Portada de Pang

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

Pang

GéneroArcade
Desarrollado porOcean / Arc Developments
MúsicaSound Images
Año1990
Veredicto originalMola
Valoración8/ 10
Gráficos
7
Sonido
7

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Imagino que, cuando uno no está familiarizado con algún arte, disciplina o área creativa, todos sus productos le parecen prácticamente iguales. No entra uno lo suficiente en detalle como para apreciar los matices. A mí me pasa con frecuencia. Especialmente con el flamenco. ¿Gustan ustedes? Yo no, gracias. Pero ni una pizquita, además. Y no, no tiene que ver con el hecho de que haya vivido diez años en la Capital Intergaláctica Abrumadoramente Indiscutible Y Hasta La Náusea de Cualquier Cosa que Huela a Flamenco y -en consecuencia- Merezca la Inmediata Subvención Municipal, y haya acabado una miaja harto del cante jondo. O sea, Sevilla. Hay que joderse. Todo lo que recuerde lejanamente a los Chunguitos o a Camarón, todo lo que evoque a esa suerte de manifestaciones de exaltación religiosa entre los pinares de Huelva (bien regada con finito aguado, bien rebozada en varias toneladas métricas de jamoncito de bellota -extremeño, con frecuencia- enharinado generosamente en albero y polvito del camino... amén de otras sustancias que la prudencia me aconseja no enumerar aquí), excusa, como otra cualquiera, para faltar un poquito más al trabajo sin que nadie diga nada (entre otras cosas, porque el jefe es el primero que se cuelga el medallón y se va a tirar petardos verbeneros a las siete de la mañana por el barrio de Heliópolis y aledaños)... todos esos vestigios de folklore rupestre de caracolillos ensortijados y engominados en la nuca, dientes de oro y cortijo en la dehesa, tienen automáticamente el beneplácito y el rapidísimo y generosísimo desembolso de dinero público (y privado; pero, en ese caso, ya no me duele, miren ustedes por donde). Ahora, no me los saques de ahí.

Esteee... a lo que iba: que todo cante jondo me suena igual. Alaridos inarticulados que parecen proferidos por una caverna. Que sí, que respeto profundamente su consideración de "arte". No son pocos mis amigos y allegados, muy cultos en algunos casos, que se lo pasan pipa escuchando la última colección de berridos despavoridos de Ceporrito Cromañón, el de las Cagadas de Cabra. O de algún otro ramapiteco de pecho henchido y mucho sentimiento, mucho duende y mucho trasgo saltarín. No, lo digo en serio, no tomen ustedes demasiado al pie de la letra tanto desvarío por mi parte: respeto muy solemne y sinceramente a los incondicionales del flamenco, pero no me quedo tranquilo si no proclamo que no me gusta nada este tipo de música; no sólo no la entiendo, no sólo no me conmueve y no sólo no me toca fibra sensible alguna (y, créanme, las tengo a patadas), sino que me desagrada abiertamente. Y me da igual que cante Yeticito Peludo de Villabotijos de la Burra Preñá o María Chita Simiesca, la Niña del Espantoso Revuelo ante el Milagrosísimo Altar de Nuestra Señora de las Empanadillas de Boniato. Todos me suenan exactamente igual.

Anda, tío, que voy a reventar dos pomporitas de un tiro, ju, ju, ju... Yo no sé si es que hay aficiones y/o formas de entender el arte, que requieren una sutileza asombrosa por parte del espectador. O una imaginación febril y sin freno. El caso es que, yo no me entero de nada. No sólo eso: no le veo la gracia ni distingo los matices que, se supone, son la chispa del asunto. La salsita, vaya.

Años ha, un antiguo compañero me propuso asistir a no-sé-qué festival del caballito brioso, la yegua jaranera y el potro engalanado. ¿Festicab? ¿Cabafesti? ¿O mais melhor festividade da boñigas desparramadas por a rúa? Lo que sea. El caso es que al zagal le encantaba eso de ver a los corceles brincando por aquí, levantando la patita por allá y, en general, llevando a cabo toda suerte de cabriolas que, eso sí que he de admitirlo, son de lo más vistosas y dignas de contemplarse. El asunto es que, después, uno tenía la ocasión de extasiarse ante los poderosos y nobles... erm... pliegues en el costillar de las distintas razas de jamelgos de porte regio que se paseaban por la carpa de turno, meándose y cagándose, de todos modos, como el más mugriento de los mulos. Porque, eso sí, muy bonitos y de aristocrática estampa serán ciertos caballos, pero luego generan el mismo pestazo que todos los demás. Bueno, a lo que iba: rechacé la invitación, alegando algo como: "es que, a mí, todos los caballos me parecen iguales". ¿Que si es que guardo alguna inquina personal en contra de semejantes animales? No, qué va. Es que tengo la tarde un poco tonta, hoy...

Los occidentales solemos decir que todos los orientales nos parecen igualitos. Fotocopias, uno de otro. Sí, bueno, hay ciertas variaciones. Jackie Chan, por ejemplo, es algo más payaso que Bruce Lee. Y los dos son menos sesudos y poéticos que Akira Kurosawa. Estee... lo dicho, menuda tarde imbécil que tengo...

Como iba diciendo: lo que me llama la atención es que los chinos, japoneses, coreanos, filipinos y demás gentes de ojos rasgados, afirman lo mismo de nosotros. Y me llama la atención por dos razones, a saber:

- Es curioso que, entre ellos, sí que sean capaces de distinguirse.
- Objetivamente, los occidentales presentan más variación de rasgos que ellos. ¿Hay chinos rubios, pelirrojos, de frondosísimas barbas ensortijadas, de lacias guedejas color paja, de rizos testarudos, de ojos azules o verdes? No, que yo sepa. Y no me valen los teñidos, transparencias y permanentes de los integrantes de la selección de fútbol japonesa. Bueno, pues a eso me refiero.

Aún así, es curioso, en sus dibujos animados (los Anime, los Manga, los Chalequillobordao y demás espectacularcísimas monsergas de llaves de jiu-jitsu aliñadas con toda suerte de destellos de colorines), los nipones suelen llenar las filas, tanto de los héroes cósmicos como de los malísimos infernales intergalácticos, con personajes-cliché, todos cortados por un mismo patrón occidentalomorfo. Hay muchos rubios a la noruega, muchos barbudos a la finlandesa y, sobre todo, muchos ojos enormes y redondeados. Eso sí: son todos igualitos. Clavados. Cualquier monigote saltarín que brote de la inventiva de algún dibujante que se gane sus buenos yenes a la sombra del monte Fuji, no desmerecería, en absoluto, en el escenario que le garrapatee otro de sus paisanos. Da igual si estamos tratando de una enmieladísima historieta de animalitos que pían y gimen enternecedoramente o de una epopeya interplanetaria que pone en danza a las fuerzas vivas del Olimpo, repartiéndose coces y bofetadas a través de los eones. Sólo es cuestión de obligarlos a esbozar gestos histéricos y sonrisas neuróticas, en el primer caso, o de inflarles los músculos hasta que adquieran la apariencia de piezas del Exín-Castillos aquel, y de tenerlos siempre en ademán reflexivo mientras el viento solar mece sus capas y sus melenas de palmera desaforada.

Tomen ustedes a los dos enanos con salacot que protagonizan este Pang, estupenda adaptación al C64 de una recreativa bastante célebre a principios de los 90, háganlos crecer dos palmos, ínflenlos a base de esteroides anabolizantes, enfúndenlos en una especie de espantoso kimono de látex con dragoncitos de colores bordados sobre la pechera y confeccionados a base de cuentas plástico, y ¡hala! ¡ya podrían hacer sus pinitos como expertos en taek-wondo sideral en alguna de las múltiples versiones de Bola de Dragón! Tal cual. Así mismo.

Pero no. El caso es que estamos ante la típica historieta mangoidea de videojuego japonés que tanto éxito suele tener. Y es que, hay que ver, ¡cómo se las arreglan los tíos para conectar con los usuarios de medio planeta! Porque, ya me dirán ustedes, qué tienen en común su cultura y la nuestra. Pero, aún así, raro es el juego de consola o recreativa que no se basa en unos conceptos que, a lo que se ve, son universales y hacen gracia a todo el mundo. Se conoce que enganchar a los jugones de Palencia puede conseguirse recurriendo a las mismas cuatro ideas elementales, aderezadas un poquito aquí y allá, por aquello de atenuar la sensación de déjà vu, que a los de Hokkaido. Visto lo visto, será cierto eso de que son los videojuegos más simples, más sencillos, los que no entienden de idiomas, de barbas, de melenas o de ojos rasgados, a la hora de entretener. Será cierto, entonces, que los títulos de 8 bits tenían algo, en general, que los atronadores lanzamientos muy texturadísimos de hoy en día, no tienen. Algo más universal. Una forma más general de entender la diversión. Y los japoneses siempre fueron expertos en eso; quizás he aquí la razón por la que los desarrolladores de allende el terruño de los samurai siempre se centraron en recreativas y consolas, mientras que los ordenadores, máquinas con otros propósitos y que, con frecuencia, albergaban un concepto de videojuego bastante más complicado, eran el escenario de las producciones europeas y norteamericanas. Y si no, fijaos en la diferencia entre los juegos de rol en el más puro estilo occidental (multitud de estadísticas, cantidades ingentes de numeritos y datos...) y los ajaponesados (protagonizados por el clásico niñato de ojos redondos, caucásico genérico y dotados de generosísimas dosis de guantazos espectaculares que liberan toda suerte de rayos, resplandores y chisporroteos).

Pang es, sí señores, el típico videojuego de recreativa made in Japan. La idea no puede ser más simple y efectiva. "Bueno", podría intervenir alguno, "igual que muchas de las que hay detrás de la gran mayoría de los matamarcianos europeos ¿no?". Pues sí. Exactamente. Igual de simple. Y, precisamente aquí, está el mérito de los diseñadores nipones de videojuegos. No son los únicos a los que se les ocurre una mecánica de juego sencilla y eficaz, eso es cierto...

... pero, y ya no sabría cómo explicarlo (es decir, no sabría cómo, sin tener que recurrir a meter en la ficha catorce capturas más del juego, que hicieran las veces de islotes de colorines entre tanto desquicio), además consiguen dotar a sus ocurrencias de ese "algo más", que mantiene pegados a la pantalla a la mayoría de jugones desprevenidos. ¡Ahhh, que me plancha mi gorrito monísimo y mangamorfo!

Lo curioso es que la recreativa original nunca me hizo demasiada gracia. Y, cuando le eché el guante a la adaptación al Commodore (para mi sorpresa; no tenía ni idea de que existiera), me topé con uno de esos juegos que le enganchan a uno de una forma demoledora. Vaya que, ahora mismo, y ya nada más que con ver las capturas que acompañan a esta chorrada de comentario producto de una de mis frecuentes y pavorosas bajadas de tensión (¡en barrena!) que me aquejan cuando está el clima estreñido y no sabe si llover un poquito a media mañana, diluviar un rato a la hora de la siesta, o despejarse a la del café, ya me están entrando ganas de enchufar el cartucho original (¡gracias, eBAY!) al C64 y echar un buen rato despiezando aviesos globitos saltarines.

Porque de eso se trata, precisamente: de reventar los globos, pompas o burbujas gigantes (y digo yo, a la vista de Bubble Bobble, Puzzle Bobble y demás odas a la babazas borboteantes, ¿qué tendrán los japoneses con las canicas cristalinas rellenas de bicho despavorido que late, se convulsiona y mira al mundo exterior con ojillos vidriosos? ¿por qué esa manía con los bolindres viscosos, y demás esferitas translúcidas expelidas desde lo más profundo del sistema digestivo de alguna monería de monstruosidad de los abismos? ¿por qué seré tan gilipollas unas veces y, otras veces, más todavía?) que, por lo visto, están rebotando peligrosamente ante los más pintorescos paisajes de diecisiete países. Pomporitas desaprensivas de turismo, que atropellan a los autóctonos.

Así que, nuestro objetivo, es acabar con todos los globos en cada fase. Solos, o con la ayuda de otro avezado agarra-joysticks revienta-burbujas, que tenga el detalle de acompañarnos.

Nuestro objetivo es, ya digo, reventar todos los globos, situándonos bajo ellos cuando reboten contra el suelo y remonten el vuelo momentáneamente, y abriendo fuego para conseguir que se dividan en dos. He ahí la gracia y la dificultad del juego: cuando alcanzamos una burbuja, de un tiro, no desaparece, sino que se divide en dos más pequeñas. Claro, es más fácil esquivar a una pompita de menor tamaño. Pero resulta que, entonces, tendremos a dos de ellas, rebotando do Buda les da a entender, lo que, creedme, aumenta la dificultad MUCHO. Y no os digo nada de lo calentita que se pone la cosa cuando volvemos a dividir uno de los globos, endiñándoles otro tiro. Y otro más... Las esferas pueden dividirse hasta cuatro veces. En ese momento, se convierten en pequeñas esferitas que, encima, tienen la nefasta costumbre de no llegar muy alto en sus botes contra el suelo, lo que hace que intentar pasar por debajo de ellas sea bastante complicado.

Más difícil todavía: conforme vayamos progresando en el juego, nos enfrentaremos a etapas con toda suerte de obstáculos en el escenario: desde escaleras que no hacen más que incordiar, como las que se pueden ver en la segunda captura, a una colección de bloques situados concienzudamente para molestar todo lo posible, haciendo que las esferas reboten contra ellos y salgan proyectadas, en trayectorias poco predecibles, hacia el suelo. Algunos de esos bloques pueden destruirse, menos mal. Incluso con el tostón inmanejable de arma estándar con la que comenzamos el juego, una especie de cuerda que el protagonista dispara y que asciende hasta desaparecer por el extremo superior de la pantalla, formando, mientras tanto, una especie de barrera temporal contra la que, si choca un globo, reventará (y se dividirá en dos, o bien, si se trata de una de las pelotillas de menor tamaño, desaparecerá).

Cuando disparéis a un globo, obtendréis, con cierta frecuencia, alguna que otra ventaja. Desde invulnerabilidad durante unos segundos, hasta armas mejores (como la que podéis ver, en plena acción, en la primera captura; una auténtica maravilla, esa: tiene una cadencia de disparo altísima, lo que permitirá que, los más avezados matamarcianeros de entre vosotros, ejerciten a placer los músculos que hacen que uno aporree inmisericordemente el botón de disparo), pasando por otras ayudas que, bueno, si no utilizáis en el momento apropiado, pueden convertirse en verdaderas jodiendas. Hay, por ejemplo, un cartucho de dinamita que no os recomendaría recoger al principio de una fase. ¿Que por qué? Porque convierte el o los globos, que queden aún, en pequeñas esferitas. Vaya, que hace las veces de varios disparos consecutivos, de modo que, una burbuja grande, queda reducida a OCHO pequeñas que, inmediatamente, le llueven a uno encima. Un peligro, creedme.

Por cierto, ¿os he dicho que pueden participar dos jugadores simultáneamente, como en la recreativa? 

Lo mejor

* Los escenarios.
* Tremendamente adictivo.
* Una conversión estupenda.

Lo peor

* Los sprites son cuadriculados y están coloreados con más bien poco tino.
* A veces es frustrantemente difícil.