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Street Fighter
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¿Una adaptación del espectacular (al menos, en su momento) Street Fighter
para el C64?
Horror.
Horror y pavor.
Y furor, de paso.
Es muy probable que las conversiones de recreativas fueran los juegos más
difíciles de programar en una modesta máquina de 8 bits. A fin de cuentas, un
título original, que no se hubiera visto antes, en una recreativa, pasmando a recuas enteras de
chavalines con los bolsillos tintineando de monedas de cinco duros, era menos susceptible de decepcionar a nadie.
Pero, tiene gracia, cuando una de estas "maquinitas de los bares"
alcanzaba un cierto éxito, y alguna compañía decidía emprender su
conversión a los ordenadores domésticos de la época, la gente se ilusionaba
hasta tal punto, que ya casi deseaban ver una trascripción directa. La monda.
Las diferencias de hardware entre las máquinas de arcade de finales de los
80 y los ordenadores domésticos de 8 bits eran gigantescas. Así que, de lo que se trataba era de capturar el "ambiente", la
jugabilidad, y los detalles que dieron la fama al original.
Vale. Eso no parece tan difícil, después de todo. Entonces, ¿por qué
demonios se metía tantísimo la pata?
Vaale, que siií, que tratar de meter un videojuego que, en su versión original, necesita un par de procesadores que suman alrededor de los 15 MHz, en una máquina animada por un parsimonioso 6510, era misión imposible.
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Pero los commodoreros ya hemos visto lo que un grupo de programadores expertos y entusiastas, podía hacer con los pocos recursos que tenían en sus manos (léase Enforcer, por poner un ejemplo). |
Por eso me fastidia tantísimo que hubiera compañías de software que daban la impresión de hacer las cosas mal a propósito. Parecía como si se dijeran "bueno, esta conversión es imposible, así que ¿para qué perder el tiempo? Hagamos cualquier chorrada lejanamente parecida al original, y cobrémosla a precio de oro". He aquí un ejemplo flagrante.
Es posible que el Street Fighter sea uno de los precursores de los modernos juegos de lucha (incluyendo todos los Tekkens poligonales habidos y por haber, y otros adláteres igualmente cafres), un género que, salvo contadas excepciones (Double Dragon 2, Barbarian 2...) no se caracterizó por estar representado por títulos de mucha calidad, precisamente. Dado que, además, por lo que tengo entendido, la adaptación se esperaba con verdadera ansiedad en Inglaterra, donde la recreativa fue un bombazo, ¿a qué vino esta diarrea de pixels? Menuda forma de cargarse el prestigio de una compañía (que, por otro lado, hay que admitir que tampoco era enorme).
Imagino que los jugones profesionales conoceréis este juego, incluso aunque
no os haga gracia.
Interpretamos el papel del Ryu, un joven luchador japonés que participa en una
especie de torneo a ver quién da los capones más hermosos y las tobas más
simpáticas, a lo largo y ancho del mundo. Otra de las gracietas que les
encantan a los japoneses, fijaos: eso de hacer turismo (virtual, por supuesto)
por todo el planeta, y enfrentarnos a representantes de cada país que, por
supuesto, en lugar de ser luchadores más o menos normales, son una especie de
cliché tontolculo y simplón, condensado en una masa de músculos o similar,
que reparte coloristas y étnicos cebolletazos internacionales.
Y si no, fijaos en la segunda parte de este juego (que, creo yo, se convirtió
mejor que la primera; ah, ¿que no sabíais que había un Street Fighter 2 para
C64? Pasaos por Commodore Manía,
y ya me diréis). Por supuesto, todos los que en España se dedican a algún tipo
de combate, van vestidos de toreros y pelean en una taberna que parece un cruce
entre el escenario de Zorba el Griego, algún subproducto del cine patrio de
los 60 protagonizado por Carmen Sevilla, y un tugurio de los Caballeros del
Zodíaco.
En el juego original, las cosas no son muy diferentes. El torneo comienza en Japón, ante un intelectual que responde al nombre de Retsu, muy conocido por tener la calva más deslumbrante y pixelada a este lado del Imperio.
Si lo derrotamos, nos las veremos ya, tan pronto, y sin previo aviso, con uno
de los malos más peligrosos de todo el juego. O sea, que es bastante fácil.
Sí: fácil. Es que el nivel de dificultad promedio de este Street Fighter, yo diría
que está entre el de los juegos de plastilina de Play Doh y los kits de
maquillaje de la Señorita Pepis.
El angelito responde al nombre de Geki. Y no responde con una amable reverencia,
sino a mamporros con su zarpa metálica, a shurikanazo limpio y, si el tiempo
no lo impide, empleando sus artes ninjas para desaparecer de nuestra vista, y
materializarse justo tras nuestro cogote. Pupa.
| En la segunda etapa, volamos hacia los USA, donde nos aguardan dos macarras en una estación de tren. El primero, un tal Joe, creo que tiene que ver con Balrog, el boxeador que aparecía en la segunda parte. ¿Os acordáis? Bueno, pues si no os acordáis, tampoco importa mucho, porque me lo acabo de inventar. | ![]() |
Al menos, entre bloque y bloque, entre pixel y pixel, uno puede entrever un personaje con cierta similitud al enorme negrazo del Street Fighter 2.
A continuación, un tal Mike, una especie de versión cuadriculada de El Príncipe de Bel-Air, pero con bastante menos gracia, danzará y brincará por la pantalla, tratando de meternos algún que otro puntapié en las encías. Todo amabilidad, el caballero.
En la Vieja Inglaterra, dos de los clichés más grandes del juego hacen acto
de presencia. Uno de ellos, es "grande" en todo los sentidos, pues pasea con orgullo y
desparpajo sus monumentales pixels, por la pantalla. Se llama Birdie, e imagino
que el apelativo ornitológico le viene por la cresta de pollo tomatero de que
hace gala.
El siguiente en la lista es un tal Eagle. Un Roger Taylor o Cozy Powell venido a
menos, que enarbola dos baquetas con las que tratará de interpretar el solo de
batería del comienzo del Money for Nothing de Dire Straits, usando nuestro
cráneo como timbal. ¡Marcha!
Nos acercamos al final del periplo y, sobre la Gran Muralla de China, célebre porque es el único gráfico de C64 cuyos pixels pueden verse desde el espacio, nos las tendremos tiesas con uno de los enemigos más incordiantes: un tal Lee, que tiene poco de Bruce, pero se las arregla muy bien para bloquear nuestros golpes.
El segundo de a bordo en este escenario parece una especie de Moisés resucitado, que desciende del monte (no-sé-cuántos) para estamparnos en las narices las losas de piedra basáltica de los Mandamientos. Parece que tiene una poblada barba, aunque es difícil decirlo, con esos pixels tan lozanos.
En la última etapa de la excursión, en Thailandia (la segunda captura), por
fin nos las veremos con los dos luchadores más poderosos del Mundo.
Bueno... en teoría.
El primero, un señor con un bañador hortera y un amasijo de pixels sobre la
cabeza, que no sé si representan un gorro extraño, un peinado psicodélico, o
un pañal mojado que, vaya usted a saber, igual le refresca la sesera a su
portador, llamado Adon, estará encantado de enseñarnos en qué consiste el
Thai Boxing, en cómodas y breves lecciones prácticas.
Y por fin, el temible, el poderoso, el gigantesco... ¡Sagat! Sí, aquí sí
estoy seguro: este salía en Street Fighter 2, aunque era el segundo en el
escalafón, por detrás de aquel curioso personaje, Bison, a medio camino entre
Conde Drácula y dictadorzuelo de república bananera.
El tal Sagat es un gigantón calvo capaz de lanzarnos bolas de energía bastante
dañinas... aparte de eso, lo cierto es que no ofrecerá demasiada resistencia a
nuestros barridos.
Por fin, el luchador callejero más fuerte del planeta, yace a nuestros pies,
con rictus cretinoide y pose ridícula, mientras ve estrellitas de colores y
oye campanitas lejanas.
Nos hemos ganado la recompensa, después de tantos padeceres... soportando un
coñazo de juego a través de mares de pixels inflados. Y ¿sabéis cuál es?...
empezar de nuevo, desde el principio. Toma castaña.
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Cuando una recreativa es especialmente célebre por sus gráficos y en la conversión lo hacen tan REMATADAMENTE mal, parece recochineo, en serio. Es como si pretendieran grabar un álbum de recopilación de las grandes obras de Verdi, y pusieran a la vieja del anuncio de la Fabada Asturiana, a hacer de Mezzosoprano. La leche. |
Los escenarios son lo único que, a veces, casi se salva de la quema en este
apartado. Algunos son buenecillos, como los de la primera y última fase (he
tenido la deferencia de incluir precisamente esas dos, en las capturas que tenéis
en esta página). Otros son solamente adecuados, como los de USA e Inglaterra.
Y el de China es, simple y llanamente, NEFASTO.
Respecto a los luchadores... en fin... son horriblemente cuadriculados, y la
animación es estúpida. Ni siquiera mala: estúpida. Ryu se desplaza por el escenario
como si estuviera siendo víctima de un trallazo de 14.000 voltios, y el resto
de los luchadores no son mucho más agradables de ver.
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Lo mejor del juego, y tampoco es decir mucho. No hay efectos de sonido, pero sí una serie de músicas bastante funcionales. |
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Una conversión patética, con unos gráficos horriblemente cuadriculados, una jugabilidad más bien escasa y un nivel de dificultad ínfimo. ¿Que no os lo creéis? ¿Que los malos son capaces de quitaros de la circulación con tres o cuatro bofetadas, mientras vosotros necesitáis al menos el doble de ellas para conseguir lo propio? |
Sin problemas: permaneced agachados durante todo el combate, lanzando barridos.
Los muy imbéciles se os acercarán obstinadamente y se llevarán todos los porrazos,
hasta caer noqueados. Qué divertido.
Y encima, cuando derrotas a Sagat, todo comienza de nuevo, sin ni siquiera una
pantallita testimonial de felicitación.
La verdad, cuando carga el juego, y uno observa la fabulosa presentación...
compuesta por un par de líneas de texto de colorines, con una fuente grande
y cuadriculada, ya se va haciendo una idea del interés que Go! puso en esta
adaptación.
| * La música, y tampoco es gran cosa. | * Personajes cuadriculadísimos. * La animación es penosa. * Los combates son facilones y repetitivos, en cuanto encuentras el truco de los barridos. * Y, cuando derrotas al último salvaje, todo comienza de nuevo. |