FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
O'Riley's Mine

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
¿Sabéis? El otro día, mientras echaba una partidita al Blade (sí, ese de cortar
cabezas, brazos y piennnas con enormes espadones y hachas oxidadas... y ¡qué
curioso, no me he vuelto psicópata! ¡anda!) estuve pensando que los juegos no
sólo han cambiado en la espectacularidad de sus gráficos o sonido. Quizás los
nostálgicos estemos cada vez menos enganchados a los títulos más modernos porque
han perdido esa "sensación" que transmitían nuestros cacharrosos ordenadores
de 8 bits. Esa sencillez de manejo. Adicción en estado puro. Un par de teclitas
para mover al personaje, alguna que otra para disparar, saltar o algo parecido,
y pare usted de contar.
Claro, que igual también tiene que ver con que nos hacemos viejos, ¿no? ...
¡naaaa! ¡tengo intención de seguir pegado a los emuladores muuucho tiempo!
Pues veréis: el caso es que en el atronador jueguecito español de aporreo y
decapitación a granel, hacen falta sotopocientas teclas para manejar al héroe.
Que si tajo arriba, que si golpetazo a este lado, que si esquivo para acá, que
si esquivo para allá... y no hablemos de los celebérrimos "combos"...
uno acaba convirtiendo sus deditos en un precioso nudo marinero mientras trata
de que su caballero trace con su espada élfica ese espectacular movimiento...
a ver... disparo, más flecha arriba, y a la vez, flecha abajo, y a la derecha,
un pasito para alante, un pasito para atrás, me pongo de pie, me vuelvo a sentar,
logaritmo neperiano del número primo más alto que divide a la raíz cúbica del
DNI de la cuñada del programador...
Y de pronto, arranca uno el emulador, carga algo como O'Riley's Mine, y se lo pasa como los indios. Sin más. A eso me refiero.
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Ya, ya sé que es como tratar de comparar un avioncito de papel con el Concorde, pero no me negaréis que estos clásicos tienen su encanto ¿no? (pregunta tonta con respuesta más que predecible... si me lo negarais, no estaríais leyendo esto, jeje). |
Bueno, pues en O'Riley's Mine, encarnamos a un minero irlandés llamado Timothy (y apellidado... bueno: es obvio deducirlo por el título) empeñado en sacar las riquezas que alberga la tierra: diamantes, petróleo... ¡y hasta uranio!
Cuando el juego comienza, el protagonista ha cavado un profundo pozo vertical
desde la salida de la mina, hasta una veta rocosa que le impide seguir
avanzando. Ha colocado allí un cartucho de dinamita, y aguarda a una distancia
prudencial, mientras la mecha se consume con un siseo.
Tras la detonación, ¡sorpresa! resulta que bajo la capa de piedra había un
río subterráneo, y pronto empieza a manar agua a borbotones a través de la
grieta que la carga ha abierto. Pero hay más: extrañas criaturas que viven en el subterráneo, y que, por lo
visto, les fastidia lo suyo que les despierten de la siesta. Además, los
engendritos llevan varios siglos sin un mal minero que llevarse a la boca, así
que no cejarán en su empeño de roerle el epigastrio cariñosamente a Timothy.
Ya está. Este es el juego.
Simplemente, hemos de cavar túneles como posesos, tratando de huir de la tromba
de agua que irrumpe a través de las grutas, y mantenernos lejos de los
monstruitos mientras recogemos las riquezas enterradas. Cuando hayamos dado con todas, aparecerá una pequeña escalerilla en la boca de
la mina, y podremos pasar a la siguiente fase.
Obviamente, todas estas son iguales (en aspecto). Lo que cambia es el nivel de
dificultad. Y lo notaréis en seguida: aparecen más monstruos (hasta 3), que se
mueven bastante más rápido y son más recalcitrantes; el agua avanza con más
velocidad por los túneles y hay más chucherías que recoger (lo que implica
más puntuación, sí, pero también que tenemos que pasar más tiempo excavando y exponiéndonos a que el río subterráneo remoje el asunto, o que
una de las bestias de las cavernas nos arree una dentellada en la nuez).
Sobre este esquema tan básico (y divertido), hay ciertas variaciones y
matices conforme avanzamos en el juego, a saber:
- Durante la partida, veremos cómo amanece y anochece. Y por alguna extraña
razón, cuando la luna está en el cielo (como en la captura de abajo), los
monstruitos se mueven bastante más velozmente.
- Hay un límite en lo que podemos excavar: nunca podremos crear un túnel que
consista en la unión de otros dos. No sé si me explico: hay una anchura
estándar para las galerías que Timothy construye, y no podemos dar otra
pasada, para ensancharla cavando justo al lado. Salvo en las intersecciones, hay que dejar una distancia
mínima entre dos corredores (que es, precisamente, la que en la foto de abajo,
separa el pasadizo en el que está el protagonista, del que discurre justo sobre
su cabeza). Esto puede ser más engorroso de lo que uno imagina (por ejemplo, si tratamos de construir un túnel adyacente a otro que
esté inundado, nos ahogaremos automáticamente).
- Para defendernos de los monstruillos, contamos con una serie de cartuchos de dinamita (tantos menos, cuanto más avanzado sea el nivel).
| Si calculamos bien, podemos conseguir que uno reviente justo cuando alguno de los bichejos de las profundidades pase al lado (mogollón de puntos), aunque la utilidad principal es la de provocar pequeños desprendimientos que bloquearán el paso a los monstruos. Eso sí: al agua no hay quien la pare. | ![]() |
- En niveles más avanzados, algunos de los objetos se transforman aleatoriamente
en una calavera con dos tibias cruzadas. Obviamente, semejante icono no sugiere
nada bueno, así que tendremos que esperar a que el chisme recupere su forma
original. Es un todo un problema esto, porque detenerse, aunque sólo sea unos
segundos, es bastante poco recomendable. No es que haya un límite de tiempo;
es que el agua no para de extenderse por los corredores y llegará un momento
en el que los inunde todos.
Quizás os vais dando cuenta de la principal dificultad del juego: si no cavas
con cuidado, terminarás atrapándote tú solo cuando te rodee el río por todos
lados.



