FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Cauldron

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
Podría escribir páginas y páginas sobre este juego (ya veo cómo tiemblan algunos por ahí atrás y cómo los de la primera fila rompen a sudar abundantemente). ¡Nooo! ¡Todos tranquilos! Que no os voy a dar la brasa. Al menos, no más de lo necesario. Esto... no MUCHO más de lo necesario. Sólo un poquito, ¿de acuerdo?
Tengo multitud de formas de comenzar esta ficha. Je. Y yo que creía que lo que me ocurría últimamente, que me cuesta horrores escribir más de un comentario al día (cuando, hace unos meses, me prodigaba de lo lindo y era capaz de subir quince o veinte a la semana -así de capullescos, aburridos y ñoños salían la mitad de ellos; todo un compendio de prospectos para aprender a bostezar, paso a paso-) era falta de inspiración. Pues a lo mejor ahora va a resultar que sucede todo lo contrario: en realidad, me vienen tantas ideas a la hora de redactar las introducciones a cada ficha, que no sé cuál de ellas escoger. Mirad, para el comentario de este Cauldron se me ocurrían dos comienzos:
- Comienzo A: espoleando una vez más a mi repollez furibunda, haciendo gala de ella del modo más estridente, restallante y estruendoso posible, estaba pensando en prepararos toda una estupidez de disertación acerca de las brujas. Dado que el tema se puede enfocar desde un montón de puntos de vista y dado que, como ya sabréis a estas alturas, vuestro seguro servidor muestra cierta tendencia a intentar exponerlos todos, al final, de tamaño esfuerzo acabaría resultando una especie de amasijo espantoso parecido a una erupción de masa de relleno de croquetas -¡una vez vi una con mis propios ojos; qué horror, qué engendro...!-. Así que terminé descartando esta alternativa.
- Comienzo B: echar mano de lo que se supone que me mueve a pasar horas
redactando estas páginas. Por cierto, ¿os habéis dado cuenta de la cantidad
de ellas que hay ya? No me refiero al número de comentarios, sino a los cientos
de folios que podrían llenarse con ellos. Vamos, que si me diera por
imprimirlas en tamaño A5 (formato libreto de bolsillo), acabaría pariendo un
arma arrojadiza que cuantas convenciones pro-derechos, izquierdos y medio
pensionistas que en el Mundo son, se apresurarían a prohibir tajantemente.
... estoo... ¿por dónde iba? Ah, sí, el comienzo B ese de marras. Bueno, pues
¿sabéis qué es lo que me mueve a pasar horas redactando estas fichas? No, no
es conseguir un pollo de goma con una polea en medio. Ni tampoco armarme de
valor para pedir en la farmacia de la esquina una caja de pastillas contra mi
GILIPOLLEZ GALOPANTE (¡¡arrrghh!! ¡necesitaba decirlo!). No señores: es la
nostalgia.
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Era yo un nene imberbe, cabezón, repollo y curioso, cuando vi este Cauldron por primera vez. El hermano del que, por aquel entonces, consideraba yo mi mejor amigo (todos nos equivocamos de vez en cuando), en una de sus excursiones a Inglaterra, había vuelto con un botín muy suculento: dos juegos para su Commodore, el Airwolf y el Cauldron. |
... ejem...
... ¡principiante! ...
Mucho tenía que aprender de mis asaltos a las tiendas de videojuegos de las
islas de su graciosísima, cachondísima y payasérrima majestad, jajajá-jojojó,
que me parto con tus sombreritos tocados con berenjenas de cartón piedra
pintadas de fucsia, hortera, más que hortera, vieja gallina mojada... erm...
perdón, sigo...
Bueno, resulta que mi presunto mejor amigo de aquel entonces, era uno de los
más fervientes miembros de la hermandad del puño cerrao. Vamos, que procuraba
no gastarse un duro salvo que fuera estrictamente necesario. Y, claro, como la
cosa venía de familia, su hermano mayor (que recordaba a lo que suele
entenderse por un "ser humano", bastante más que él) seguía
parecidos dogmas. El caso es que
tenía que estar el chaval muy contento con su C64 para atreverse a invertir
unas cuantas pauns esterlinas en dos cintas para alimentarlo. Cuando yo me
escapaba los veranos a allende el Canal de la Mancha, acababa volviendo a mi
casa con la mochila llena de videojuegos y la cartera sin un puñetero penique.
Literalmente. Bueno, miento, lo cierto es que solía ahorrar lo suficiente como
para poner el pie en Barajas trayéndome, como recuerdo de las islas
británicas, cosa así de dos o tres monedas manoseadas que, al cambio,
sumarían poco menos de un duro (0'03 euros; ¡a ver si nos los aprendemos
ya!).
Como sea. La cuestión es que el chaval trajo a nuestra rústica esquina de la Civilización Occidental, con sus encinitas, sus guarrinos y sus bellotas, un par de fragmentos de la modernidad que, con bastante menos temor, empapaba el resto del oeste continental. Bueno. ¿Es esto ser pedante o no? Tomad nota, mis jóvenes jedis...
A mí el Airwolf no terminaba de llamarme la atención. Sí, sí, era bastante entretenido y todo eso; pero nunca me ha gustado comulgar con ruedas de molino, y mi presunto mejor amigo era molinero avezado y confeso. Lo de que era el juego de C64 con los mejores gráficos de la historia, se lo creía él nada más (que, además de molinero de pro, era experto en inventarse polleces autojustificativas y creérselas a pies juntillas; insisto, le venía de familia...). Sin embargo, a pesar de los cuentos chinos, mandarines, de Ming, de Mao -últimamente, se ha especializado en éstos- y de Terracota, que me encasquetaba ese presunto-mejor-amigo, acerca del título que nos ocupa (y que, por supuesto, resultaron ser exageraciones absurdas y ridículas en su totalidad -nadie mejor que mi presunto-mejor-amigo para echarse flores de plástico sobre él mismo, sus logros o sus ideales-), el juego me encantó. Desde el principio. Tenía algo especial. Tenía ese ingrediente secreto, transparente, insípido, inaudible e invisible, que hace que se me despierte la imaginación enseguida. Si me resultaba de lo más difícil digerir las sandeces de mi-presunto-mejor-amigo (a partir de aquí "mipremejam", para abreviar... y porque así suena más feo y furibundo ¡jua, jua, jua, jua! *babeo profuso* *ceño torvo und fruncido* *lóbregos y lúgubres gorjeos guturales*), creer que aquel mundo en miniatura, aquel pequeño universo de juguete, estaba vivo, me pareció sencillísimo.
Desde aquel momento, anduve contando los días hasta conseguir "mi
propio Cauldron". No, en serio, literalmente. Los conté. Siempre fui muy
metódico (ya entonces se veía a la legua que tenía ínfulas de científico).
Claro, que nunca he sido especialmente constante, así que al día número
sotopocientos terminé aburriéndome. Hice de todo por conseguirlo: tras mucho
forcejeo con mipremejam, logré convencerle para que me dejara su cinta
original, e intenté perpetrar -sin éxito- una copia mediante el método de la doble pletina
(sí, lo de "perpetrar" va a conciencia). Y digo "mucho
forcejeo" porque mipremejam, que siempre ha sido un animoso detractor de la
propiedad privada y de lo que ésta implica, era un defensor celosísimo de la
SUYA. Nos ha jodío.
Afortunadamente para mipremejam, la copia no funcionaba ni a cañonazos.
Después, lo intenté mediante casi el único método que, durante la segunda
mitad de la década de los 80, tenía yo para conseguir juegos de Commodore:
pedirlo por correo. Y tampoco hubo suerte. La empresa de turno me respondió con
una carta en la que se disculpaban alegando que el Cauldron se les había
agotado. No me extrañaría que, en un alarde de vista comercial, hubieran
pedido tres copias para distribuir en todo el país...
Tuve que llegar hasta Plymouth, Inglaterra (bonita ciudad, por cierto... al menos, recuerdo que me encantó; ¿no fue allí desde donde partió el Titanic en su primer -y último- viaje?) para hacerme con el juego. En realidad, compré una especie de "minirrecopilatorio", que incluía al Cauldron original y su segunda parte. Por aquellas fechas ya tenía yo el siguiente capítulo (y además, en español), pero me dio lo mismo.
| Después de tantos años, por fin podía jugar todo lo que me diera la gana al Cauldron original en mi casa. Cuando me apeteciera y sin tener que soportar las nefasteces de mipremejam. Una gozada, creedme. ¿Cuánto hará de esto? Hmmm... dejadme pensarlo... creo que fue en 1988. Desde entonces hasta ahora, entre Commodore de-verdad-de-la-güena y emuladores mil, he jugado con cierta frecuencia a este plataformero legendario. | ![]() |
... y desde entonces hasta ahora, me he estado atascando siempre en las mismas pantallas. Catorce añitos de nada, y no soy capaz de recoger más de dos ingredientes en una sola partida. Y eso, en el mejor de los casos y en una de esas ocasiones en las que estoy inspiradísimo (que son las menos, claro). Porque resulta que Cauldron podría contarse, perfectamente, entre los videojuegos más DESQUICIADAMENTE difíciles de la historia. Supongo que sólo este dato debería haberme hecho desistir de incluirlo entre mis 10 títulos favoritos (y de otorgarle toda una matrícula de honor en esta ficha), pero imagino que la fijación que tuve con él durante tantos años (era el juego de Commodore que, con más fuerza, quería que formara parte de mi colección -seguido muy de cerca por el Staff of Karnath, que sólo pude conseguir gracias a este invento fabuloso de los emuladores-) me impide ser... erm... algo más objetivo de lo poquísimo que soy (y que no decaiga) en estos comentarios.
Sí, ya me he dado cuenta que estamos acercándonos al final de la ficha y aún no os he hablado sobre el juego en sí. Últimamente me pasa mucho. Pero en esta ocasión lo he hecho a conciencia. Me vais a perdonar, pero es que para mí, Cauldron es más su historia, es más lo que me costó conseguirlo y lo que me gustaba, que otra cosa. No podía haberos hablado de él en otros términos.
... términos que llegan ahora mismo, precisamente: estamos ante uno de los plataformeros más legendarios de la época de los 8 bits. Y, si me lo permitís, ante la mejor versión. Tengo que decirlo: las de Speccy y CPC palidecen al lado de la que nos ocupa. Lo tiene prácticamente todo. Hasta una dificultad estúpidamente alta (que, por lo que sé, no ha bastado para desencantar a cuantos se han enfrentado a la multitud de saltos a-nivel-de-pixel que se plantean; por todas partes veréis a muchos commodoreros que, a pesar de lo frustrante del juego, siguen considerándolo como un clásico entre los clásicos; servidor de ustedes es uno de esos commodoreros).
Empezando por la originalidad: resulta que la protagonista es una bruja que trata de convertirse en la reina de cuantas viejas hechiceras verrugosas, acartonadas, encorvadas y raídas existen. Para ello, debe hacerse con la Escoba de Oro, que se encuentra en lo más profundo de una caverna, guardada por ... ¡el Rey de las Calabazas! (¡¡chian-ta-chiannnnnnnnnnnnnn!! ¡mmmjua-jua-juaaargh! ... estoo... menuda soplapollez). El engendro no es más que una cucurbitácea como las que los gringos estropician en Halloween dibujándoles una especie de cara perversa a base de cuchillo, tenedor y cucharón. Y es indestructible, además... a no ser que recurramos a una poderosa poción.
El problema es que los ingredientes del mejunje no se encuentran precisamente en la sección de refrigerados del Súper-Ahorro-De-Barrio más cercano (¡ahora, el tambor de veintisiete kilos de detergente Lavalacaca, por sólo medio céntimo de euro! ¡llévese setecientos doce y pague tres! ¡así serán de buenos los jodíos! ¡y así de merluzo será usted por caer en semejantes tejemanejes!), entre los yogures con sabor a morcilla cremosa en almíbar y el requesón moldavo envasado al vacío. Nada de eso: nuestro perverso vejestorio tendrá que descender a las profundidades de la tierra, en busca de marranadas mágicas que le otorguen el poder necesario para derrotar al calabazón psicópata.
He aquí el planteamiento del juego. Original, ¿verdad? Pues lo bueno es que el desarrollo es incluso más atrayente (nota: estoy suponiendo que el argumento os ha atraído algo; aunque sea sólo una mijina). Digamos que en el juego os enfrentaréis a dos situaciones distintas: la mayor parte del tiempo estaréis bajo tierra, a la caza de la porquería embrujá, guiando los lustros arrugados y resecos de vuestro vejestorio entre plataformas fijas y/o móviles, esquivando a los habitantes de las profundidades, tratando de no escoñar a la pobre abuela diecisiete metros más abajo, o de no sumergirla en una charca de lava hirviendo -tengo entendido que a las abuelas les sienta mal semejante costumbre-). Pero para acceder a las cavernas os harán falta ciertas llaves. Por cierto, hay cuatro grutas: una, bajo el bosque -en la que se encuentra el Rey de las Calabazas y la Escoba de Oro-, otra bajo el cementerio -la más grande de todas, en la que encontraréis dos ingredientes: las costillas y el murciélago-, la tercera, bajo el campo de calabazas -que contiene tres ingredientes: un sapo, un lagarto y una planta- y la última, que une dos islas volcánicas separadas por un océano infestado de tiburones -y en la que podréis dar con otro componente más del mejunje mágico: la bola de fuego-. La llave roja abre las grutas de las islas. La verde, la del bosque. La azul celeste, la del cementerio. Y la morada, la del campo de calabazas.
Para recogerlas, tenéis que volar sobre el mundo de bolsillo que hace las veces de escenario. Y hay que decir que esos momentos son verdaderamente originales: la bruja surca la noche a bordo de su escoba, acompañada por una simpática musiquilla (que a mí, personalmente, me recuerda a "El vuelo del moscardón") y que se acelera o ralentiza en función de la velocidad a la que la vieja zumba por los aires. Estas etapas tienen un fuerte componente de arcade: habremos de esquivar a los malosos que se lanzarán a por nosotros (y que varían en función de la región que sobrevolemos; en el bosque hay murciélagos, en el cementerio hay fantasmas, en el océano, gaviotas de lo más agresivas...), aunque también podemos destruirlos mediante descargas mágicas. Ojo, porque el vuelo consume una unidad de magia por segundo; y disparar tiene los mismos efectos. Si la bruja se queda sin energía, vida menos. Afortunadamente, es posible recargarla tocando ciertas estrellas brillantes que veremos en algunos lugares. Pero, aún así, el juego resulta ASOMBROSAMENTE difícil.
Cada vez que recojáis un ingrediente, tendréis que llevarlo a la casa de la bruja (que podéis ver en la primera captura), para que lo eche al potaje.
↑ Lo mejor
* Los efectos de sonido le dan mucha personalidad.
* Las escenas de vuelo.
* El ejemplo perfecto de juego de 8 bits de mediados de los 80.
↓ Lo peor
* Mipremejam es imbécil.



