FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Tapper

Material
COMENTARIO ORIGINAL
La review
Si hay algo que fastidia al usuario de ordenadores de a pie, es lo exageradamente rápido que avanza esta industria. Te compras el último archimegasupermaquinón que te cagas (dejándote unas buenas pelas, por supuesto), equipado con deuvedeses, cederromes, tarjetones de todo tipo y toda condición, turmix y cafetera, y a los dos meses te enteras de que ya no se fabrica. Literalmente. Vamos, a mí me ha ocurrido. Y, claro, encontrar procesadores como el tuyo, si al que tienes le da por calentarse hasta alcanzar el punto de fusión termonuclear, o ampliarle la memoria cuando el chisme sufra frecuentes episodios de amnesia, es de lo más complicado, porque ya no venden recambios. Una jodienda.
Sin embargo, ¿os dais cuenta de lo que aguantaron las máquinas de 8 bits? Ni las consolas más populares de la actualidad (la misma PSX ha estado bastante tiempo resistiéndose a ser desplazada por su sucesora, pero desde luego, su reinado no ha ido más allá de los 4 ó 5 años) les pueden hacer sombra. Es cierto que el hardware progresa y aumenta en complejidad con más rapidez ahora que hace 2 décadas, pero de todos modos, a los 3 años del lanzamiento del C64, Commodore ya había presentado en sociedad al apabullante y espectacular Amiga. Y aún así, a aquel monstruo de 16 bits le costó todo un lustro arrebatarle el puesto a su hermanito pequeño. Y tampoco pudo disfrutar mucho de su gloria, porque en 1994, la empresa norteamericana se pegó el gran morrazo y desapareció, para dejar la vía libre a los PCs.
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¿Por qué los Commos, Speccies, Cepeceses y emese... emm... eme ese equises (valiente pollez) duraron tanto tiempo? ¿Os dais cuenta de hasta qué punto sus programadores los exprimieron? (costó más que el C64 alcanzara sus límites, entre otras razones, porque, de esas cuatro, era la máquina más complicada de programar -dicen-). Nada de lo que ocurre hoy en día. |
Es curioso que, ahora, se disponen de recursos tan holgados, que el software
tiende a despilfarrarlos alegremente. A mí me inculcaron machaconamente, cuando
comencé a estudiar la carrera, todo aquello de la optimización. Optimizar en
tiempo (más rápido), optimizar en espacio (que ocupe menos)... imagino que en
aquel entonces (1991) con los 8 bits aún dando caña en medio mundo, y con PCs
que no iban más allá de los 25 MHz y el mega mal contado de RAM, cada byte era
una fortuna, así que tenía sentido.
Pero de un tiempo a esta parte, ya nadie insiste en eso. ¿Para qué tanta
optimización, puñetas? Si la frecuencia de reloj se cuenta por los miles de
megahertzios y la RAM pronto empezará a medirse en Gigas... como dicen en la
(espectacular) demo de C64, The Embryo: "En 1969, se llegó a la Luna con
la potencia de dos Commodores. Hoy hace falta un Pentium III para mover el
Windows. ¿Qué ha fallado?".
Pues quizás ahí esté precisamente el encanto de los 8 bits. Arrastraron a millones
de jugones de punta a punta del planeta, durante casi 15 años. A las máquinas
más representativas se las exprimió hasta el último bit. Y vimos cosas que iban
desde el Stix hasta el Myth,
por ejemplo.
Durante los primeros años de la década de los 80, cuando el Commodore aún podía competir
con las recreativas (es llamativo, porque su empresa creadora lo diseñó para
ello, pero quiso presentarlo como un ordenador serio, de gestión -¿¡con
aquella chapuza de sistema operativo, y con aquella megalítica unidad de disco
renqueante!?-), se vieron algunas de las mejores conversiones de su historia.
Como este Tapper, por ejemplo.
El caso es que nunca vi la maquinita original en ningún lado, pero sí que pude echarle una ojeada al juego en casa de... ¿de quiénes? Pues claro: de mis siempre presentes vecinos spectrumneros (¡coñe! si es que era normal; corría el año 1983, y lo de los ordenadores domésticos era todo un acontecimiento; así estábamos medio día en casa de los unos, y medio en casa de los otros).
Tapper era uno de los juegos más originales que había visto. No, y lo sigue siendo: ¿cuántos conocéis que estén protagonizados por un hacendoso camarero que tiene que servir varias toneladas métricas de birra a hordas sedientas, de energúmenos con bastante poco decoro?
| El juego tiene ese desarrollo rápido y simplón que
caracterizaba a las máquinas de bolsillo y pantalla de cristal líquido (hand
helds, las llamaban ¿os acordáis?), muy populares en aquel entonces. Y
la verdad es que es divertidísimo. Ya os digo: hay que saciar la sed de una clientela de lo más bullanguera,
que irrumpe en nuestro local armando gresca y avanzando lentamente hacia
nuestro desamparado camarero. |
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Hay cuatro fases, cada una en una época distinta: la primera tiene lugar en
el Oeste, donde piaras de vaqueros ruidosos claman por tener un poco de sangre
en el alcohol que corre por sus venas.
La segunda se desarrolla en unos puestos -con sombrilla incluida- en los
aledaños de un estadio. La tercera (que podéis ver arriba) es un bareto (no
merece otro nombre) más o menos actual, repleto de la flor y nata de la
macarrería urbana.
Y, por último, en la cuarta etapa, tendremos que servir a la garrulería
cósmica, en forma de alienígenas blanduchos y de colorines, que invaden un
garito intergaláctico.
La cosa es bastante sencilla: no debemos permitir que ninguno de los
vociferantes y desarrapados parroquianos llegue al final de una de las cuatro
barras que hay en cada pantalla, o nos empujará, deslizándonos, por ella,
hasta que nos demos un cocotazo contra la pared del fondo.
Para completar cada fase, hemos de echar a todo el mundo del local. Y eso sólo
se consigue dándoles cerveza en cantidades industriales. Cuanto más
rápidamente le sirvamos y menos le hagamos esperar, más posibilidades habrá
de que el energúmeno en cuestión se vaya con viento fresco.
Algunos tienen la decencia de soltar una propinilla sobre la barra. Nos vendrá estupendamente, porque, si la recogemos (daos prisa, o se la embolsará alguno de los cafres que frecuentan el antro de turno), aparecerán dos bailarinas en la parte trasera del bar, que distraerán a casi todos los borrachuzos, lo que nos dará un respiro.
A veces, la situación se vuelve verdaderamente frenética: hay que servir a todos los iracundos tragaldabas que se nos echan encima, recoger los vasos vacíos que nos mandan deslizándose por la barra (si alguno se cae al suelo y se rompe, vida menos)... un auténtico caos.
Y como guinda, las fases de bonificación, en la que se ven una serie de latas
de cerveza sobre un mostrador, y un tipejo con sonrisa capullesca y disfrazado
como El Zorro, con antifaz y todo, las agita, todas menos una. Después, las
latas comienzan a moverse y a intercambiar sus posiciones rápidamente. Hemos
de mantener los ojos pegados a la que el personajillo no sacudió, y abrirla,
para ganar puntos. Si nos equivocamos, recibiremos una ducha de birra sobre
la cara.
Hmmmm... biiirrraaaa...
↑ Lo mejor
* Frenético y adictivo.



