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Daley Thompson's Decathlon
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Frases tontas de ayer, de hoy y de siempre. Ejemplo número 1:
<Sujeto Mordaz> Entra en escena. Camina despreocupadamente por la acera.
Tan, tan despreocupadamente, de hecho, que se pisa la bastilla recolgona de
sus pantalones nuevos, y se va, derechito, a escoñarse al suelo.
<Sujeto de la Frase Tonta> Da un respingo al presenciar el morrón.
Se acerca, en el fondo con la mejor de las intenciones, y no tiene ocurrencia
más brillante que la de entonar la Frase Tonta, ejemplo número
1: "¡Huy! ¿se ha caído usted?".
<Sujeto Mordaz> ... con pocas ganas de ser el objeto de la conmiseración
desinteresada de Buen Samaritano vocacional alguno: "No, mire, es que,
con las prisas, he subido la colilla a la moto y me he tirado yo al suelo".
Según el grado de cachondez corrosiva que el Sujeto Mordaz pueda gustar de destilar hacia los desprevenidos Sujetos de la Frase Tonta -pobrecitos míos-, puede rematar su respuesta con una coletilla tal que: "¿no te jode?".
Ejemplo número 2:
<Sujeto Mordaz> Llega a su casa, arrastrando detrás de sí
varias toneladas métricas de bolsas llenas, a rebosar, con la compra
del mes. Ya sabéis, esa que parece pensada para que todo un clan de Indios
Jopi famélicos estén bien pertrechados y mejor alimentados, durante
la estación de las lluvias, o para que una familia de clase media resista
una situación comparable al Sitio de Numancia, encerrados en un refugio
anti-termonuclear. Pese a todo, las viandas, por supuesto, acaban durando semana
y pico.
<Sujeto de la Frase Tonta> Distraídamente: "Ah ¿ya
has llegado?"
<Sujeto Mordaz> Pugnando por emitir frases articuladas entre jadeo y jadeo:
"No. Soy un holograma".
Frases menos tontas, de ayer, de hoy, de pasado mañana, y de la segunda quincena de Octubre, si el tiempo no lo impide. Y si lo impide, hablamos con el cliente, y le rogamos, rodillas en tierra si fuere menester, misericordia, clemencia, compasión y una ampliación de los plazos.
(Esta no cuenta con sujeto mordaz, porque, insisto, la frase es menos tonta -incluso, en ciertas circunstancias, y bien blandida, puede tener hasta su puntito de oportunidad-):
<Sujeto de la Frase Menos Tonta> "¡Claro que lo recuerdo! ¡Me acuerdo como si fuera ayer!".
Analicemos la aseveración.
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"Me acuerdo como si fuera ayer". Dado que no está demostrado
aún que el tal "ayer" tenga una memoria prodigiosa, hemos
de suponer que el Sujeto del estudio, en cuestión, está
refiriéndose a que guarda, de un evento, acontecimiento, idea o
suceso, una memoria tan fresca, tan poderosa, tan nítida, como
si la hubiera adquirido el día anterior. |
Bien. Es evidente que las frases hechas no pueden tomarse al pie de la letra. La historia de las frases tontas, es que no hay otro lado por donde cogerlas. Las que son intelectualmente menos inicuas, dejan un resquicio pequeñito al elegante doble sentido. O sea, que si nos diera por entender literalmente la expresión "me acuerdo como si fuera ayer", estaríamos haciendo el canelo. O incluso el panoli. Jaté, el panoli. Qué barahúnda, qué zipizape, qué algarabía, qué frenesí.
No, por supuesto que no me acuerdo como si fuera ayer. Y no sé si añadir algo como "afortunadamente", que, aunque sea mentira, queda de lo más contundente y sobrio, como si uno, por decirlo, diera la impresión de tener las cosas muy claras. Ejem. Por mucho recurso lírico-poético-literario del que echara mano Proust, sus magdalenas con té no transportaban físicamente a nadie a través de los inviernos y las primaveras, en busca del tiempo perdido, como un Maiqueljotafox cualquiera a bordo de su DeLorean. Los recuerdos más intensos, está claro para cualquiera que no tenga ni puta idea del tema, como yo (o sea, que estaré equivocadísimo, seguro, pero, miren ustedes, en este momento y en este caso concreto, como que no me preocupa demasiado la cosa), son los que se refuerzan mediante algún aderecillo multimedia. Las memorias, con pan, son más. Y con música, imágenes y -especialmente a veces, es curioso- olores, ya ni os cuento. Por eso no puedo decir que recuerde como si fuera ayer la decepción tan morrocotuda que me llevé cuando, después de mucho, muchísimo esfuerzo y rebuscar, di con este Daley Thompson's Decathlon, me parece que en una especie de Bazar O CuartiPeli Da Ronha, en las inmediaciones de Puerta Palmas (Badajoz).
Vaya, junto a una esquina desconchada y meada por la perrería errabunda de la barriada, y que hacía de ángulo de dos callejas angostas.
Aún así, el escaparate se asomaba lo suficiente a una plazoleta en cuyo centro se yergue (aún) una especie de abeto monumental que, en Navidades, el Ayuntamiento decora con lucecitas de colores; ahora que me acuerdo: antes de que sustituyeran el adoquinado original de la zona, por el asfalto actual, uno podía distinguir los raíles desgastados que usaba un servicio de tranvías que, vaya por Dios, me quedé sin ver -debieron de desmontarlo antes de principios de los 70-.
El caso es que, en este ajado terruño mío de mis entretelas y entrepaños, si podemos preciarnos de algo, es de tener una verdadera barbaridad de horas de Sol al año. Y del Sol del bueno. Del que pica. Hasta cuando no debería. De ese, sí. El mismo que, colándose en las bocacalles de la zona, merced al espacio que abre la plaza, entre la maraña de tejados apiñados del barrio, iba a estamparse, inmisericorde él, en todísimo el escaparate del Bazar O ChichiNabo Da Cochambrinha, para recalentar eficazmente la caja del juego, a punto de empezar a desteñir de tanto soportar, sin Nivea ni nada, el aluvión de rayos UVA a granel, y cuya portada podéis ver, primorosamente escaneadita, repeinada, duchada, perfumada y depilado el incipiente bigotillo, en la parte superior izquierda de esta ficha. ¿O no? ¿O me hice con el juego en otra parte? Ni idea. ¿Veis cómo no me acuerdo como si fuera ayer?
... pero, merced a la musiquita que suena mientras el invento carga, casi que consigo recordarlo todo como si fuera el martes pasado, justo después de la siesta. ¿Veis? Refuerzo multimedia a las magdalenas con té de Marcel Proust.
El caso es que, como tanto me las vi y tantísimo me las deseé para conseguir la versión para C64 de este juego, después de haberlo visto (y haberlo disfrutado; y mucho, además) en el Speccy de mis sempiternísimos-ubicuos-e-incluso-aruspicinérrimos vecinos, cuando me topé con lo que me topé, la decepción me dejó huella. Suele ocurrir.
En aquellos tiempos, andaba yo entusiasmadísimo con la maquinita del Track'n Field, así que no es de extrañar que, cuando mis sinecdoquérrimos vecinos espectrumneros, me invitaron aquella tarde a rodearme de cintas atestadas de pitanza para su esotérico teclitas-de-goma, casi tuvieran que despegarme con agua caliente, una espatulita, una palanqueta, un soplete y una abundante ración de collejas papases-impacientes-style. Y, bueno, ya sabéis cómo son las aguijoneantes obsesiones pueriles que, a propósito de algún juguete o similar, los prepúberes padecen a la menor de cambio. Y, por extensión, sus sufridos progenitores. "¡Compradme el Dalei Tooo-oo-oonsoon! ¡Compradme el Dalei Toooo-ooo-oonsooon!" (repítase ad ulceram gastroduodenalem). Y los sufridos progenitores en cuestión, complacientes ellos, acaban mercándole al insistente zagal una copia del Dalei Toooo-ooo-ooonson.
Después del ritual del tembleque exultante, tras la ceremonia de la pompa eufórica, y en medio de la tradición de la espera interminable, casi conteniendo el aliento (no fuera a ser que las miasmas varicelosas que me hubieran podido contagiar en el cole estuvieran latentes, dormitando, y tuvieran la ocurrencia de escapárseme por las narices, vaya usted a saber de qué arcana e insondable forma, y jodieran el proceso de carga), atenuándolo tanto que incluso el leve susurro del Datassette (música celestial, no hay duda; incluso más excelsa y sublime que la charanga-y-murga para carraca, maraca, matraca y orfeón de simios percutores, de la 1541 en plena acción), exactamente cuando la ilusión comenzaba a desvanecérseme (por mucho que mi commodorismo talibanesco, ya fervoroso en aquel entonces, se apresurara a correr un burkah traslúcido difumina-pixels-mastodónticos ante mis ojillos expectantes) según se iba trazando una pantalla de carga que venía a ser algo así como el resultado de meter la de Spectrum, junto con una colección de acuarelas de colorines desquiciados, debajo de una excavadora, precisamente en ese momento, ya os digo... la música hojalatesca (y ¿con un leve toquecito mustio, desalentador, descorazonador... deprimente? ... ¿o era sólo cosa de lo que escuece darse un realidazazo en todos los piños después de andar triscando de cirro onírico en cúmulo-nimbo nirvanesco), posiblemente, emitió una última nota agónica, como un aullidito ahogado bruscamente, como el maullido espantado de un gato entallado de sopetón por una locomotora diesel que le cayera encima. Catapum. Miiaaa... Plotch.
Y error de carga. Gracias por su paciencia. Inténtelo de nuevo. Si tiene huevos.
Pocas criaturas, en el Universo Mundo, tienen más bemoles que un renacuajo preadolescente cabezota, empeñado en algo hasta más allá de lo razonable. Así que lo intenté otra vez. Y otra. Y otra. Y otra. E, indefectiblemente, la cinta, por las dos caras, antes o después, pero siempre cuando el dibujo de esa especie de Exín-Momias con una careta de cartón muy remotamente parecida al rictus de un negro con bigote y con cara de susto estaba, bien a medio trazar, o bien se había desplegado del todo... Catapum. Miaaa... Plotch.
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No había manera de que aquello funcionara. Después de lo muchísimo que me había costado dar con el condenado juego, después de lo mal que pintaban las cosas cuando brochazo cuadriculado por aquí, pincelada angulosa por allá, se iba pergeñando aquella mala parodia de dibujo de presentación de la versión de Spectrum (lo que se rieron, mis ditirambérrimos vecinos espectrumneros, de mí y de mi vilipendiado Commo -¿qué culpa tendría, el pobre, de que al grafista de turno le pillara el día haragán?-), resultaba que la cosa no pitaba ni a tiros. |
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Qué mofas, por cierto, las de mis vecinos, al toparse con la especie de masa de pan afgano con una cara de mucho pavor garrapateada encima, que, se supone, representaba el rostro del señor Thompson contraído en un gesto noble de épico esfuerzo sobrehumano. Esfuerzo sobrehumano, sí. Ja. Sería en la versión para el simpático archiperre de mister Clive Sinclair, porque, en la que mis amantísimos papases, siempre complacientes ellos (insisto), me trajeron (sospecho que del bazar Esquinamugre Del Bodoque; y me barrunto yo que, además, era, precisamente, la cinta desdichada que se tostaba al sol inmisericorde y famélico que le sale al cielo extremeño a partir de marzo), la verdad es que, si el rictus de la marioneta laminada y desfigurada aquella, transmitía alguna sensación, quedaba a medio camino entre la desconfianza y el pavor cerval. Feo y amenazador.
Sé que me llevé un berrinche colosal. Lo que no recuerdo es cómo terminó solucionándose la cosa, ni si el final feliz me alivió tanto que acabé pasando por alto el hecho de que el juego era un producto muy, muy mediocre, que se parecía a la versión espectrumnera tanto como una fuente de espaguetis a un pisapapeles de mármol. Y al Track'n Field, tanto como la palabra "apergaminaríamos", a la gravilla que queda en el fondo de los botes de carbón activo de recambio para filtros de acuarios de agua dulce. O incluso menos.
Bien cierto es que esas aguijoneantes ilusiones obsesivas infantiles que os mencionaba antes, se las bastan y se las sobran para manosear un recuerdo hasta que acaba amoldándose estupendamente a lo que el nene quiere recordar, así que no descarto que, si hubiera visto en acción a las dos versiones del juego, la de C64 y la de Speccy, una al lado de la otra, hubiera concluido que, bueno, después de todo, tampoco había tanta distancia entre ellas. Tanta. Repito. Pero, incluso después de todo este tiempo (ya, como nos descuidemos, casi habrá que decir "estas décadas"), sigo convencido de que, por mucho que la memoria haya rezumado, fluido y borboteado, aquella especie de Track'n Field en blanco y negro y alta resolución, que me tuvo pegado a la tele de los vecinos del piso de abajo, le propinaba un soberano baño a la que tantísima matraca me dio. Y ya ven ustedes con qué resultados.
Bueno, vale, el Daley (para abreviar) de Spectrum, no era tampoco nada del otro mundo, pero recuerdo que suponía un verdadero desafío y que aunque el muñecajo que hacía las veces del atleta británico parecía más bien un tío esmirriado peinado a lo afro, estaba bien animado y muy detallado. Figuraos la carita que debió de quedárseme cuando, primero, después de haber tamizado media capital del Ancho Reino de la Bellota Indómita, segundo, después de habérmelas visto y habérmelas deseado para conseguir que la condenada cinta cargase (si es que no acabé por cambiarla por otra, que también puede ser) y tercero, después de haberme tragado los sapos, culebras y demás agrestes alimañas, que brotaban de aquella pantalla de presentación, tan estridente que asustaba al miedo, la recompensa fue darme de bruces con otro mal remedo de la versión monocroma de mis entretelas, sometida a una sesión de apisonamiento impío y de coloreado histérico.
El atleta escuchimizado y canijo, sí, pero grande y detallado, que triscaba y galopaba en la tele de mis vecinos, se había transmutado aquí en una especie de cubilete barrigón de cabeza plana y patitas cortas, que correteaba, nervioso, como una cochinilla azorada por los malos tratos de una recua de párvulos marranos. La adaptación commodorera habría ganado en colorido, sonido y rapidez, con respecto a la que me había creado tantas expectativas; pero, miren ustedes por dónde, aquí tenemos una demostración de libro (para preescolares cortos de entendederas) de que mejorar esos apartados no significa, automáticamente, mejorar la jugabilidad.
"El Decatlón de Daley Thompson". Como para que el buen señor del mostacho y la poderosa zancada cambiara sus acúmulos de melanina por una lividez fantasmagórica. No se puede decir que Ocean hubiera dado un paso firme hacia su consolidación, con esta joyita que llevo rondando desde que empecé la ficha que padecéis hoy, sin tener muy claro si vapulearla sin clemencia, o si tener una pizquita de misericordia y reconocer que, pese a todo, le tengo mi cariño. En cualquier caso, la compañía británica ya apuntaba maneras... de convertirse en la reina de las licencias y similares. En la segunda mitad de los 80, le daría por erigirse en algo así como la versionadora-informática-oficial-de-películitas-de-acción (exitosas o no). Y, podría decirse que, ya que lo suyo iba a acabar siendo lo de no pensar en títulos especialmente originales (ni falta que les hacía, todo hay que decirlo: licencias o no, muchos de los títulos que lanzaron a finales de los 80 y principios de los 90 eran, sencillamente, para quitarse el sombrero), no podían quedarse sin la otra forma de licencia: tómese el nombre de alguna celebridad (a ser posible, deportista), y úsese para apellidar el título del juego de turno. Y, desde luego, no sé si allende la islita de su astracanérrima Majestad, lo de pegar con cola "Daley Thompson" a "Decathlon", les serviría para vender más.
A mí, que quería algo así como un "Track'n Field para el Commo" (y yo sin saber que existía de verdad), que aqueste decálogo de ortopédicas cabriolas esquematizadas estuviera protagonizado por un negro con bigote que corría mucho, me dejaba tan terne.
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Aunque, cosas de los entusiasmos pueriles de marras, por lo menos, sirvió el asunto para que conociera yo al fornido saltimbanqui, tan ilustre en Albión, y que, incluso, acabara por caerme bien. En cualquier caso, como el juego se me quedó una miaja corto, no mucho después terminé haciéndome con la copia pirat... esto... bucanera... corsaria... bueno, eso... del Decathlon de Activision. Ni punto de comparación, oigan. Me sirvió de premio de consolación, de placebo, de medalla de mortadela... como queráis, pero, al final, llegué a pasármelo tan bien con él que casi me olvidé del Track'n Field del santo escrotar. |
Supongo que, a estas alturas de la ficha (o a estas profundidades pantanosas y rezumantes, más bien...), no se os ocurrirá que os cuente de qué va el juego ¿no? Si no lo he hecho todavía ha sido... ha sido... esto... ha sido porque, de un tiempo a esta parte, me lo paso como un leprechaun de hirsutas barbas y sombrerito divertido, divagando sin freno. Qué coño. Para qué nos vamos a engañar.
Bueno, por eso y porque, a fin de cuentas, para mí tiene más interés la historieta que arrastra el Daley Thompson's este, que los tormentos fieros a que se nos somete en la prueba de 1.500 metros lisos (sí, vale, te hará menear alegremente el joystick sólo durante un par de minutos, pero, a diferencia del Decathlon de Activision, que muy consideradamente dejaba el furibundo agitallo-y-no-enmendallo para el sprint final de semejante calvario de prueba -y, durante el resto del tiempo, bastaba con mantener un ritmo suave y más o menos constante, al estilo de los Games de Epyx-, aquí tienes que reducirte a torrefacto los huesos de la muñeca, desde el principio hasta el final).
En las pruebas de velocidad (100 metros, 400 metros y 110 metros vallas), el rechinar de dientes, el descoyuntamiento de ligamentos de la mano y demás desdichas, es la tónica. Sin embargo, cosa curiosa, en las demás, el cartón-cilíndrico-que-sirve-de-armazón-a-los-rollos-de-papel-higiénico, y que hace de Daley Thompson en este hojalatesco pavorcillo al borde de la estridencia, toma carrerilla él solito (si es que se puede llamar carrerilla a esa especie de bailoteo oye-mueve-la-cadera-negro-súper-disco-fashion que sacude al desventurado sprite en las pruebas de lanzamiento de disco y de peso). Salvo en el salto de longitud y en el lanzamiento de javalina, vaya usted a saber por qué. No, no, en serio, vaya, vaya, y cuando vuelva me lo explica. Porque mí no comprender. O sea, ¿qué razón hay para que el o los papases de la criaturita, decidieran que en casi todas las pruebas que no implicaran trotar como pollino azuzado por una bandada de tábanos, compitiendo contra otro barrilete desmadejado, la participación del usuario quedara limitada a pulsar fuego en el momento adecuado y durante el tiempo correcto -para determinar el ángulo del brinco, del lanzamiento... en fin, ya sabéis cómo va la cosa: aparece un numerito junto a Daley, que crece muy rápidamente, hasta que soltamos el botoncito; se supone que el ángulo debería estar siempre en torno a los 45 grados- ... menos en el salto de longitud y en el lanzamiento de javalina? ¿Desidia? ¿Incompetencia? ¿Encontrarse mucho más interesados en sacarse los mocos y en pegarlos a las esquinas de la mesa del ordenador, contemplándolos, entonces, con ademán reflexivo y curioso, conforme adoptan formas caprichosas y se secan muy pausadamente, a la brisa tibia y húmeda de la primavera londinense? ¿Despiste?
Igual es esta última, no creáis: este tipo de incoherencias difícilmente explicables me recuerdan a las que me salen a mí cuando me da por dejarme llevar por el entusiarmo a la hora de programar algo, de modo que no atiendo a consideración metodológica alguna (¿qué es eso del análisis previo? ¿qué es eso de dejar todos los requisitos y funciones muy claros antes de empezar a picar teclas -que es lo divertido-, de modo que evitemos que, a mitad del proceso, nos encontremos con una variable suelta que no sabemos dónde meter sin poner todo el código hecho un Ecce Homo?). "Te hago una prueba deportiva asumiendo que la gracia es seguir pareciéndome con-muy-poca-luz-y-de-lejos al Track'n Field (no me diréis que los atletas no os recuerdan a una versión achaparrada de los que triscaban y galopaban en la pantalla de la celebérrima recreativa parlanchina), de modo que el usuario tenga que esmocharse los metacarpos delante del joystick... y, de pronto, en las demás, decido que no, que a lo mejor tiene más gracia si le dejamos reposar los ligamentos de los dedos, y hacerle apretar el botón en el momento oportuno". Acaba el marasmo de darle a la teclita, y caemos en la cuenta de que nos ha quedado la cosa un poco coja, un poco descompensada... un poco mal planteada, vaya. Pero, bueno, tampoco nos parece que, después de todo, se vaya a quejar mucho el personal. Después de haberlos obligado a enfrentarse al rictus cadavérico de esa especie de doppelgänger acojonado de Daley Thompson, que no se esfuerza lo más mínimo en ocultar sus diagonales punzantes y sus cuadriculeces afiladas, pa mí que los usuarios, pobrecitos míos, van a creer que lo de no ser consistente en el diseño del juego es una menudencia.
Incoherencias como lo de inventarnos los records mundiales en las pruebas, y colar, porque sí, porque nos da la gana, uno de 11 metros y pico (y muy pico) en salto de longitud (casi tres metros más que el de verdad, vaya), de manera que sólo atando el joystick a los pistones de un buque atunero, pueda uno acercarse, siquiera una mijina, a tan fantástica cifra. O poner, en otras pruebas, marcas irrisorias (muy poquito por encima de la que, en cada ronda, se nos exigirá superar para clasificarnos sin perder una vida -sí, hijos míos, sí: el juego te da una serie de vidas; te quedas sin una de ellas si no logras quedar por encima de un cierto nivel que va subiendo en cada "vuelta", porque resulta que, después de los 1.500 metros lisos... vienen los 100 otra vez; sólo que con tiempos o longitudes de corte más exigentes -y una vida más de regalo-), que uno supere casi sin querer... por ejemplo, acertando, de pura chiripa, con el ángulo fetén de lanzamiento o de salto. No, no es coña marinera: en lanzamiento de javalina, disco o peso, cinco graditos de diferencia (que visto el ritmo al que aumenta la condenada cifra cuando mantenemos el botón pulsado, pueden ser cosa de media décima de segundo), bastan para que un lanzamiento se quede en menos de la mitad de la distancia necesaria para clasificarnos... o mande el record de la Galaxia a tomar por saco.
Otras dos pruebas extrañas de la vida son el salto de altura y el salto con pértiga. Ahí, el ángulo ese no sirve para nada. Pero, de todos modos, aparece. Faltaría más. Indicando no se sabe qué, ni, menos aún, por qué. Pero aparece, el jodío. Vamos, que da lo mismo cuánto tiempo mantengáis el botón apretado: en los dos "eventos", que diría un aficionado a las traducciones literales, uno no tiene más que pulsar fuego en el momento exacto (y, en el salto de altura, ni siquiera tiene que mantenerlo). Ni más ni menos. Así que, que me expliquen por medio de qué arcanos procedimientos es capaz Daley de superar las alturas de corte, si se van por encima de ciertos límites. Me refiero a que, dado que el usuario, pobrecito mío, no puede influir en el ángulo del salto, ni en la velocidad con la que llega a las inmediaciones del listón, ¿cómo se las arreglará para saltar más cada vez?
Chocante, también, la animación de Daley cuando intenta pasar por alto la barra en la prueba de salto de altura... se eleva, derechito, bien erguido, de tan fantástico modo que, en el culmen de su trayectoria, los pies le quedan por encima del listón... y, de pronto, en el siguiente frame, aparece tumbado... con la espalda a la altura de los talones. O incluso un poquito más abajo. De manera que, en no pocas ocasiones, veréis cómo el muñecajo parece a punto de superar la prueba con la gorra, brincando prodigiosamente y, de pronto, manda al cuerno la barrita con la rabadilla.
Y, después de todo, me pregunto yo... ¿por qué le doy tantísima estopa al pobre juego si, en el fondo, me cae bien y todo?
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Vamos a ver... yo los dividiría en dos grupos: los atletas, y todo lo demás. Bien, en el primer caso (aunque, insisto, sean versiones bombero-torero de los corredores saltimbanquis del Track'n Field; al menos están dibujados en alta resolución y la animación en las carreras no es nada mala... no puede decirse lo mismo de otras pruebas, eso sí), y mediocres, hasta rozar algo que queda a medio camino entre lo esquemático, lo naif y lo decididamente espartano, en el segundo. |
Yo diría que la práctica ausencia de perspectiva, lo chilloncete de los colores y, en general, lo parquísimos en detalles que son todos los fondos (no entro a analizar lo de la arena azul del foso del salto de longitud, por compasión cristiana), casi puede perdonarse cuando uno ve lo bien hechos que están los rotulos de la publicidad (además, son nombres de tiendas y empresas -británicas y/o multnacionales- auténticas; no sé yo si patrocinarían a Ocean para que hiciera el juego, pero, endeluego, si fue así, el desfalco tuvo que ser apoteósico) (o bien les dieron cuatro peniques sudaos y un chelín meao), y que en las pruebas de velocidad se emplea una especie de simulvisión, campestre, sí, pero resultona, después de todo. Inverosímil y tan incoherente como el resto del juego, pero resultona, insisto, para tratarse de un juego de 1984.
Digo lo de que no hay quien se la crea, porque en las cuatro pruebas en las que se emplea semejante perspectiva, da la sensación de que las dos mitades de la pantalla van por libre. Sí, claro, esa es la gracia de la SimulVision... pero quiero decir por libre... del todo. Libérrimas, ellas. O sea, que si da la sensación de que el atleta blanco (indefectiblemente, nuestro rival en estos "eventos"), no pasa de un cansino trote cochinero, y que vamos a vapulearlo, igual resulta que el mozo acaba vaporizando el record mundial, después de conseguir un tiempo sólo al alcance de... ¿un Lamborghini? ¿un cohete espacial Saturno V? No os fiéis, insisto, de la simulvisión de marras: ya notaréis que, en alguna ocasión, la línea de meta despunta para vosotros, cuando el otro corredor ni siquiera parece atisbarla en lontananza y, de pronto, irrumpe como una exhalación, Daley empieza a galopar como sumergido en aceite -por mucho que aporreéis el joystick-, mientras que el otro zangolotino, que tan convencidos estabais de haber dejado atrás hace veintisiete reencarnaciones de Vishnú, os saca catorce horas de ventaja. En fin.
Lo de los rectangulitos que atraviesan un ciclo de colores chillones, para representar al público vitoreando, entusiasmado, lo dejaremos pasar, que bastante estropajo le he propinado ya al pobre juego.
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La música de carga me deprime. La de presentación, sin embargo, me parece estupenda. Desenfadada, casi ingenua... en fin, de lo más commodorera. No sé cuál de las dos corrió a cargo de Martin Galway, y cuál fue cosa de David Dunn, eso sí. Aparte de estos soniquetes, y de algún que otro repiqueteo o bufido de ruido blanco, sólo escucharéis, cuando rompáis un record, una especie de versión hojalatesca y miaja desafinada (supongo que a propósito, por aquello de la avidez recaudadora de los furibundos defensores de los derechos de autor) de la fanfarria que sirve de sintonía a las producciones de la 20th Century Fox. |
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Es posible que la versión de Spectrum le dé cosa así de once o doce vueltas. Es posible que los atletas sean casi ridículos, de tan gordinflas y achaparrados. Es posible que los escenarios rocen lo digno de figurar en las paredes de un aula de preescolar. Es posible que el juego tenga varios quintales de incoherencias y de fallos de planteamiento. Es posible que tenga más bien poca gracia el hecho de que, si participa un segundo jugador, sólo pueda meter baza en las pruebas de velocidad. Es posible, no: seguro. Segurísimo. Pero, supongo que será cosa mía y de mi nostalgia, inasequible a la decepción colosal que me llevé, en mis tiempos, cuando vi el juego en acción por primera vez: a mí me entretiene. Un ratito. Na más. Y, después, a otra cosa. Casi a cualquier otra cosa. |
| * Moderadamente entretenido. * Algunos detallitos razonablemente vistosos en los gráficos, como los atletas en alta resolución, la simulvisión country y ancestral, pero meritoria, de todos modos, y los rótulos publicitarios. * La música de presentación es muy alegre. Si hubiera una definición de "nostalgia dulzona" en el diccionario de más de un commodorero irredento, que permitiera incluir sonidos, estaría esta cancioncilla. Junto con la del Hunchback 2. ... valiente soplapollez acabo de perpetrar, por cierto... |
* La pantalla de carga (y su música) descorazona al más
voluntarioso. |