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Continental Circus
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¿Qué tiene de malo ser un treintañero y pasárselo estupendamente
enchufándose de cuando en cuando al ordenador sólo para echarse una partidita
a algún videojuego con la complejidad conceptual del conjunto de maniobras
necesarias para hurgarse la nariz? Pregunto. No, y como me obceque, sigo
preguntando. Mirad, mirad: ¿es que es mucho más criticable el hecho de que un adulto (lo
somos, admitámoslo ya; qué le vamos a hacer), al llegar a su casita, después
de un día de hacerse pasar por un miembro productivo de la sociedad, se
entretenga vaporizando unos cuantos marcianitos descarriados, que el hecho de
que desconecte el
cerebro un rato apalancado en el sofá delante del programa nocturno basuriento
más popular del momento? No quiero polemizar con esto, principalmente porque
tengo la tarde modorra y no me apetece meterme en ninguna camisa de muchísimas
varas, de esas que con tanta frecuencia me enfundo (y lo hago a conciencia,
además), pero, personalmente, encuentro más estimulante / relajante /
distraído / mentalmente reparador, pasar un ratillo delante del Commodore (o el
PC, llegado el caso), triscando por montes lejanos al comando
de mi cuadrilla de guerreros, magos y demás hierbas exóticas tras los pasos
de un dragón con bastante mal carácter o incrustado cómodamente en la cabina
de algun caza interplanetario o aferrado al volante de un bólido de
competición, esto es, en resumen, echándole imaginación al asunto, que
viéndole el culo a Boris Izaguirre.
Que sí, que tiene que haber de todo. Simplemente, no entiendo por qué esto de
los videojuegos parece tan propenso a recibir toda suerte de críticas. Bueno,
pensándolo mejor, sí que lo entiendo. Lo que no le encuentro es una
justificación. Y, creo yo, se debe a lo de "juego". Como es
algo tan fundamental, imperativo, ineludible y, en general, síntoma de buena
salud mental, física, gastrointestinal y, faltaría más, sexual (no
necesariamente en este orden) (más bien, en el opuesto), eso de parecer lo más
adultísimos posible, tratamos de eludir cualquier cosa que recuerde al
pasatiempo de los niños. Los hombretones talluditos como nosotros, no juegan.
Al menos, no con un ordenador. Podemos dar muestras estentóreas (y, si uno las
ve desde fuera, grabadas en vídeo, ridículas) de nuestra virilidad y nuestra
potencia jugando al fútbol con los amiguetes. O al baloncesto. En el
colmo de las habilidades gregarias y socializadoras, en el summum de la
constancia de nuestra adultez, incluso se nos permite jugar a las cartas,
al dominó o, si vamos de jóvenes despiertos por la vida, al Trivial Pursuit.
Pero de videojuegos nada. Eso es cosa de niños.
Es de lo más curioso, en serio. ¿Será porque eso de los ordenadores, aún hoy
en día (qué catetos y carcas somos, madre mía) (bueno, SON), se asocia
con una risible estirpe de criaturitas hurañas, insociables, de jerga
incomprensible, gafas enormes, flequillo lacio, pegado a la frente merced a una
capa de sudor cuajado, y ojillos vidriosos? ¿Será que, el hecho de que te
gusten los ordenadores en general, y los videojuegos en particular, todavía, a
estas alturas de la película, se tiene por un síntoma inequívoco de ñoñez,
de deseo de aislamiento y, en general, de cualquier cosa feísima y digna de
burla cruel, que describe al prototipo de amargado de la vida, demasiado
inteligente, demasiado raro y demasiado feo como para pasarse por la piedra a la
maciza del barrio, como para disfrutar muchísimo vomitando en una esquina
mugrienta una noche cualquiera, como para entender una barbaridad de la
alineación del equipo de fútbol de la ciudad -por supuesto, mucho más que el
entrenador- y, está clarísimo, para saber infinitamente más de política
internacional y de modos, hábitos y conductas recomendables a la hora de
manejar los hilos de las alianzas mundiales, que esa recua de patanes
imperialistas de pistolones siempre enhiestos, que habitan, cualquiera sabe por
qué, en la Casa Blanca?
¿Será que empecé esta ficha sin tener ni puñetera idea de qué decir y he
acabado largándoos una perorata gilipollas? Pues sí. Pa mí que va a ser
eso...
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No, en serio, me fastidia profundamente que a los aficionados a los videojuegos se nos etiquete merced a una serie de patrones injustos y de clichés con menos inteligencia que un mejillón. Pero, vamos a ver ¿qué tiene de malo? Es una afición como cualquier otra. Es un hobby como los demás. No, si me apuran, es una afición mejor que muchas otras y un hobby más estimulante que la mayoría de los demás. |
¿Que crean adicción? Toma, claro, como todo hobby. Si tienes algún
interés, aparte de las tapitas y cervecitas con los amigos y del trabajo,
necesitas mantenerlo con relativa constancia. "Mirusté, a mí me encanta
ir al cine, pero dentro de semana y media se me va a pasar el gusanillo y me voy
a dedicar a plantar esquejes del matojo de la habichuela en la terraza de mi
casa, fiebre esta que no me durará mucho más allá del próximo otoño,
cuando, con todo el entusiasmo del mundo, estudiaré cuanto hay que conocer
acerca de la reparación de circuitos eléctricos propulsados por una patata
enchufada a una bombilla y pegados, todos los elementos de alta tecnología, a
una tabla de madera de balsa". La cosa está en la mesura. Pero, aún así,
quien no puede
pasar un día sin recibir su chute nocturno de culo de Boris, parece un
individuo bastante más integrado y aceptable socialmente que el que, antes de
acostarse, se mete su racioncita de Internet o de partidita a alguna
pavada inocente y estridente de 8 bits. ¿Y qué? Mientras no se abuse, insisto,
tan respetable es lo uno como lo otro. Y mientras, también, no sea lo único
que da sentido a tu vida. En ese caso, cinco de cada cuatro psiquiatras
deberían recomendar al paciente meter la cabeza en el aparato de aire
acondicionado y enchufarlo a la máxima potencia, a ver qué pasa.
Digo esto porque, pensando en el juego que nos ocupa, Continental Circus,
recuerdo aquellos tiempos estupendos en los que conocí la recreativa en la que
se basa, en cierto bar playero, allá a finales de los 80. Tengo yo un amiguete,
hoy felizmente casado, que no dejaba pasar una de aquellas noches-de-las-tres-pes
("paseo", "pipas" y "pacasa"; no, no había mucho
más que hacer allí, en aquel entonces; y, hoy en día, hay por aquellos pagos tantísima gente,
tantísimo dominguero de alto cubicaje y baja densidad neuronal, todos tan
cortadísimos por el mismo patrón de la rutina etílica, todos de gaznates tan
resecos y carteras tan repletas, que han conseguido que, a fuerza de convertir
la zona en terreno abonado para las discotecas garrulas y demás engendros
afines, haya todavía MENOS cosas que hacer... al menos, para mí) sin echarse
sus buenas partiditas al juego en cuestión. ¿Y qué? Entonces, contábamos
nosotros con unos quince añitos. Era normal que nos agarrásemos al volante de
mentirijillas que sustituía a la clásica palanquita de plástico y metal que
uno encontraba en casi todas las recreativas de la época, ¿no?
Claro que sí. Además, el juego lo merecía. Verdaderamente desafiante, y lleno
de ciertos toques, de ciertos detalles que lograban destacarlo del género,
limitadísimo como pocos, de las carreras informatizadas. A este amiguete mío,
precisamente, le encantaban los videojuegos que le propusieran sentarse a los
mandos de algún bólido desaforado. Y, he aquí la gracia del argumento: le
siguen encantando. Y os estoy hablando de una de las personas más sensatas,
equilibradas y dotadas de sentido común, que conozco. Un verdadero ejemplo de
madurez. Y no veáis cómo disfruta el tío con su Duke Nukem y con su Test Drive
parte no-sé-cuántas.
Curiosamente, a nadie le llama la atención que eso de pasar un ratillo entre píxeles de colores, sea, para mi amiguete, un pasatiempo, un entretenimiento inocuo y frívolo, casi como cualquier otro. Imagino que será cosa de la actitud del individuo en cuestión, fuera de ese micromundillo tan absorbente. Si, además de echar tus buenos ratos entre poligonitos texturados y otras aleluyas aceleradas por hardware, resulta que eres una persona tratable y gregaria, imagino que se te aceptará más. Claro, que, de los prejuicios no te libra nadie. Estoy convencido de que, si mi amiguete en cuestión, se presentara a sí mismo respondiendo afirmativamente a la pregunta "¿le gustan a usted los juegos de ordenador?" medio reino de la psicopedagogía criminosa / sociopatológica concluiría, sin el menor temor a estar metiendo la pata (nunca lo muestran), "¡anda! ¡aquí tenemos a un taradito inadaptado e inmaduro!".
Con lo bien que nos lo pasábamos nosotros con nuestro Continental Circus, después de haber dado buena cuenta de nuestro vasito de cartón lleno de leche merengada (en aquellos tiempos ignotos, tan carcas y reaccionarios, los niños de trece años no se arrastraban entre vomiteras, vapor de porrito en rama y comas etílicos; fijaos qué cosa tan atrasada, antisocial y primitiva). Y, ya nos ven hoy en día. Inadaptados, psicotizados hasta la médula, sociópatas peligrosos... está claro.
Pero, vamos a ver ¿qué tienen de malo los videojuegos, en general, y este en particular? Pues, en el caso que nos ocupa, os cuento, os cuento...
Continental Circus, y ahora me refiero a la conversión al C64, tiene, de malo,
que se trata de la adaptación de una recreativa de hardware bastante rollizo,
como correspondía a la época y que, para más desazón de los escépticos al respecto
(entre los que yo, muy a mi pesar, acabé contándome, después de toparme con
horripilancias de la índole del Double
Dragon) había corrido a cargo de un grupo de programadores que, a juzgar
por el resultado, a primera vista, tenían más bien poquísimas ganas de exprimir
a la noble panaera hasta sus (más que sorprendentes) límites. "Bastará
con hacer un juego de carreras más", debieron de pensar, "si acaso,
conservando un par de los detalles conceptuales de la recreativa, mostrándolos
de pasada y brevemente, como para dar el pego, para hacer creer al vulgo que
están ante una conversión del Continental Circus de verdad, y para justificar
que nos están pagando unas buenas perras por sacar adelante a la criaturita
licenciada por la Virgin".
Sucede casi como en la película
aquella tan ridícula, tan nefasta, tan... tan... en fin, tan condenadamente
mala, que me hizo pasar hasta vergüenza ajena durante el tiempo que estuve en
el cine padeciéndola: Dungeons & Dragons. ¿La habéis visto? Si es así,
os compadezco. Y si no, aún estáis a tiempo de evitar la inevitable edición
en DVD, y dedicaros a algo más entretenido, como a contar hacia atrás, desde
el mil millones hasta el cero, tirados boca abajo sobre el suelo del cuarto de
baño y con la boca llena de polvorones rancios...
Bueno, pues
en el aborto de experimento cinematográfico en cuestión, de vez en cuando se
hacía alguna que otra mención, casi accidental, casi brusca, como el que va
por la calle y, de pronto, se da cuenta de que se ha dejado las llaves del coche
en su casa, exclama "¡coñe!" y da la media vuelta, al juego de mesa
en el que, pensábamos todos, ingenuos de nosotros, se basaba. Algo así.
"¡Ah, leches, que estábamos rodando una película de Dragones y
Mazmorras! ¡Es verdad! ¡Se me había olvidado! Bueno, pues nada, que la elfa
NEGRA -lo que hacen algunos por cumplir con el cupo racial cueste lo que cueste-
mencione que conoció el otro día a un Halfling! ¡Un Halfling! ¿Lo pescan
ustedes? Claro. Halfling. Je, je. Halfling. Es que esta es una película de
Dragones y Mazmorras, ¿sabe usted?".
No sé si me explico. Sospecho que no...
| Si le quitas el título al juego, la versión sorprendentemente hojalatesca de la música de la recreativa, y algún que otro toquecito conceptual más (y mira que los conceptos en cuestión son más bien simplísimos), estamos ante otro videojuego de carreras. E, incluso, tirando a mediocre en el aspecto técnico. | ![]() |
Si no fuera por esos conceptos de los que llevo media puñetera ficha
hablándoos y que aún no os he descrito con calma, no creo que me atreviera yo
a otorgar a esta pavadita de slalom entre bólidos que ¿cómo no? circulan
indefectiblemente como a 200 kilómetros por hora menos que nosotros, mucho más
de un 4.
Sin embargo, son esos detalles los que lo elevan por encima del aprobado, con
cierta holgura. Y, lo reconozco, si el invento al final no se mete en el
notable, es por lo más bien poco cuidado del aspecto técnico.
"Vale, todo muy divertido, todo impregnado con tu ingenio habitual ji-ji-ji,
ja-ja-ja, que-me-parto, (ejem), pero ¿nos quieres contar ya de una chamuscada
vez qué conceptos son esos"...
... síii, ya vooy, ya vooy... sólo estaba haciendo tiempo, mientras tecleaba
sandeces para rellenar un poquito más de ficha. ¿Se ha notado mucho? (o sea,
¿mucho más que otras veces?)... Bien, os cuento:
Continental Circus es una especie de versión estropeada y disminuida del Pitstop
de toda la vida. La idea es permitir al jugador parar en boxes cada vez que
le sea necesario. Como en el clásico de Epyx, sí, pero todo con un desarrollo
notablemente más orientado a la acción. No se trata de detenernos a repostar
y a cambiar los neumáticos, que se van resintiendo conforme reciben toda suerte
de zurriagazos contra los bordes de la pista y contra los demás bólidos, gracias
a nuestra incomparable pericia al volante (a uno le recordaría a la gracilidad
de la mosquita cojonera común, tratando por todos los medios de atravesar el
cristal de una ventana, a base de meterse una manta de cocotazos contra él).
No: las paradas en boxes (o "pits", como se denominan en versión original
y sin subtítulos -siempre me he preguntado por qué, en español, utilizamos una
palabra inglesa para designar a algo que, los anglosajones, llaman con otra
palabra inglesa distinta; pasa como con la "Rolling Pizza" aquella
con la masa rellena de queso... resulta que la pedí una vez en Oxford, en la
misma cadena de restaurantes, y no sabían qué coño era: allí la llamaban de
otra forma diferente. Qué catetos somos-) son rapidísimas, y uno ha de recurrir
a ellas cuando lleve el coche envuelto en llamas, cosa que ocurrirá en cuanto
os deis un trastazo contra alguno de vuestros rivales.
Mira, eso está bien. En lugar de desintegrar a los dos bólidos implicados en
la galleta, en medio de fogonazos, truenos, relámpagos y centellas (al estilo
del Pole Position), cualquier
empellón que propinemos a uno de nuestros serenísimos rivales (anda que no se
toman con calma la carrera, los condenados) hará que el fórmula uno circule
por la pista dejando una estela de humo oscuro bastante inquietante, mientras
que, el otro desdichado, se irá a tomar por saco, fuera de la calzada (cosa
que, en el fondo, tiene su gracia: cuando no puedes adelantar a un dominguero
recalcitrante con casco -no porque corra que se las pele, cosa que nunca sucede,
sino más bien porque no hace más que estorbar-, tratad de echarlo fuera de la
carrera de una bofetada certera). El problema es que, si no entramos en boxes
a tiempo, el humo dará paso a una hoguera en toda la regla y, ésta, a un reventón
del motor que nos enviará, repiando como una peonza, a freír espárragos. Podremos
seguir en carrera, sí, pero tras una pérdida de tiempo considerable. Y no se
puede decir que éste sobre. Se nos suman 30 segundos, sí, cada vez que pasamos
por una de las "metas" volantes que dividen cada circuito en zonas
diferentes. Pero, de todos modos, la cosa estará, siempre, muy justa (afortunadamente,
cuando se agota el tiempo, no se nos da en las narices, automáticamente, con
el clásico y lapidario letrero de "Game Over, Capullo", o similar,
sino que el bólido irá decelerando, poco a poco, lentamente. Con mucha frecuencia,
atravesaremos una de esas "metas volantes" cuando aún llevemos un
poquito de inercia y, merced a los 30 segundos extra que obtendremos, podremos
pisar a fondo y continuar en carrera).
Además, no tendréis que pelearos sólo con el límite de tiempo y con la inevitable
e irritante patulea de pilotos que deben de creer que al respetable congregado
ante la tele o en las gradas (imaginarias, claro) le entretiene mucho más ver
una especie de Paseo Por La Finca Del Tío Cipriano Con La Abuela Y Los Niños
Un Domingo Por La Tarde Simulator, que toda una refriega de psicópatas con poquísimo
apego por sus pellejos, surcando el asfalto a velocidades desquiciadas, sembrando
el recorrido de pedacitos de bólido a la menor de cambio. No señor: además de
estos incordios, os las tendréis que ver con el que, para mí, le da más encanto
al juego: la clasificación. No basta con terminar una carrera a tiempo: además,
tenéis que hacerlo dentro de un rango. Comenzaréis la temporada en el puesto
99 y, ya en la primera carrera, se os conminará a cruzar la meta en, al menos,
octogésima posición. Si lo conseguís, la siguiente competición os exigirá una
clasificación aún mejor. Y, así, hasta que, en el octavo gran premio (el de
Japón), se os exija terminar entre los tres primeros. Sería facilísimo si uno
no tuviera que vérselas con el límite de tiempo y con la fragilidad vítrea de
un bloque motor que aprovecha la más leve caricia para incendiarse inmediatamente...
porque, ya os digo, vuestros competidores hacen gala de una pachorra exasperante.
Si, al menos, lo de quedar entre los tres primeros os exigiera partiros las
narices contra tres corredores verdaderamente duros de pelar, al estilo del
Powerdrift, la cosa ganaría bastante
más emoción... o se volvería prácticamente injugable, de puro difícil, que también
podría ocurrir.
Ah, una cosa más: en la recreativa original, lo de entrar en boxes no se limitaba a la urgencia de sofocar el incendio de bolsillo que brotará a las primeras de cambio en nuestro bólido: además, en muchos de los circuitos, teníamos que enfrentarnos a verdaderos diluvios (muy logrados, técnicamente; mi amiguete, el fan de la maquinita en cuestión, siempre decía que "casi siente uno como si se mojara"), que hacían que controlar el bólido en las curvas fuera toda una proeza; lo fundamental, en esos casos, era entrar en el box a cambiar los neumáticos. Hala, pues olvidaros de semejante golpe de brillantez (ya ves tú) en esta adaptación. Sí, de vez en cuando se os rociará con un puñado de estacazos blanquecinos que se hacen pasar por gotas de lluvia, pero, hasta donde he podido ver, no tienen ni la menor influencia sobre el manejo del fórmula uno. En fin.
... ah, por cierto: me gusta asistir a los partidos de mi equipo de fútbol, me encanta irme de parranda alcohólica con mis buenos amigos, me encantan las tertulias de café y me disloca apuntarme a una excursión, a una película o a una cena tranquila en buena compañía. Y, de paso, pocos hobbies me entretienen más que los videojuegos. ¿Es grave, doctor? ¿Sí? Pues me alegro.
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Bastante flojos. Cuadriculados, parcos en colores y más bien feos. Si he decidido otorgarles un seis es por su rapidez y por lo relativamente convincente del movimiento "aparente" del fondo, según la pista se tuerce y se retuerce, a un lado, a otro, y sube y baja. |
Un detalle que, por cierto, me parece bastante digno de aplauso (pero un aplauso flojito y corto ¿eh?) es el de las señales en el circuito. Vaya, que, antes de que lleguemos a una curva (o a los boxes), veremos una serie de carteles de advertencia que se alzan a un lado de la pista. No sólo se nos advertirá de hacia qué lado tuerce el asfalto, sino lo pronunciado de la curva en cuestión. Parece una tontería, pero, cuando en la mayoría de los primeros juegos de carreras de C64 (y, supongo, de los 8 bits, en general), uno se topaba, de sopetón y sin previo aviso, con un recodo traicionero del circuito, y acababa empotrándose contra algún adorno cuadriculado del exterior de la pista por no virar a tiempo, se echaban de menos advertencias como estas.
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Las músicas son muy parecidas a las de la recreativa, aunque padecen un timbre hojalatesco poco justificable para tratarse de un título desarrollado en 1989. Esperable, sí, por desgracia, pero de justificable, nada. Los efectos de sonido cumplen el trámite. |
Al menos, el ruido del motor de nuestro bólido no se hace demasiado cargante, algo que sucedía con mucha frecuencia en los títulos del género (y si no, tratad de padecer durante un ratito el zumbido demente de los bólidos del -por otra parte, excelente- Grand Prix Circuit, y ya me diréis).
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Vaya por Dios, estamos ante una de aquellas conversiones de recreativa, a finales de los 80, tocadas por la desidia más irritante. Al menos, se conservan las ideas que daban al juego original todo su encanto. |
Bueno, casi todo, porque, no lo obviemos, una pequeña parte de su capacidad
para mantener al usuario pegado a la pantalla (atiborrando al chisme, con moneditas
de cinco duros, como un loco) estaba en el apartado técnico. Buenos gráficos
y sonido muy convincente. Claro, claro, no se le podía exigir a un C64 estar,
ni siquiera lejanamente, al nivel del monstruo electrónico que propulsaba al
juego original, pero, de todos modos, nuestra querida panaera daba MUCHO más
de sí. Eso está claro. Técnicamente, esta adaptación es mediocre. Mucho. Por
lo menos, ya digo, se mantiene la emoción de luchar a brazo partido con los
torpísimos de nuestros contrincantes, por escalar puestos en la clasificación.
Y el detalle de las paradas en boxes también está presente, aunque bastante
recortado.
En resumen, el juego es moderadamente entretenido y emocionante. Es de esos
títulos que siempre pueden proporcionarle a uno un ratillo distraído y agradable.
Eso sí: pretensiones, poquitas. En casi ningún apartado.
| * Se mantienen algunas de las buenas ideas de la recreativa original: las paradas en boxes y, sobre todo, la necesidad de clasificarse dentro de un rango, para superar una carrera. | * Técnicamente mediocre. * Como siempre, los rivales conducen como si anduvieran de viaje con la familia, rumbo a Bollullos del Condado, a pasar la tarde. |