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Commando
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¿Os acordáis de la época en la que se pusieron de moda las señoritas pechugonas que hacían como que cantaban en playback cuando, en realidad, salían al escenario a brincar y rebotar, como histéricas, hasta que conseguían (y querían hacernos creer que había ocurrido accidentalmente) que se les saliera una teta? La primera representante de tan noble, egregio y finísimo club de mujeres brillantes, talentosas, sobrias y elegantes, se llamaba Sabrina. Como, en este bendito país nuestro, teníamos por aquel entonces la actitud del pobre desesperado que ha estado a dieta de mojama y pastelitos de higo con bromuro, en un monasterio, durante décadas y al que, de pronto, dejan salir a la calle, adolescentes (y no tan adolescentes) reaccionaban como babuinos en celo ante la (todavía nueva) libertad. Aún no se le había esfumado el olorcillo del plástico en el que venía envuelta, y ya triscaban por doquier recuas de berracos que pensaban que libertad significa poder ver películas guarras en la tele sin que ningún supervisor de la moral catolicísima y castísima del hombre de a pie le diera un capón (o dos; o muchos...). El problema es que, me temo, con frecuencia se sigue pensando que la libertad consiste exclusivamente en eso. Bueno, en eso y en poder elegir entre un montón de canales del satélite y en tener la posibilidad de ir a comprar cualquier frivolidad de importación al centro comercial a la hora que a uno le dé la gana. Qué penita ¿no?
... esto... a lo que iba: Sabrina. No sé a vosotros, pero a mí nunca me
gustó demasiado. Ni físicamente, ni en ningún otro aspecto. Tenía cara de
imbécil. Iba por ahí de seductora sugerente, pero a mí me recordaba a una
versión operada y recauchutada de la vacaburra que, por aquel entonces,
trabajaba en mi casa haciéndonos las camas (y haciéndome a mí la puñeta;
¡le tenía un asco!). Con deciros que dejó el servicio a domicilio para
meterse a conducir tractores, os podéis hacer una idea de la finura y sutileza
de la interfecta. Vamos, era liviana y poética como un ramo de cebollas. Y
tenía el mismo coeficiente intelectual.
Bueno, pues eso. Para variar, no estaba yo de acuerdo en aquel entonces con la
aplastante mayoría de los adolescentes en plena ebullición hormonal. El
fenómeno Sabrina alcanzó unas cotas de estupidez, de animalidad y de ganas de
pensar con el carajo como nunca he vuelto a ver en España. Al menos, no con
tanta intensidad y de forma tan generalizada. Y, "ya que lo pide el
vulgo..." que diría aquel, el mercado respondió inmediatamente. Las
revistas de información general dedicaban chorros de artículos al fenómeno de
las domingas desparramadas y bamboleantes. Hasta apareció una comparativa, como si
fuera una especie de sinopsis de la Muy Interesante, de algún estudio
sesudísimo de Nature (si hubiera existido la tecnología Flash en aquel
entonces y el acceso a Internet hubiera estado tan extendido como ahora, no me
habría extrañado ver animaciones despechugadas a cámara lenta en los
principales periódicos online) entre la italiana bastísima y el producto
patrio que más se le parecía: Marta Sánchez. Punto por punto. Pros y contras
de cada una. ¡Bieeen! ¡Disfrutemos de nuestra libertad midiéndoles las tetas
a dos señoras! ... sin comentarios...
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La corriente de encefalograma... con forma de cinabrio exhultante alzado a los cielos... tuvo momentos memorables, como cuando al portero de una sala en la que iba a actuar la moza de la tierra de Garibaldi (quién la ha visto y quién la ve... a aquella tierra, digo...) le dieron una somanta una pandilla de exaltados poligoneros, porque no les dejaba entrar sin pagar. |
El argumento de los garrulos que, por supuesto, acabaron accediendo gratis al
espectáculo de glándula mamaria para arriba, glándula mamaria para abajo,
fue: "Nos gustan las tías buenas". Madre mía. ¡Pero si la condenada
Sabrina parecía una especie de camionero afeitado, con una delantera de tamaño
antinatural y poco sano!
Lamentablemente, la industria patria de los videojuegos decidió también
sumarse al carro de las riadas de testosterona humeante, y lanzaron una especie
de arcade de lucha en el que la carnosa mujerona despejaba su camino hacia no se
sabe dónde, a golpe de pezón. El lema que aparecía garrapateado en la
portada, perdido entre tanto pellejo tenso hasta lo reventón, era algo así
como "juega a ser mayor". De nuevo, qué lastimita.
No creáis que esa fue la única vez que los adolescentes del país tuvieron
chicha para un debate de solera y gran hondura intelectual. ¿Y qué me decís
del "quién está más cuadrao, el estalone o el suarsenaguer"? Bueno,
en el fondo, la cosa se parecía un poco a aquellas tertulias en el patio de la
guardería, en las que discutíamos quién ganaría en una confrontación entre
La Masa, Supermán, Batman y Spiderman. "¡La Masa es la más fuerte y les
pega a todos!", "¡No, porque espiderman le echa las telarañas y le
ata!" "¡No, porque La Masa puede romperlas!" "¡No, porque
supermán le quema con los rayos que le salen por los ojos!", "¡No,
porque...!"... ya sabéis. Se parece algo sí, pero, al menos, los tebeos había
que leerlos. Pero, en lugar de eso, entusiasmados todos, nos dedicábamos a
comparar aquellos dos iconos de la recién adquirida conciencia de
Civilización Occidental moderna y dinámica, Rambo y Commando, y a ver en cuál
de las dos películas moría más gente y de la forma más viscosa y
espectacular posible (en la del Gran Arnie, los malos, con pinta de
revolucionarios camorristas de tasca barriobajera, se tomaban incluso la
molestia de saltar por los aires, cuando les petaba una granada debajo, trazando
toda suerte de malabarismos, giros en pleno vuelo y piruetas, dignas del mejor
gimnasta olímpico... ¡en serio! ¡tenéis que verla! ... bueno, no, mejor no
la veáis).
Rambo tuvo su adaptación informática,
que, por supuesto, puso en pie de guerra a la mitad de los jugones de la época,
que se afanaron por conseguir una copia. Un año antes, había aparecido en el
mercado Commando. "Hala, pues ya está", pensaron muchos, "aquí
tenemos la versión de la película del suarseneguer". La revista Commodore
Magazine, a la que, a pesar del cariño que le guardo, tanto me divierte dar
caña, dedicó un comentario al juego, admirándose y pasmándose ante la agilidad
y presteza con la que la compañía Elite había adaptado la historieta de muchos
tiros, muchas posturitas culturistas y muchos rictus amenazadores, protagonizada
por el austriaco descomunal. "¡Fíjense ustedes!", venían a decir,
poco más o menos, "qué rapidez en sacar la adaptación a los ordenadores
domésticos de la última película de acción que llega de Hollywood. ¡Aún no se
ha estrenado y ya tiene su versión informática!". No sé si alguien le diría
más tarde a aquel avezadísimo comentarista que, por la idea que parecía tener
del mundillo de los videojuegos, daba la impresión de andar ya a punto de la
prejubilación, que el juego era, en realidad, la conversión de una RE-CRE-A-TI-VA.
Y, además, famosísima en su tiempo. ¡La de moneditas de cinco duros de las de
antes que se tragó la muy taimada! Ninguna salió de mi bolsillo, eso sí. Nunca
me hizo mucha gracia. Era demasiado rápida y difícil. Una auténtica sangría
económica. Sinceramente, siempre me gustó más la adaptación que Elite hizo para
el C64. A pesar de que metiera la pata flagrantemente en más de un apartado.
Os cuento...
| La verdad es que, si se para uno a pensarlo, Commando, el videojuego, casi podría haber pasado por ser la adaptación de Commando, la película. Y de Rambo. Y de Slash, una cosa horrible, de trastienda de videoclub que, en la carátula aseguraba: "Slash aniquila rusos y vietnamitas con intensidad salvaje". Sí. Del Caribe, ¿no te jode?. Qué bárbaro. | ![]() |
Vaya, es la típica estupidez guerrera protagonizada por un soldado armado
hasta la coronilla que, él solito, se merienda a todo un ejército. Nadie puede
detenerle. Ni la infantería ligera, ni la mecanizada, ni la que enarbola
lanzacohetes, ni la que se parapeta dentro de bunkers equipados con un cañón
de calibre muy-gordísimo con el que tratan de rociar el camino del héroe con
obuses bien calentitos. Nada. En la recreativa, igual se acababa uno topando con
el fondo de la cartera o el del bolsillo y tenía que dar por terminadas sus
andanzas furibundas. Pero, sentado cómodamente delante de tu Commodore,
¿quién va a impedir que le des catorce vueltas al juego? Pocos, la verdad,
porque, encima, es de lo más sencillo conseguir algo así, entre otras cosas,
merced a la generosidad de los programadores, que decidieron regalar una vida al
usuario, cada dos por tres. Llega un momento en el que la musiquilla que
profiere el SID cuando obtenemos una oportunidad más de laminar a toda la
armada enemiga, parece casi integrada en el tema principal, que, por cierto, es
una auténtica gozada.
Pero ya os hablaré de él más adelante. Centrémonos ahora en la mecánica del
juego, si os parece. Es el típico mátalo-todo, además diseñado con bastante
tino y funcionando sobre la máquina de 8 bits más adecuada para el género
(afrontad la realidad, espectrumneros y amstradneros, jejeje). Scroll fluido,
acción frenética, multitud de malos en pantalla, correteando como los
bichillos que le salen a la harina por mucho que uno tape el bote y lo cierre a
conciencia (¡son la monda! ¿cómo demonios se me pudieron colar los
condenados? ¡pero si el frasco en cuestión estaba casi sellado! ¡pues nada,
allí los tenías, todo lozanos y respingones ellos! ... me pregunto si no los
pondrán, de serie, las empresas harineras, para obligarle a uno a comprar más
cuando está demasiado tiempo sin usar la última remesa... táctica ruín que,
por lo que he podido observar, también siguen las compañías que hacen pan
rallao... esto...) y, vaya por Dios, cantidades industriales de errores
clamorosos, poco justificables. Otra cosa esta que, también, dejaremos para la
sección técnica.
Lo dicho: un "shoot'em up" en toda la regla. El joystick mueve al
aguerrido soldadito a través de campos agujereados por la guerra, trincheras,
barricadas y hasta riachuelos cruzados por puentes rudimentarios (son más incordiantes
de lo que puede parecer a primera vista: fuerzan a pasar justo por el puente
en cuestión y, claro, eso limita mucho nuestra libertad de movimiento y nuestra
capacidad para esquivar los trabucazos de las hordas enemigas). El botón de
disparo hace que abra fuego con su metralleta (de alcance sorprendentemente
corto; tal parece que lleve una turbo regadera de la muerte con la que tiene
que rociar a los malosos, acercándose a ellos; aunque, bueno, en la recreativa
ocurría lo mismo). Y, con la barra de espacio lanza una granada que, con un
poco de suerte, entallará a un par de infantes belicosos y los convertirá en
perrunillas. Recomiendo usarlas especialmente en la batalla del final de cada
nivel. El bueno llegará a un gran portalón que se abrirá y empezará a expulsar
batallones enteros de malos furibundos. La pantalla se convertirá en un auténtico
hervidero de disparos, granadas y señores con casco meneándose inquietos entre
tanta devastación.
No escatiméis las bombas de mano: encontraréis más, con frecuencia, en cajas
que suelen refugiarse tras trincheras o barricadas (fijaos en la primera captura).
Son casi tan habituales como las vidas extra. Una forma, casi garantizada, de
conseguir éstas, es acertándole al barbudo que emerge del portalón al final
de cada nivel, y corre despavorido, en zig-zag, sin armas, intentando escapar
por la parte inferior de la pantalla. El tipo debe de ser de lo más importante,
porque os proporcionará una bonita suma de puntos si conseguís trufarlo convenientemente.
A todo esto, en cierta ocasión veréis a un aliado, prisionero por dos malos,
que se lo llevan. Si lográis balear a sus captores, ¡más puntos al saco!
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A primera vista, parecen una buena adaptación de los de la recreativa. Casi está uno a punto de pasar por alto su falta de colorido, cuando ve a los malos y al scroll aprovechando las capacidades hardware del C64, y deslizándose, los unos y el otro, con suavidad y rapidez. |
Toda una gozada. Es como conducir un buen coche: responde de forma inmediata,
sin brusquedades, pero con agilidad. Vaya, todo un arcade de Commodore.
Lo dicho, está uno a punto de no darle importancia a que los gráficos no son
especialmente luminosos y coloristas (y a que, algunos de los malos, sobre todo
los que van en jeep, son casi ridículos), cuando, en pleno fregado al final
del nivel, la experiencia se derrumba cuando una horda de soldaditos irrumpe
en la pantalla y la multiplexión empieza a toser y a petardear como una moto
vieja. La música se enlentece, algunos sprites parpadean, aparecen y desaparecen,
el desarrollo se ralentiza, se acelera, vuelve a ralentizarse. Pasmoso, de verdad.
No hablo de un pequeño defectillo, apenas perceptible, como le ocurría, en ciertos
momentos, al R-Type. No hablo de que
a algún elemento del escenario le dé por desmaterializarse sin motivo aparente.
No: es una auténtica escabechina gráfica la que, con demasiada frecuencia, se
organiza a nada que haya más de ocho o diez malos campando al mismo tiempo por
la pantalla. Pero bueno ¿cómo es posible que los programadores no arreglaran
tamaño despropósito antes de que el juego se comercializara? La verdad, da una
impresión de ser un producto inacabado y lanzado apresuradamente, que, me temo,
consigue restarle algún que otro punto a la valoración final.
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Hubbard en su mejor momento. Su adaptación, frenética, agresiva, arrolladora, de la música de la recreativa, es espectacular. Deja a la versión original a la altura del betún. |
Lástima que, en aquel entonces, aún no se dominara aquello de la multiplexión de canales del SID y, claro, como la música se come las tres voces disponibles, cada vez que se reproduce un efecto de sonido (explosiones, el ruido del motor de algún vehículo), tiene que apagarse una de ellas.
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Uno de los mata-mata más frenéticos, rápidos, jugables y adictivos de la primera época del C64. Una adaptación estupenda de la recreativa original, además... hasta que uno se da cuenta de que está absurdamente reducida. |
Supongo yo que por evitar la multicarga (noble cometido, sin duda, pero que... ¡tampoco había que llevar hasta sus últimas consecuencias siempre, coñe!), el juego cuenta sólo con tres fases (mientras que, en la recreativa original había siete... ¿o eran nueve? bueno, da lo mismo: el caso es que eran muchas más). No son especialmente sencillas, tan densamente pobladas ellas de rambitos psicoesquizos deseando comerse los higadillos del héroe, pero, gracias a lo desprendido que es el juego a la hora de repartir vidas extra a diestro y siniestro, no es nada descabellado pensar que, con un ratito de práctica, uno es perfectamente capaz de terminárselo. Y, entonces, cuando la fortaleza enemiga está envuelta en llamas, faltaría más: todo comienza de nuevo.
| * Rápido, jugable, adictivo... * La música. INFINITAMENTE mejor que la de la recreativa. |
* Cantidad de bugs en los gráficos, sobre todo cuando hay
muchos malos en la pantalla. * Demasiado corto. ¿Dónde están todas las fases que aparecían en la recreativa? * Facilón. |