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Ugh!
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He aquí una forma de lo más estúpida de darse importancia: empezar el
comentario de un videojuego tontísimo del siglo en el que Zoroastro perdió la
bandurria, recurriendo a una expresión con ínfulas de proclama agitadora
agazapada, como la siguiente:
"Es inquietante que...".
¿Qué os parece? Lamentable, ¿verdad? Me recuerda a cierto comentario que leí
en una revista británica dedicada al mundillo de los videojuegos (no recuerdo
ahora mismo si era reciente o si se trataba de alguna de las clásicas, como
la Zzap!64 o la Commodore
Format; lo menciono en otra de mis fichas, pero, como comprenderéis, no
me voy a poner a rebuscar ahora la cita exacta), en la que los redactores se
declaraban "muy preocupados" por la falta de originalidad de los últimos
lanzamientos. Hay que joderse. Yo no sé si la cosa se debía a la interiorización
de la retórica sensacionalista de cualquier mindundi que, hoy en día, tiene
acceso a una tarima pública desde la que aventar sus teorías de conspiración
y demás historietas, pero eso de "estamos muy preocupados por..."
(venga lo que venga detrás) me parece que no debería caber en una revista tan
tontoide y frivoloide como la de que os hablo. A pesar de los insufrible que
me pongo en estos comentarios, siempre trato de darles un toque surrealista
y muy desenfadado, porque, a fin de cuentas, y por serio que sea esto del ocio
y el relajo mental (que lo es), los juegos, en sí, son, reconozcámoslo, cosa
de risa. O de distensión, cuando menos. Así que, ¿a qué viene preocuparse por
cualquier cosa relacionada con los juegos de ordenador? Te puede fastidiar,
te puede chinchar, te puede molestar (como le molesta a uno que su serie de
animación favorita degenere hasta perder todo su encanto -no, no me refería
a Los Simpsons, pero, mira, ya que los mencionáis...-), pero lo de preocuparse
ya son palabras mayores. Y, a lo que se ve, utilizada con la ligereza retórica
tan propia de aquestos tiempos. Ejem. Que me despedanto vivo. Perdón.
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Sin embargo (ojo al subterfugio), no voy a emplear esa frase para referirme a la ñoñería más o menos entretenida que nos ocupa, sino a otra cosa completamente distinta. A lo que cabría comentar: bueno, y entonces ¿por qué infiernos azufrosos llenos de pecadores churruscaditos tienes que mencionar cosa semejante aquí, si tan distinta es? Respuesta: ¿queréis dejar de preguntar eso, coñe? Como si no me conocierais... |
He aquí la denuncia social rutinaria con sonido a cascajo hueco:
Es inquietante que haya ciertos clichés falsos que, a fuerza de repetirse,
acaben por tenerse ciertos por la mayoría del público. Lo malo no es que haya
clichés falsos sueltos por el mundo. Ni siquiera que se repitan más o menos.
Lo malo es que la mayoría del público los tome por ciertos. Sin rechistar. Y,
si me apuran, sin que sea necesario que se los menten varias veces. A la
primera.
Me refiero a cosas como aquella de que el Hombre convivió con los dinosaurios. La
clásica caricatura del buen mozo de cromañón, hirsuto él y envuelto en un
capote pret-a-porter de pellejo de Mamut, no está completa sin la escena en la
que huye despavorido de un dinosaurio genérico (por ejemplo, de piel morada con
lunares rosas; tal que parece pertrechado para darse un paseo por la Feria de
Sevilla; y-ole-y-ole, a-riquitaun-taun-taun, leré-le-leré-le). Sí, muy
gracioso, claro. ¿Se ha fijado alguien alguna vez que, en las pinturas
rupestres, nunca sale un manojo de jironcitos antropomorfos emprendiéndola a
pedradas y a hachazos de sílex contra un jugoso diplodocus? ¿Se ha fijado
alguien en que los animalitos que protagonizan las historias que se cuentan en
los techos de Altamira parecen más bien búfalos, antílopes y demás fauna
más propia de los documentales de National Geographic que de una película de
Spielberg en la que los desmanes genéticos de un capitalista insensible e
irreverente -por todos es sabido que no hay experimento genético que no sea un
desmán y que no hay capitalista que no sea irreverente e insensible- dan vida a
lo más selecto del Jurásico que, claro, cómo no, siempre-pasa-lo-mismo y es
que el Hombre no aprende en su arrogante e impúdico magreo de la Naturaleza
para sus fines execrables, acaban por escaparse y por merendarse a la
concurrencia despavorida. Esto... ¿por dónde iba? ah, sí, lo de los clichés
de las películas... pues no, señores míos, no, el Hombre no coincidió con
los dinosaurios. Na más que les separaron unas cuantas decenas de millones de
años. Una minucia. En términos geológicos o astronómicos, vamos.
A lo que se ve, todo lo que ocurriera antes de los romanos (y, si me apuran, antes de que los griegos anduvieran por ahí pensando todo el día, vestidos con un mantel y los hebreos corrieran como posesos delante de faraones egipcios y se comieran a un grupo de pop-rock mexicano que les cayó del cielo... esto... *tos*), cabe en el mismo saco: Prehistoria. Da igual que se trate de Pérmico, Carbonífero o Cretácico. Nos da lo mismo el Megaterio, el Hombre de Neanderthal y el Brontosaurio.
No, hombre, no, que no me voy a indignar porque esta tontería de videojuego que nos ocupa utilice una vez más el topicazo erróneo del que os hablo. Que, en un caso así, resulta de lo más inocuo. Es más: es que, si uno se pone serio y científicamente riguroso en todo momento, no hay manera de que se relaje de vez en cuando. Y este Ugh! tendría, posiblemente, menos gracia, si nuestro valeroso cavernícola se diera a la fuga cada vez que le saliera al paso una cabra del Cuaternario. Lo de la disertación alucinada no era más que por rellenar espacio. Menuda sorpresa, a estas alturas de la película.
Bueno, pues, este juego llegó a mis manos merced a eBAY, junto con otras cintas (como el Wanted Monty Mole o el Chickin Chase), en una subasta en la que, bueno, para ser sinceros, pujaba yo por un C64C y el cartucho del Shadow of the Beast. El resto me daba más bien lo mismo. Sí, claro, no iba a tirar los aderezos extra con los que vino el chisme, desde Escocia, a bordo de una caja que parecía haber sido dispuesta para semejante viaje por obra y gracia de un descendiente directo de los pollos que tenía William Wallace en el corral, así que, como buen informático metódico, sistemático y demás tópicos esdrújulos, que soy, los coloqué entre mis cintas clásicas de toda la vida y me di a la tarea de comentarlos.
Tengo la sensación de que si, en mis tiempos, le hubiera echado el guante encima a este juego, lo habría tenido en alta estima. O, al menos, me habría hecho más gracia de la que me hizo cuando lo cargué por primera vez. Sin embargo, es sólo una impresión, así que, aunque estuve durante un rato a punto de otorgarle un notable, al final me he decidido con ponerle un 6. Un 6 alto, digamos. (Este es uno de esos casos en los que pienso que quizás sería más adecuado adoptar, para puntuar los juegos, un sistema con decimales o, incluso, porcentual, como hacían los de la revista Zzap!64. Lo que pasa es que, me da a mí la impresión, al final, a efectos prácticos, quedaría la cosa limitada a unos pocos "medios-caminos" entre una nota y la siguiente. O sea, que la mayoría de las puntuaciones no enteras, seguramente, serían de la índole de 6'3, 6'5 y 6'8. Porque, reconozcámoslo, lo de ser capaz de distinguir entre un 61% y un 62% se pasa de hilar fino).
Un jueguecito antediluviano, con el toque de simplicidad y de "cargar-y-jugar" (como dicen los sajones a propósito de estas pequeñas joyas de principios de los 80) propio de los primeros títulos que se lanzaron para las máquinas de 8 bits. Vaya, que, en cuanto te topas con la pantalla de presentación (tras la eterna espera, preceptiva en el caso de la versión de cinta sin ningún tipo de pijada de turbo mega cargador diarreico -pocas cosas hay más feroces y veloces que un retortijón traicionero-), asumiendo que te hayas leído los cuatro rengloncitos tontos que hacen las veces de manual de instrucciones (te da tiempo, en serio; vamos, a eso, y a escribir una tesis doctoral sobre la obra de León Tolstoi), aprietas el botón de disparo, y ¡hala! ¡a corretear con tu cavernícola, como loco, en pos del suculento huevecito de Pterodáctilo!
| Es que, por lo visto, Ugh debe de poseer la habilidad de predecir el tiempo a escala planetaria y, no es que cierto escozorcillo en los juanetes de los pies le advierta de la inminencia de un chaparrón jurásico (que debe de ser, para los desdichados animalitos que habrán de sufrirlo, como es para una cochinilla aturdida situarse bajo un grifo abierto; si es que ¡hay que ver! en aquella época, lo hacían todo a lo grande)... es que ya ventea, el tío, la proximidad de una Glaciación. | ![]() |
Y claro, hay que pertrecharse, que lo de pasar varios miles de años en busca de algún matojo birrioso que haya sobrevivido a la colosal helada, tiene que ser de lo más incómodo y cansado.
Si os fijáis en las dos capturas, distinguiréis un montoncito de... bueno... de amasijos ovalados de pixels amarillos que se erigen en la parte superior del escenario, como formando una pequeña pirámide de Exín-meloncitos. En la primera imagen, aparecen hacia la izquierda y, en la que tenéis inmediatamente sobre estas líneas, en el centro. Bueno, pues se trata de los huevos de la cotorrasauria gris que revolotea cerca. Se conoce que el autor del juego no era lo que se dice un maestro del VIC-II, y no fue capaz de meter más que 5 colores en el escenario (y que enciman conjuntan peor que un chandal verde, una chaqueta de espiguillas y unas pantuflas de peluche: rojo, verde, azul, amarillo y negro), así que, bueno, los huevos en cuestión son amarillos, sí. Igual que el montoncito de piedras que no anda muy lejos de ellos y a los que el Pterodáctilo en cuestión y que responde a la cursilada de nombre de Pterry (seguramente, graznando, barritando, mugiendo, balando, ladrando, maullando o... bueno, como cuernos hicieran los Pterodáctilos ¿escolopendreaban? ¿rezunflaban? ¿fartracaban?), acude para proveerse de cantos rodaos enormes con los que nos bombardeará en cuanto cometamos la imprudencia de pasar bajo él. Podemos defendernos de su... esto... legítima, a su vez, defensa del nido, arreándole un certero lanzazo (procurad no alejaos mucho de él: la aviesa estaca puntiaguda que Ugh arroja describe una parábola que terminará por atraerla hacia el suelo; es lo que tiene esto de la gravitación universal; hay que ver qué cosas inventan los chinos, oigh). Claro que, en breve, otro Pterry aparecerá, más que dispuesto a fosilizarnos por la vía rápida.
Cuando Ugh alcance el nido, tendrá que dejar la lanza para cargar con uno de
los huevazos. Difícilmente los encuentra uno más grandes, hoy en día...
aunque no creáis, que ahora que lo pienso...
... (chiste fácil, sí... ¡pero se me ha sólo ocurrido a mí!) (¿a quién si no?) (ejem)...
... bueno, pues eso: que estará indefenso hasta que alcance su covacha, donde,
por lo visto, cuenta con una remesa inagotable de palitroques afilados. Si, en
alguna ocasión, tenéis que abanderillear (bonito infinitivo inexistente,
pardiez; a ver qué os parece este otro: ¡calagurritanear! *toses*) a alguno de
los dinosaurios que os saldrán al paso, siempre podéis volver corriendo a la
gruta, a por otra lanza. Sí: salen lagartos terribles de distintas especies. La
cosa no sólo se limita a ese conato de murciélago amplificado que la emprende
a pedruscazos con el troglodita amigo del huevo ajeno (qué asco): si miráis
las capturas, veréis cómo, en la primera, una caricatura
cuadriculada de Tiranosaurio marroncito y de panza amarilla, corretea,
amenazador, hacia el protagonista. Y, en la segunda, es un Triceratops, nada
más y nada menos. Ambos dos comparten comportamiento: corren furibundos, y una
miaja desorientados (no es para menos, vista la maraña de senderos que han de
recorrerse en diagonal, y que forman cada nivel), detrás de Ugh; son
vulnerables a nuestros lanzazos... y, para terminar, se llaman como una pareja
de aspirantes a drag-queen: Trici y Rex. Huy, qué miedo.
Hala. Este es el juego: recorrer esos caminos (la verdad es que se hace un poco incómodo lo de tener que empujar el joystick en diagonal en las intersecciones; con frecuencia, si no lo haces en el momento exacto, acabas desviándote hacia otro lado (cosa que puede ser de lo más graciosa si, por ese otro lado, viene trotando desaforadamente uno de los dos figurines escamosos jurásicos).
Conforme vayáis llevando huevos a la cueva, el juego aumentará de dificultad (de un modo transparente, esto es, que ni se detiene, ni os avisa, ni nada así -salvo por el hecho de que se incrementa el numerito que denota el nivel de "habilidad", y que se sitúa junto a la palabra "Skill", en la parte inferior de la pantalla-), o sea, que los malos serán más rápidos y agresivos. Cuando hayáis superado suficientes niveles de "habilidad", pasaréis a la siguiente fase, en la que el desarrollo es idéntico, faltaría más, aunque las cosas se ponen un poco más peliagudas y el escenario cambia.
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Los escenarios tiran más bien a feos, y no sólo por la poco afortunada colección de colores que muestran, sino por esos caminos diagonales cuadriculadísimos y por lo poco distinguible de los detalles que pretenden adornarlos. Los personajes son bastante mejores (excepción hecha del Pterry ese; monocolor, cuadriculado y más bien tontainas). |
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El tema de presentación es una alegre y hojalatesca versión del de Los Picapiedra, yo no sé si modificada un pelín para evitar que al garante de turno de los pertinentes derechos de autor se le despierte el celo pleite... erm... ador (*carraspeo*) o es que, directamente, el responsable tenía menos oído musical que un pulpo. Hmmm... puuulpooo... |
Los efectos de sonido son escasos y nada llamativos... salvo por uno: el que se reproduce cuando el protagonista acierta con su lanza al pterodáctilo (especialmente convincente en un C64 real). Oye, ¡es magnífico!
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La típica chorradita de 1983... sencillo, entretenido, estridente, cuadriculado, repetitivo, jugable... ya sabéis... |
| * Entretenido y jugable. * El ruidito que se escucha cuando Ugh le da un lanzazo a Pterry. A mí me gusta, vamos... |
* Esa maraña de caminos dispuestos en diagonales
hace las cosas un poco incómodas. * Ya podían haber escogido otros colores para el fondo. |