FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Cyberdyne Warrior

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COMENTARIO ORIGINAL
La review
Se puede ser científico aséptico, erudito y sobrio, o se puede tener cierta vena feriante y mercachiflera que, en algunos casos, resulte útil a la hora de sacarle los cuartos al prójimo, en forma de subvención. Me da a mí la sensación de que, en el segundo grupo, podríamos meter, tranquilamente, a los ocurrentes que pensaron en los nombres de dos disciplinas técnicas tan célebres y peliculeras como la "inteligencia artificial" y la "realidad virtual". Hala. Así: sustantivo contundente y/o evocador, más calificativo que se vuelve provocativo, desafiante y sabrosón al unírsele (a fuerza de no pegar ni con cola, las primeras tres o cuatro veces que uno pronuncia, aunque sea mentalmente, las dos palabras juntas; con el tiempo, acaban sonando incluso bien). A remedo de los surrealistas ociosos, tal parecía que los pergeñadores de títulos semejantes se habían dedicado a meter nombres en una bolsa, adjetivos en otra, e ir sacándolos, a la buena de Dios, a ver qué terminaban engendrando. Y mira tú qué gonito: "inteligencia artificial" y "realidad virtual". Dos expresiones, estas, que dan la impresión de haber sido diseñadas para, cuando menos, despertar la curiosidad del contribuyente.
Comprensible, por otra parte. Si a uno le da por pedir una beca pública para financiar una investigación sobre la aplicación de los diagramas de estados de Schuarraparregürersen Von Coñazo, y su implicación en la generación de telarañas, motitas de polvo, esquinas mugrientas, golondrinos y bostezos de la concurrencia, tiene todas las papeletas para acabar yéndose por donde vino. Ahora bien: acuda usted ante el responsable de darle la guita, asegurándole que están poniendo en pie un sistema de realidad virtual, y nada más que por lo bien que suena, ya tendrá medio talonario en el bolsillo.
Yo casi lo entendería, insisto. Cuando empecé a estudiar la carrera que me sirve para ganarme los garbanzos, estaba interesadísimo en la "inteligencia artificial" y la "realidad virtual". ¡Y lo bien que queda uno cuando lo dice entre profanos de toda suerte y condición! Y lo estupendamente pulida y primorosa que queda su imagen pública cuando, encima, a ninguno de los presentes se le ocurre cometer la osadía de preguntar: "Bueno, ¿y eso de qué va?", ahorrando así al encandilador de masas el mal trago de tener que ocultar la cara de imbécil que se le pondrá. Y es que, de "IA" y "RV" (por abreviar) yo sabía tanto, entonces, como el señor del quiosco de chicles, bonobuses, tabaco y revistas guarras. O menos.
Pero ¡y lo bien que suenan!
Lo peor es cuando, tratando de engañarme a mí mismo, haciéndome pasar por un chavalín verdaderamente, sinceramente, genuinamente interesado por esto de la Informática (a ver si así no me reconocía a mí mismo) (no hubo suerte, por desgracia) (y es que, por mucho que lo intento, no consigo darme el esquinazo) (siempre ando pegado a mí; hay que joderse, qué pesaíto que soy) (voy a por la pastilla y vuelvo enseguida...), hice el esfuerzo de aprender un poquito sobre los temas. Y ya, en el colmo de la responsabilidad intelectual (ahí sí que estuve a punto de que no me conociera ni la madre que me parió), echando mano de mi recién estrenada conexión a Internet para algo más que para hozar como un gorrino eufórico entre primitivas páginas dedicadas al C64, localicé información acerca de las dos técnicas misteriosas.
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Y, la verdad, seguramente me habría entretenido bastante más si me hubiera dado por recorrer, con aplicación y dedicación, el webring de los coleccionistas de barreños de plástico llenos de cajas de cartón mojado (que seguro que los hay). Porque, señoras y señores, detrás el epígrafe rimbombante, escondida debajo de tantísima pompa cibernética, tanto redoble y tanta fanfarria, yace una disciplina ferozmente aburrida. Parece que la hayan hecho así de tostón a conciencia. |
Me refiero a la Inteligencia Artificial. Menuda colección de bostezos
cavernosos meticulosamente reglamentados. Vaya un acopio de tonalidades de gris
mustio tipo anochecer plúmbeo, lúgubre, húmedo, que uno
otea, asomado a través del ventanuco de un sótano mohoso, para
ver despuntar en lontananza las chimeneas ennegrecidas de la central curtidora
de cueros, ensambladora de cajas de zapatos y diseñadora de pinzas para
la ropa. El color número 267 de la gama de Titanlux, especial para acondicionamiento
de velatorios sufriditos, creo que es.
De la "realidad virtual" no puedo deciros gran cosa. La IA de marras
ya me hizo desistir de mi artificialísimo esfuerzo por intentar aprender
algo relacionado con la informática, que no tuviera como fin inmediato
poner en marcha algún juego de MsDOS que se resistiera a arrancar con
el Ventanucos. Así que, me temo, puedo deciros, acerca del tema, más
o menos lo mismo que cualquier entusiasta del Quake, que alguna vez haya visto
uno de esos yelmos superferolíticos que, se supone, le catapultan a uno
a un mundo de voraces polígonos de colorines que flotan, inmateriales,
a través del éter, y se le abalanzan a uno con la aviesa intención
de arrearle un vértice... erm... zazo... en un ojo.
O sea, que lo más cercano que tenemos hoy en día a eso de triscar a través de un mundo generado a base de bucles, iteraciones, texturados y demás horrísonos abortos de traducción (como aquello del "linkado"; aaargh, si Cervantes levantara la cabeza, se daría un hostión contra la tapa), parece, así, a bote pronto, los juegos en primera persona. No sólo de cueics vive el hombre. Ni de dums. Ni de caunter estraics. Ni de anrrials. O, el no va más: el anrrial turnamén. In nómine Pater, Fili et Espíritu Santi, turnamén.
Ejem.
Pues eso. Algún osado llegó a decir, cuando esto de la jueguería electrónica doméstica daba sus primeros pasitos, allá por la mitad de la década de los 80, que las montoneras de estridencias y hojalateces que proferían nuestras máquinas de 8 bits, representaban algo así como los primeros pasos hacia la realidad virtual. No tenía uno más que proyectar las tendencias, indefinidamente, para ver a dónde iban a parar. Un ejercicio de futurismo de pantuflas, pijama y rascada mañanera de culo, como cualquier otro.
Hombre, está claro que pocos juegos consiguen tan eficazmente la "inmersión" del usuario en el mundo en el que se desarrollan, como los que emplean una vista en primera persona para mostrar la devastación que desencadena el arsenal que nuestro heroico solomillo con patas -no falla- arrastra tras de sí. Aún recuerdo los tembleques que me daban cuando, jugando al Bloodwych de Amiga, tenía que abrir una puerta tras la que -me chillaba la intuición- se escondía uno de aquellos ridículos pompones flotantes con pinzas de cangrejo y cara de orangután en pleno brote psicótico.
Sin embargo, no han sido pocos los títulos lanzados para C64 que, pese a sus pixelones, sus soniquetes chisporroteantes y su bidimensionalidad entre pletórica y prehistórica, lograban arrastrar al jugador hasta sumirlo en una especie de embobamiento magnífico. Personalmente, necesitaba dos cosas: colores sólidos y sonido contundente.
Hubo una época en la historia de nuestro Commo en la que los programadores parecían empeñados en abusar de los grises y los marrones. Colores mustios donde los haya. Y que, para colmo, no solían dar, precisamente, sensación de volumen a los gráficos a los que se aplicaban. Y si no, fijaos en el Shadow Warriors. Cuando a un pintamonas digital se le metía entre ceja y ceja la idea de desparramar un manojo de marronáceos y grisáceos a través de un escenario cuadriculadísimo, no había sentido de la estética que le hiciera caerse del guindo. Y si no le quedaba más remedio que trazar el contorno de los personajes echando mano de marengos desteñidos, en lugar del negro plano, como indica el sentido común más elemental, pues lo trazaba, y santas pascuas. Así, los personajes daban la sensación de ser infinitamente planos; como monigotes de papel recortable que se deslizaran, casi levitando, sobre un fondo de cartón piedra que parecía estar clamando a gritos "¡no estoy aquí! ¡no estoy aquí!".
| Con este dato, tentado estará más de un cepecero de concluir que su cachimbo estaba muy bien dotado para que las mentes calenturientas de los picateclas de la época parieran juegos con una capacidad inusitada de atrapar al usuario y arrastralo hacia su mundo. Tanto colorín colorado reventón, era, admitámoslo, de lo más atractivo. Aunque, no creáis, el despliegue de fulgores, fosforescencias y alaridos cromáticos del CPC también tenía sus críticos. | ![]() |
Poco antes de escribir esto que leéis, vi, en el foro de Lemon64, la confesión de un nostálgico amstradnero de la Europa del Este, que no tenía más remedio que reconocer que aquella combinación de pixels del porte de pollos capones, y colorido explosivo, le daba, a veces, la sensación de que, asomarse a la pantalla de su vieja máquina se parecía a mirar un loro a través de unas gafas rotas. No me digáis que no tiene gracia la comparación...
Lo cierto es que la asombrosa habilidad del CPC para salpicar con multitud de colores a los personajes que protagonizaban sus juegos, les daba una solidez difícilmente superable... <joputi_mode>cuando uno los miraba desde un par de metros, claro</joputi_mode>. *Arf* *Arf* *Arf* -babeo profuso-. Lo que le fallaba al invento de Alan Sugar era el sonido. Que collejas, sardinetas, detonaciones y latigazos diversos parecieran, todos ellos, imitar el ruido de una sartén aporreando un tambor de detergente de los de antes, acababa por no convencer.
Y, obviamente, sucede que, sin sonidos restallantes, tronantes, sordos (cuando sean procedentes, claro), y sin personajes y escenarios que parezca que, de verdad, existen, están ahí, chocan unos con otros, se hacen toda suerte de putadillas, se mordisquean, se embisten... al final uno no logra zafarse de la sensación de que, vaya, está sentado en su casa, a los mandos de un monigote cuadriculado.
Hala. Ya podemos mencionar el nombre del juego. Total, na más que me ha llevado 56 K (imágenes incluidas, eso sí) llegar hasta este punto, meandro por aquí, requiebro por allá, retruécano por acullá. Pero estoy dispuesto: fijaos, fijaos... ¡Cyberdyne Warrior! ¡Ohhh! ¡Ahhhh! ¡Y, ahora, con la boca llena de mazapanes: Cbdfrmbd Bdndgjd!
¿Conocéis a los hermanitos Rowlands? Ya sabéis, aquellos
dos parecódigos que, en los 90, cuando la mayoría de las grandes
compañías de software se apresuraban a echar paletadas de tierra
sobre las máquinas de 8 bits, aún seguían aferrados al
polvoriento Commo (y produciendo verdaderas obras de arte -al menos, desde el
punto de vista técnico- como el Mayhem
in Monsterland o el Creatures). Bueno, pues
uno de sus primeros títulos es, precisamente, este Cbdfrmbd Bdndgjd.
Que diría un mazapanés. O un polvoreño. O un churrusquerano.
O un nocomasadoscarrillosjorgitonoseasguarroaversiteviatenerquedardoscapones...
esto... ense. Y, parésceme, hicieron fuerza por dotarle de colorines
a tutiplén. En algunos momentos, incluso bordean lo cargante.
Sin embargo, a mí, que me gusta eso de quedarme mirando pantallas salpicadas
de figuritas luminosas e intensas, semejante despliegue de chillonería
visual desaforada no me molesta lo más mínimo. Ni siquiera cuando
al juego le da por intentar inducir un brote epiléptico en el jugón,
poniendo la pantalla negra para que sea el belicoso protagonista de esta historieta
de rescate interplanetario, el que la ilumine, a tiro limpio. Fogonazos y flashes
de colores deslumbrantes, casi agresivos, que parecen salpicar, saliéndose
de la pantalla, cada vez que, en esas circunstancias, el héroe descarga
los proyectiles de su escopetón contra alguna babaza cósmica que
le ronde en la penumbra.
¿No querías solidez? Pues toma cuatro cazos, la perola, la escurridera
y un juego completo de mantelería, cubertería, toallitas de baño
y cacerolas de acero inoxidable, sólo por abrir su cuenta en el Banco
Jonudo. *Ejem, ejem, trrrrjeeem*.
Respecto al sonido, el tintineo de las balas del rifle del protagonista al impactar contra superficies o malosos especialmente duros, y el martilleo sordo del arma, no pueden ser más contundentes.
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Lo dicho: los Rowland Brothers se esmeraron cuando intentaron dotar a su criaturita de una especie de espectáculo de lucecitas lisérgicas de discoteca pastillera en miniatura. No sólo hablo de los escenarios, en los que abundan los amarillos descocados, naranjas desmelenados, violetas descarados, azules profundos y verdes reventones, sino de pequeños detalles como los destellos del rifle del protagonista, iluminándole (fijaos en la segunda captura). |
Y si estáis por la labor de padecer un buen mareo delante del monitor, probad a pulsar la barra de espacio en la pantalla de presentación del juego. Veréis cómo, entonces, aparece una línea gris en la parte inferior. Esto significa que habéis activado una especie de modo cannábico, que, con cada descarga de la metralleta pavorosa que esgrime el bueno de la historia, hace que toda la pantalla tiemble y profiera destellos casi hipnóticos. Probad a activar opción semejante con las luces apagadas, y a acercar la cara al monitor. Si no os da por desplomaros entre estertores y espumarajos, o por emprender un viaje astral entre gardenias de celofán, guardias de plastilina con uniformes de plástico para microondas y porras de pan mascao, podéis estar bien contentos por la estabilidad de vuestro sistema neurológico.
Os vais a poner morados de darle gusto al gatillo... con la consiguiente pérdida de munición. ¡No veáis, a qué ritmo se la zampa la especie de cañón lombardo de bolsillo que enarbola el héroe! Acostumbrado como está cualquier asíduo de los matamarcianos de 8 bits, a eso de que pueda uno repiquetear como un desquiciado sobre el botón de disparo, porque sale gratis, lo de que haya que refrenarse a la hora de agujerear al prójimo viscoso, reptante y -por si fuera poco- alienígena, la verdad es que choca un poco al principio. Hay remedio a esto, eso sí: dos, concretamente.
1. Comprar más munición.
2. Comprar proyectiles de un calibre superior.
La segunda opción se os llevará un buen pellizco, pero, creo yo, a la larga es mucho más rentable. Si, en vez de tener que tamborilear sobre el botoncito del joystick, como víctimas de algún desaforado tembleque senil, podéis quitar del medio a légamos extraterrestres mugientes y mucosidades intergalácticas aullantes, con uno o dos tiros, os estaréis ahorrando un dineral.
Y no son estas las únicas opciones con las que nos encontraremos cada vez que nos dejemos caer por el asteroide que nos sirve de base. También podremos conseguir más energía, tiempo o disparo automático (vaya, que aumenta la cadencia de los tiros, al mantener el botón de disparo pulsado). A todo esto: no podéis pasar por la tienda galáctica del rico higadillo marciano desparramado y la suculenta criadilla venusina churruscada, cada vez que os venga en gana: tenéis que haber recogido, antes, a uno de los robots díscolos que, en pleno ataque de ciberdepresión histérica, han huido a través de medio sistema planetario, activando sus sistemas de autodestrucción en el proceso. Sistemas, por cierto, que, en un alarde de previsión y generosidad del que los diseñó, no se limitan a tener la potencia suficiente como para, de un chispazo certero y seco, provocar el cortocircuito irreparable del desdichado ingenio, sino que, cuando petan, se las bastan y se las sobran para mandar a las tres cuartas partes de la galaxia a tomar por culo. Vaya, como si te digo que el nuevo insecticida Toflosh mata bien muertas a las mariquitas, los morgaños, las cucarachas, los gatos, los jabalíes, las panteras, los hipopótamos y las ballenas corcobadas. Va usted a gasear a una moscuela cojonera desprevenida, y desencadena una extinción en masa. De lo más razonable, no hay duda.
Así que nuestro furibundo marine cósmico, fuertemente blindado, ha de brincar, como un jaco desequilibrado mental, sobre las plataformas que salpican el mapa de los tres planetas en los que han ido a cobijarse los robots ingratos. 5 se ocultan en el primero, 7 en el segundo, y 10 en el tercero. Cada vez que déis con uno (fijaos en la tercera captura; a la izquierda del belicoso protagonista podéis ver uno de ellos), tenéis que llevarlo hasta el punto de extracción, marcado con una flecha que señala hacia arriba, sobre el texto "Up". Basta con tocarla para que accedáis a la pantalla de compra. Ahí es donde tendréis que aflojar la guita. Na más que por llegar hasta ese lugar con un autómata huidizo a cuestas, os darán 300 libras (sí: libras). Con esas y con las que encontraréis desperdigadas en varios puntos de cada planeta, podréis haceros con más equipo, más tiempo y, en general, más posibilidades de pasar por la piedra a los encondados engendros espesos y borboteantes que revolotean y rebotan, plataforma para acá, plataforma para allá. A todo esto: tampoco os esmeréis quitándolos del medio (y quemando munición a marchas forzadas, de paso), en cuanto salgáis de la pantalla y volváis a ella, los veréis a todos, en su sitio, tan lozanos.
↑ Lo mejor
* Jugable, sencillo, entretenido...
* La animación del protagonista (que puede disparar incluso mientras corre o salta) es natural y muy suave.
↓ Lo peor
* El protagonista es una micurria. En alta resolución, sí, pero una micurria. Se echan en falta personajes algo más grandes.




