FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Tai Pan

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
¡Menudo potencial tiene este juego, señores! Y digo yo, ¿por qué no se le ocurre a nadie hoy en día un argumento semejante? En la actualidad, para que el trasfondo de un juego se merezca el calificativo de "original", tiene que entrar, sin tapujos ni rubores, en el terreno de la psicopatía aguda. ¡Unas idas de olla que se le ocurren al personal! Hombre, es que la originalidad, pura y dura, no es garantía de una historia interesante, tampoco... ¿o a alguien le atraería una novela protagonizada por un perro salchicha mutante que escupe fuego, tiene 75 patas, una bandera del Atlético de Madrid por rabo y se llama Chindasvinto López? ¿Original? Sí. ¿Gilipollez? También. No sé si me explico.
Hay tantas cosas al alcance de la mano... tantos capítulos de la
Historia que podrían ser verdaderamente apasionantes con un par de retoques
para adaptarlos al mundillo de los videojuegos...
Imaginad, por ejemplo, la China del siglo XIX, cuando a ningún lumbreras
colectivista desmadrado se le había ocurrido escribir ningún librito de
ningún color y el comercio de seda y especias florecía en sus ciudades y sus
mares.
Imaginad que interpretáis el papel de un joven inglés que llega, como suele
decirse, con una mano delante y otra detrás, a Cantón (Guangzhou, en versión
original y sin subtítulos), con una ambición que ríase usted de la de maese
Billipuertas, y con el sueño de convertirse en eso que los lugareños llaman
"Tai-Pan", o sea "Líder Supremo" de alguna empresa
mercantil. El mandamás. El capo. El jefazo. El capitalista más gordo
del pueblo. ¿Me seguís?
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Pues supongo que convendréis conmigo en que una historia como esa da para mucho juego. Rutas comerciales, batallas épicas en alta mar, y... en fin... imaginaos el exotismo de la China de 1841. Todo un ambientazo casi imposible de meter en un ordenador moderno. Conque figuraos en una maquinita de 8 bits. |
Pero lo cierto es que Ocean no lo hizo del todo mal...
Algunos han dicho que este Tai-Pan es algo así como "el Pirates! de los pobres". Hombre... es verdad que no tiene la profundidad y las posibilidades del clasicazo de Microprose, pero a mí siempre me ha parecido un jueguecito de lo más interesante.
Ya os digo: nuestro héroe llega a Cantón con lo puesto. Ni unos gayumbos de repuesto en la maleta (craso error, como cualquier cucharada sopera de salsa agridulce pasadita puede demostrar a traición, cuando uno menos lo espera, y con abundante aparato eléctrico). Sí, vamos, una figura de lo más ceñida al ideal romántico del aventurero: osado, caótico, guiado por unas corazonadas e intuiciones que suelen resultar en estropicios de lo más espectaculares, pero que acaban teniendo éxito tras una serie de carambolas increíbles, valiente, ambicioso... un gilipollas con suerte, en una palabra. Bueno, en cuatro.
Nuestro genio no tiene mejor ocurrencia que entrar a mendigar unas miguitas
de ternera con setas y bambú en un restaurante de Guangzhou, cuando, de pronto,
le arrastran hasta la trastienda, donde ¡sorpresa! ... en lugar de usarle como
relleno de rollito de primavera, le presentan a un usurero chino (no lo
describen en el juego, pero casi es inevitable imaginárselo con un ojo de
cristal, una larga barbita canosa y uñas kilométricas) que le presta ni más
ni menos que 300.000 dólares (no estoy yo muy seguro de que en aquel entonces
fuera el dólar la moneda universal por excelencia) para que se haga todo un
hombre.
Las condiciones del préstamo son de lo más interesantes. Nuestro aguerrido
cabeza de mirlo tiene hasta el 31 de Julio para devolverlo íntegro (nadie dice
nada de los intereses, pero tiene toda la pinta de que serán dignos de Capone).
Retrasarse un solo día equivaldría a tener que abandonar el país, con mucha
pena, con mucho dolol... y en varias porciones calentitas y chisporroteantes con
guarnición de piña frita.
Así que, ni corto ni perezoso, el protagonista de aquesta épica elegía se
apresta a convertirse en el mayor magnate y/o mangante de los mares de
China.
Lo primero es comprarse un barco. Eso de nadar hasta Japón arrastrando cuatro
toneladas de té con los dientes no es una cosa especialmente saludable ni
inteligente. Ni siquiera para un cebollino inasequible al miedo y al sentido
común como nuestro protagonista.
En el banco podremos hacernos con uno de los tres tipos de navío que incluye el
juego: un Lorcha, pequeño, pero rápido (ideal para ejercer de contrabandista),
un Clipper, de tamaño medio (el barco típico de los mercaderes de la región)
o toda una señora Fragata (que queda fuera de nuestras posibilidades, al
principio; además, son lentas, están pesadamente y profusamente armadas y sólo las usa el
ejército... bueno, y algún que otro piratón sindicado de los que
veréis a patadas).
¿Qué es lo siguiente? Pues una tripulación, claro. Si un apartamento
chusquerillo de un puñado de metros cuadrados, da un trabajo que te cagas,
imagínate un velero. Y más, en los mares de China del siglo XIX, donde ni se
conocía el Fairy, ni el Don Limpio y te quemaban por hereje si les hablabas de
que en la lejana España le habían pegado un palo a un trapo y a tamaña obra
de ingeniería habían tenido a bien bautizarla como "fregona".
Podemos contratarlos legalmente en alguna taberna, o reclutarlos por las malas,
a garrotazo limpio (previamente, hay que encontrar la cachiporra en alguna
calle, tirada como si fuera una colilla). Intentadlo, si queréis, con los
borrachuzos que se tambalean sobre el empedrado de cualquiera de las ciudades,
pero semejante maniobra de ajuste del presupuesto tiene dos desventajas bastante
evidentes:
1. Si el desdichado se desploma y lo enrolas por las bravas, no te tendrá en
muy alta estima. Comprensible.
2. Si estaba menos trompa de lo que pensabas y se te pone flamenco, acabará
echándosete encima un policía. Y seguro que en aquellas tierras y en aquellos
años, eso de los Derechos Civiles, la llamadita al abogado y demás hierbas
hacían troncharse de risa al más crédulo de los agentes. Vamos, que irás a
la cárcel directo y sin escalas. Y pasar una temporadita a la sombra no es lo
que más le conviene a tus planes de prosperar antes de 6 meses mal contados.
| No sé lo espirituales que serían en aquella época y por aquellos pagos, pero estoy bastante seguro de que una piara de rufianes marineros no se alimentaban del aire salado y fresco de los océanos y de las canciones de la banda sonora de La Sirenita (por mucha gracia que tenga el cangrejo Sebastián cuando las interpreta). Así que, otro elemento indispensable para nuestros viajes será la comida. | ![]() |
Comprad la justa. Ni os paséis, porque se os pudrirá y habrá que tirarla (no, los veleros de la época no iban equipados con cámaras frigoríficas; jaté, qué primitivos, oigh), ni os quedéis cortos, porque a la tripulación se la puede vilipendiar, humillar, hacer fregar la cubierta a lamentones y obligarlos a enfrentarse a piratas desquiciados y sanguinarios... pero no se les puede privar de su platito diario de judías con chorizo... o el equivalente chino, porque se ponen de muy mal café, y acaban amotinándose.
Siempre viene bien tener a mano un mapa, con el que podamos determinar nuestra posición en los mares de China, seguir las rutas comerciales (suelen ser más seguras que vagabundear por esas aguas dejadas del tridente de Neptuno), un catalejo con el que identificar a los barcos que naveguen por nuestras inmediaciones (si nos da por pasarnos a la piratería y emprenderla a cañonazos con cualquier hijo de vecino que tenga la desdicha de cruzársenos, siempre resulta sensato saber con quién nos las vemos... eso de asaltar una Fragata armada hasta el puesto de vigía, utilizando para ello a una pandilla de marineros borrachos, famélicos y con los sesos requemados por el Sol, no es un movimiento especialmente pragmático)... tampoco debería faltar la munición (tanto de mosquetes, por aquello de los combates cuerpo a cuerpo, como de los cañones) y, por supuesto, algo para comerciar con otros puertos. Sedas, especias... ese tipo de cosas, ya sabéis. Podéis haceros con ellas legalmente, o trapicheando con alguno de los contrabandistas que os las ofrecerán.
He aquí uno de los problemas del juego: ya sé que en la China del siglo XIX no se dominaba todavía eso de la comunicación global vía satélite y que los Tai-Pan no iban por Hong Kong paseándose con su Palm en la mano, o su portátil debajo del brazo, así que lo de saber cómo va el mercado no era algo especialmente inmediato... pero, ¡señores! de ahí a que nadie nos diga nada... No sé si es que la gente de Ocean pretendió darnos la sensación de que, de verdad, nos las tenemos que valer por nuestra cuenta y riesgo, pero si era esa su intención... la lograron, y se pasaron, las dos cosas. Porque vender una caja de té en una ciudad es una auténtica lotería. Nunca sabes qué precio tienen en cada sitio, e igual te dan bastante menos de lo que te costó en tu puerto de origen, así que, tras varios días de viaje (a descontar de ese plazo más bien poco tranquilizador que pende sobre el pescuezo de nuestro protagonista), encima resulta que pierdes dinero. No termina de convencerme la maniobra.
Pero ¿quién sabe? Igual, tras mucho tiempo de juego, consigues superar la fecha límite, devuelves el préstamo y, para entonces, ya tienes suficientes riquezas y patrimonio como para mantener toda una flota que navegue por los mares del Lejano Oriente. ¿A que no suena mal?
↑ Lo mejor
* El potencial de la historia.
* Es lo suficientemente profundo como para mantener el interés durante bastante tiempo.
↓ Lo peor
* Que nadie te diga cómo están los precios en cada puerto. Así, comerciar es una lotería.



