Combat School
Género: Deportes (o algo así) Música: Martin Galway
Desarrollado por: Ocean Año: 1987
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Servidor de ustedes se considera pacifista. Pero pacifista de los de verdad, esto es, no tengo, ni quiero tener que ver, con los miembros de ese extraño clan de no-violentos tan furibundos y convencidos, que se indignan muchísimo con los que no comparten su afán de desmantelamiento incondicional de todo lo que recuerde a un ejército (sobre todo, a un ejército occidental), hasta el punto de que son capaces recurrir al garrotazo y a las tácticas de la hooliganería organizada, para defender sus maravillosas proclamas de armonía entre los pueblos. "¿Cómo que no estás de acuerdo conmigo en que hay que ser pacífico? ¿A que te meto dos yoyas?". A eso me refiero.

Hace ya bastantes años, mientras los asistentes a uno de aquellos cursos veraniegos de inglés allende las islas de su satrapérrima majestad triscábamos sobre una serie de verdes acantilados cornualleses, iba yo tan contento silbando la musiquilla, tan conocida de "El puente sobre el río Kwai", cuando uno de los chavales (que, a pesar de que no debía de contar con más de trece años, se ve que ya tenía una conciencia político-revolucionaria-antisistema de lo más preocupante; qué penita... con esa edad, uno tiene que estar pensando en nenas y videojuegos, no en furibundas luchas de clases, oprimidos y opresores) se me encaró y, con un tono bastante amenazante, me dijo: "¡No me gusta el ejército!". Me quedé con alguna corchea a medio silbar, atónito y, desde entonces, empecé a llamar al iracundo paladín de la bandera blanca y el amor libre, "El Masacrarrambos". Ya sabéis: "estoy tan, tan, tan en contra de las armas, la violencia y el ejército, que, por mí, los fumigaba a todos con gas mostaza". 

Yo, cuando considero que hay que optar por una vía que no implique blandir cachiporras con clavos atravesaos, defiendo mi postura sin romper escaparates.  

No, no tengo nada en contra de los milicos. En serio. No me va nada su forma de vida, desde luego, porque, en general, tiendo a no soportar todo lo que implique una disciplina-por-cataplines, pero, ya os digo, ni les guardo una especie de pavor cerval, ni siento unos deseos irrefrenables de comunicarles mi desacuerdo con ellos y mi enconada defensa de la palomita blanca, a fuerza de capones.  

Sí, está muy bien todo aquello de que no debería existir ningún ejército en el mundo, pero, o se ponen de acuerdo los doscientos y pico países que resquebrajan el mapa político planetario para desarmarse todos a una, o a ver quién es el guapo que da el primer paso para cambiar rifles y tanques por espátulas para amasar pastelitos y carritos de la compra. Más le vale no tener vecinos ruidosos. Y ya sabéis a qué me refiero. A veces, cuando varios países enseñan los dientes, se producen situaciones kafkianas, como las de las películas de John Woo, en la que cinco o seis tíos en corrillo se apuntan mutuamente, unos a otros, con sus pistolas y nadie se atreve a moverse. 

¡Pacifista el último! Pero, tranquilos todos, que no os voy a dar un alegato de ningún tipo, esta vez. Con el abanico de paridas que he usado como introducción para esta ficha, me doy por satisfecho. Y es que me estoy moviendo en un terreno demasiado cenagoso, miren ustedes por donde.

Creo que las posibilidades de que termine metiendo la pata son bastante altas, así que seré prudente y buenecito, y me centraré en el comentario en sí. 

Resulta que Combat School es una adaptación (y muy buena, dicen) de una recreativa que tuvo bastante éxito a finales de los 80, en la que se da un giro de tuerca al clásico género del machaca-teclas deportivo. Ya no hay que batir a una recua de atletas fibrosos que corren como gamos, ni pugnar a brazo partido por la medalla de turno. Ahora, resulta que tenemos que ser citius, altius y fortius (sobre todo, tela de fortius) para ingresar en el cuerpo de Marines de los USA. Ahí va. 

Respeto mucho al que lo hace, pero yo, personalmente, no seguiría los pasos de los aspirantes a sargento-de-hierro, ni loco. Me alegro muchísimo de que, merced a mi condición de asmático, me librara de la mili en aquellos tiempos ignotos en los que era obligatoria. Ni siquiera, mira tú qué bien, me hizo falta recurrir a la escapatoria legal de la "objeción de conciencia", a la que se acogían, indistintamente, chavales que, de verdad, sentían todo tipo de retortijones y escalofríos ante la sola vista de un rifle, y macarras barbáricos que salen de "Salvar al soldado Ryan" encantados creyendo haber visto una película de acción trepidante bien regada con abundantes chorritos de hemoglobina y acompañada por una generosa guarnición de casquería calentita y palpitante.

... esto... sí, vale, lo había prometido. Recuperemos la semi-inconsciencia, pues.

Bueno, pues Ocean se puso manos a la obra y desarrolló una conversión que, repito, muchos cuentan como una de las más fieles al original, que se lanzaron para nuestro C64. Y, ya os digo, la idea es básicamente la misma que los "decatlones", "olimpic challengueses" y demás excusas para dejarse las articulaciones de la muñeca solamente un poquito menos descuajeringadas que los microswitches de joystick que tenga que padecer la enésima implementación de la <cinismo_galopante>felicísima</cinismo_galopante> idea de hacer que el usuario de un juego deportivo disfrute de una especie de anticipo de la realidad virtual, a base de dejarlo sin resuello en la pruebas de 1.500 metros lisos. Sólo que, en el caso que nos ocupa, las pruebas son algo así como un poquito más recias, rebosantes de testiculina plantígrada y de marcialidad, que en los mencionados conatos de simulador de atletismo extenuante e inmisericorde.

El camino hacia la marinería useña comienza con una carrera de obstáculos en la que nuestro hombrecillo debe saltar sobre muros de distintas alturas y, para terminar, balancearse como un mico ocioso, colgado de lo que en las instrucciones llaman "una escalera horizontal". Ya sabéis: a darle bien fuerte, y sin piedad, al mando (o teclado, si estáis usando un emulador). A efectos prácticos, estamos ante una especie de versión corregida y aumentada de la clásica prueba de 110 metros vallas. Izquierda-derecha, como un poseso, para ganar velocidad, y fuego, en los momentos precisos, para brincar sobre los obstáculos. La salvedad, claro, es que en la prueba atlética en cuestión, si no apretabas el botoncito cuando debías, como mucho, tu atleta se trastabillaría un poco. Aquí, darle demasiado pronto o demasiado tarde, puede hacer que el aspirante a milico se deje las narices contra una pared. 

Pueden participar dos jugadores a la vez (la pantalla se divide en dos mitades; ya sabéis, lo de la SimulVision) o uno contra el ordenador. En cualquier caso usad al rival como referencia, y nada más. No tenéis que llegar antes que él, sino antes de que se os agote el tiempo.

La segunda prueba es una especie de galería de tiro al aire libre (foto abajo), en el que la aguerrida larva de soldadete enarbola una ametralladora de campaña y debe emprenderla a balazos con una serie de dianas que surgen, repentinamente, del suelo. Hay que destruir un mínimo de 35 para pasar a la siguiente criba...

... que es toda una venganza, por cierto. La "carrera del Hombre de Hierro", la llaman.

Y casi diría yo que la denominación se queda corta. "El Hombre de Tungsteno con vetas de Titanio y remaches de Acero Inoxidable", sería más apropiada. Un auténtico desafío que pondrá a prueba... vuestra coordinación motora y vuestro autocontrol ante las frustraciones galopantes que, seguramente, os motivará el condenado invento. ¡Premio! ¡Botella de lejía para el señor!

Veréis: resulta que la prueba se desarrolla con una perspectiva cenital y, nuestro hombrecillo, debe atravesar un campo que parece que es así de agreste e impracticable, a propósito. Ni las cabras montesas se encuentran en su hábitat natural con tanto peñasco, charquito cenagoso y regato que discurre justo por donde más molesta. Y, por si al recluta le parece el recorrido demasiado fácil, ¿qué tal un par de minas? 

Pues esperad, que la cosa no acaba ahí: además, tendremos que atravesar un río anchísimo, a bordo de una canoa mugrienta y, para más regocijo y divertimento de los congregados, no sólo habremos de luchar contra la corriente, sino contra una avalancha de aviesos troncos flotantes que se nos echan encima. 

La prueba no consiste en aporrear el joystick / teclado con toda la saña de que seáis capaces sino, más bien, de mantener una velocidad más o menos constante y de no terminar con los dedos pareciéndose a un manojo de macarrones hervidos. Es que, veréis, para avanzar, tenéis que menear el mando hacia delante y hacia atrás. Pero, al mismo tiempo, tenéis que ser capaces de empujarlo a derecha e izquierda en los momentos oportunos, para esquivar obstáculos (y, encima, deben ser toques rápidos y precisos; de lo contrario, perderéis mucha velocidad porque, ¡claro! ¡mientras movéis el mando hacia un lado, no lo estaréis aporreando adelante y atrás!) y de apretar el botón de disparo cuando el encontronazo con un pedrusco, charco, terraplén o similar, sea inevitable, para intentar saltarlo. No vale pulsarlo una milmillonésima de segundo antes o después de lo debido: el recluta patoso se irá de bruces al fango, en ese caso. Y el límite de tiempo en esta prueba está más ajustado que la faja de Pavarotti (aunque aumentará un poco -el tiempo, no las sufridísimas y heroicas prendas íntimas del tenor; más quisieran ellas- si, en las pruebas anteriores, hemos conseguido puntuaciones altas). 

Tengo que reconocer que, la mayoría de las (pocas) veces que he superado la carrera de marras (y, casi siempre, ha sido en un C64 real; si con un joystick es complicada, no os digo nada del cacao de dedos que supone utilizar un teclado) ha sido merced a la "repesca" con la que, los programadores, magnánimos (o quizás conscientes de que se habían pasado una mijina) conceden una segunda oportunidad a los jugones que se quedan a las puertas de superar una de las pruebas. Resulta que, en ese caso, nos enfrentaremos a una serie de levantamientos, a pulso, en la típica barra de hierro de la que hemos de colgar como babuinos. Ya sabéis: aporreo de los controles de derecha-izquierda para alzaros el número de veces que sea pertinente. Si lo conseguís, podréis acceder a la siguiente prueba. Y si no, petate y para casa.

Cuarta prueba: otra de tiro al blanco. Pero, ahora, nuestro monigote corretea en la parte inferior de la pantalla, cargando con una metralleta tamaño obeso mórbido y baleando a hordas de tanques-robot que aparecen, viniendo desde el fondo del escenario, y acercándosenos a toda pastilla. Tenéis que destruir al menos 50 para poder continuar (es bastante sencillo, en realidad, porque los chismes mecánicos irrumpen en hordas muy densas).

La quinta nos enfrenta a un pulso con uno de los acémilas con más posibilidades con alzarse con el trofeo Eslabón Perdido al recluta más parecido al Yeti. Más os vale tener, a estas alturas, los músculos encargados del aporreamiento izquierda-derecha, duros como el acero que recubre el casco de los portaaviones, porque ¡anda que no hay que arrearles bien! La saña con la que hay que endiñarle al joystick / teclado es comparable a la que os exige la fase de entrenamiento del Daley Thompson's Olympic Challenge. No, si a la hora de poner colorado al jugón, hacer que se le marcaran las venitas de la frente y se les saltaran los lagrimones como si estuviera masticando una guindilla generosamente sumergida en tabasco hirviendo, nadie como Ocean. Y si no, echadle un ojo a las mini-fases de bonificación del Red Heat, en las que Arnie el Gordo tiene que reducir a gravilla un pedrusco ardiente. ¡Cómo me jeringa táctica semejanta! Puedo entender que se emplee con cierta mesura y más bien incidiendo en la coordinación, que en la fuerza bruta (al estilo de los Summer Games), pero, oigan, es que a esto de vomitar sobre el Commodore, o emprenderla a pedorretas incontroladas, víctimas del esfuerzo sobrehumano, no le veo la gracia.  

Afortunadamente, vencer el pulso no es imprescindible para continuar en nuestra carrera hacia la marinez boinaverdosa gringa. En realidad, si logramos la épica proeza de dejar por los suelos al gorila pelado al rape que desplaza varias toneladas métricas de aire con su masa muscular, sentado ante nosotros, simplemente obtendremos más tiempo... 

... que, en el fondo, no viene del todo mal en la penúltima prueba. Otra de pim-pam-pum. Pero, en este caso, un pelín más complicada. Un pelín largo, grasiento, renegrido, ensortijado y vaya usted a saber procedente de que recóndito recoveco corporal. Porque, primero, el punto de mira se mantiene fijo sobre las dianas que, a modo de las que teníamos que reducir a sopa de sobre en la segunda prueba, emergen súbitamente del suelo. Y, segundo, no podemos disparar contra todas ellas: varias de ellas tienen la silueta de un instructor sobre su superficie. Si le endiñáis un balazo, además de, seguramente, provocarle algún que otro retortijón desaforado al sargento que esté supervisando la prueba, os quedaréis bloqueados durante unos segundos vitales.

Ya estamos a punto de caramelo para ingresar en lo más selecto de la infantería peleona. Pero, antes, hemos de enfrentarnos al último reto: un combate, a coz limpia, contra el instructor; esto es, contra un señor que tiene ya muchos bombazos a sus espaldas, mucha más experiencia que nosotros, la fuerza de un percherón inflado a base de anabolizantes y una agilidad que deja a Bruce Lee a la altura del borrego lanudo común. Muy sensata y lógica la prueba ¿eh? ¿Se supone que, si superamos al interfecto, tendrán que echarlo a él del cuerpo? 

No, claro. Pero si el tipo nos proporciona un majestuoso repaso cortesía de la casa, seremos nosotros los que tendremos que recoger nuestros fragmentos reblandecidos y volver por donde habíamos venido. 

Si, aún así, sois capaces de licenciaros, se os asignará una misioncilla rutinaria, una minucia, vamos, así, ya, de entrada, para que vayáis abriendo boca... rescatar a rehenes en una embajada gringa tomada al asalto por un grupo terrorista. Lo dicho: una pavadita sin importancia, más que nada para que no se os enfríe el ardor guerrero. Ah, no faltaba más: estáis desarmados y solos. 

En estas condiciones, supongo que es comprensible que, servidor de ustedes llegara tan lejos SÓLO UNA  vez... y durara, aproximadamente, unos 5 ó 6 segundos antes de perder la ÚNICA vida, merced a UN SOLO porrazo que me propinó un malo furibundo. 

 
 
Van de más a menos. Comienzan a un muy buen nivel, en la carrera de obstáculos que enfrenta a dos sprites magníficamente dibujados y animados, que hacen que el escenario se deslice con un scroll suave y rapidísimo. Sigue, con el listón alto, echando mano de la alta resolución, en las pruebas de tiro.

La carrera del Hombre de Hierro aprueba con nota, también. Pero, el pulso entre nuestro recluta y el otro antropoide, se parece más bien a una competición entre dos habitantes del Torreón de los Clicks de Playmovil, por ver quién es que tiene los ángulos más afilados. ¡Qué pixels, madre mía! 

El combate contra el instructor vuelve a recurrir a la alta resolución, pero con bastante poco éxito esta vez, porque sólo consigue esbozar a dos saltimbanquis esmirriados, que se deslizan sobre un escenario simplón y austero, como marionetas escuálidas arrastradas por un titiritero al borde de la cogorza.

De la misión en la embajada, ni me preguntéis. Hace tanto tiempo que no llego tan lejos, que ya, por no recordar, ni siquiera recuerdo si de desarrollaba con una vista aérea, lateral, con scroll, sin él...

Un estupendo trabajo de Martin Galway. La música es magnífica e, incluso, tiene el timbre de la que emitían las recreativas de la época (algo que al chaval parecía dársele estupendamente; ¿habéis escuchado la del Slap Fight?).

La de presentación es especialmente llamativa, con su percusión digitalizada y todo (aunque casca lo suyo en los emuladores). Por cierto, tengo entendido que es una canción de verdad, titulada "I wanna be your drill instructor", o algo así. 

Musiquillas surtidas y gorgoritos diversos, se escuchan al mismo tiempo que una colección de efectos de sonido técnicamente por encima de la media.  


No, si, en el fondo, este Combat School tiene algo que engancha. Debe de ser ese nivel de frustración que roza lo masoquista y que lleva al usuario a entonar, compulsivamente, aquello de "bueno, sólo una más y me acuesto" mientras los pajaritos saludan el amanecer, a pío limpio, al otro lado de la ventana. Además, es una conversión digna de aplauso y, técnicamente, alcanza las cotas (muy altas) a las que Ocean tenía acostumbrados a sus fieles a finales de los 80.

¿Pegas, entonces? Sí: dos. Y, para mí, bastante gordas: 

La primera, que algunas etapas retuercen la puñetera idea del machaque de joystick, de un modo que resulta casi más irritante que el que requiere la mera fuerza bruta (y también cuenta con momentos así, también), esto es, se exige, además del aporreo furioso, que seas capaz de mover el mando y pulsar el botón en los momentos justos.  

Y la segunda, que precisamente (pero no sólo) por esto, el juego resulta tremendamente difícil. Encima, nada más que contamos con una vida (repescas aparte). Claro que, de otro modo, uno sería capaz de terminárselo (o, al menos, de llegar a la ABSURDAMENTE DIFÍCIL fase de la misión en la embajada) en cuestión de 20 minutos.

* Los gráficos son, en general, bastante agradables. 
* La música. De lo mejorcito de Martin Galway.
* Una conversión muy fiel. 
* El machaque furibundo de teclado / joystick.
* Corto y (supongo que, precisamente por eso) demasiado difícil.