delante de un morlaco, vestidos de blanco, y con un pañuelo rojo atado al cuello. -A ver, grandioso guerrero, ¿cuántos son dos y dos? -Ocho. -¡Claaaroooo!

O sea, que no se puede recurrir más al topicazo.

El protagonista del juego corretea a través de los pasadizos de una serie de siniestras cavernas habitadas por toda clase de monstruitos agresivos. De vez en cuando, incluso tendrá que dar algún que otro salto, de plataforma en plataforma, no sólo para romper con la monotonía, sino para ajustarse todavía más al cliché tremebundo (¿cuántos juegos de este tipo no incluyen divertimentos similares?).

¿Queréis ventajitas? Las tenéis: escondidas en cofres que sólo se abren si encontramos previamente las llaves, ocultas en una serie de vasijas repartidas por el mapa (aunque la mayoría de las veces, al romperlas a guantazo limpio, sólo encontraremos un par de moneditas de escaso valor), o bien, comprándoselas a algunos de los vejetes congelados que podemos rescatar con sólo tocarlos (éstos, venden otras cosas además, como mejores armas y armaduras... no creáis que es algo frívolo: la coraza nos protege de los primeros impactos. Cuando el protagonista se quede hecho un tarzán-boy, y circule entre esqueletos vivientes y energúmenos armados con hachas, ataviado con un taparrabos, sabréis que, al menor roce, perderéis una vida). Casi todos ellos, sin embargo, nos dan algún otro tipo de ayuda... dinero, tiempo extra, o algún consejo tan hondo y sesudo como "encuentra los tesoros escondidos". Aunque, para ser justos, tampoco habría que esperar que te soltaran alguna frase lapidaria de Rabindranah Tagore, o una cita profundísima tibetana. 

Ah, y ya que estamos con el tema, ojo, porque algunos cofres albergan trampas.

¿Queréis monstruitos de fin de nivel? Los tenéis: además, respetando la forma de los que aparecen en la recreativa... insisto: la FORMA. No olvidemos que un botijo puede tener una forma muy parecida a la de la escafandra de un cosmonauta. Cuidao. Algunos están más conseguidos que otros, eso sí, y el dragón que guarda la salida del segundo nivel, hace gala de un diseño en alta resolución, más que vistoso (si bien tira a canijo). Las "cabezas cuadradas" (no, no es una de mis pavadas: así las llaman en el manual) que hacen lo propio con la última zona de la primera fase, son, por el contrario, verdaderos amasijos de pixels. 

 
 
Aquí nos acercamos más al caso 2 de las conversiones de recreativa. El C64 podía dar mucho más de sí, eso está claro. Los personajes son muy pequeños (aunque no están del todo mal animados, hay que admitirlo) y para dos o tres que osan hacer gala de unas dimensiones bastante más llamativas, están cuadriculadísimos los pobres (excepción hecha del dragón guardián del segundo nivel). 

Y aunque los escenarios son agradables a la vista, y hacen scroll con rapidez y suavidad, les faltan colores. 

O no hay efectos de sonido, o no sé cómo cuernos retorcidos, recalentados y embadurnados con una generosa capa de barniz maloliente, se apagan. La música, sin embargo, no es nada mala. De hecho, en mi modesta opinión, es bastante mejor que la de la recreativa. El problema es que tiende a hacerse algo repetitiva.
Black Tiger es un arcade tipiquísimo en prácticamente todos los órdenes. Al menos, también comparte con la mayoría de los representantes del género su rapidez y lo entretenido que puede llegar a ser.

Es razonablemente fiel a la recreativa original en el planteamiento y el desarrollo (de todos modos, era complicado no calcarlo: es más simple que la acústica de un cubo de plástico, y encima se repite, tal cual y sin ningún aderezo, de una fase a la siguiente... lo único que cambia entre éstas, son los fondos y poco más), aunque se queda algo corto en el técnico.  

* Rápido y entretenido.
* La música.
* Poca variedad de colores.
* Personajes chiquitajos.