FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Killed Until Dead

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COMENTARIO ORIGINAL
La review
¿Recordáis la época en la que empezaron a popularizarse las cámaras de vídeo domésticas en España? Aquellos armatostes que le dejaban a uno la muñeca a punto de caramelo para visitar al traumatólogo más conveniente, de tanto sujetarlos para filmar las monerías del sobrinito sacándose los mocos, la suegra abriéndose la crisma contra alguna aviesa esquina del chalet, en una barbacoa en el campo, y otras historietas igualmente épicas e interesantísimas. No tardó en aparecer aquel experimento (importado de los USA, cómo no) de los Vídeos de Primera. La patochada, que en aquel entonces tenía su gracia, por lo novedoso, no tardó en pasarse de moda. Al menos, a mí, personalmente se me pasó de moda muy rápidamente. Después de ver ciento catorce mil veces la capea de Villagarrula de la Ceporra, en formato Cutre And Desteñide Color, en la que la vaquilla furibunda de turno perseguía a los mozalbetes del poblacho, los corneaba, los despeñaba por un barranco, a cuyo pie acababan apilados, desvencijados y con el culo al aire, para regocijo del televidente... y tras setecientos veinte pases de ese clásico del cine popular, que podríamos titular "Iba yo haciendo el imbécil por la acequia del tío Cirilo, y hete aquí que me resbalo, y me dejo los piños en el cemento", pues como que uno terminaba por aburrirse.
Qué tonterías tendemos a hacer en cuanto alguien nos pone una cámara de vídeo
delante. Qué curiosa vocación innata de payaso tiene el ciudadano medio. Y yo
el que más, no creáis.
El caso es que, otra vertiente del uso de aquellos artefactos inmanejables,
toscos y alimentados por baterías del porte de un adoquín, era la de rodar películas
caseras. El colmo de la creatividad. ¿Quién no ha pensado alguna vez en algo
así? A un servidor de ustedes se le ha pasado alguna que otra vez por su agitada
mollera, sí, pero nunca he tenido la vergüenza suficiente como para hacer como
que me tomo medio en serio las estupideces que no puedo evitar perpetrar delante
de cualquier cacharro con teleobjetivo y película.
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Lo más curioso de todo esto es que, en una apabullante mayoría de los casos, cuando un grupito de nenes aburridos le manga la cámara a papá y se disfrazan con albornoces y pelucones del carnaval del año pasado, no tienen mejor ocurrencia que rodar una especia de cortometraje de terror / suspense. Oye, ¡qué cosa! Pasa como con los cantantes de barriada, líderes de ventas... en las gasolineras. |
En cuanto componen cualquier aborto pseudorrítmico, TIENE QUE HABLAR de amoríos y desamoríos. Por narices. No hay excepción.
¿Qué tiene de especial el género del suspense, el cine negro y/o
policíaco, y todo aquel mundillo entre siniestro y circense de las novelas de
misterio de andar por casa, que tanto le gusta a la gente?
No, si os confieso que a mí me hacían su gracia los denuedos detectivescos del Teniente
Colombo... lo que pasa es que los gringos le dieron un enfoque un poco extraño
a las historias de asesinatos enrevesadísimos y robos complicadísimos,
investigados por algún brillante sabueso. Y es que, durante toda la película o
telefilm, sospechas de TODOS. Cada 10 minutos, te ofrecen una prueba clarísima,
contundente y rotunda, en contra de alguno de los protagonistas. Al cabo de un
rato, viene una evidencia incontestable que acusa a otro... sin exculpar al
anterior. Lo dicho: cuando llega el clímax, estás convencidos de que entre
todos mataron al marqués, y él solito se murió... para descubrir que quien lo
hizo fue el repartidor de pizzas hindú, que sólo sale, de pasada,
accidentalmente, y en tercer plano, al principio del todo. Sólo el detective de
turno se dio cuenta, y lo demuestra presionando psicológicamente al desdichado
hasta que confiesa toda su culpa, sus motivaciones, sus frustraciones, sus
sueños infantiles, que su padre le pegaba con un calcetín sudao y que le
tenía mucha inquina al señorito de la mansión. Por eso, el mister inspector
es tan listo, y aguanta en antena tantos capítulos seguidos. O vende tantas
entradas, según.
La verdad sea dicha: desde Hitchcock, salvo algún que otro despiste de un
guionista, al que le da por ser original, el género del misterio ya no es lo
que era.
Sin embargo, lo confieso: en el fondo, en el fondo, reconozco su encanto. Y
no debo de ser el único, porque en los 80, en aquellos tiempos en los que los
ordenadores personales tenían tan poquísimos recursos que los programadores
podían hacer con ellos cualquier cosa (sí, está bien escrito eso... ¿o me vais
a decir que los títulos de ahora son más variados y sorprendentes que los de
hace 15 años?), más de una compañía comercializó un título detectivesco, que
ponía a algún brillante investigador freelance (la mayoría de las veces
es así, qué curioso) tras los pasos de un matarife inteligentísimo (pero que
siempre acaba cometiendo algún error catastrófico). Repasad la lista: Murder
on the Mississippi, The Detective
Game... además, por alguna razón, casi todos ellos impregnados de una buena
dosis de humor. Y este Killed Until Dead no es una excepción. Fijaos en su título;
algo así como: "Asesinado hasta que se murió".
En realidad, es de los juegos "de detectives" más simpáticos, y con momentos más brillantes, que he visto nunca. Es original en casi todos los apartados. Incluso en el del argumento: nuestro objetivo es investigar un asesinato, sí... pero ANTES de que ocurra. Ridiela.
El protagonista, un tal Hércules Holmes (seguramente pariente de Sherlock Poirot),
es un célebre detective que trabaja como encargado de la seguridad del Hotel
Gárgola, donde se va a celebrar una reunión de autores de novelas de misterio...
de esos a los que el trabajo se les termina subiendo a la cabeza.
Nuestro héroe, que en el fondo no es más que un cotilla, pero con los medios
técnicos de la NASA, descubre que las relaciones entre los escritores no son
especialmente cordiales, y que la convención, tan informal ella, tiene todos
los visos de que va a acabar de una forma bastante pringosa.
El señor Holmes realiza sus pesquisas sin moverse de su despacho. Ni falta que le hace, la verdad... es capaz hasta de irrumpir en las habitaciones de los ilustres huéspedes mediante vaya usted a saber qué asombrosas técnicas de telemetría de estrellas de neutrones en el espacio profundo, aplicadas a la chismología, cotillología, y quetehurgoenelcajóndelosgayumbos... erm... logía.
Si os fijáis en la primera captura, podréis ver el escritorio. Moviendo la
mano de Holmes, podéis elegir una de las cuatro opciones principales, a saber
(de derecha a izquierda):
Expedientes: donde se nos muestran las fichas de los asistentes a la reunión.
Son cinco personajes de lo más curiosos:
| - Mike Stammer: una especie de Bogart borrachuzo y desastrado, de esos que parece que llevan la misma gabardina mugrienta las 24 horas del días -incluso duermen con ella puesta... y si se ducharan, lo harían cómodamente embutidos entre sus pliegues acartonados y macerados por la roña a punto de fosilizar. | ![]() |
- Claudia Von Bulow: la maciza de la reunión, con pinta de Mata-Hari cateta y experta en enviudarse. Los maridos (indefectiblemente ricos), tienden a durarle menos que un pez de acuario en una garrafa de vitriolo.
- Lord Peter Flimsey: un británico que más que flema, tiene un flemón...
erm... buena estupidez, sí señor. Vaya, el caballero es un tópico andante. No
le faltan ni el bombín, ni el monóculo, ni el poblado mostacho. Como si
sacaran a algún Pepe Martínez, y resultara que va por la vida disfrazado de
banderillero.
- Agatha Maypole: no sirve de nada que le cambien el apellido. Esta señora es
clavadita a mrs. Christie... bueno, supongo... la verdad es que las únicas
imágenes que recuerdo de la celebérrima escritora, la mostraban como a una
abuelita (¿fumadora empedernida, o lo he soñado?) entrañable. Vale, pues
esta también es una abuelita entrañable. Menos arrugada, y que hace calceta en
lugar de darle a los habanos. Pero de noche, todos los gatos son pardos, y todas
las viejas se parecen la tira.
- Sydney Meanstreet: ya que estamos con las caricaturas surrealistas, aquí tenéis una de un
capitalista desbocado. Gordo, calvo, de mirada furibunda, y permanentemente
enchufado a un puro colosal. Sólo le falta tener a un proletario desvencijado y
harapiento en el bolsillo de la chaqueta (no... mejor, de la
"americana"), limpiándole a trémulos y temerosos lametones, las
miguitas de faisán que le manchan la pechera.
Hay cuatro niveles de dificultad, y varios casos diferentes para cada uno de
ellos. En total, suman 21. Que no está mal. Pero se quedan cortos... luego os
cuento por qué. De momento, sigamos con la review (y acabémosla cuanto
antes, que me parece a mí que me estoy alargando demasiado).
Bien, la siguiente opción sobre el escritorio es la de las anotaciones: aquí
irán apareciendo automáticamente todas las conversaciones que tengamos por teléfono
con los sospechosos, o las que registremos a través de los sistemas de vigilancia,
además de las pistas que hayamos recopilado acerca del crimen en ciernes, y
que consisten en varias piezas: víctima, asesino, arma, lugar de la fechoría,
y motivo. Las pistas "sólidas" (es más probable que sean ciertas)
aparecen en amarillo, y las "endebles", en rojo.
La tercera opción es el teléfono. A veces recibiremos llamadas de los sospechosos,
o incluso alguna que otra, anónima, tratando de darnos una pista. Cuando el
que llama es uno de los cinco escritores, generalmente es para soltarnos una
buena bronca por haber intentado husmear en sus cosas.
Y por fin, la sección de vigilancia. El paraíso de cualquier voyeur. Aquí tenemos
acceso a las cámaras que monitorizan incansablemente las habitaciones de los
sospechosos (sí, a mí también se me ocurrió que sería de lo más simpático echar
un vistazo a la de Claudia cuando... erm... bueno, eso...) y a algunos de los
lugares más importantes del hotel.
También podremos registrar las conversaciones entre los personajes. Si es necesario,
incluso podremos grabarlas en cinta (a veces, uno no da abasto para asistir
-sin que nadie le invite, claro- a las reuniones de los sospechosos, así que,
un método bastante eficaz para no perderse detalle, es programar la grabadora
para que se active en determinados momentos; mientras tanto, nosotros podemos
dedicarnos a meter las narices en otro sitio).
Por cierto, antes os mencioné que los escritores se cabrean de lo lindo si intentamos
espiarles. Y es que hay que aguardar a que se vayan de su habitación para tratar
de irrumpir en ellas (no sé yo qué método asombroso empleará maese Holmes para
escudriñar en el cajón donde la vieja guarda sus polainas almidonadas, sin moverse
de su sillón). Claro que no es tan fácil: antes, tendremos que responder a una
pregunta, generalmente relacionada con el cine y la literatura de misterio.
Si acertamos, podremos anotar lo que veamos en la habitación, y utilizarlo para
presionar al sospechoso en los interrogatorios. Y si no, aparecerá un guardia
que se mantendrá ante la puerta durante 10 minutos (ojo con esto: tenemos un
tiempo límite para resolver el caso... concretamente, hasta la media noche).
↑ Lo mejor
* Los retratos animados de los personajes.



