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Auf Wiedersehen Monty
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¿Alguien sabe por qué el topo Monty se pasaba la vida huyendo? Y ya que estamos, ¿podrían tambien contarme cómo es que en los 80, a nadie se le caían los anillos por poner a un animalito peludo como protagonista de su último videojuego? Lo digo porque, a estas alturas de la película, me resulta inimaginable ver una monería de erizo poligonal, o un encantador gatito hipertexturadoquetecagas haciendo las delicias de los más pequeños de la casa, a través de pantallas coloristas y moral y éticamente inocuas. Entre otras razones, porque semejante experimento de cursilería virtual, no cuajaría ni entres esos más-pequeños-de-la-casa. Ahora, como no le pongas al nene a los mandos de toda una Lara Croft, de esas que te ofrecen la posibilidad de pillarlas en un escorzo de la cámara del juego, con sus dos... erm... polígonas como queriendo salirse de la pantalla (para gozo y disfrute del mencionado pequeño-de-la-casa, que seguramente tendría más de una lección que darnos a los puretas y carcas treintañeros que venimos de aquella época en la que lo corriente era ser ingenuo cuando se tenían 9 años; qué tiempos lejanos...), pues como que no se entretiene la criatura.
No, en serio, ¿os habéis dado cuenta de que los videojuegos han evolucionado a un ritmo más o menos comparable al de los que fuimos sus primeros usuarios en España? Quiero decir que cuando era poco más o menos normal que una empresa de software te hiciera controlar a un simpático topo antropomorfo huyendo de la justicia a través de pantallas de colorines, los videojuegos se tenían por poco más que juguetes sofisticados. Y ahora, que nos hemos convertido en nostálgicos alopécicos (a quien más, a quien menos, a todos se nos empiezan a ver las ideas; reconocedlo), la industria de los videojuegos produce auténticas obras de arte (al menos en el aspecto tecnológico) que movilizan a verdaderos batallones de analistas, programadores, jefes de proyecto, directores de marketing, guionistas, músicos, ingenieros de sonido, dibujantes, chicos de los recados que no dan a basto batallando contra los desaforados desórdenes alimenticios de los desarrolladores... por no mencionar las auténticas millonadas que se invierten y que, claro, luego la compañía de turno espera ver amortizadas. Lógico.
Bueno, pues hubo una saga de juegos en aquella lejana era en la que los 8 bits reinaban sobre el Mundo, protagonizada por un topo llamado Monty.
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Hay incluso quien recuerda de primera mano el célebre Monty Mole. Yo lo he visto, gracias a los emuladores, y la verdad es que no acabé de encontrarle el chiste. Todo lo contrario que al Monty on the Run, un plataformero sorprendente en más de un apartado; especialmente en el de la música (yo diría que su tema principal fue el empujón que ayudo a Rob Hubbard a alcanzar la fama de la música SID, definitivamente). |
Donde ya no terminan de aclararse los eminentes topólogos (que como todo el mundo sabe, no conforman un endogámico grupito de matemáticos huraños e introvertidos, especializados en teorizar sobre espacios enedimensionales, sino que se trata de una afable comunidad de estudiosos de esa simpática raza de mugrientas alimañas que viven bajo tierra y se comen las raíces de los sembraos), es si este Auf Wiedersehen Monty se puede considerar como el último episodio de la serie. Algunos meten en ese saco al curioso Impossamole, aunque, todo hay que decirlo, se parece bien poco a las entregas anteriores.
El caso es que, después de andar correteando desesperadamente, escapando siempre
de la justicia, Monty tiene por fin la posibilidad de ser libre... ¡comprándose
toda una isla griega, y retirándose a vivir en ella!
Eso de hacerse con una ínsula en medio del Mediterráneo tiene que ser de todo
menos barato. Así que nuestro aguerrido topo (hay que joderse) no tiene más
remedio que seguir delinquiendo (total, las cosas no se van a poner mucho peor)
para conseguir el dinero suficiente. Bueno, lo cierto es que no todas sus maniobras
a lo largo y ancho de Europa, tienen por qué seguir el mal camino (aunque una
de las sugerencias del manual tiene miga: ¡vender la Mona Lisa en el Rastro!).
No os lo he dicho, pero Auf Wiedersehen Monty se desarrolla en el Viejo Continente.
De hecho, si uno se tomara la absurda molestia de fotografiar todas las pantallas,
y confeccionar un mapa a modo de puzzle con ellas (hay que estar de lo más aburrido
para recurrir a semejante pasatiempo... ahora que lo pienso... igual me da a
mí por hacerlo un día :-D), verá cómo el resultado se parece bastante a Europa.
A Europa Occidental, esto es. Y a falta de Portugal, vamos.
Y por si os lo estáis preguntando: sí, sale España. Aunque a veces me da la impresión de que se debe a que era la única forma de que pudieran meter Gibraltar, como pantalla inicial, con su himno británico y todo (mumble, mumble). Claro, eso de pasar del Peñón a los Pirineos, así de golpe, como que no quedaba bien. ;-)
| El juego es muy similar, en muchos sentidos, al Monty on the Run. Y no sólo en el apartado técnico, con unos gráficos bastante parecidos a los de la entrega anterior, en pantallas pobladas por multitud de criaturitas extrañas, a cual más original (¡que me aspen si una especie de careta haciendo muecas que puede verse en una de las pantallas de España, no es Alfonso Guerra!), que se desplazan siguiendo trayectoras cíclicas. | ![]() |
No: también se parece (un huevo, además) en la dificultad. Estratosférica, señoras y señores. Tremebunda. Está claro que, en aquel entonces, en vista de que los recursos no daban para mucho más que para albergar 30 ó 40 pantallas en una sola carga, la única manera de que un juego le saliera rentable al comprandor de títulos originales (rara avis en España; en otros lados, bastante menos), era poniendo la dificultad tan por las nubes, que incluso a pesar de las cuatro chuminadas que tenía uno que hacer para completarlo, le costara una buena temporada. A veces se pasaban catorce o quince pueblos, eso sí, y seguro que todos tenéis aún algún que otro jueguecito que se os lleva resistiendo desde hace casi 20 años.
Un detalle original, sin embargo, es el del uso de los aeropuertos. Para pasar
de un país a otro, siempre podemos tratar de progresar de plataforma en plataforma,
sorteando toda suerte de engendros monocolores (a veces, de comportamientos
poco comprensibles; hay una especie de policía o similar que pasea inquieto
durante unos segundos, desenfunda entonces una pistola, y se pega un tiro; qué
cosas). Claro que con frecuencia, si no eres un verdadero as del joystick, acabas
alcanzando tu destino con bastantes vidas menos. Y eso, si lo alcanzas.
Así que en esas condiciones, es de lo más razonable echar mano de los billetes
de avión (que encontraremos desperdigados a lo largo del mapa). Para usarlos,
sólo tenemos que acercarnos a uno de los mostradores azules que veremos en ciertas
pantallas, y pulsar la tecla con el logotipo de Commodore (o CTRL izquierda,
en CCS64). Accederemos entonces a una simpática etapa de vuelo en la que haremos
que Monty pilote una avioneta entre nubecillas que se deslizan suavemente, en
varios niveles.
Nos encontraremos con otros pilotos por el camino, y ya puestos a añadir cargos
al historial criminal de nuestro roedor cochambroso, podemos derribarlos situándonos
a su espalda, de modo que la hélice de nuestra avioneta roce la cola de la suya.
Al cabo de unos segundos de revoloteo surrealista, alcanzaremos el aeropuerto
de destino.
Los citados mostradores azulitos están conectados dos a dos. Quiero decir que,
cuando utilizamos un billete en uno de ellos, no se nos da a elegir entre varios
países, sino que siempre se nos llevará a la misma pantalla, de la misma nación.
No es mala idea que, si estáis dispuestos a hacer un mapa, anotéis las conexiones.
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Muy parecidos a los del Monty on the Run. Tanto los escenarios como los personajes están bastante bien definidos. Éstos parecen estar construidos a base de bloques; olvidaos de ver estructuras muy complejas: hasta la Torre Eiffel parece sacada de cualquier mecano infantil. De todos modos, cumplen de sobra. |
Los personajes, muy variados, siempre en alta resolución, y en algunos casos
bastante simpáticos, son, sin embargo, monocolores, y suelen contar con un par
de frames de animación mal contados. La fase de vuelo, a pesar de su simplicidad,
resulta agradable de ver.
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El tema principal, de Rob Hubbard, es simplemente fantástico. Claro, que no llega a la altura del de Monty on the Run (una de sus obras maestras, en mi opinión), pero aún así, es toda una experiencia ver, en la pantalla de presentación, a dos sprites de Monty bailando al son de un ritmo de lo más funky. A mis amigos spectrumneros les encantaba esa escena. |
Durante el juego, podemos apagar la música, sustituyéndola por efectos de sonido
(bastante buenos) y una serie de tonadillas (estas, compuestas por Ben Daglish)
que hacen las veces de mini-himnos nacionales, y que suenan cada vez que entramos
en un nuevo país.
Ah, y por si tenéis curiosidad, a mister Daglish no se le ocurrió otra cosa
que hacer que, cuando Monty entrara en el cuadriculadísimo equivalente en el
juego a nuestro país, el SID entonara alegremente aquello de "¡Que viva
España!". En fin. Otra oda más a la tortilla de patatas, la paella, el
garito playero, la pandereta y la mula reseca sobrevolada por un escuadrón de
moscas cojoneras, y amarrada en una esquina del pueblo. Cría tópicos y échate
a dormir.
A todo esto, la famosa cantinela no la compuso Manolo Escobar, sino uno de esos
rubicundos alemanes rosados que tan bien se lo pasan trasegando sangría en nuestras
playas.
(Ojo, por cierto, al guardia civil feo y con barba de tres días, que despunta
a la izquierda de una de las alas del avión de Monty, en la carátula).
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Aunque algunos de los aficionados a los plataformeros en general, y al Monty on the Run en particular, no acogieron muy calurosamente a este Auf Wiedersehen Monty, la verdad es que, si os gustó aquel clásico de Gremlin Graphics, tenéis todas las papeletas para disfrutar de este otro. |
¡Son casi iguales! En desarrollo, idea, gráficos, y por supuesto, en dificultad diabólica.
| * Adictivo. * El tema principal, de Hubbard, es estupendo. |
* Tremendamente difícil. |