Daley Thompson's Olympic Challenge
Género: Deportes Música: Martin Galway
Desarrollado por: Ocean Año: 1988
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Seguro que hay multitud de excepciones, pero imagino que tendría más fácil encontrarlas en otro momento. Es que, ahora mismo, me apetece que no me terminen de gustar la mayoría de las palabras que acaban en "era". Como "gatera" o "escupidera". Me he buscado un recuerdo desapacible como justificación transitoria: el de cierto zangolotino greñudo que, durante los primeros cursos de la EGB, interpretó el papel ineludible de "mejor amigo" de aquel que esto escribe, con tan poquísima consideración y tan escasa reflexión. En cualquier caso, bastante más de las que la aconseja la falta de cánones de este sub-sub-sub-sub-género del arte de arrejuntar letras, que es lo del comentario de videojuegos (review, que dirían algunos, incluyendo a mi yo de hace un par de años; valiente esbozo de mí mismo, aquel yo).

El mocito aquel, era físico. No de los que arañan el éxtasis y la transmigración de su alma cada vez que calculan la inercia de un taquito cúbico de madera, ideal (o sea, sin masa, sin rozamiento, sin dimensiones, sin volumen, sin taquito, sin cúbico y sin madera) deslizándose por la hipotenusa de un colosal triángulo escaleno. No. Más bien no. Era físico de los muy corpóreos. De los muy huevofritescos. De los que acudían al cole embutidos en un chandal de mercadillo indefectiblemente moteado de lamparones de tomate frito industrial, mal restregados. De los que no veían el momento de empezar a segregar todas las hormonas humanas conocidas, algunas por conocer, y un par de mejunjes de fuerte olor, sólo identificados, hasta entonces, en ciertos recovecos poco pudendos de determinadas especies de animalitos rubicundos rebozados en cochambre selvática.

Era yo, en aquellos tiempos ignotos, una completísima falta de concreción de lo que malamente boceto ahora. O sea, como hoy, pero exagerado. Como para darme dos hostiones en la boca. Qué asco.

Mi vecino a tiempo parcial, el guedejudo de los lamparones, venía a ser algo así como un cruce entre Piraña, el de Verano Azul, y alguno de los integrantes más macarras de Parchís. Mira que me caían mal entonces, los de Parchís. Pero eso, claro, era entonces. Ahora, sin embargo, los herviría en aguarrás a todos. Especialmente al larguirucho, moreno... aquel, tan ebullendo de la displicente autosuficiencia garrula de la que ningún hortera de playa de principios de los 80, en España, podía prescindir. ¿Alguien lo recuerda? Estomagante, os lo juro. Tan satisfecho de su éxito abrumador, de su solidísimo papel de macho alfa de una pandillita de soplapollas preadolescentes que cantaban, a capella de barriada, elegías al "Comando-G". Comaaaando geeee, comaaaaando geee, siempre aleeeerta estaaaáaa...

¡Ññi! ¡Que los mato! Preferiría el Coco-guagua, coco-guagua, coco-coco-gua, de los Enrique y Ana. Un temazo donde los haya, si se nos obliga a medirlo por el rasero de los greitest jits del larva-de-asedia-suecas-en-el-chiringo-de-Nerja y sus alegres alevines de dominguero adicto al adelantamiento indebido y a la infertilidad masculina precoz por abuso de los vaqueros marcapaquete. ¡Y, bueno! Ya que estamos con el dúo aquel, ¿qué deciros del "Nueve por treees veintisieeete, si no estuuudio soy zoqueete?". Moraleja aleccionadora y estimulante de la ya muy polvorienta y en desuso ética del esfuerzo aplicada a la mozalbería en las puertas del bachillerato. No hay duda.

En fin... *suspiro nostálgico*. Como os iba diciendo: "escupidera". Feísima palabra. No sé qué parte me resulta más resbaladiza y pringosa, si la que proclama "escupi", o la que afirma, contentísima de sus lamparones de tomate frito industrial en el chandal azul celeste (encima eso: azul celeste; hay que joderse), "dera".

Guedejudo, encima, tenía a bien saber palabras que yo desconocía, algo que, ya entonces, me fastidiaba sobremanera. Especialmente, cuando el que pretendía enmendarme la plana era físico. De los de Kepler no, de los otros. De los de Apis, Fruco y Patés Louriño.

Una vez que me abrí la cabeza contra la encimera de la cocina de su casa, mientras jugábamos a marearnos mucho a base de dar vueltas sobre nosotros mismos, hasta que perdíamos el equilibrio (qué bestias éramos los nenes de entonces; pero, sin embargo, ahora, en estos tiempos... es mucho peor), el chaval, alarmado, corrió a buscar a su madre, avisándola, a grandes voces, de que me había "hecho una pitera". Una pitera. Aún me duelen las meninges cuando invoco, mentalmente, palabro semejante. Pitera. Ya podía llamarse "pitoscla", "pituití", o "pitenda". Pues no, señores. Pitera. ¡Desagradable, pardiez! Casi me sugirió la imagen de una tinaja cascada, vacía tras perder el contenido a través de alguna grieta pavorosa.

Atención al póster macarra Lo que son las cosas. En los últimos cursos de la EGB, otro mozalbete ocupó el puesto de "mi mejor amiguito de la infancia", relegando a Guedejudo a la sombría órbita exterior de los basketballers. Pasé de merendar los viernes en casa de los papás de un alevín de glándula sudorípara con patas, a dejarme caer por los dominios de un andamio de intelectualoide de cafetería de diseño, cantautor amillonado que atiborra la cuenta corriente glosando las miserias del Gran Capital, y devoción a las formas con pretensión de fondo. Ironías de la vida. Después de todos estos años, no obstante, casi tengo decidido que, a pesar de que estaba yo menos lejos de Sesudito que de Guedejudo, lo cierto es que el de los lamparones era, en el fondo, bastante más noble. Un buenazo, creedme.

Un buenazo con chandal celeste moteado de lamparones de tomate frito industrial. Pero un buenazo, a fin de cuentas.

A mí, el pantaloncito elástico, la especie de cazadora con cremallera y los zapatos de deporte, me resultaban relativamente cómodos. Pero, salvo eso, no les veía grandes ventajas. Estéticamente, me disgustaban bastante. Sólo se me veía de aquella guisa en el cole cuando tocaba clase de gimnasia. No me solía gustar. Me aburría bastante, salvo en contadas ocasiones. En esas, me daba miedo. Directamente. Talmente me parecían instrumentos de tortura medieval, el primitivo atrezzo con el que nuestros educadores saltimbanquis contaban, en el gimnasio de la planta baja del colegio. Especialmente, las espalderas. Espalderas. ¡Espalderas! ¡Horror!

El palabro acaba en "dera" y, encima, se aplica a, o tiene que ver con las espaldas de uno. Eso duele, seguro, segurísimo. Y, si no duele, no me cabe duda de que será de esas cosas que cualquier guedejudo chandalíneo saber hacer mucho mejor que yo. O las dos cosas a la vez: aguijonazos en el espinazo y maniobra muy lejos del alcance de un asteroide sin órbita nítida (ni vagando en los suburbios interplanetarios, como los físicos de croqueta y bocadillo de chorizo, ni solazándome a la tibia luz amorosa del Sistema Solar Interior, como hacen los illuminati al filito mismo de tener opinión sobre geoestrategia internacional, gestión de recursos de un Estado de Derecho, y políticas sociales ... en un sitio no cabría; en el otro, no encajaría), como era vueso seguro servidor. Espaldera. Qué miedo. La propia palabra me evocaba agujetas y olor picante a sudor colectivo en una habitación cerrada. Espaldera. Siguen sin caerme nada bien, semejantes ingenios.

A estas alturas de la película, mi relación con los gimnasios sigue sin ser del todo fluída. Aunque, eso sí, he dejado bien lejos el conato de temor al rídiculo y el, bastante más abierto, a hacerme trizas algún hueso. Ya sólo me inspiran un sincerísimo y muy hondo aburrimiento. Y, merced al inevitable tufo agrio del sudor de sus usuarios, una especie de asco acolchado. O sea, de los que hacen poco ruido y no se notan mucho, si no se mueven demasiado.

Los chandalíneos que suelen poblar este tipo de locales, guedejudos o no, vayan con intención de perfilar sus cuádriceps ante la gacelita desneuronada de turno, a gustarse mucho en frente del espejo o, sencillamente, a conseguir que se les mueva algo la sangre y se detenga la muy nociva expansión imperialista de los dominios del ombligo, sean esas, o no, sus intenciones, simplemente me dejan tan terne. Son tan parte del insipidísimo y tristísimo paisaje como las mancuernas y las bicicletas estáticas. Sólo que incordian más cuando acaparan la condenada cinta andadora y no te dejan triscar un ratito sobre ella.

Eso, os lo juro, no tiene nada que ver con el principio de erisipela que me produce la, por otro lado relativamente original, fase de entrenamiento de este Daley Thompson's Olympic Challenge.

... bueno, un poquito sí que tiene que ver. Pero sólo un poquito. El resto se debe a dos factores que tiran para abajo, tan fuertemente, de la impresión que me causa el condenado prólogo del juego, que hacen que casi ni me apetezca fijarme en el hecho de que sus autores tuvieron el detalle de llenarlo con unos gráficos extraordinarios. ¿Que qué dos factores son esos? Pues el meneo del joystick y la Lucozade. Empezamos por el segundo, si os parece.

Corría el año 1986. Era la primera vez que, quien esto teclea, pisaba suelo británico. Uno de aquellos veranitos desbronceándome bajo la perenne nube cornuallesa. Ya os he hablado de ellos en más de una ocasión. Pobrecitos míos. *Ejem*. Bien, el caso es que acababa de llegar a la casona de los anglos que, durante un mes, habrían de cobijar mi flequillo lacio y mis neuras de quinceañero de psique destartalada. Toda desvelos maternales, la señora de la casa (lo cierto es que guardo buenos recuerdos de ella; era de lo más sensata, amable y cordial), se ofreció a prepararme en la cocina cualquier cosa que me apeteciera.
-Erm... a glass of water, please.-Debí de mascar a medio carrillo, manoseando torpemente el inglés larvario que tenía a bien maltratar yo en aquel entonces. Cosas de la edad, ya saben ustedes.
-(Ahora entra la traducción automática, como cuando en las películas americanas de submarinos soviéticos, de pronto, la cámara hace un travelling que la lleva a pasar por detrás de una tubería y, ¡anda! cuando emerge por el otro lado, el Capitán Iván Rostavili está hablándole al contramaestre Aleksandr Tatamovich Petroff, en un inglés que, si no fuera por el acento de los Urales, no desmerecería en un curso de la BBC). Esto... ¿agua? ¿has dicho agua? ¿que quieres un vaso de agua?
-Sí, por favor.

Recuerdo, entre brumas, la escena siguiente: la mamá de la familia buscó un vaso de tubo, lo llenó en el grifo del fregadero y me lo tendió, mirándome muy interesada, como el que estudia a un mapache naranja con perilla y dos dientes de oro que se le hubiera colado en la cocina. Los demás miembros del clan guardaron silencio mientras yo bebía.

-¡Hala! ¡Está bebiendo agua! ¿No se habrán equivocado en la agencia esta y nos habrán mandado a una carpa japonesa, en vez de a un mozalbete español?-Si no pensaron esto, seguro que se les ocurrió algo muy parecido.

Fue entonces cuando descubrí que a los ingleses les encanta la comida que no es comida. O sea, la que se define por no saber a lo que tendría que saber. Cosas como las patatas fritas con regusto a merluza a la sal con guarnición de chucrut, los bizcochos que, al momento mismo de hincarles el diente, le traen a uno el lejano aroma de los algodones de feria de la infancia, o los zumos de naranja que dejan en el paladar el bouquet de uno o más de los siguientes: Pantomicina antigripal en sobres de 500 miligramos (manténgase fuera del alcance de los niños, de los surtidores de gasolina y de los calcetines sin gomita elástica), monda de pomelo urbano, salpicón de tiza de color morado (especial para aulas de preescolar) y/o pepperoni.

¡Un NEBVNI! (Negro Bigotudo Volante No Identificado)

Ejemplo: la Lucozade del demonio. Del demonio y del Abismo del Tormento Fiero. O de más lejos y más azufroso todavía.

Clamaban, los muy británicos, que se trataba de una especie de tonificante bebida energética, especialmente indicada cuando se practica ejercicio físico (del de Galileo no; del de estiramiento de córnea y adducción de yeyuno). Afirmaban, los muy anglosajones, que, a sumar a su capacidad de obrar milagros en la musculatura del consumidor, el bebedizo tenía el genuíno gusto de las más naranjas naturalísimas, jugosas, salvajes y reventonas. A propósito de tal aseveración podría objetarse bien poco. Seguramente, lo más parecido a un zumo de naranja de verdad que los perpetradores del mejunje habían probado en su vida era el agüilla que sueltan las bandejas de filetes de pavo del Alcampo. Así, claro, los pobres habían contado la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Esto es: lo que ellos creían que era la verdad. O sea, que las naranjas salvajes, naturales y reventonas le dejan a uno el gustillo del sirope de verdín de charca.

Prodigioso purgante, el Lucozade del diablo. Del diablo y de la Ciudad Doliente. Se ve que, no obstante, alcanzó un cierto nivel de ventas, allende las islas de su clitemnestrérrima majestad porque fue, junto con Adidas, patrocinador de este título de Ocean. Que no mala cosa, después de todo.

En el juego, el potingue infecto en cuestión aparece como una sustancia química cuya ingesta proporciona al atleta una inyección de energía física (de la de Giordano Bruno no; de la otra) que inflará sus músculos, dará alas a sus pies y le hará percibir tartán, pista y gradas como una cascada de numeritos y caracteres en fósforo verde sobre fondo negro. Apología del dopping. Con todas las letras. Por mucho que quieran alegorizar la cosa haciendo que, durante la pavorosa, temible y aviesa fase de entrenamiento, Daley consiga, si lo hace todo bien, una serie de latas de la pócima de Mefistófeles, el Érebo y la Laguna Estigia. Mmmmbuajajajajaja*tos*jajajaah...

Veréis: la sesión de preparación física se divide en tres pantallas. Es de suponer que, en cada una, nuestro potentísimo Daley ejercita alguna parte de su cuerpo. Biceps, en la primera, abdominales en la segunda y, en la tercera... esto... ¿cuádriceps? En fin, los músculos que uno utiliza si, estando sentado, quiere enderezar las piernas de tal manera que se sitúen paralelas al suelo. Disculpad mi ignorancia en estas lides tendinosas y nervudas, pero resulta que no soy físico. Ni de los de Copérnico, ni de los del Bollicao. Qué le vamos a hacer.

A lo que iba: Daley habrá de fortalecerse a lo largo de estas etapas. Y, a su término, nosotros habremos de acudir al distribuidor de implantes biónicos más cercano, para que nos cambie el sonajero cascajoso que nos quede en la muñeca, por el mecanismo de una batidora industrial y, así, tener alguna posibilidad de llenar más de una lata de la Lucozade de Belcebú y del Río rodeado de llamas, el del olvido y el de los lamentos. Enlazamos, ya, con el segundo factor que hace que, a pesar de lo guapetona que resulta la fase de entrenamiento acabe pareciéndome más bien malencarada y de difícil digestión.

Creo que puedo afirmar que estamos ante el juego de C64 que requiere el machaque de joystick más desaforado. Al menos, de todos los que he conocido que recurren a tan abrupto y excesivamente obvio mecanismo de control. No os podéis hacer una idea, en serio. La prueba de 1.500 metros lisos del Decathlon de Activision podría tener su chispa cuando, después de tres minutos de andar palanquita-de-mando para acá, palanquita-de-mando para allá, comenzaba uno a notar punzadas en el hombro y en el antebrazo. Pero, señores míos, en el caso que nos ocupa, estamos hablando de extenuación física. De la de Newton y Leibniz, no; de la otra.

No es broma: quizás, frescos de energía, os parezca que es factible mantener el redoble febril necesario para que, poco a poco, se llene la botella de la Lucozade de Luzbel, Caronte y Hermes el Psicopompo. Y he aquí la fallida alegoría de la que os hablaba antes: cuanto más concienzudo y duro sea el entrenamiento al que se someta mister Thompson, más Lucozade (de los Íncubos y los Súcubos) (y los faunos juguetones) (y los duendecillos cachondos) (y los gnomos tocagüevos) (faltaría más), acumulará. Esto es: mayor será la tonificación de sus músculos y de más energía podrá disponer en las diez pruebas que le aguardan. En la segunda pantalla, talmente os dará la impresión de que os han amarrado pesas de siete kilos a los antebrazos. Y no os quiero ni hablar de la tercera. Cuando, en un arrebato de lucidez, seáis capaces de imaginaos como si os vierais desde fuera, resoplando, expeliendo burbujitas de saliva entre los dientes muy apretados, los ojos inyectados en sangre... en fin, os dará tanta vergüenza que, seguramente, optaréis por reclinaros en la silla y esperar a que el acabe el tiempo que se os concede para llenar la muy maldita botella de la Lucozade de Pedro Botero y los moradores de la Tierra de la Perdida Gente (y de los inventores del papel higiénico reciclable) (y de los Andy y Lucas) (y de las Tanga Girls y las Bulerías del Bisbal) (y de... bueno, basta).

Y todo ¿para qué? Pues para que, por cada botella que consigáis llenar, se os otorgue la posibilidad de rendir mucho mejor en alguna prueba (a voluntad; esto es, tendréis que elegir en qué pruebas queréis invertir los mágicos efectos del arcano brebaje: una vez por lata obtenida en los entrenamientos). El manual os aconseja que reservéis esos subidones de sustancias dopantes para las pruebas de resistencia o para las que, en general, os exijan que paséis más de 10 segundos siendo muy malos, muy desconsiderados y muy antipáticos con los controles de izquierda y derecha. Y no le falta razón, al manual de marras, no.

Mister Thompson, otra vez con la rabadilla a metro y medio sobre el suelo Porque, veréis: cuando comienza la competición en sí, habiendo dejado atrás los innúmeros padeceres de la etapa de entrenamiento, el triscar por el tartán intentando no tardar más de diez o doce segundos en recorrer los cien metros lisos de la primera prueba, o el brincar como una jaca con desórdenes emocionales, en pos del foso de arena del salto de longitud, casi os parecerán misericordia celestial. Celemencia divina, oigan. Aunque sólo sea por contraste. Como el del chiste, que iba arrastrando una tanqueta de asalto por el desierto, asegurando que, así, si se le echaba encima un león, no tenía más que soltarla y, entonces, correría mucho más rápido que antes. Jo, qué pena más triste. Me recuerda a la mejora de mis condiciones laborales. Huy.

Si os digo la verdad, hay momentos, durante el decatlón de turno, en los que estuve tentado de concederle un notable al juego. No obstante, en esos instantes, siempre se me aparecía el espectro de la fase de entrenamiento, ululando y haciendo tintinear sus cadenas confeccionadas con microswitches en pena, y se me quitaban las tonterías.

La cosa es que esas pruebas están relativamente bien planteadas. Si, claro está, obviamos la gilipollez de cara a la galería (patrocinadora) de tener que elegir el modelo correcto de calzado Adidas para enfrentarnos a la que toque. La evidencia de que, ya que teníamos que mencionar a la Lucozade de asco (y caca) (y culo) (y peo) (y pis) (y mocos) (y legañas) (y golondrinos) (y palominos salpicones amarillentos), no nos quedaba otra que meter con calzador (huy, qué sutil y brillantísimo juego de palabras acabo de perpetrar; casi he dado la impresión de ser periodista deportivo de Antena 3) los productos de la otra marca que aflojaba el dinerete, es que, para salir airoso de esta especie de estúpida criba previa a la prueba, no tenéis más que elegir el primer modelo de zapatilla que aparece debajo de la lata de la Lucozade de pringue (y... *cloc*) (toma, en todos los belfos, pa que te calles ya), si estáis a punto de enfrentaros a la primera (100 metros lisos). El segundo modelo (inmediatamente bajo el anterior) es el que debemos utilizar para la segunda. Y así, la tecnoalpargata n favorecerá el óptimo rendimiento de nuestro apolíneo bigotudo zumbón en el evento n. Aplicando la contraposición políglota del modus pollendus despiporrens a la ecuación, obtenemos:

Si no p y tampoco q entonces no r y no s o, a lo mejor, w parece que pudiera ser. Pero al final no es. Y te quedas con cara de gilipollas, que es lo que pasa siempre en estos casos.

De donde, despejando las narices, obtenemos:

t implica al retruécano del escrotal si, y sólo si, no v y yo qué sé qué pasa con z, son fucsia el uno, amarillento poco sano el otro y embadurnado en embriagador almíbar el tercero.

Conclusión: resulta evidente que, sin unas zapatillas de marca y/o un chute de zumo de paprika termonuclear, cualquier atleta se convertiría en un jubilado renqueante sobre la pista. O casi. Porque, como os dé por arrostrar el furibundo sprint de los 100 metros lisos calzando unos botos camperos, tendréis la sensación de que os han cambiado al musculado y ebúrneo mostachudo por un jorobao adicto a la manteca colorada. Suele ocurrir. Vamos, a mí me pasa todos los días. Y eso, cuando no me da por hacer montañismo con unas aletas de buzo. Es que estoy to jodío.

Sólo en las pruebas de velocidad o resistencia se os exigirá que vapuleéis el joystick o el teclado durante más de 10 segundos (como promedio). Al menos, en las de salto de longitud y altura, lanzamiento de peso y demás cabriolas que no requieren más que una corta carrerilla antes de emprender la ágil voltereta correspondiente, podréis concentraros más en afinar el ángulo del lanzamiento o el brinco, de modo que se acerque lo más posible a los 45º que, desde los ancestrales tiempos del Track'n Field, parece que son los ideales para conseguir que el pesito, la jabalinita, el disquito, o el negrito, todo él (bigote incluido) lleguen muy lejos, por los aires. Lo injusto de esto es que, como os paséis u os quedéis cortos en cuestión de ¿qué sé yo? diez grados cochinos, pongamos por caso, el esfuerzo se os quedará en una especie de tropezón tonto. Y no veáis lo certeros que tenéis que ser para que el contador del ángulo (que, como ya sabéis los aficionados a los juegos del género, comienza a incrementarse en cuanto pulsáis el botón de disparo, y se detiene en el instante en que lo soltáis) no acabe poniéndose obtuso del todo. Por cierto: para los que no estáis familiarizados con esto de los decatlones retro computerizados (no os descorazonéis, querubines de mis enaguas, que seguro que Dios os ha concedido otra virtud) (como a Corky, que era subnormal, pero corría mucho) (o a Sloth, que era más feo que un sobaco, pero quería mucho a Gordi) (o a Ludo, que comía fango, vivía envuelto en una neblina eterna de pedos y eructos, pero era capaz de invocar a las rocas) (ya véis lo cachondo que es Dios), os diré que las pruebas son: 100 metros lisos, saltos de longitud, lanzamiento de peso, salto de altura, 110 metros vallas, lanzamiento de disco, lanzamiento de jabalina, salto con pértiga y 1.500 metros lisos.

Sí, es cuestión de práctica, sí. Pero, ya veréis que no todas las pruebas parecen requerir la misma. Igual es sólo cosa mía, pero, por ejemplo, el salto de altura llega hacérseme aburrido, cuando llevo diez minutos brincando por encima del listón, una y otra vez. El de longitud, sin embargo, le exige a uno mucho más. No, no es especialmente complicado superar los 6 ó 7 metros, y conseguir la puntuación necesaria para seguir adelante. El asunto es que, como no lo hagáis estupendamente en todas las pruebas, cabe la posibilidad de que, en alguna, aún consiguiendo una marca que os clasifique, la suma de lo que lleváis acumulado no sea suficiente para permitiros seguir en la competición. De lo más simpática, la maniobra. Sobre todo, si os digo que no estoy seguro de no habérmela inventado ahora mismo.

 
 
Los de la fase de entrenamiento son estupendos. Daley ocupa una buena parte de la pantalla. Fijaos en la primera captura, fijaos. Ni siquiera escatimaron, los grafistas, con la alta resolución, como podréis comprobar si observáis, no sólo al heroico levantamancuernas que la protagoniza, sino el poster macarra que hace como que decora la pared del fondo.

Durante el juego, el sprite de maese Thompson sigue siendo más que digno de verse. Y la animación, además, no es nada mala. En la prueba de lanzamiento de peso, por ejemplo, cualquiera podría pensar que los padres de la criatura se inspiraron en algún tipo de vídeo o de secuencia de fotografías, paso a paso, de la maniobra real. Cualquiera podría pensar, también, que no debe agregarse mayonesa al relleno de las empanadillas caseras, porque luego se despanzurran en la freidora. Y es que la gente piensa cada soplapollez...

Eso sí, los escenarios son algo más flojos. Si hay algún elemento del atrezzo en primer plano, podéis estar seguros de estará trazado con no poco detalle y nitidez (véanse el foso de arena, en la segunda captura y la colchoneta, en la tercera) y, todo hay que decirlo, el scroll no deja de ser suave, y se desliza en varios niveles, pero ¡amigo! cuando uno otea en lo lontano y divisa al público... ¡espanto! ¡espanto! ¡empanadillas despanzurradas! Está pergeñado a pixelazo orondo limpio. Y, encima, a la marejada de bloques vagamente poligonales que lo integran, se les obliga a pasar a través de un ortopédico ciclo de posturitas esquemáticas con la intención de transmitir la sensación de que están, continuamente, haciendo la ola. Por supuesto, sin conseguirlo. Ni transmitir la sensación, ni hacer la ola. Mu mal.

Recuerdo que, en mis tiempos, me gustaba mucho la música de carga (en algún ficherito SID debo de tenerla, aunque, me temo, no aparece en el que podéis descargar desde esta página), con sus efectos de guitarra eléctrica "wah-wah" (sí, hombre, ese caraguau-caraguau tan de teleserie americana de los 70; vamos, uno no puede escucharlo sin imaginarse a los Starsky y Hutch, con sus permanentes y sus pantalones de campana, trotando por los tejados, o pilotando su bólido hortera, en pos de algún quinqui afro) y todo. De lo más conseguido.

Durante el juego, podréis escuchar más composiciones de mister Jonathan Dunn. Todas, más que buenas. Los efectos de sonido no pasan de funcionales, eso sí.

Refrito de técnica pulida, publicidad entre lo inocuo y lo superfluo, y dificultad que, según la fase, no sabe uno si calificar como estúpidamente alta o razonable. Muy Ocean, sin duda. La etapa de entrenamiento será muy vistosa ella, pero tiene más mala leche que una gorila con la regla. No, en serio, es exageradísimamente dura. Y las diez pruebas del decatlón aprietan una miaja los tornillos en el apartado de la puntuación necesaria para seguir avanzando.

Me da la impresión de que, planteando el juego como una especie de sucesión de eventos, uno detrás de otro, que uno debía recorrer secuencialmente, los programadores quisieron darle la vuelta al enfoque del Daley Thompson's Decathlon original, en el que se comenzaba con cinco vidas y, mientras no se agotaran, se andaba compitiendo en todas las pruebas, uuuna y otra vez. En el caso de este Olympic Challenge, llegar hasta los 1.500 metros lisos una sola vez es todo un desafío. Y no me extrañaría que, en cuanto se termine con ellos, si se han obtenido los puntos necesarios, acabe la historia con alguna pantallita de felicitación o similar.

El problema principal del juego, aparte de la barbaridad de la fase de entrenamiento, es que, a las alturas por las que transitaba ya la década de los 80 cuando se lanzó, hacía más bien poca gracia. Le quitas los gráficos, los escroles, las musiquitas y... en fin, te quedas con una pavadita simplísima y repetitiva, que no me parece a mí que sea ni siquiera mucho mejor que una especie de lavado de cara de los decatlones (¿sería usted tan amable de sostenerme las gónadas?) clásicos (como el de Activision, o el que, ya en el 84, protagonizó una especie de cruce entre cubilete para los dados del parchís y el egregio Daley Thompson).

* Los gráficos molan. Especialmente, los de la fase de entrenamiento.
* La música no está nada mal.

* El machaque al que hay que someter al joystick durante el entrenamiento, roza lo absurdo... por el lado de allá.
* No va mucho más allá de ser un lavado de cara a los títulos clásicos del género. En 1988 ya aportaba bien poco.