Live and let die
Género: Arcade Música: Mark Cooksey
Desarrollado por: Elite Año: 1988
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¿Os gustan las películas de James Bond? ¿Sí? Pues mira, ya tenemos otra cosa en la que estamos en desacuerdo.

A mí nunca me hicieron gracia, si obviamos a los cachivaches que sacaba y, por supuesto, a las macizas de turno... hmmmm...

En la era de los 8 bits, prácticamente cualquier película de cierto éxito y unas buenas dosis de acción, era objeto, casi en el acto, de conversión a los ordenadores de la época (frecuentemente, a cargo de Ocean). Recuerdo que la cosa llegaba a tal extremo, que a veces cuando los amiguetes íbamos a ver la última de Arnie o cualquiera de esos héroes de músculos hinchados, tras una escena especialmente espectacular, decíamos algo como: "Ea, ya tenemos la primera pantalla para el próximo juego".

Lo original de este Live and let Die es que no está basado en una de las aventuras del agente 007 rodadas en los 80. Resulta que la película es ni más ni menos que de 1973 (quizás os suene por la canción de Paul McCartney del mismo título, que le sirvió de banda sonora y que fue versionada años después por Guns'n Roses). Tengo entendido que fue la primera protagonizada por uno de los más célebres cara-de-palo (por lo inexpresivo... nada que ver con Buster Keaton, por supuesto) de la historia del cine: Roger Moore, y la trama enfrenta a Bond con un magnate de la droga de Nueva Orleans, un tal Mr. Big (interpretado, por cierto, por Yaphet Kotto, el único negro -dejémonos de innecesarios eufemismos chorras como lo de "persona de color", ¿vale?- de "Alien, el octavo pasajero"). En el juego, sin embargo, nos limitamos a pilotar una velocísima lancha trucada cual vespino de macarrilla de barriada, a través de algún río de los Everglades.

A 160 por hora... menuda lanchita Al comienzo del juego, podemos escoger cuatro escenarios. Uno es un entrenamiento básico, en el que Bond debe tratar de acertar con las armas del fuera-borda, a unas dianas que se yerguen en medio del río. Otros dos son entrenamientos avanzados, con fuego real y que se desarrollan en el Sahara (¿qué ríos hay allí, por cierto...?), y el Polo Norte (... la misma pregunta). Y el cuarto, es la misión en sí.

El desarrollo de Live and let die es muy parecido al de los juegos de carreras de coches de la época (de hecho, se parece la tira al Buggy Boy), pero claro, sustituyendo el asfalto por agua, y el bólido por un bote rápido. Si habéis jugado al Butcher Hill, veréis que recuerda mucho a su primera fase. Bueno, en realidad yo diría que es al contrario: este que nos ocupa es anterior, y además, mucho mejor.

Para más guasa, el río está salpicado de obstáculos (además de agua, jejejeje -qué chorrada-), ya sean pasivos (o sea, que sólo nos hacen pupa si nos estampamos contra ellos), como rocas y minas, o activos, como cañones situados en las orillas.
Los escollos más frecuentes son precisamente las rocas que salen del agua, y son indestructibles, aunque podemos esquivarlas (si es que tienes unos reflejos felinos, porque muchas veces -demasiadas, quizás-, no te da tiempo a reaccionar) o saltarlas, si encontramos un tronco flotante, y pasamos sobre él, para usarlo como trampolín (sí: una fantasmada digna del mejor Bond).

Hemos de abrirnos paso a toda velocidad, recogiendo las latas de combustible que encontremos flotando en el agua, o las que nos lancen algunos de los helicópteros de suministros que, de cuando en cuando, sobrevuelan la zona.
Es absolutamente imprescindible que cojas todas las que puedas, porque al igual que en el Led Storm, el propelente del bote se gasta constantemente, estemos o no en marcha: actúa en realidad como un tiempo límite.

No creáis que todo consiste en navegar a toda pastilla, esquivando pedruscos que sobresalen del agua, y ametrallando a lanchas enemigas (salvo a las blindadas, claro... a esas, nuestra balas les hacen cosquillas).

Lo cierto es que el escenario es bastante variado. A veces, por ejemplo, tendremos que hacer que nuestra lancha se deslice, fuera del agua, sobre pendientes inclinadas al lado del río, para evitar chocar contra algún obstáculo. Toc, toooc...

En ocasiones, tendremos que echar mano de uno de los tres misiles con los que cuenta la chalupa, ya sea para volar alguna de las esclusas (lo lamento, señorita... acepte mis exclusas... ¡JUAAA! ¡Qué grasioso, tío! ... Ejem... perdón...) que cierran el paso (como se ve en la captura de arriba; de hecho, si os fijáis bien, podréis distinguir el proyectil volando hacia los portalones), o para hundir alguno de los enormes cachivaches flotantes (no sabría decir qué son exactamente... parecen veleros con las velas arriadas) que a veces tratan de entorpecernos. Como, insisto, sólo tenemos tres de estas armas, conviene dosificarlas: abrir una esclusa con los piños no es especialmente saludable, ya sabéis.

De todos modos, a veces algunos de los helicópteros que os mencioné antes lanzan unos contenedores con tres proyectiles y un poco de combustible, pero no os confiéis, porque no es algo especialmente frecuente.

 
 

Pues veréis... considerados en conjunto, resultan bastante efectivos. Pero si uno se fija con un poquito de atención, advertirá en seguida que son cuadriculados a mansalva, especialmente, los de los obstáculos y otros objetos que jalonan las orillas del río. De todos modos, el juego es bastante rápido, y todos los sprites se deslizan con suavidad.

Todo a un nivel muy estándar en un juego de C64, o sea, notable. La música cuenta además con una percusión digitalizada de altísima calidad.

Es muy adictivo, entre otras razones, por lo bien ajustado que está el nivel de dificultad. Sin embargo, a veces la única forma de progresar es aprenderte de memoria el orden en el que aparecen algunos obstáculos, y su disposición, porque todo se desarrolla tan rápido que, con demasiada frecuencia, no te da tiempo a esquivarlos, y terminas estampadito contra ellos.

* Muy adictivo.
* La percusión digitalizada de la música.
* A veces esquivar los obstáculos es más una cuestión de suerte que de habilidad, por la rapidez del desarrollo.