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Run the Gauntlet
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Servidor de ustedes tiende a ser bastante poco competitivo.
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--- Ahora, me siento a esperar que me lluevan los gestos de condescendencia
compasiva, las palmaditas en la espalda, de conmiseración y los consejos
generados de forma automática y con plantilla, a cargo de aquellos que en seguida saben como
psicoanalizarle a uno: "mira neeeene, que el mundo es muy competitivo; mira
neeene, que no te puedes dejar comer el terreno; mira neeene, que como seas tan
bueno te van a inflar a palos; mira neeene, que...". Que bla, bla, bla...
el caso es que siempre me ha fastidiado tener que competir con los demás. Y no,
no es porque me sienta patéticamente inseguro e incapaz de, por ejemplo,
echarle un pulso a una abuelita de muñecas quebradizas y cúbitos y radios de
alambre, y derrotarla. Me joroba, ya está.
No penséis que os digo esto para impresionar a nadie (qué cosa más triste, necesitar de comentarios de videojuegos para impresionar al prójimo; horror... como para suicidarse cortándose las venas con un cepillo de dientes -para no hacerse mucho daño-), pero a mí lo que me gusta es competir conmigo mismo. No, no creo que eso denote rasgos esquizoides. Estoy jodío de la chola, pero no tanto. Al menos, de momento...
Me gusta eso de la autosuperación. Eso de tratar de hacer algo bien y, luego, en la siguiente intentona, procurar hacerlo todavía mejor. Me gusta examinarme a mí mismo y suspenderme o aprobarme a mí mismo. No sé si me explico. Por eso, cuando era pequeño, si me gustaba practicar un deporte, era el atletismo (en el que no necesitas enfrentarte a nadie más ... vale, en las olimpiadas y en los campeonatos sí, pero me refiero a que puedes practicarlo sin competir con nadie). Bueno, por ese motivo y porque yo era una especie de anguila esmirriada que corría que se las pelaba. Me podía entretener más o menos ver un partido de fútbol por la tele, pero no practicarlo... y cuando no quedaba más remedio, prefería ponerme en la portería, donde realmente no tenía por qué ser -por real decreto- mejor que nadie en su propio terreno.
Y ahora me pregunto yo ... ¿qué diantres hago contándoos estas "intimidades"? La verdad es que da lo mismo. ¿A alguien le interesan? :-)
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Sin embargo, el afán por ser mejor que los demás parece que está arraigado bastante profundamente en la especie humana. En todas partes cuecen habas, y los removedores del caldito borboteante se desesperan por conseguir que las suyas estén mejor cocidas que las del vecino. Lo malo es que luego hay quien la emprende a cucharonazos con el que le derrota, o le pone el puchero por gorra. |
Y eso ya está feo, claro.
Me gustan los juegos en los que interviene una sola persona. Y si pueden participar varias, tiende a hacerme más gracia que se me ofrezca la posibilidad de que cooperen. Las pocas partiditas multijugador de Duke Nukem y Doom que disfruté años ha, fueron precisamente en el modo "cooperativo". Me hacía más gracia que partirme la crisma a golpe de bazooka con otros jugones de gatillo fácil. Sí, sí, reconozco que alguna que otra vez he echado mano del Deathmatch del Quake, y también admito que me lo he pasado como los indios. Pero, ya os digo, prefiero competir contra mí mismo.
Así que al personal le gusta eso de meterle catorce goles a su amiguito en el FIFA no-sé-cuántos. O intervenir en un torneo en el que se trata de decidir quién es el interfecto con tal o cuál parámetro más desarrollado (el parámetro que sea; incluyendo la gilipollez crónica... estoy seguro de que si organizaran la Gilipollas World Cup, habría guantadas entre los aspirantes al título de Mayor Imbécil del Planeta ¿no os digo? ... el caso es competir...), con la excusa de tal o cuál estupidez de debate frívolo y con el acicate de tal o cuál horterada de premio de tómbola de verbena de pueblo. Si dan gratis una botella de lejía y una muñeca Pepona horripilante enfundada en una camiseta que anuncia alguna marca de sacos de cemento, al que sea el más --insertar aquí el atributo; da igual cuál--, repito, no me extrañaría nada ver a hordas de participantes denodándose en la competición.
A lo largo de la historia de los videojuegos, la idea básica ha sido la competición. En realidad, casi todos los juegos humanos se basan en eso, en la competición. "A ver quién mea más lejos", ya sabéis. Luego, el meón campeón se va a su casa todo contento y orgulloso habiendo subido un peldaño inconsciente más en su escalinata hacia la cumbre que le otorga el título de "macho alfa" de la manada. Qué animales seguimos siendo, después de todo. Los muflones se dan de cocotazos para ver quién se lleva a la muflona más suculenta. Y los seres humanos hacen algo parecido.
Pero fijaos, fijaos en cuántos títulos se lanzaron para el C64, y decidme si no tienen, en una aplastante mayoría, un poso de competitividad. Más velado en los juegos para un solo participante y mucho más explícito en los que se enfrentan varios. Todo deporte es competición. Todo. Así que todo juego deportivo debe ser competición. ¿A dónde quiero ir con esto? No lo sé. Me he perdido, señor guardia...
... ah, sí... lo del "Run the Gauntlet" este... fijaos en la portada. Podréis ver fotos de lo que parecen las versiones reales de las pruebas a las que os enfrentaréis en el juego. Quizás se trate de algún tipo de competición espectacular destrózalo-todo, vuela-coches, rompe-barcas, desmadejada-espinazos, de esas que tanto les gustan a los gringos en particular y a los anglosajones en general. Y quizás estemos ante la versión computerizada, que Ocean decidió desarrollar en 1989, y apadrinar por un señor llamado Martin Shaw, cuyo retrato aparece en la pantalla de presentación. A saber quién es el interfecto. ¿Algún viejo campeón de este deporte tan cafre que pone a varios taraos a bordo de carricoches que parecen sacados de cualquiera de las entregas de Mad-Max, y los lanza pendiente fangosa para arriba, rampa embarrada para abajo, curva serpenteante y salpicada de cantos afilados para un lado, peralte traicionero para el otro? ¿El presentador del espectáculo en cuestión? (no sé por qué, pero me da la impresión de que estamos ante algún tipo de chou televisivo de esos que cauterizan las neuronas de tanto angloparlante que no tiene otra cosa que hacer los domingos por la mañana).
| El caso es que estamos ante un curioso título de carreras, muy trabajado y técnicamente de lo más pulcro. Digo "curioso" por los vehículos que emplean los participantes, no por el método de control, los escenarios que atravesarán, ni la variedad de las pruebas. En cualquiera de esos tres puntos, Run the Gauntlet sale más bien trasquilado. | ![]() |
Salvo la carrera a pie, que hace gala de un sistema de control <sarcasmo mode on> de esos tan intuitivos y cómodos que tanto le gustan a su seguro servidor <sarcasmo mode off>, es decir, de los que casi te requieren que contrates a dos o tres pianistas profesionales y a un clan de chimpancés, y los sientes a todos a tu lado para que te echen varios pares de manos, las demás competiciones son calcadas. Sólo se diferencian en el tipo de cachivache que pilotarán nuestros aguerridos deportistas. Bueno, en eso y en el escenario. Los hay de dos tipos: tierra (la captura de arriba) y agua (la de abajo). Ahora sí, dentro de cada categoría no hay cambios apreciables entre una prueba u otra. Vaya, que si compites entre lomas, baches y saltos en una carrera con coches todoterreno y, después, tienes que enfrentarte a otra competición en el mismo escenario, pero a bordo de buggies playeros, no cambiará prácticamente nada. Apenas hay diferencias en el control o la velocidad de los vehículos. Te dará lo mismo una lancha motora que un hovercraft (que también tendrás la ocasión de pilotarlos, también).
Las pruebas, por cierto, se determinan aleatoriamente en cada partida. El tiempo que empleemos en completar cada una de ellas, se suma para obtener un total cuando acaba la competición. El más rápido del rebaño, o sea, el que pueda presumir de una suma de tiempo más pequeñita, es el que se lleva a la muflona. Ya me entendéis.
Podemos escoger uno de cuatro países: Gran Bretaña, Estados Unidos, Holanda y Australasia. De acuerdo, el último no es un país; imagino que meterá en el mismo saco a los participantes de Australia y, supongo, los habitantes de países asiáticos en los que pasan tan poca hambre que les quedan arrestos, tiempo y dinero para dedicarse a mamarrachadas sobre ruedas. No sé... Japón, Corea (la del Sur, obviamente), Singapur... No esperéis, eso sí, escuchar himnos de ninguna clase ni ver ondear las banderas respectivas. Nada de eso. Para detalles similares en juegos de competiciones deportivas internacionales, ya tenemos la saga de los Games de Epyx.
Pero volvamos a las pruebas, si os parece: como os he contado, las hay de dos tipos en función del escenario en el que se desarrollen. Lo curioso es que, conforme pilotamos nuestra tartana mugrienta y humeante, brincando y derrapando como locos, o navegando como posesos, veremos cómo, a nuestro alrededor, se producen detonaciones que, si nos dan de lleno, nos mandarán repiando al cuerno, con la consiguiente pérdida de tiempo. No me preguntéis a qué viene eso. Parece como si algún salvaje se divirtiera bombardeando el circuito con artillería pesada. Igual es que en la competición real ocurre algo similar y los participantes se juegan la molleja entre minas antitanque y obuses del quince. Y luego dicen de los concursos japoneses, que ponen a cuatro chinitos desaforados y muertos de risa, saltando hasta acabar dejándose el cráneo, entre carcajadas, contra el avieso borde de un pilar de cemento. ¡Mariconadas!
En las pruebas acuáticas la dificultad está en el trazado en sí. En realidad, hemos de pilotar nuestra lancha, hovercraft o similar, a través de una serie de canales que se forman entre islotes que motean un lago. Lo complicado no es sólo que a veces resultan bastante angostos y que es de lo más fácil terminar entortillándonos contra todos esos salientes, cabos y arrecifes que, por descontado, los participantes controlados por el ordenador evitan siempre limpiamente (ah, por cierto, pueden competir hasta tres personas simultáneamente; en ese caso, imagino, una de ellas tendrá que echar mano del teclado, o bien, de ese misterioso mando "Cheetah" que también permitía el Guerrilla War). No, además la dificultad aumenta porque la carrera se desarrolla a mucha velocidad, lo que deja poco tiempo para reaccionar y el circuito es de lo menos intuitivo. Daos cuenta de que no os hablo de un río que sólo se puede seguir en un sentido. Es, repito, una especie de laguna llena de islotes. Es decir, que no hay una "pista", sino una superficie sobre la que podemos circular en el sentido que nos dé la gana. En muchas ocasiones, de hecho, no hay camino visible. Sólo agua por todos lados. ¿Cómo sabes hacia dónde debes dirigirte para entrar por el canal correcto? Bueno, pues recurriendo a unas boyas que se iluminan para señalarnos la dirección adecuada. Lo que pasa es que, insisto, las carreras son muy rápidas y con frecuencia uno no tiene tiempo para reaccionar.
Ahora que caigo, podría hablarse de un tercer tipo de pruebas: las carreras a pie. O, más exactamente, LA carrera a pie, porque sólo hay una. Se desarrolla con perspectiva cenital y hemos de controlar a nuestro hombrecillo mientras atraviesa un paisaje de lo más agreste, lleno de charcas, zanjas y obstáculos de toda condición. Me recuerda mucho a la fase "Iron Man" del Combat School. Y, ya os digo, el método de control es horrendo. De hecho, descarté las primeras versiones que vi del juego, porque pensé que tenían algún problema que hacía que el muñequito de marras no respondiera a los controles. Pero sí que responde, sí. Para avanzar tenéis que someter al joystick al sempiterno machaque izquierda-derecha-izquierda-derecha, ya sabéis. La novedad es que, dado que de otro modo todo sería demasiado sencillo, los programadores decidieron que, al mismo tiempo, tuvierais que mantener pulsado el botón de disparo. El hombrecillo sólo se moverá si apretáis el dichoso botoncito, por tanto. Y para saltar un obstáculo, tendréis que empujar la palanca hacia delante. De nuevo, manteniendo fuego pulsado. Ya os digo, tan cómodo y agradable como llevar medio kilo de garbanzos secos en cada zapato.
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Van en función de la prueba. Las que se desarrollan en tierra son bastante vistosas, especialmente los escenarios, que dan una sensación de "solidez" y de volumen, bastante convincente. Los vehículos son un pelín más flojos (los terrestres, grandes pero cuadriculados; los acuáticos, bien definidos, pero pequeños). |
Las carreras en el agua se quedan, en el apartado visual, en simplemente correctas (lo cierto es que tampoco dan para mucho más los fondos). Quizás la fase más vistosa sea la competición a pie. Lástima que uno no tenga demasiado tiempo para fijarse en los detalles.
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Un tema musical sorprendente, a cargo de Jonathan Dunn, con percusión y guitarras eléctricas digitalizadas y, durante las partidas, efectos de sonido adecuados que se escuchan al mismo tiempo que unas tonadillas bastante apropiadas (con una base rítmica muy funky y un bajo agresivo acompañándola; lo cierto es que le van a la acción como anillo al dedo). |
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Run the Gauntlet es un juego de carreras rápido, adictivo, técnicamente de lo más aseado y... simplón y hasta repetitivo. Muy entretenido durante un rato y, sin duda, agradable de ver y de oír... pero dudo que haya gente capaz de engancharse a eso de pilotar una especie de tartana post-nuclear sobre rampas mugrientas y entre bombazos de artillería. |
| * Gráficos pulcros, trabajados, convincentes y
agradables. * La música es estupenda. * Entretenido (al menos, a corto plazo). |
* Repetitivo: las pruebas se parecen todas una
barbaridad. * Los controles de la carrera a pie son de lo más incómodos. |