Portada de Sheep in Space

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

Sheep in Space

GéneroShoot'em up
Desarrollado porLlamasoft
MúsicaJames Lisney
Año1984
Veredicto originalMola
Valoración7/ 10
Gráficos
5
Sonido
9

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Adivina, adivinanza:

Los buenos son Borregoides que expelen Huesonios de la Muerte. Los malos pertenecen a la belicosa estirpe de los Zzyaxians. Las edades modernas no se sufijan con la expresión después de Cristo, sino después de los Camellos Mutantes. Y hay un montón de rumiantes lanudos que revolotean, gráciles, ingrávidos, etéreos, a través de caleidoscópicas dimensiones cósmicas. ¿A quién se le pudo haber ocurrido semejante retahila de invocaciones a la migraña más combativa y recalcitrante?

Hay dos formas de no tener ni puta gracia mediante la táctica haragana de hilvanar una chorrada tras otra, como quien engarza cagarrutas de cabra en un alambre (igual que esos que se usan para cerrar bien los paquetes de pan Bimbo), y pretende que se trata de un collar new-age, superfetén, superalternativo, supercontracultural y supersolidario (ya se usan ciertas palabras con tanta frecuencia y tanta gratuidad, que han perdido todo el lustre).

La primera manera consiste en sucumbir a los vapores de algún alucinógeno. No sé a qué pringue volátil le daba el maestro Minter, allá por los 80, pero a veces tenía uno la sensación de que el tipo se había esnifado tres cuartos de litro de pintura acrílica.

La segunda manera no tiene por qué excluir a la anterior, pero no la necesita para ser efectiva. Podríamos titularla: "mantener la propia imagen". Si Jeff "hmmm, cómo me ponen las lanas de la viñuca" Minter iba por la vida proclamando su hondísimo amor a cualquier cuadrúpedo rumiante de hirsutas greñas, y programando videojuegos protagonizados por toda suerte de bestezuelas esquilables y/o babeantes, se labraba, de ese modo, una imagen de excentricidad y originalidad que, claro, tenía que conservar. "¡Miren todos! ¡Soy el tío ese que se acuesta con dromedarios! ¡Pero qué originalísimo y único que soy y, por extensión, lo son también mis videojuegos!". Algo así.

¿Quién sabe? Igual Jeff "tengo una borrega leshera, riau-riau" Minter era, en la intimidad, una especie de yuppie de lacias guedejas, amante de los trajes confeccionados a medida, las corbatas de seda y los gorgoritos de la Calas. Igual, lo de alabar las propiedades afrodisíacas del sudor de jamelgo y lo de lanzar al mercado videojuegos que emitían toda suerte de colorines hipnóticos y que proferían toda clase de pitidos desencadenadores de espasmos epilépticos, era, simplemente, parte de esa imagen. De cara a la galería.

Adoptara una estrategia o la otra, el asunto es que, este Sheep in Space es Minter, en estado puro. Con una salvedad: además, tiene gracia.

Jeff In The Sky With Diamonds Lo del maese pelanas es curioso. En su tiempo, fue de esas personalidades que no dejan a nadie tan terne. Tampoco es que desatara las pasiones más devastadoras e irrefrenables, pero, vaya, que si uno lo conocía, una de dos, o le caía bien, o le tenía tan en alta estima como a una roncha purulenta en la yema del dedo sacamocos favorito.

Los que le reían las gracias apreciaban, digo yo, su ingenio y su sentido del humor surrealista. Ese era mi caso. Y como hay que admitir que el lanudo zagal no despuntaba por mucho más que por sus pintas de mocho zoofílico ambulante y por lo original de su obra, creo que es poco probable que, entre sus admiradores, se contaran mozuelas que se desvanecían ante la vista de su efigie masculina y poderosa... tanto, tanto, tanto, como el perfil de un espárrago de Aranjuez con una peluca deshilachada y una barba postiza.

Por lo que he leído, a sus detractores tendía a inflarles las narices dos rasgos de tan interesante especimen: su ego, dicen que aún más grande que su afición por los rumiantes cariñosos y complacientes, y la inquina que le profesaba a otro de los (aproximadamente) afamados programadores de la época: Tony Crowther.

Pues al final será algo psicológico, porque he de admitir que, a su seguro servidor, el tal Crowther le divertía bien poco. Bueno, más que él, sus juegos. Aunque, hay que decirlo: el mozalbete era bastante aficionado a hacerse el chistoso en sus obras (¿qué sé yo? insertando mensajitos pueriloides en este o aquel recoveco del escenario -véase el Wanted: Monty Mole-), y el resultado, a mí al menos, me parecía que quedaba a medio camino entre la ñoñería y la horterez estridente, pasando por esos desquicios propiciadores de jaquecas galopantes, que pergeñan los malos ejercedores de eso tan difícil que es el humor surrealista.

¿Hay que elegir? Si es así, yo me quedo con Minter.

No sé si el tipo se encargaba, en persona, de redactar los manuales de sus juegos (no me extrañaría; en aquellos tiempos ignotos, mijina después del Pleistoceno, era frecuente que los desarrolladores se pluriemplearan a la hora de dar a luz a sus desvaríos digitales y, así, picaban teclas, dibujaban carátulas, hacían sus pinitos como compositores, a los mandos del SID -pobrecito, él, cuando caía en las zarpas de un juntasolfas con el mismo talento musical que un cascabullo de plástico, de esos que se colocan encima de los platos para calentarlos en el microondas-, redactaban las instrucciones y, si era menester, ejercían de publicistas recalcitrantes), pero tengo la sensación de que, al menos el de este Sheep in Space, sí que corrió a su cargo.

He ojeado algún que otro artículo salido de debajo de las amazónicas guedejas del geniecillo en cuestión, cuando publicaba sus reflexiones lisérgicas en la revista Zzap!64, y el estilo es muy parecido. Inteligente, surrealista, ingenioso y divertido. Y, generalmente, a mí, la gente inteligente, surrealista, ingeniosa y divertida, me cae simpática. Generalmente.

Es más: da la sensación de que Minter tiene cierto interés por la Astronomía. La de verdad. La güena. Y me pregunto yo por qué tanta gente rara, nictálope, noctámbula y/o desconectada de la realidad, percibe esa especie de llamada mística del cielo estrellado y, sobre todo, de la ciencia que lo estudia. Ojo: de la Ciencia. Dejémonos de ver animalitos velludos triscando despreocupados entre cúmulos galácticos y nebulosas de emisión...

... ¿animalitos velludos? ... ahora que caigo...

El caso es que, si yo fuera una especie de hippy psicodélico, y tuviera que quedarme con una disciplina científica, sería con esta tan complicada de mirar embobado a cometas y asteroides. Con un poquito de música hindú obsesiva, un par de caladas a una pata de silla barnizada y envuelta en papel de fumar, y una foto del Hubble colocada 15 centímetros delante de los ojos, uno tiene que terminar colgadísimo del todo. No me extrañaría que, a Minter, eso de las constelaciones, que pretenden ser un jueguecito de une-los-puntos-para-ver-a-un-borrego-cósmico, le resultara interesante. Así, da la sensación de que no es de esos que escriben el argumento de un matamarcianos oyendo campanitas estupefacientes sin saber desde qué pliegue adimensional de la subconsciencia repican. Al contrario: uno puede leer, en la introducción del manual, que una colonia de científicos construye nueve estaciones espaciales en torno a una densísima estrella de neutrones llamada Sothis B.

Sí, bueno, vale, para el peatón promedio, podrían haberle dicho, tan tranquilamente, que los científicos de marras habían currufusqueado un lagartón jambreño al torno del fufú gasj, y le habría sonado exactamente igual de comprensible. Pero a mí, que esto de las clases espectrales estelares y las supernovas me resulta tan entretenido, premisa semejante me parece digna de cualquier buen libro de ciencia ficción (esto es, esos en los que el autor se esfuerza todo lo posible para que las dos palabras que forman el nombre del género pesen aproximadamente lo mismo).

Las nueve estaciones, prosigue maese Minter, tienen forma de rosca, con una circunferencia de 8 millas, y un curioso sistema de gravedad artificial que hace que animalitos y personas sean atraídos, con la misma intensidad, tanto por el "techo" como por el "suelo". Algo parecido a lo que ocurría en aquel desquicio protagonizado por robots con trastornos de personalidad y vespas altamente explosivas, que se comercializó con la excusa de ser la versión informática de las andanzas de los Gobots. Perdonad que me fume un borrego, pero es que no me desenvuelvo bien en la realidad...

Las fuerzas se cancelan mutuamente a medio camino, de modo que se forma algo así como un carril rápido ingrávido (e incluso esdrújulo; qué... ¿a que no os lo esperabais?... pues yo tampoco. Y es que cada día me sorprendo más a mí mismo. Ejem. Creo que ya me toca la pastilla...) a través del que nuestro osado borregoide puede revolotear como un aguerrido proyectil con pinta de escobilla del váter, batallando contra las huestes de los Zz... zyzx... zharrax... jarrx... *tos* ... Zzyaxians (intentad decirlo con cuatro mantecados de La Estepeña en la boca). Furibunda y taimada especie, la de estos invasores tan antipáticos. Y es que, ya lo decía el maestro Minter, y cito textualmente:

"Los Humanos estaban, por supuesto, preparados para el ataque, dada la cercanía de Sothis B a los márgenes del Imperio del Mal [inciso: ¿a qué me suena esto...?]. El principal módulo de viviendas estaba protegido por cañones Blaster Hiperatónicos de Rayos Pulsátiles Mega Súper Zappera de Caminos de Iones Protones-Muones-y-Zeones [otro inciso: ni a mí se me habría ocurrido una pavada mejor. No, leches, que va en serio. Ah, ¿ya os habíais dado cuenta...? ejem...], dispuestos en filas de 23. Está claro: los módulos residenciales contaban, sin duda, con una buena protección.

Y entonces, los Zzyaxians atacaron los módulos de suministros, que estaban indefensos."

No cabe duda de que los muy blanduchos interestelares tenían bastante más dedos de frente que los colonos humanos, que trufaban sus viviendas con cañones megasuperhiperarchipollísticos, y se dejaban la puerta de atrás abierta, con el felpudo primorosamente colocado ante el zaguán, y un cartelito que decía, poco más o menos: "vengan, vengan, rapiñen a sus anchas, violen nuestras casas y quemen a nuestras mujeres".

El plan de los malos para reducir a virutillas cósmicas a los colonos, consiste en volar esas estaciones de suministros y dejarlos a todos sin un mal pollo capón que llevarse al buche. Han colocado unos cachimbos pavorosos en cada una de ellas. Los ingenios tienen la apariencia de dos antenas parabólicas que se alzan, una en el suelo y la otra en el techo, enfrentadas. Una serie de marcianitos aviesos se dedican a recolectar carga de los generadores que hay en todos los anillos, y a llevarla, entonces, a los Planet Busters, que es como se llaman los inventos devastadores de los Zzyaxians. Cuando los dos dispositivos alcancen cinco unidades de carga, nos mandarán al rosco interplanetario a hacer puñetas.

Y aquí es donde entra el corajinoso batallón de ovejitas melífluas termonucleares, con la misión de recorrer todos los anillos y de dejarlos como una patena, a base de repartir soplamocos entre las huestes de alienígenas imperalistas.

Los borregoides positrónicos surcan el espacio, a través de lo que parecen carriles invisibles. Os cuento: si revoloteáis a media altura, aproximadamente, alcanzaréis la velocidad máxima. Conforme os acerquéis al suelo al techo, el furibundo bichejo lanudo atómico aminorará. De hecho, cuando estéis a punto de tomar tierra, nuestro borreguito inasequible al miedo, al marcianito y a la teoría de la Selección Natural, extenderá sus patas, como si fuera un 747 cualquiera, dispuesto a posarse. Un empujoncito más al joystick, en la dirección apropiada, y os detendréis sobre la superficie... u os esmorraréis sin remedio, dependiendo de dónde se os haya ocurrido aparcar. Y es que sólo podréis aterrizar tranquilamente en el césped. Cualquier otro tipo de suelo os dejará a la parrilla.

Pero, no creáis, lo de tomar tierra tiene su utilidad. Fijaos en la segunda captura. Sí, sí: nuestro valeroso algodoncito de feria con patas, orejitas y caquita a medio fraguar debajo del rabo, está pastando. Es la única forma que tenemos de recuperar nuestra energía y, ya de paso, de saciar las gazuzas intergalácticas que nos asediarán inevitablemente. Entre protonazo y protonazo, el estómago de la bestezuela mutante se va vaciando poco a poco. Si miráis las ilustraciones, veréis, en la parte inferior derecha, el estado del buche tragaldabas de la ovejita, junto al texto "Stomach". Empieza como "Bloated" (algo así como "reventando"). Conforme el bicho se vaya quedando sin yerbajos cósmicos que rumiar, el color de la palabra se irá oscureciendo. Cuando adquiera un tono azul profundo, el estado caerá un nivel, a: "Replete". De aquí, pasará a "Full". Y, después, sigue la serie: "Adequate", "Not Bad", "Rumbling", "Famishing" y "Dire".

Si andáis por ahí, surcando los espacios lisérgicos de la bóveda craneana de Minter, al borde del patatús por inanición, más os vale posaros sobre una praderita, o perderéis una vida. Ojo: como suele ocurrir en estos casos, las llanuras de hierba no suelen aparecer cuando más se las necesita. Jo. Como la vida misma. Vamos. ¿A quién no le ha pasado eso? Vamos, yo mismo llevo un rato buscando un seto crujiente y nutritivo en el que revolcarme como un guarro, y del que comer brotecitos, bayitas, raicitas e, inevitablemente, algún que otro bichillo. ¡Es que, por mucho que uno los aparta, siempre te acabas tragando uno! Les pasa como al pellejo de los garbanzos.

*Plas, plas* -Hala, ya he metido la cabeza en el escáner y me he endiñao con la tapa. Estoy más tranquilo. Respiro hondo. Ifffff....

Pues eso: que tenéis que procurar no llevar al borregoide hasta el borde mismo del espichamiento por inanición, así que intentad no alejaros mucho de donde suelen concentrarse las praderas (que suele ser en el extremo opuesto de donde se erige la zona "industrial" del anillo de turno -primera captura-).

Mucho cabrito veo yo aquí No os olvidéis de echarle un ojo al marcador de vez en cuando. Minter asegura en el manual que muchos heroicos borregos cayeron en combate por no atender a los aguijonazos que les propinaba el hambre. Qué abnegación la suya. Y qué severísima advertencia, la del pelanas admirador de las cabras sadomasoquistas. ¡Comisiones internacionales deberían haberse organizado en torno a tan grave asunto! ... Joder, qué tardecita llevo.

Además, pastando, el borregoide recargará sus escudos. Claro, que la maniobra lleva su tiempo y, mientras tanto, los Zzyaxians de las narices no cejarán en su empeño de reducir a los colonos humanos a cuscús.

Mirad de nuevo las capturas: en la esquina inferior izquierda, junto a la palabra "Ships", aparece el número de marcianitos que pueblan el nivel en el que estamos. Hay dos tipos de invasores salerosos: los primeros, revolotean a media altura, que no hacen más que dar por saco, entorpecer, estamparse contra nuestro borreguito y, siempre que tienen la oportunidad, encasquetarle un protonazo en el jocico. En resumen: fastidiar, enredar, molestar e impedir, todo cuanto les sea posible, que nos acerquemos a los segundos, los que de verdad cortan el bacalo en cada anillo interestelar y llevan la carga a los dos dispositivos que forman el Planet Buster. Son muy reconocibles, estos, porque siempre vuelan a toda pastilla, en línea recta y cerca del suelo o del techo.

Aparecen dentro de unos refugios etiquetados con el texto: "Ships". Al cabo de un tiempo, salen de él, y se lanzan, como posesos, en busca del generador más cercano. Éstos tienen el aspecto de una serie de construcciones esféricas, de color blanco. Pues bien: cuando llegan hasta allí comienzan a parpadear, y salen disparados hacia el Planet Buster.

Fijaos, ahora, en el lado derecho de las capturas. Veréis que, arriba y abajo, aparece la palabra "Charge", junto a un número. Se trata de la carga que tiene cada lado del cachimbo reventón alienígena. Si alguna de las dos llega hasta 5, y recibe la visita de un sexto bichejo cargado, pasará la energía sobrante al lado contrario. O seáse, que, si en la "antena" de arriba hay 5 cargas, y en la de abajo 3, cuando un marcianito blanducho parpadeante toque la primera, se mantendrá con esas 5 cargas, pero, en cambio, la opuesta ganará una, y pasará a tener 4. Para más emoción y divertimento de los allí congregados, se generará una nave enemiga que se sumará, entusiasmada ella, al sarao alucinógeno multicolor.

La única manera de mandar a hacer puñetas a los recalcitrantes tócame-las-cargas, es volar sobre ellos y, cuando les estemos dando alcance, acercarnos un poco al techo o al suelo, según corresponda, con lo que disminuirá nuestra velocidad (de lo contrario, les sobrepasaríamos) y, además, la trayectoria de los huesonios-con-connotaciones-negativas que escupe el borrego-de-la-sobredosis-de-codeína, se combará, por la gravedad. O sea, que la cosa se parece a acertar al bichillo electrificado, a escupitajo limpio. (Ojo, porque si fallamos, los huesonios caerán a tierra, y siempre cabe la posibilidad de que se estampen contra un camello inocente que se alzaba allí mismo, cosa que, afirma el manual, es malísima para el Karma de uno. Sí, qué risa, qué ingenio y todo lo que queráis, pero va en serio. ¡Que estamos hablando de Minter! Cuando acabe la fase, os descontarán una penalización kármika de 106 puntos por cada camello chamuscado de un huesazo. Además, ciento seis puntos. No cien, ni doscientos, ni ciento cincuenta. Se conoce que los porretas zoofílicos les profesan una enconada aversión a los números redondos... No sé a vosotros, pero a mí, que me penalicen con 106 puntos por haberle arreado con un huesonio mortal a un camello amarillo de cartón piedra, me perturba el karma cosa mala. Qué angustia vital, la mía).

Localizar a los marcianitos a ojo no es especialmente sencillo. Podéis recurrir a los indicadores de la pantalla: en cada esquina hay una flechita que, se ilumina para señalar la posición del marcianito-carguero más cercano. También contáis con una especie de "sensor de proximidad" (arriba y abajo, con el texto "Proxim"), que delata a los malosos que nos acechen, hasta a un máximo de dos pantallas de distancia. Pocholerías multicolores que sólo a Minter se le podían ocurrir. Entre otras cosas, porque el juego puede llegar a ser tan frenético, que cualquier aderezo que obligue al jugador a apartar la mirada del fragor de los pixelitos chillones y demás chispazos pletóricos, tiende a ser obviado. Al final, acabaréis recurriendo al "salto dimensional". Sí: nuestro batallón de borregos aerotransportados pueden realizar saltos dimensionales. O sea, te cagas.

Pulsando la barra de espacio, la ovejita se transportará, instantáneamente, hasta las inmediaciones del maloso más cercano. Cosa, esta, verdaderamente útil: los anillos son bastante grandes y, si os dedicáis a recorrerlos como pasmarotes, los marcianitos no perderán la oportunidad de atiborrar de carga al Planet Buster, hasta que acabe reventando y nos termine mandando a librar una batalla en lo que las instrucciones llaman "El Espacio Libre". Denominación muy sonora, a medio camino entre lo lírico, lo utópico, lo reivindicativo y lo burocrático y que, en realidad, hace referencia a lo que podéis ver en la tercera captura: pantallas y pantallas interestelares en las que el borrego combativo ha de vérselas con escuadrones de camellos flotantes, cabezas de cabra volantes, y demás aberraciones histéricas minterianas, muy lanudas todas, muy velludas ellas, muy hirsutas sin excepción y muy rebozadas en roña, cochambre, liendres y toda suerte de parásitos de cuadra mugrienta.

La batalla en el Espacio Libre es dificilísima. Y no sólo porque se nos echarán encima hordas de marcianitos rumiantemorfos, volando a toda velocidad, en oleadas bastante compactas, sino porque, claro, en el espacio sideral no suele ser muy frecuente toparse con una verde pradera de frescos pastos, o sea, que el borrego no tendrá oportunidad de recuperar los escudos y de mitigar la gazuza. Si salís de ella de una sola pieza, podréis acceder al siguiente nivel. Y si no, vida menos y ¡hala! ¡a repetir el anterior!

Lo mejor

* Original y adictivo.
* Los efectos de sonido son casi espectaculares.
* Borregos cósmicos y camellos termonucleares... una auténtica minterada.

Lo peor

* Los gráficos son una miaja ramplones.
* En algunos momentos es demasiado frenético.