|
Who framed Roger Rabbit?
|
|||||
|
|||||
|
Puedo entender el celo de algunos padres a la hora de proteger a sus nenes. Puedo entender que se pretenda alejarlos de según qué imágenes y de según qué ideas. Al menos, mientras atraviesen esa edad maravillosa en la que, lo normal, lo natural, debería ser andar siempre mirándolo todo con carita de figurante en los títulos de crédito de Barrio Sésamo (mocos incluidos). Debería, ya digo. Lo que no entiendo es el afán cuasiparanoico de aplicar tijeras censurantes hasta al menor detalle que pueda ser susceptible de rasguñar el fragilísimo velo rosado que uno tiene cuando apenas ha dejado de arrastrarse a gatas por el mundo. En el término medio está la virtud, que suele decirse.
Poco después del estreno de aquel curioso experimento que mezclaba infografía, animación clásica e imagen real (no fue el primero en términos similares, eso sí; hay muchos precedentes, desde Los Tres Caballeros hasta aquella versión psicotrópica, alucinógena y casi digna de haber sido parida por los parroquianos de alguna discoteca afro de los 70, de El Señor de los Anillos) cuyo título se tradujo por estos pagos como "¿Quién engañó a Roger Rabbit?", se levantó una tenue polvaredilla (poca cosa, en realidad; no pasaba de ser una anécdota, pero, creo yo, de lo más significativa) a propósito de cierto puñado de fotogramas que mostraban a la descollante esposa del protagonista, despatarrada según se caía de un coche. "Bueno, ¿y qué?", preguntará alguno y con toda la razón, "a fin de cuentas, la señora, por muchas curvas exageradamente pronunciadas con las que sus creadores le hubieran dotado, no era más que un dibujo", concluiría, además. Pues sí. Exactamente: no era más que un dibujo. Un dibujo sin bragas, por lo visto.
Fue por aquel entonces, creo recordar, cuando supe de la existencia en los USA de ciertos grupos de progenitores preocupadísimos por la constante amenaza de descarrilamiento que pendía sobre la líbido, en estado larvario, de sus pequeñuelos. Que nadie se frote las manos: no voy a convertir esta introducción en una colección de rascadas furibundas del grano reventón del antiamericanismo. Lo que me llamó la atención del tema fue lo absurdo de la acusación de aquella asociación de papases y mamases al borde de las manías persecutorias.
![]() |
Veréis: resulta que, en cierta escena, Jessica Rabbit (a los gringos les haría gracia el nombre, pero, a un españolito, que una moza con semejante silueta y semejante actitud, se apellide "Conejo", casi roza lo merecedor de encontrarse en la trastienda del videoclub; no sé si me explico) se cae de un coche en marcha. |
Sería un dibujo animado, sí, y los autores de la película pretenderían
sumergir a un par de torpes humanos gordinflones en un mundillo poblado por
criaturas virtualmente inmortales, histéricas, histriónicas, capaces de
cualquier desquicio, protagonistas de cualquier surrealismo y que se estiraban y
encogían como queso fundido, pero, al menos, la idea era que todo guardara un
mínimo de consistencia. Especialmente, en el caso de los "Dibus" (creo
que los rebautizaron así en la versión española; en la original, eran los
"Toons") más humanomorfos. Como Jessica Rabbit, precisamente.
Bueno,
a lo que iba: la moza despampanante, cuando su vehículo toma una
curva cerrada a demasiada velocidad, se va al suelo, de culo y rebotando.
Suele ocurrir. Las señoras, cuando se caen de un coche en marcha, lo hacen de
un modo más o menos predecible. Vaya, que uno presencia una escena semejante, y
nunca se sorprende al ver cómo la desdichada... ¿qué sé yo? ... dobla las piernas
en treinta y siete ángulos imposibles, se le anudan al cuello como si fueran
espaguetis demasiado hervidos y termina repiando sobre el coxis mientras saluda
a los asistentes meneando febrilmente las orejas y los agujeros de la nariz.
Así que, lo normal, lo que a uno le parecería natural, sería ver a la señora
Rabbit pegándose el gran culetazo y, claro, levantando las piernas, en
consecuencia. Quedándose, por un momento, patas arriba. La escena no debía de
durar mucho más de un segundo y pico en el que, parece, se ve que no lleva
bragas. Durante uno o dos fotogramas, sospecho, porque nadie se dio cuenta de
eso en el cine.
Nadie, salvo los egregios y coragíneos papases semper vigilantes, paladines
defensores de la vítrea moral de sus niños y de la de los demás, que, digo
yo, tendrían que haber explorado la película, en su edición en vídeo,
armados con el mando del cachivache y pasándola a cámara lenta, fotograma a
fotograma, de principio a fin, no fuera que en alguna esquinilla del escenario
apareciera, durante un veinticincoavo de segundo, alguna flagrante incorrección
política y/o erótica. Bueno, pues llegaron a la conclusión (me los imagino
aspaventando, segregando toda suerte de espumarajos espesos e invocando a
antiguas deidades de la vara verde, afortunadamente enterradas hace muchos
años) de que tenía que haber, no cabía duda, alguna oscura intención (esos
malandrines de Hollywood nunca aprenderán) detrás de la falsísima fachada de
inocuo divertimento para consumo infantil, de la película. ¡Jessica Rabbit no
llevaba bragas!
... lo que no sé es si los dibujantes se tomaron la molestia de pintarle el
chumino a la buena (buenísima) señora. No recuerdo haber visto la escena, así
que no sé si uno podía apreciar según qué pliegues, según que arrugas y
según qué colgajillos, o si Jessica Rabit era, por debajo del ombligo, como una muñeca de
plástico. Vamos, que no sé si las dos piernas se le unían en una especie de bajo vientre liso, sin
rasgos y sumido en la penumbra del vestido de fiesta que el
personaje llevaba. En cualquier caso... ¿a qué venía tanta alharaca
iracunda e indignada? ¿A que no deberían haber aparecido esos dos fotogramas
mal contados? Imagino que a los papases (o papaes) (o papanatas) (o gilipollas)
rabiosos les debió de parecer que, encima, la cosa iba por los oscuros
derroteros de lo subliminal, quizás con la intención de que, los ingenuos y
tiernísimos infantes, salieran del cine presas de un inexplicable afán por
pasarse por la piedra a la vecinita de cuatro años del piso de abajo. ¿Tendrían que haberle puesto unas castas polainas a la
Rabbit? Qué cosa tan enfermiza.
Lo curioso es que, según he oído, existe una especie de "juego"
entre algunos animadores de la Disney, que consiste en desafiarse, unos a otros,
para ver quién es capaz de incluir la barbaridad más lúbrica y explícita en
una película infantil, sin que nadie se dé cuenta. Claro, nadie se la da
nunca, he ahí la gracia. Bueno... nadie salvo la cuadrilla de progenitores
ociosos que no tienen nada mejor que hacer que ver cinabrios en erección, en el
palacio de la Sirenita (seré muy ingenuo todavía, pero ni a propósito, y
advertido previamente de su presencia, conseguí distinguirlos) o la palabra
"SEX" trazada con el polvillo que Simba, el Rey León, aventaba cuando
se desplomaba, víctima de sus complejos existenciales (otro tanto; sí, hombre,
si uno le echa mucha imaginación, algo así parece entreverse, pero... lo
dicho, que hay que estar muy aburrido y conseguir fijar la imagen en el
fotograma exacto). Así que, aunque sea cierto que algunos animadores se
divierten lo suyo colando un "frame" (como dicen los entendidos)
(además, pronunciado así: "fra-me"), no veo por qué tiene que
exaltarse alguna panda de guerrerísimos herederos de las autoridades del Salem del siglo
XVII, elevando sus voces, airadísimas, para denunciar que, un
cúmulo de nubecillas del fondo de una de las escenas de Aladdin, parece
perfilar la forma de un inmenso carajo enhiesto, dejándose llevar a merced de
los vientos de la Transjordania profunda. ¡Intentos de perversión subliminal a cargo de
alguna mano negra! ¿Bordea o no la paranoia más clara?
A lo mejor es cosa mía, pero a mí "¿Quién engañó a Roger Rabbit?" me pareció una tontería simpática. Nada más.
| Con poquísimas pretensiones, hasta con bastante poca gracia (el protagonista, que tendría que ser una especie de síntesis de los personajes clásicos de animación -El Correcaminos, Bugs Bunny...- era una especie de ravioli histérico conejimorfo, de voz estridente y evidentes síntomas de ansiedad, neurosis y otros desmanes maníaco-depresivos). | ![]() |
Pero, miren ustedes, como resulta que en estas fichas, se supone (lo suponía yo, hace años, cuando empecé a escribirlas), no me tengo que dedicar a crítica de cine / oenegés garrulas / otros excesos que con tanta profusión se dan en este mundo nuestro, sino más bien a comentar videojuegos polvorientos del año de Mari Castaña (lustro antes, lustro después, del de la Catapita), ¿qué os parece si empiezo ya de una puñetera vez?
Bien. Creo que ya he dejado suficientemente... confusas... las premisas del juego. Pues sí, damas y caballeros, se trata de la adaptación informática de "¿Quién engañó a Roger Rabbit?", un juego que, por su planteamiento y por la pretendida espectacularidad de sus gráficos, era que ni pintado para acabar animando las pantallas de las máquinas de 16 bits de la época y que, miren ustedes qué cosas pasan, acabó asomándose por las de los cuatro commodoreros que aún quedaban, obstinados ellos (o cortitos de fondos) en el Mundo. He aquí esa versión, precisamente. Claro, no se puede decir que nuestro querido C64 fuera el cachivache más adecuado para reproducir una especie de película de dibujos animados interactiva, de la índole del Dragon's Lair original (el de la recreativa, ya sabéis), sólo que permitiendo aún más libertad al usuario. Tampoco se puede decir que la legendaria panaera no fuera una máquina especialmente bien dotada para mover gráficos y para hacer buenos juegos de acción. Digamos que, en el caso que nos ocupa, los programadores se quedaron entre dos aguas. Intentaron perpetrar algo así como una inyección a presión de las llamativas versiones de 16 bits, dentro de la de 8, sin pasar el producto por los filtros correspondientes, previamente. Me explico...
Aunque ya me extenderé algo más sobre el asunto en el apartado técnico de este comentario, he de decir que, a primera vista, la versión de C64 de este Who Framed Roger Rabbit? no sólo no llama nada la atención, sino que incluso le echa a uno para atrás. Obviando los tres o cuatro destellos de calidad, como las animaciones (en algunos casos, verdaderamente dignas de una película de dibujos animados) o las imágenes estáticas a modo de introducción, "cutscenes" y demás zarandajas (muy trabajadas y de lo más resultonas, sin duda), la impresión inmediata que uno se lleva al ver las evoluciones del conejo neurasténico, es de estar ante un título adaptado demasiado apresuradamente, que desaprovecha flagrantemente las capacidades audiovisuales del Commodore y que pintarrajea escenarios y personajes tremendamente cuadriculados, haciendo gala de todo un derroche de ... colores mustios, tristones, apagados, en unos casos, e innecesariamente chillones en otros.
A todo esto... ¿y quién quiere engañar a Roger Rabbit? Pues un juez que
responde al tranquilizador nombre de Doom y que no desentonaría nada como
casero cruel y despiadado, de aquellos de las películas de Chaplin, que se
empeñaban en cebarse siempre con la huerfanita mona y desvalida que malvive con
su abuelita desencuadernada, coja, ciega y jorobada o con el huerfanito (siempre
son huérfanos, sí, qué le vamos a hacer) que se cobija
de la gélida intemperie en un cuartucho que el muy felón multimillonario de
las facturas, el traje de rayas y el bastón pavoroso pretende obligarle a
desalojar... vaya, ya sabéis a qué me refiero. El tal Doom quiere convertir
esa fábrica de los sueños, los colorines y los pastelitos de crema, miel y
nata montada (ñññí) que era el Hollywood del 47 (ejem) en una especie de
pecaminoso e impío poblado erigido en honor a la vanidad, los placeres rápidos
y la pasta gansa en rama (no como es ahora, qué va).
El primer paso es quitar de la circulación al
presidente de la factoría de Gags, un tal Marvin, responsable, por tanto, de
las graciejas, chistecillos visuales y toda suerte de aparatos imposibles (iguales
que aquellos, de marca ACME, que el Coyote trataba de aplicar sobre el Correcaminos, para
terminar siempre convertido en churrusco humeante él mismo, pobrecito mío,
qué lástima), es decir, del atrezzo básico de las películas de humor que dan
de comer (¿qué comeran, a todo esto?) los habitantes de Toontown, o sea, los
"Dibus". Bueno, pues, lo dicho, Marvin pasa a la papelera de reciclaje
de monigotes desfasados (como los dibujos animados no pueden morir, Doom lo
sumerge en "El Baño", una pringue viscosa que disuelve
irreversiblemente a los personajes de animación) y el perverso juez se las
arregla para echarle las culpas a Roger.
Bien, pues resulta que, para evitar que el tipejo se haga con Hollywood, tenemos que encontrar el testamento de Marvin. Pero da la casualidad de que el papelajo está escondido en el club Ink And Paint, uno de los pocos garitos gangsteroides de Toontown en el que dejan entrar sin bozal a los humanos. Doom se dirige hacia allí en su fiambrera turbopropulsada, una especie de mezcla entre limusina y furgón fúnebre. Vamos, digo yo. No, si no recuerdo haberlo visto nunca, pero no me negaréis que es complicado no imaginárselo con esa pinta. Bien, pues tenéis que llegar al club antes que él, a bordo de Benny, el taxi. Sí, hijos míos, sí, también es un dibujo animado, el cachivache. Y todo un émulo del gacheto-móvil aquel, además, con sus ruedas retráctiles que le permiten brincar por encima de coches, trolebuses y charcos de Baño que pringan la calzada aquí y allá (y que, si tocamos, nos quitarán una vida en el acto). Y, hala, ya tenemos primera fase.
Es bastante simple, en realidad: la calle tiene sólo dos carriles, recorridos por los demás vehículos según el Espíritu Santo, en forma de Pierre Nodoyuna a los mandos de su biplano copilotado por Patán y sus risitas sibilantes, les da a entender. Tan pronto el carril por el que triscamos y rebotamos a lomos del taxi esquizoide con personalidad propia, ejerce de canalizador del tráfico que fluye en un sentido, como del que circula en el contrario.
![]() |
Vaya, que igual os podéis topar con una especie de tartana modelo Al Capone acercándose a vuestra retaguardia, como irrumpe una que viene en sentido contrario y os deja con el tiempo fisiológica y neurológicamente justito para reaccionar, pulsar el botón de disparo y hacer que Benny despliegue los muelles que le sirven de ejes y bote por encima de él. |
No os preocupéis si os estampáis contra algún obstáculo: recordad que, como todo buen dibujo animado, el taxi respondón que nos lleva, a sacudida limpia, por las calles de Hollywood, no puede ser destruido. Sólo si pasa sobre un charco de Baño, insisto. Eso sí: empotraros contra algo implica una pérdida de tiempo que puede ser vital en nuestra carrera contra Doom.
Una cosa más: de los edificios del fondo, a veces cuelgan ventajillas capaces de otorgarnos invunerabilidad temporal, más velocidad o una vida extra. Sólo tenéis que saltar para recogerlas.
Si conseguís llegar al club de marras, os enfrentaréis a una especie de prueba
desquiciada que parece sacada directamente de cualquier concurso gilipollesco,
de esos que tan de moda estaban en la tele, antes de que fueran sustituidos
por la nueva corriente de programas de preguntitas, respuestitas y presentadores
que no sabe uno si son serios pero informales, sapientísimos pero distendidos
en el trato con los participantes, aprendices insufribles de pedante que no
saben qué mueca esbozar para que parezca que están sonriendo o, directamente
malos clones sin ninguna gracia ni mérito, de la señorita Rotenmeyer aquella,
o de doña Urraca. No, si me parece muy bien la nueva ola de concursos televisivos.
Puestos a dejar que un señor se lleve un dinero fácil, al menos que sea por
obra de sus méritos intelectuales. Pero volvamos a lo de los concursos a la
vieja usanza, ya sabéis, aquellos que acababan con los jugadores rebozados en
alpiste, harina, nata montada, huevos despanzurrados y algún otro mejunje viscoso
moteado de grumitos sospechosamente parecidos a cagarrutas de borrego. La idea
de esta segunda fase es bastante similar: Roger tiene que correr como loco alrededor
de cada una de las mesas que ocupan el salón del club. Fijaos en la segunda
captura, fijaos. Las carreras desquiciadas son cosa del ordenador. Vaya, que
el conejo emocionalmente inestable ya se encarga de dar vueltas a las mesas,
él solito, sin que nosotros tengamos que tocar el joystick para nada más que:
a) Para recoger cada una de las servilletas que una serie de pingüinos verdaderamente
eficientes a la hora de cumplir con su deber, dejan sobre los manteles. (Pulsad
fuego).
b) Para cambiar de mesa. (Empujad la palanca en el sentido pertinente).
Resulta que Marvin escribió su testamento con tinta invisible. Mira tú qué gracioso
era el jodío. No podía ser menos, tratándose de una caricatura viviente que
regentaba una fábrica de artículos de coña marinera. Así que tenéis que haceros
con todas las servilletas antes de que acabe el tiempo, o séase, antes de que
la banda de pajarracos con el ritmo en la molleja, que interpreta, sobre el
escenario, una especie de jazz sabrosón, acabe la canción. Y, mientras tanto,
los condenados pingüinos, que no dejan de aparecer y de reponer las servilletas
que vamos quitando. Dan ganas de fregar el suelo con su pico, os lo juro.
Tened cuidado con el engendro perpetrado a base de los mayores y más angulosos
bloques de colorines del Exin-Gorilas, que despunta, de cuando en cuando, por
la parte inferior de la pantalla. Si os atrapa, os echará del club y perderéis
una vida. (Por cierto, procurad no equivocaros y coger un pelotazo de whisky
en lugar de una servilleta; a Roger le sienta fatal el alcohol).
Lo curioso de esta etapa es que podéis superarla aunque no hayáis recogido todas
las servilletas antes de que los irritantes pajarracos árticos las repongan.
Eso sí, en ese caso, tendréis menos tiempo para completar la última fase...
... a la que llegaremos tras otra etapa de conducción como la primera y a la
que, precisamente, corresponde la tercera captura y que, así, a ojo, y después
de un par de minutos de explorarla (antes de que una de las comadrejas animadas
que nutren las filas del ejército de matones de dibujitos que cubren las espaldas
del juez Doom, me mandara a hacer puñetas la última vida que me quedaba), me
parece la más original y divertida. Se desarrolla en la fábrica de bromazos
mecánicos y trampas mortales afines, que dirigía el desintegrado Marvin. Doom
tiene a Jessica colgada cual jamón serrano (porque bien jamona que está la serrana)
(y ahora, por el mismo precio, y sin gastos a su cargo, me voy a entallar los
cataplines con la tapa del váter, por escribir tamaña imbecilidad) mientras
avanza hacia ella la tanqueta antidisturbios del doctor Esnaguel, bien cargada
con Baño calentito y grumoso. O sea, que el tiempo que tardará en alcanzar a
la desdichada, es el que tenemos para completar el nivel, esto es, para darle
un rapapolvos a Doom.
Mientras tanto, hemos de evitar los peligros de la fábrica, usar algún que otro
ascensor para acceder a zonas diferentes y, sobre todo, tenérnolas tiesas con
las comadrejas. Y he aquí la parte más original de la fase: resulta que, aparte
de aquello del abundante rociado con Baño viscoso, hay otra forma de acabar
con los "Dibus". ¡Haciéndoles reír! Y Roger es especialista en eso.
Sobre todo, cuando no quiere.
Desperdigados por la fábrica, hay multitud de chismes de guasa (sólo tenéis
que empujar el joystick hacia arriba delante de cualquier montón de cajas, para
recoger uno). Para utilizarlos, pulsad el botón de disparo. Unos son bastante
útiles para acceder a nuevas zonas. Otros, atontan a las comadrejas temporalmente.
Y, algunos, le petan a Roger en todo el hocico. No, no es ningún contratiempo
esto: precisamente tenéis que intentar que el conejito de la infelicidad meta
la pata todo lo posible. Que le revienten puros explosivos, que le atice en
los incisivos alguna pelota-boomerang... en fin, que termine despatarrado por
los suelos. Si lo hacéis delante de una marmota, la muy desaprensiva no parará
de reírse. Y si le obsequiáis con un buen repertorio de patosidades y payasadas
destructivas de toda índole, la tía acabará estirando la pata, presa de los
más crueles estertores. Muerta de risa, vamos.
|
|
|
||||||
![]() |
Imágenes estáticas aparte, que, por lo general, alcanzan un buen nivel, parecen el resultado de meter, a presión y con calzador, los de las versiones de 16 bits, dentro de un humilde C64. Estoy convencido de que podría haberse hecho algo mucho mejor. En general, son muy cuadriculados y coloreados con más bien poco tino. Eso sí: la animación es, en algunos momentos, brillante. |
La cuarta fase es, quizás, la que uno puede ver más cómodamente sin tener que alejarse cuatro metros del monitor (o televisión, según) para no terminar perdido entre tanto pixel obeso. De hecho, utiliza la alta resolución con cierta asiduidad y, además, hace gala de algunas animaciones verdaderamente simpáticas. Fijaos en los brincos que da Roger.
![]() |
Mediocre. A cualquier commodorero experto le bastaría con escuchar la sucesión de pitiditos melódicos que amenizan la presentación del juego para darse cuenta de que fue desarrollado allende la tierra del tío Sam. ¡Y mira que se les daba mal a los gringos programar el SID! Bueno, pues no estamos ante una excepción. |
La mayor parte del tiempo escucharemos una musiquilla de fondo, que, no sé
a vosotros, pero a mí me recuerda a los primeros experimentos acústicos que
brotaban de las AdLib o SoundBlaster versión uno-punto-cero de principios de
los 90. Estridentes, incluso, a veces, casi desagradables. Eso sí, como composición,
tienen momentos bastante buenos. Claro que, si el timbre no acompaña, es como
si uno interpretara la Séptima Sinfonía de Beethoven con una carraca, un matasuegras
y una murga. Jaté qué éxito.
Los efectos de sonido son escasos y a la altura de la música. O sea, que seguro
que a ningún jugón se le quedaron grabados por su calidad y claridad. Más bien
no.
![]() |
A veces tengo la impresión de que este juego está más bien destinado al consumo infantil. Es simple, elemental y, sobre todo, cortísimo (cuatro fases; y dos de ellas son prácticamente idénticas: la primera, en la que conducimos a Benny hacia el club Ink And Paint, y la tercera, en lo hacemos hacia la fábrica de gags). |
Lo suficiente como para que cualquier nene perseverante se lo acabe en una sentada. Y entonces, ¡hala! a darle la tabarra a papá para que le compre otro engendrito informático similar, por supuesto, recién salido del horno de la división-de-ocio-electrónico de la factoría Disney, que también lo tuvo, también. Se conoce que los tiernos infantes se aburren muy rápidamente (serán los de ahora -o los de 1988, que es cuando salió este juego-, porque a nosotros, en nuestros primeros tiempos commodoreros, nos largaban macanas trazadas a base de pixels aislados y amenizadas por un par de bufidos vibrantes del SID, que repetían una idea simple y obsesiva como los delirios de una mala noche de gripazo colosal, hasta la nausea... y miren ustedes por dónde, muchos terminaban irremediablemente enganchados durante años). En cualquier caso, y pese a que quizás se podía haber hecho un poquito más en el apartado visual (y, sobre todo, en el sonoro), este Who Framed Roger Rabbit? es un título muy entretenido, al que no le falta algún que otro toque francamente simpático. No es una obra maestra, precisamente pero, ahora que lo tenemos aquí, gratis del todo, creo que no os cuesta nada echarle un vistazo.
| * Entretenido y simpático. * Algunas animaciones son verdaderamente buenas. * La cuarta fase. * Los dibujos estáticos entre niveles. |
* A veces, los gráficos son demasiado cuadriculados,
y están coloreados con más bien poco acierto. * La música tira a estridente. * Corto: sólo cuatro fases (y, encima, dos de ellas son idénticas). |