Baal
Género: Arcade Música: No tiene
Desarrollado por: Psygnosis Año: 19??
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Siempre me han gustado mucho los personajes originales en los videojuegos. Y no estoy hablando de coger a un cualquiera, plantarle una peluca estropajosa, dos orejones de latex y cuatro kilos de maquillaje celeste, para transformarlo en vaya usted a saber qué exótico representante de qué extrafalaria raza alienígena o similar. Me refiero a criaturas, monstruitos, y en general, porquerías reptantes con formas y comportamientos imaginativos.

A lo que iba: respecto a los personajes humanos o humanoides... bueno, me hacían más gracia en los juegos de los 80, con aquel toque caricaturesco que tenían (no les quedaba otra a sus diseñadores, con los recursos con los que contaban) con bastante frecuencia. Hoy en día, son demasiado reales.
 
Cuando hablo de monstruitos extraños, tampoco me refiero a cualquier aberración deforme y ridícula, con siete patas de colorines calzadas con zapatos rosas, una cresta de pollo tomatero, y una antena parabólica, enhiesta en lo alto de su lomo. A cualquier chimpancé ocioso se le podría ocurrir un engendro semejante. 

Si queréis saber qué clase de criaturitas imaginarias me llaman la atención, fijaos en Stripey, la curiosa mascota de Dan Dare en la estupenda videoaventura que en España se publicó a cargo de Dro Soft.  

Un marrón, y medio marrón y dos marrones y medio marrón... Se trata de un bichejo del tamaño de un caniche, con dos patas cortas, brazos raquíticos y cabeza de elefantito, que se desplaza por el escenario dando pequeños brincos o rodando sobre sí mismo, y se detiene de vez en cuando para alzar su conato de trompa, y emitir un melódico pitido. ¡Ese engendrillo sí que es curioso!

Como las babosidades subterráneas que pueblan los túneles del Eidolon, por poner otro ejemplo. 

O algunas de las agresivas plastas extraterrestres que reptan a través de los pasadizos del Xenomorph, con sus ciclos vitales y todo, por añadir uno más. 

Así que, cuando leí la publicidad de este juego en la que se aseguraba que, a lo largo de su periplo, el valeroso soldadito que lo protagonizaba se las tendría tiesas con un auténtico regimiento de monstruosidades infernales, todas diferentes y a cuál más asombrosa, me gasté los cuartos rápidamente. Luego no fue para tanto, como suele ocurrir (eso me pasa por fiarme del estruendoso autobombo de la publicidad). 

Es verdad que en Baal aparecen de cuando en cuando, algunas alimañas que, al menos... vaya, no están mal dibujadas. Pero de ahí a que se parezcan al elenco de engendros jorobados, feos, malolientes y groseros que me había imaginado sólo por echarle una ojeada a la contraportada de la caja, como que hay un trecho.
 
Nótese que la clave de la (kilométrica -qué raro en mí ¿verdad?-) frase anterior está en "de cuando en cuando". Y es que no nos encontramos ante un matamarciano desaforado, descerebrado, desmelenado y desmadejado (e incluso me atrevería a añadir: descangayado) (y destartalado) (y desvencijado) (y ... y ... *glup* -terroncito de azúcar, por capullo-), sino ante una especie de cruce entre juego de acción más o menos pausado, y plataformero igual de poco movido. Vamos, que al final, los momentos de acción trepidante brillan por su ausencia. Más que eso: deslumbran... porque no hay ni uno.

Nunca he tenido muy claro el objetivo. Probablemente se deba al hecho de que mandé el minipanfletillo que hacía las veces de manual a freír micos antes de leerlo ni una sola vez, y jamás he vuelto a verlo por ningún lado. Sí, es que, en aquel entonces, a pesar de lo ordenadito y pulcro que era yo, tenía la funesta costumbre de sacar el manual del juego de turno de su caja y traspapelarlo lo antes posible. A veces, no me daba tiempo ni a echarle una ojeada. Qué caso.
 
Al grano: si no recuerdo mal (y es lo más probable: que recuerde mal), nuestro marine intergaláctico debe adentrarse en una red de grutas alienígenas infestadas de monstruos caníbales, destruyendo una serie de generadores que alimentan sendos campos de fuerza que le bloquean el acceso a nuevas zonas. Creo que el objetivo final es enfrentarnos al mismísimo Baal, que sospecho que se trata del ilustre caballero que aparece en la carátula del juego. Vaya, una de esas criaturitas que por nada del mundo querría uno encontrarse despachurrada debajo de una lechuga, en un plato de ensaladilla. Puaj.   

La red de cavernas que componen el juego están formadas por una serie de plataformas situadas a distintas alturas. Algunas son accesibles simplemente subiendo o bajando por la escalerilla de turno. Para alcanzar otras, no nos quedará más remedio que volar. Y eso sólo se consigue si encontramos un dispositivo en el que, si situamos al protagonista, descenderá una especie de compuerta sobre él, y le instalará un jet-pac.   ¡Ostras! ¡Qué peazo pollo!

Ojo a este chisme, sin embargo: a pesar de lo ventajoso que es eso de revolotear como un tábano incordiante, el nivel de combustible desciende a marchas forzadas, y no hay forma de recuperarlo. Así que, en cuanto echéis el guante a uno de estos ingenios, más os vale volar a toda prisa hacia otro dispositivo que os lo desinstale, y os permita seguir a pie. Porque, curiosamente, no se puede aterrizar en ningún otro lado. 

¿Más cosas? Sí, claro, los obstáculos: el héroe tiene tres formas de perder una de sus cinco vidas iniciales. 
Primera: si se escoña al caerse desde demasiada altura. Y este es de esos épicos, egregios, magnos y escuadrúpedos marines intergalácticos que, si se despeñan desde un taburete, se matan. Aplausos al heroico guerrero, con la misma resistencia que un huevo pasado por agua.

Segunda: minas. Algún desaprensivo se ha dedicado a sembrar las plataformas por las que pasaremos, de explosivos la mar de sensibles. Un solo roce, y una de nuestras vidas desaparecerá con una nubecilla flamígera. Fijaos en la captura de arriba; en ella se ven dos de estos dañinos ingenios, precisamente. Uno de ellos, a la derecha del protagonista, y el otro, debajo de la grácil avecilla color verde moco que le mira con cara de querer roerle las meninges.

Y tercera: los monstruitos. Tiene gracia que, precisamente el detalle de juego que me indujo a comprármelo en su versión original, aparezca justo al final de este comentario. Pero lo cierto es que aunque, repito, es verdad que existe cierta variedad de engendros, y que en general están bien diseñados, aparecen muy de cuando en cuando, y nunca pasan de ser poco más que obstáculos móviles, que se desplazan a un lado o a otro, o revolotean arriba y abajo sobre el mismo punto, o escupen algún que otro proyectil a intervalos periódicos... poca cosa más, vamos. 

 
 
Tienen buena presencia, tanto los fondos como los personajes. De hecho, en algunos de éstos se usa la alta resolución (como en el caso del protagonista, sin ir más lejos). 

Quizás se les pueda achacar a los escenarios la escasa variedad. 

No hay música, pero los efectos de sonido son técnicamente buenos... aunque quizás resulten una mica surrealistas y en algunos casos (como en el de los pasos del héroe) casi, casi estridentes.
Iba a decir aquello tan socorrido y cómodo de "Baal es un arcade sin demasiadas pretensiones", pero el caso es que no es cierto. Baal es un arcade CON pretensiones, pero me temo que no las alcanza.

Se le ve a la legua, vaya: desde la portada (que hay que reconocer que está muy trabajada), hasta la innegable calidad técnica del invento, pasando por una publicidad más bien exagerada. Y al final, te topas con esto... que sin llegar a ser un mal juego, carece de demasiados detalles para, en mi modesta opinión, alcanzar el notable. Quizás el defecto principal es que es demasiado tranquilo. Personalmente, eso no es algo que me moleste a priori (todo lo contrario), pero si se pretende desarrollar un juego en el que uno pase más tiempo caminando que batallando, más vale hacer que esos paseos sean entretenidos en la medida de lo razonable, y el asunto es que en este Baal, tan poca variedad en los escenarios acaba por cansar.

* La variedad de bichejos, y el diseño de algunos de ellos. * Poca acción para un juego de estas características.