FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Camelot Warriors

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COMENTARIO ORIGINAL
La review
Siempre me ha gustado todo eso de la caballería, el honor, las armaduras brillantes, las jugosonas damiselas en peligro, atadas a un poste y esperando en camisón a que el aguerrido paladín las rescate de un dragón salidillo... en fin, toda esa parafernalia que de forma tan atractiva se nos ha pintado siempre en la literatura de fácil consumo y en la cinematografía más digerible aún. No, me temo que nunca he leído las andanzas de Amadís de Gaula, ni mucho menos las del tal Tirante el Blanco (con ese nombre que suena a seudónimo de mimo callejero, la verdad es que no evoca muchas imágenes épicas, no), y con El Quijote me pasó algo extraño... el problema es que me obligaron a leerla en el Instituto. Y claro, así uno no le saca el jugo que debería.
A ver, a ver, un segundo, que acabo de provocarme a mí mismo y no pienso dejarme
ir de rositas sin entrar al trapo, cabeceando furibundo al aire y salpicando
el suelo de espumarajos. Como debe ser.
Se dice que España, Portugal y Grecia son los tres países europeos menos aficionados
a la lectura. Eso. Nosotros, siempre en el vagón de cabeza en todo. Lo que no
tengo muy claro es cómo se le motiva a uno para que lea. ¿De una forma artificial?
Eso de las campañas de lectura gubernamentales nunca terminaron de convencerme.
Es que, lo confieso, soy bastante escéptico respecto a lo de iniciar en la lectura
a los disipadísimos jovenzuelos de ahora, metiéndoles por los ojos los últimos
premios Planeta, Astro, Asteroide y Cinturón de Objetos Transneptunianos, con
calzador, mazo y cincel, motosierra y martillo neumático.
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Bueno, pues a la hora de evaluar la afición del españolito de a pie por eso las letras, tengo la sensación de que muchos dicen "¿leer? ¿yo? ... ¡ah, sí! ¡claro! ¡muchísimo! ¡todo lo que haga falta! ¡fíjese usted que hasta cuando me siento en el retrete me entretengo con el texto que describe los datos de la empresa fabricante del papel higiénico!". |
Y a la hora de la verdad, como mucho, como mucho, el interfecto dedica un rato a ojear la crónica de su equipo en el Marca.
Me gustaría que me creyerais si os digo que me tengo por un verdadero adicto
a la lectura. No sólo no pretendo dármelas de intelectualoide barato (estoy
pensando en subirme el precio), sino que ese es un tipo de personajillo que
me repele muy sincera y muy profundamente. Me dan tanta tirria como los morgaños
peludos o las postillas. Puaj.
No, en serio, me encanta leer. Me lo paso como los indios. Me gusta muchísimo.
Soy, repito, adicto del todo. Y precisamente, como la estirpe de los sesudísimos
y hondísimos pensadores de andar por cafetería de barrio me ponen de los nervios,
asumo tan higiénica afición con la naturalidad que se merece. Si fuera por ahí
proclamándolo a la menor oportunidad, arqueando una ceja, inspirando profundamente
y bajando mi tono normal de voz en unas cuatro o cinco octavas, se me podría
meter directamente en el saco de esos que cuando te hablan, notas que se están
gustando a sí mismos y que disfrutan como locos sólo de escuchar las marcadísimas
inflexiones de su voz. Qué asco más descomunal, oigan.
El caso es que, en su momento, era yo bien poco partidario de que se forzara
a un adolescente despistado a leer un libro con tantísima enjundia como El
Quijote. Gracias a la buena voluntad de mi profesor de entonces (que, a todo
esto, era -y es- verdaderamente competente; una especie en peligro de
extinción, me temo), acabé tomándole manía a la obra maestra de Cervantes. Y
es una pena.
Quizás el problema es que a mí me fastidia profundamente que me obliguen a
hacer algo que, en circunstancias normales, me encanta. Cuando no es fruto de
una elección libre, pierde su encanto. Al menos para mí. Déjenme ustedes leer
el libro que me dé la gana, cuando me dé la gana, al ritmo que me dé la gana
y no me obliguen luego a examinarme de él, porque se falsea totalmente la
experiencia. Tengo la sensación de que deben de existir formas mejores de
iniciar a los chavales en la lectura, empezando por la familia y terminando por
dejar que sean ellos los que escojan los libros, si acaso de una lista que
proponga alguien y, a ser posible, compuesta por títulos acordes con la
gilipollez crónica y galopante que se padece a según qué edades. Imagínense
ustedes si en una clase de ética o similar, se fuerza a los Jonatan Jesús,
Vanessa Rocío y Kevin José, con sus mentecillas férreamente coaguladas y
sólidamente cuajadas, formando una costra en torno a las cuatro chorradas que
uno piensa a los 15 años, a que digieran El Universo Abierto, de Popper. Los
matas. O matan ellos al profesor, una de dos. Creo que la mejor forma de dejarte
picar por el gusanillo de las páginas llenas de letras y sin dibujitos
(¡pánico! ¡pavor! ¡sin dibujitos!) es hacerlo gradualmente. Escalón a
escalón.
Reconozco que, en lo que respecta a la Historia y la Caballería, me quedé en uno de los primeros peldaños (aunque llevo un tiempo tratando de ponerle remedio al desaguisado). Así que la imagen que tengo es la que sugiere la literatura tolkieniena, pasada por aquel experimento tan simpático de las Crónicas de la Dragonlance. ¿Las habéis leído? El caballero que aparecía en ellas no podía ser más arquetípico: Sturm Brightblade, se llamaba (el apellido se traduce como, más o menos, "Espadabrillante"), de la orden de Solamnia. Hala. Además, Solamnia. No Juerguicia, Disipacia o Vivalapepicia, no. Solamnia.
Ahora tendría que deciros "yyyy por eeeeso resuuulta que me gustó tanto este Camelot Warriors allá por el 86 yyy..." ... yyy sería más falso que un billete de jamón cocido. Resulta que, en aquel entonces, ni siquiera sabía que había una versión para C64 de aquel título tan resultón al que la MicroManía (¿o debería decir SpectrumManía? ... no, no sería exacto... quizás un título más apropiado se parecería a algo como SpectrumYAmstradYSiAcasoUnaMiajaDeMSXManía; pero supongo que tenía poco gancho comercial, claro) dedicó más de un elogio, más de un comentario y ... un solo mapa (porque lo metieron todito él en un solo número, que si no...).
La emblemática revista del mundillo solía tener a bien enumerar las versiones disponibles de los juegos que comentaba, analizaba o destripaba a la vista del vociferante y entusiasmado gentío. Y anda que no nos colaba macanas a los commodoreros. ¡La cantidad de juegos que aparecieron, en su día, para nuestro ordenador, pero los responsables de la review de turno aseguraban que sólo se había comercializado para Spectrum!
Con la gracia que me había hecho a mí aquello que me contaban mis (ubicuos,
omnipresentes, multiúsos) vecinos spectrumneros, tan vehementes ellos, tan
prestos siempre a quedarse pasmados con cualquier monería que hiciera su
maquinita, con cualquier chirriante gorgorito más barroco de lo usual que
profiriera su altavoz... ¡jajajá! ¡jijijí! ¡en el juego tienes que
encontrar una serie de objetos modernos que aparecen en el pasado! ¡jojojó! ¡jujujú!
¡y tienen unos nombres que te partes! ¡jejejé! ¡el Elixir de la Vida es una
lata de Coca Cola! ¡el Fuego que no Quema es una bombilla! ¡el Espejo de la
Sabiduría es un televisor! ¡y la Voz de Otro Mundo es un teléfono! ¡Oh!
¡Ah! ¡Qué ingenio! ¡Ya disponible, única, exclusivamente y na más que en
tu zetaequis espequetrúm y que les den a los demás! Bueeeno, está bien, lo
versionaremos para Amstrad y si los del MSX nos lloran, igual les calmamos el
sofocón con una adaptación clónica del original para el teclitas-de-goma.
¿Commodore? ¿Qué dice usted? ¿Que si tenemos un Commodore? Pues no sé,
espere que le pregunte al cocinero, a ver... ¿lo quiere muy hecho?
Hombre, yo no afirmaría que eso de imaginar que, a través de una grieta interdimensional, una lata de Coca-Cola aparece en el Camelot legendario y los lugareños deciden bautizarla como el Elixir de la Vida, es una muestra del más fino, sutil e inteligente humor surrealista. No pasa de chorrada simpática. Y lo mismo puede decirse del rebautizo de los demás cachivaches. Pero, bueno, ya sabéis cómo son los jovenzuelos adolescentes de sesera macerada y neuronamen cauterizado. Como para pretender que entiendan El Quijote. Je.
| Y al final, después de tantos años, resulta que SÍ había un Camelot Warriors para C64. Y resulta que hasta se vendió en Inglaterra. Y resulta que se conoció más allí que aquí (lo cual, como diría el clásico, es pa mear y no echar gota). Y resulta que, aunque todas las versiones fueron desarrolladas por Dinamic, para la de Commodore se confió en Opera Soft. | ![]() |
Decisión curiosa esta, entre otras razones porque, si a nadie se le daba bien
programar el C64 en España, al menos Dinamic de vez en cuando se salvaba. Pero
¿Opera?
... pues al final no lo hicieron mal del todo. Claro, que la cosa no parecía
especialmente complicada. Gracias al modo en alta resolución de nuestra querida
panaera, podían mantener los escenarios de la versión original, tal cual. Sólo
tendrían que añadir un scroll brusquísimo, un tema musical metálico y reverberante
y rellenar los espacios sobrantes con un par de sprites cuadriculados. Ahí,
señores míos, es donde precisamente debería notarse el buen hacer de los programadores
a la hora de ponerse a los mandos de una máquina animada por un 6510, un VIC-II
y un SID. Ahí, ahí. O sea, en scroll, sprites resultones y efectos de sonido
agradables. Ahí es donde la gente de Opera debía poner sobre la mesa, bien claras,
bien contundentes, sus habilidades. Claro, que como no las había, al final nos
encontramos con la adaptación de este clásico plataformero, que cabía esperar.
No, no es mala, en absoluto. Todo lo contrario. Pero dejan a nuestra maquinita
tan terne en muchos aspectos.
Y si no, fijaos en el sprite del protagonista en todas las versiones y el que nos tocó en gracia a nosotros. Un cumuleno de cuadraditos vagamenete antropomorfos que trotan a través de los escenarios con la soltura, el brío, la gallardía y el porte majestuoso de un ravioli a medio cocer resbalando por los bordes de una escurridera. Y no veáis cuando salta. Tal parece que se dispone a encestar un tiro libre, el condenado.
Síii, vaaaale, ya sé que me fastidiaba muy sinceramente que se desaprovechara tanto al Commodore en España, pero sospecho que eso no justifica la caña cuasi gratuita que le estoy dando a este desvalido Camelot Warriors con la excusa de que la gente de Opera no tuvo los arrestos exigibles para protagonizarlo con un sprite en condiciones. Al final, resulta que las andanzas de nuestro montículo humanoide de bloques rectangulares son bastante entretenidas. Y, en contra de lo que muchos proclamaron en su día, tampoco se puede decir que estemos ante el juego más endiabladamente difícil que dio jamás el soft español.
Supongo que el invento es lo suficientemente popular como para que no tenga que entrar en detalles ¿no? Aún así, os contaré que el objetivo consiste en, precisamente, recoger los cuatro objetos de otro mundo, que se han colado en Camelot. Cada uno de ellos se esconde en una zona diferente. Para poder acceder a la siguiente hemos de encontrarlo, primero, y llevarlo después a un personaje especial, como un mago feo y canijo en la primera etapa, que nos convertirá en sapo y nos permitirá así sumergirnos en el mundo subacuático de la segunda; de allí sólo podremos salir si encontramos el televisor y se lo ofrecemos a una especie de primo hermano de Neptuno, que nos devolverá la forma... aproximadamente humana y nos dará acceso a la tercera etapa... ¿vais captando? ¡Si es de lo más sencillo, hombre!
E, insisto, no penséis que el juego está plagado de saltos a nivel de pixel, complicados encima por ramilletes de malosos feísimos que se mueven cíclicamente con la sana intención de incordiar todo cuanto sea posible. En realidad, no es complicado llegar hasta la tercera parte sin haber perdido una sola vida. Allí, tendréis la desgracia de toparos con una gran planta carnívora que... en fin, resulta una miaja difícil de saltar na más. Na más, na más... tan na más, que nunca lo he conseguido. Aunque tengo la sospecha de que es de esas maniobras mecánicas que uno aprende a base de muchíiisimos ensayos y muchíiisimos errores y que, una vez que das con la tecla adecuada, esto es, que sabes en qué jodido pixel tienes que colocar al personajillo, la cosa va rodada de ahí en adelante. No veo imposible completar el juego del tirón y sin muchos problemas, una vez que te aprendes los patrones necesarios para saltar a este bichejo aquí, hacer tasajo con el otro a golpe de tizona allí y brincar en el momento justo en el punto adecuado.
↑ Lo mejor
* Sencillo y jugable.



