FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Chickin Chase

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
¡No os imagináis lo bien que me lo estoy pasando construyendo una especie
de museo particular de Commodores! No es que sea la definición más adecuada,
esa de "museo", pero supongo que es lo que podría parecerle a un
visitante casual, a primera vista. "Pero bueno", se sorprendería,
quizás, "¿para qué tiene este tipo tantos chismes iguales? ¿es que no
le bastaba con uno?". Pues mire usted: no.
Mi C64 original, al que debo muchas cosas, como, por ejemplo, mi profesión,
sólo tuvo un problema técnico una vez, en su década larga de funcionamiento
intensivo (ya podrían aprender todos los fabricantes de cachivaches eléctricos
y mecánicos actuales). Aquello de que uno lo encendía, pero el televisor se
negaba a mostrar la bendita pantalla azulona con aquel "READY" que, lo
confieso, desde pequeñito se convirtió en una de mis palabras en inglés
favoritas. Me consta que era uno de los fallos que, con más frecuencia,
aquejaban a los usuarios de la legendaria panaera. Si uno tenía suerte, la
solución no pasaba de sustituir un fusible fundido. Y si no, se trataba de un
chip. Una "PLA" (matriz lógica programable, que la llamábamos en la
Facultad, en aquellos tiempos remotos en los que servidor de ustedes aún
recordaba qué son y para que sirven) (o sea, que no me preguntéis ahora). En
cualquier caso, el apaño no entrañaba demasiada dificultad. Vaya, la justita,
la justita para que los chapuceros del servicio técnico de turno emplearan las
dos o tres semanas de muchísimo rigor y te hicieran desembolsar los muchísimos
cuartos, inevitablemente. ¡Y mira que me fastidia eso! Reparaciones que, con un
mínimo de conocimientos (pero mínimo, mínimo, mínimo ¿eh?) podría llevar a
cabo uno mismo, empleando cosa así de un cuarto de hora en el proceso e
invirtiendo no mucho más de unos cuantos céntimos (para comprar la pieza
defectuosa; os sorprendería saber lo baratísimos que son muchos componentes
electrónicos que ciertos juntacables grasientos de trastienda te cobran como si
fueran riñones recién trasplantados)... y que, en malas manos, casi adquieren
la importancia sumarísima, la trascendencia abrumadora y el coste
intergaláctico del quirúrgico soldado de las microgrietas en los tubos que
llevan el hidrógeno líquido que propulsa al Trasbordador Espacial.
... esto... ¿dónde estoy? ... ¡ah, sí, desvariando otra vez! Sigamos, entonces...
Bien, pues, desde aquel retortijón, mi C64 no volvió a mostrar ningún achaque más... hasta que, con mi fiebre commodorera recién reanimada, decidí desempolvarlo y volver a ver aquellos imaginativos despliegues de colorines estridentes, en vivo y en directo (no en diferido, como con los emuladores). De vez en cuando, al anciano invento le daba por no iniciarse correctamente. Si no era la pavorosa pantalla negra, censurando a mi desvalido "READY", eran otros síntomas casi más inquietantes. Ocurría sólo de vez en cuando. Pero, siempre que el vetusto artefacto no hacía lo que debía, a servidor de ustedes le entraban los sudores fríos (en sentido figurado, claro...).
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Hombre, no es para tanto, ya lo sé, pero no quisiera que algo que tan buenos momentos me ha dado y que tanto estímulo me ha proporcionado, simplemente terminara convertido en una montonera de silicio polvoriento y plástico resquebrajado. Qué pena ¿no? La solución, pensé, estaba en no forzarlo más de la cuenta. Habría que encontrarle algún que otro sustituto. Y eBAY hizo el resto... |
Desde entonces, no hay semana en la que no añada un nuevo fichaje a mi colección personal. Generalmente, se trata de software, aunque no están faltando las panaeras, los C64Cs (nunca había tenido uno en mis manos; la verdad es que son bonitos, pero, por aquello de la nostalgia tontesca, me sigue haciendo más gracia el modelo antiguo) y las unidades de disco (tampoco había podido ver, hasta ahora, ninguna, en directo). Y aquí viene el matiz a eso del "museo": no me conformo con amontonarlas, con apilarlas y contemplar, satisfecho de la proeza, cómo se van rebozando en polvo y pelusones. Soy un coleccionista pragmático: suelo amasar cosas que sirven y, ojo, que utilizo. Lo de confeccionar montoneras de cachivaches a los que uno no vuelve a dirigir la vista en cuanto alcanzan las dimensiones que considera suficientes para pasar página a semejante compulsión, me recuerda un poco al chiste aquel del señor que decía que le gustaba tanto la tortilla de patatas que tenía tres armarios llenos. Qué horror.
Todos mis Commodores funcionan estupendamente. Todo el hardware y el software con el que me hago a través de Internet (y otros medios, como generosas donaciones -agradecimientos a mi amigo Hergest y a Mark Dale, un forero australiano de Lemon64 asombrosamente desprendido-) está en las mejores condiciones. Y no me conformo con eso: además, lo utilizo todo.
Aunque, claro, por mucho cuidado que ponga uno, siempre cabe la posibilidad de que le cuelen una macana. A mí estuvo a punto de pasarme con el cuarto C64 que añadí a mi colección. Era un modelo nuevo, propiedad de un escocés que, desde entonces, lo siento mucho, pero no puedo evitar imaginármelo como un sujeto más bien guarro. Cuando llegó, y terminé de sacar los ganchitos de poliuretano expandido con los que el individuo había trufado el interior de la caja, me di cuenta de que no todo el mundo es tan profesional y pulcro como la mayoría de los subastadores que intento seleccionar en mis razzias a través de eBAY. El chaval había amontonado las cintas y aderezos que vendía con su C64C, y los había metido dentro de bolsas de plástico atadas con nudos. Casi le daba a uno la impresión de que, como se descuidara, se iba a encontrar con un lacasito derretido pegado debajo de un joystick, con una bola de pelo de alguna mascota hirsuta de esas que a los británicos tanto les gusta combinar con suelos enmoquetados (hay que ser antihigiénico) o algún otro deshecho orgánico que prefiero no imaginarme. Los juegos, en una proporción nada desdeñable, venían sin caja o con ésta hecha migas. No faltaban las carcasas vacías o las cintas huérfanas de funda. Vamos, una dejadez asombrosa.
Empecé a visualizar al rollizo mac-lo-que-sea partido de risa allende su
isla, sus lochs y sus Highlands. "¡Anda qué bien! ¡Jar, jar, jar, jar!
¡Ya me he quitado toda la basura de encima y, además, he cobrado por
ello!".
El C64C tenía la tecla con el emblema de Commodore (ya sabéis: "C=")
separada. Y el eje en el que debía insertarse
estaba girado lo suficiente como para que no hubiera forma de ponerla en su
sitio. Para más divertimento del público congregado, resultó que fui incapaz
de sintonizar el chisme al conectarlo al televisor. No había manera de que el
sonido se reprodujera correctamente. Ya empezaba yo a conjugar el verbo
"defecar", adornándolo con toda la estirpe de los McLoud, cuando
logré serenarme. Comprendí que, bueno, ya se sabe, eBAY tiene estas cosas: se
trataba de un defecto de forma, más que de fondo. Algo así como cuando uno es
muy buena gente, pero le hiede el sobaco a esparto húmedo. Un lavado, y como
nuevos.
... esto... sólo quería deciros que, en el lote, venían, entre otros juegos (la mayoría de ellos, o bien bastante mediocres, o bien ya presentes en mi colección), este que nos ocupa: el Chickin Chase. Como supongo que no os interesa absolutamente nada este despilfarro de espacio de comentario, de ancho de banda y de vuestro tiempo, debería dejarlo aquí. Pero, lo siento, no puedo resistir a la tentación de contaros el final de la historia: armado con un soldador y destornilladores de varios tamaños, en cuestión de media hora dejé el C64C en perfectas condiciones, con la tecla huidiza en su sitio, y estupendamente sintonizado para conectarse a un televisor español. ¡Qué triunfo! ¡Qué frenesí!
... bueno, ¿y el juego? Lo curioso es que ya lo había visto antes. Sospecho que lo descargué de la espectacular página C64HQ (como a su autor, Dohi, le gusta que la llamemos todos los que -comprensiblemente, creo yo- seguimos insistiendo en apodarla "magyar"... el caso es que, en español, suena hasta bonito). Y, mira tú qué cosa, no me hizo demasiada gracia. Imagino que, en aquel momento, me pillaría poco inspirado. Ya sabéis que un servidor es poco constante en esas lides. Hoy puedo estar muy animado, y contentísimo y orgullosísimo de mi colección y, mañana, no acordarme de que se dispone, tan pulcra ella, en los estantes de mi habitación. Lo importante es que, a la larga, el entusiasmo sepa mantenerse...
¡Leche, que me desvío otra vez! Bien, a lo que iba (mira que es difícil saber a dónde voy, cagontó): Chickin Chase me pareció una pavadita repetitiva y monótona la primera vez que lo vi, merced a los emuladores. Curiosamente, cuando cargué la cinta del escocesito marrano, lo encontré verdaderamente entretenido. Al juego, no al mocoverde británico. Se entiende, digo yo.
| Así que me decidí a incorporarlo a estas fichas. Bueno, lo cierto es que, con el tiempo, iré añadiendo los demás títulos que el montañés roñamugre me remitió, merezcan la pena o no. Ya sabéis que, cuando creé esta sección de mi página, mi intención era, fundamentalmente, incluir en ella todos los juegos que formaran parte de mi colección original. | ![]() |
Tengo entendido que esta chorradita made in France (de ahí la cosa, no sé yo si dotada de cierto nacionalismo subliminal, de ese que a nuestros vecinos de arriba tan bien se les da profesar, de que el protagonista sea un orgulloso gallo de pechuga henchida y porte desafiante... al menos, en el marcador de vidas... el muñecajo que manejamos, la verdad, es una especie de gallinácea tomatera) gozó de la aprobación de muchos commodoreros, en su tiempo. Y, la verdad, con razón.
Estamos ante el típico concepto simplísimo que tanto abundaba en la jueguería de principios de los 80, y que tanto se parecía a los que cimentaban los argumentos de las maquinitas de cristal líquido, las viejas Game & Watch. Como era usual en aquel entonces, la idea no requiere para su desarrollo más de una pantalla (en otras ocasiones, quizás los programadores se abandonaran a sí mismos al derroche de memoria y de trabajo, y rellenaran un puñado de ellas, que, en el colmo de la magnificencia, se desplazarían merced a un scroll modelo pedorreta) y, por supuesto, no hay un final definido. Limítense a proteger sus huevos. Es decir, los de su señora. Esto es, los rellenos de pollito en ciernes. No vayan ustedes a creer...
Cuando el juego comienza, el infatigable gallo quirico hace una galante visita a su costilla emplumada y la convence para que suba a uno de los nidos artificiales que se alinean en el gallinero, y deje un lustroso y hermoso huevecillo. Sí, bueno, yo también me pregunto cómo se las arreglará un pollo hembra (por no decir otra cosa) para trepar por una escala vertical, de madera, pero nos pongamos tan exigentes... a fin de cuentas, los gallos tampoco entran en una casita con un timbre confeccionado con una campana, y un corazoncito pintado sobre la puerta, para pegarse un estupendo revolcón con la gallinita ponedora, mientras se escucha, de fondo, la obertura de Guillermo Tell. Vamos, digo yo. Aunque cosas más raras se han visto... como, sin ir más lejos, a servidor de ustedes, con seis o siete añitos, corriendo desaforadamente detrás de los pollos de mi bisabuela orensana, intentando meterlos dentro de una cacerola de hojalata, pensando que, nada más que con eso, ya emergerían milagrosamente fritos.
... este... bien, pues cada visita que hagamos a la gallina, a lo largo de la
partida, es un huevo más a proteger. Y, ojo, debéis intentar que los nidos
nunca se queden vacíos. Si nace el último pollito, en cuanto llegue a su casa
y toque el timbre, la señorona plumosa emergerá de ella y la emprenderá a
palos con nosotros, vaya usted a saber por qué. Es que no hay quien entienda a
las gallinas, oiga. Ni con ellas ni sin ellas.
... ejem... (menuda tarde que llevo, madre mía)... Así que, ya sabéis: cada
vez que os den un respiro las alimañas aficionadas a los huevos escalfados y
que, regularmente, irrumpen en el gallinero, visitad a la incansable ponedora.
El que no es tan infatigable, después de todo, es el protagonista: cada vez que
se pone romántico, vuelve al fragor de la batalla agotado, moviéndose mucho
más lentamente, así que tiene que engullir los granos de cereal que están
desperdigados por el suelo y en los comederos de los extremos del gallinero,
para reponerse. Lo mismo le sucede cuando la emprende a picotazos con las
alimañas que se denuedan por escurrírsele y zamparse uno de los huevos. Si lo
consiguen, de nuevo tendremos a la airadísima pita planchándonos la orgullosa
cresta con el rodillo de amasar. Y una vida menos, de paso.
Para expulsar a los Tente-erizos, las Exín-ratas, las Lego-culebras y demás
acúmulos de pixels gordos como cajas de zapatos que no sabía yo que tenían
semejante habilidad para trepar por las escaleras y tocarle los huevos al
pajarraco domesticado prójimo, os basta con acercaros al muy taimado y pulsar
el botón de disparo para propinarle un certero picotazo. El angulosísimo
espanto huirá presuroso. ¿Se puede ser más pedante? ... claro que sí se
puede, no tentéis a la suerte...
Es así de sencillo, en serio. Sólo hay una pantalla y sólo un concepto, con la simplicidad de la ingeniería del sacapuntas de plástico. Seguidme hasta la sección técnica y os cuento más...



