Portada de City Fighter

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

City Fighter

GéneroShoot'em up
Desarrollado porMastertronic
MúsicaNo tiene
Año1984
Veredicto originalPscheee…
Valoración6/ 10
Gráficos
5
Sonido
5

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Casi me parece estar viéndolos. Una patulea de personajes henchidos de sí mismos, como morcones reventones rellenos de ego, deliberando, satisfechos, en torno a una gran mesa de caoba lustrosa, decidiendo dar una cucharadita del potito cultural precocinado, premasticado y sin tropezones, a la gran memería desdentada que hace mucho tiempo que no sabe lo que es un buen chuletón.

... aunque, ahora que lo pienso, quizás sea esta una visión una miaja paranoica. Ya sabéis: los hombres grises, los Illuminati, la oligarquía siniestra que rige los destinos del planeta, desde las tinieblas, y lo decide todo. Desde el ingrediente secreto de la Coca Cola, hasta la torpemente velada conspiración de los árbitros contra el Club Deportivo Badajoz. Que lo sé yo. Que seguro que consiguen que nos fabriquemos un mundillo en miniatura, falso del todo. Que sí, que esconden extraterrestres diseccionados y enlatados en cámaras frigoríficas, en una instalación secreta bajo tierra. Que llega un tío a un puticlub y dice...

... ¿cómo que qué tiene ver lo uno con lo otro? Mucho. Las mismas chorradas se contaban en el patio del cole, cuando cursaba yo octavo de EGB. Sin solución de continuidad. Primero, los ovnis del Área 51 (aunque no faltaba en filosoviético, convenientemente adoctrinadito por sus papás -sí, ya desde tan niños; qué triste-, que afirmaba que, seguro, seguro, los rusos tenían más extraterrestres en formol que los americanos, y que, además, eran extraterrestres más listos y más guapos); e inmediatamente después, el chiste del enano deforme, con un ojo de cristal, una mano mecánica, incontinencia y aerofagia, que visitaba el burdel del pueblo. Todo en el mismo saco.

Con los años, el común de los mortales se ríe de chistes más verdes, y se cree teorías de conspiración (un poquito) más elaboradas. Pero, al final, se sigue meditando acerca del jorobao de la casa de citas y del venusino momificado, con la misma vehemencia de siempre.

Olvidémonos, pues, de imaginar a los responsables del guión de Independence Day de guisa semejante a la que os he descrito al principio. Y pensemos en ellos como en una cuchipanda variopinta integrada por adolescentes tardíos rebozados en acné y sebo a medio fraguar, de esos que sólo se cambian de camisa cuando se les empieza a quedar pequeña, y por dos o tres yuppies multimillonarios pasados por el tamiz pret-a-porter de principios del siglo XXI, esto es, disfrazados de menesterosos mugrientos.

Teléfono... mi casa... *choflosh* ... tu padre... Se dirán, reunidos en torno a la mesa (que, en la nueva versión del cuadro, deja de ser lustrosa y de caoba; eso sí: seguirá costando una pasta), "vale, queremos hacer una especie de mala copia de La Guerra de los Mundos; pero hay que adaptarla a los tiempos que corren. Hay que actualizarla. Hay que darle un lavado de cara. Que se venda sola". Tras mucho cavilar, concluyen que la mejor táctica consiste en escachifurciarla del todo Loor y gloria.

"A ver", comenzarán su razonamiento, "en la película de Wells, quedaba claro que las armas humanas no tenían nada que hacer frente a la marabunta marciana. Y ¿qué había, en los 50, más devastador, en los arsenales terrícolas, que la bomba atómica? Les dejaban caer una, y los muy taimados emergían de la nube-hongo, sin una rascadita en el bruñido casco de sus naves flotantes. ¡Qué emoción! ¡Qué forma de presentar la desesperación de la Humanidad, cuando ve que ni con toda su fuerza les hacen cosquillas a los invasores! Vale, pues para esta adaptación de cuarenta años después, sumémosle unos cuantos megatones al siniestro espanto de fisión incontrolada, hagamos que se lance desde un superbombardero y que el alto mando militar otee la polvareda, con ansiedad, esperando no encontrar el menor fragmento de nave nodriza alienígena, desde una sala repleta de pantallitas, lucecitas de colores y ordenadores diversos. Dejemos a la entrañable pandilla de milicos disfrazados como los que salían en Los Cañones del Navarone, apostados en una trinchera cutre, para el clásico de mediados de siglo".

El escoñe comienza a pergeñarse. Mirad cómo toma forma y pasmaos ante su conclusión:

"Pero, claro, la grandísima paradoja, la brillantez del desenlace, estaba en que la victoria de la Tierra sobre Marte, se producía cuando los amasijos viscosos y bien provistos de tentáculos, pese a sus rayitos desintegradores (que no respetan ni al cura que se adelanta, melifluo y lloroso él, Biblia en alto, invocando paces universales y redenciones cósmicas de las que, claro, los vándalos interplanetarios se carcajean a cilio ondulante), sucumbían a las bacterias que flotan en el aire. Nosotros estamos ya más que acostumbrados a ellas, pero a los polizones galácticos les sientan fatal, y terminan todos reducidos a pulpa espesa y palpitante. Como los Gremlins, cuando les daba la luz del Sol. Qué asco.

Eso ya no vende. Es demasiado ingenioso. Y tiene muy pocos efectos especiales. A no ser, claro, que nos dé por reventar a todos los invasores del modo más pringoso posible.

Naah, es poco satisfactorio. Así que pongamos a todo un escuadrón de F18 revoloteando en torno a una nave nodriza, comandados ellos por una versión ridícula de Bill Clinton a los mandos del caza más aguerrido y aguileño de cuantos surcan el cielo inflamado por la batalla. Ahh. Ohh. Orgasmo colectivo en el patio de butacas. Tanto en el useño como en el europeo. (Que allá también se desparraman del puro gusto de tenernos asco). Y, para terminar, en el clímax, sustituyamos a las inocentes bacterias atmosféricas por un virus informático. ¡Brillante! ¡Genial! ¡Magistral! ¡Esto es poner al día un clásico, y lo demás son tonterías!".

Bueno, lo de sabotear la computadora central de una nave extraterrestre utilizando un ordenador portátil en el que se ha desarrollado un virus digital, que, además, se transmite de forma inalámbrica (¿qué protocolo usarán los alienígenas? Da igual, nosotros lo enviamos por email, y seguro que les llega. El Outlook se lo traga todo. Y pide más. El muy guarro) tiene tanto fundamento científico como lo de las bacterias escarallando a los marcianos de H.G. Wells.

Vaya, que un organismo de otro mundo es tan compatible y, por ende, tan susceptible de ser infectado por organismos terrestres, como un ordenador made in Rigel-4, de ser derribado por un programita codificado por un terrícola de neurona inquieta. O menos todavía.

Si cualquier informático se las ve y se las desea para entender el programa de otro, no sé cómo coño se las arregla el tío de las gafas, en la película -no recuerdo el nombre del actor-, para, investigando un caza extraterrestre, aprender en un par de horas su lenguaje de programación y sus protocolos de comunicaciones. Y, lo mejor de todo, adaptarlos a un portatil de andar por casa. Tiene un mérito acojonante lo de escribir con un teclado QWERTY, y que te salgan los simbolitos del alfabeto extraterrestre. Y que sepas qué tecla corresponde a qué caracter.

Qué desastre, queridos míos. Me quedo con La Guerra de los Mundos. Qué mal que lo pasé, cuando la vi, de niño. Qué mal y qué bien. Esto es: cumplió, perfectamente, con su misión de desasosegar al espectador.

Y, desde entonces, cualquier otra película de marcianitos invasores me ha parecido una coña marinera pueril. En cualquier caso, el interés, cercano a la fascinación, que me despertó el clásico de Wells, habría sido el caldo de cultivo perfecto para que servidor de ustedes, a estas alturas de la historia, fuera un entusiasta de los cuentos de alienígenas imperialistas obsesionados con nuestra canica azul celeste. El problema es que, por lo visto, le ocurrió algo parecido a mucha gente. Eso, o que, ahora que caigo, en los USA, después de la Segunda Guerra Mundial, les dio por empezar a fantasear con la subyugación de su país... a cargo de los extraterrestres, esto es, los únicos que parecían capaces de llegar del quinto pino y poner la patria del Tío Sam mangas por hombro. (Ya se vio, para pavor de todos -bueno, de algunos- que no hace falta dominar los viajes intergalácticos para ello...).

En cualquier caso, lo de la invasión alienígena se repitió tanto, tan machaconamente, que se convirtió en cliché. Hoy en día, ya resulta prácticamente imposible escribir un guión / argumento de videojuego / novela, que verse sobre tema semejante, sin que, a priori, suene a coña.

Aún así, este City Fighter estuvo a puntito de despertarme la imaginación, y de recordarme a La Guerra de los Mundos, con sus naves, levitando, envueltas en un fulgor verdoso malsano, emitiendo aquel repiqueteo metálico según meneaban el remedo de periscopio articulado que les servía de cañón de rayos desatomizadores del prójimo. A puntito, sí. Pero no lo consiguió.

No niego que, una vez más, la brecha de las décadas (¡y que haya que hablar ya de décadas!) ha hecho de las suyas, y que es posible que, si hubiera tenido este juego cuando fue comercializado, allá en la noche de los tiempos (1984), lo habría visto con más simpatía. Además, ya sabemos todos de los estragos que los emuladores, por mucha "emulación PAL" que incorporen, hacen con los gráficos de los juegos de C64. Cuando recibí la cinta de este City Fighter, parte de un lote de diecisiete títulos originales que compré en eBay, anduve enredando un buen rato con él. Unas semanas después, al cargar la imagen emulable en el CCS64, para tomar las ilustraciones que adornan este comentario, pude comprobar, por enésima vez, la diferencia ABISMAL que media entre la imitación y el original. ¡Qué feo! ¡Qué pixels! ¡Qué espanto! A pesar de su simplicidad casi infantil, el juego, en un Commodore real, es infinitamente menos basto a los ojos.

En cualquier caso, y aún reconociendo las virtudes que el invento tiene, me he decidido a dejarlo sin el notable que estuve tentado de otorgarle, en un principio. Otro caso en el que me vendría bien utilizar decimales en el sistema de puntuación. Pero como, de momento, siguen siendo una aplastante minoría, y como, además, esas barritas de colores tan simpáticas que uso en la parte de la ficha dedicada a la evaluación del juego de turno, serían mucho menos efectivas si tuvieran que precisar hasta las décimas, me parece que el sistema se quedará como está.

El ataque de las moscas cojoneras mutantes de Urano City Fighter es algo así como un Saucer Attack más ágil e infinitamente más feo. Esto es, un matamarcianos de principios de los 80 que basa su nimia pizquita de originalidad en el hecho de que, en lugar de poner al jugador a los mandos de un caza intergaláctico trufado de protones reventones, teniéndoselas tiesas con la flor, nata y seudópodo resbaloso, de la armada alienígena de turno, adopta una especie de "perspectiva subjetiva" del Mesolítico, y hace que el usuario comande un punto de mira.

Si la acción, en el Saucer Attack, se desarrollaba en una sola pantalla (pero de lo más vistosa), aquí tenemos dos o tres, que se deslizan merced a un scroll lateral bastante brusco (mucho menos en un C64 real, pero, aún así, no es que se pueda comparar con el del Shadow of the Beast, precisamente).

El objetivo del juego es darnos de positronazos con los alienígenas que sobrevuelan Londres y la ponen perdida de deyecciones radioactivas. ¡Desaprensivos!

Tenemos que destruir tantos como podamos, y con toda la rapidez que nos sea posible. Tened en cuenta que, mientras revolotean sobre la Casa del Parlamento, el Big Ben, la estatua del Almirante Nelson, y demás esquinitas fotogénicas de la capital del Imperio de su aruspicianérrima Majestad, andan dejando caer descargas de alta energía. O algo parecido. Hay que echarle imaginación al asunto, la verdad, porque nunca veréis un electroncito ionizado descendiendo amenazador, entre destellos y centellas, y yendo a estrellarse contra los cables del Puente de Londres; ni electroncito, ni particulita ni, vaya, pixel anodino alguno. Limitaciones de... la habilidad como programador del autor del juego, supongo. Bastante tendría ya el pobre, tratando de que las hordas de naves invasoras no produjeran algún desaguisado en el apartado gráfico (ya bastante poco aseado de por sí), como para encima tener que preocuparse de añadir una lluvia de proyectiles sobre la City.

Los marcianitos se limitan a parpadear brevemente en rojo. Se oirá un "tac" de lo más soso y, si os fijáis con atención, veréis cómo un pequeño fragmento de algún edificio debajo de la nave en cuestión, desaparece tras un fugaz destello blanco. Es como si el invasor desconsiderado le propinara un mordisquito a distancia a la catedral, casona o iglesia monumental que se alce bajo él. Conforme vayáis avanzando en el juego, y conforme los malos se vayan volviendo más agresivos (y vayan reforzándose con naves más veloces y destructivas), oiréis un verdadero repiqueteo (las "bombas" extraterrestres), y podréis ver cómo el perfil de Londres, literalmente, se va carcomiendo.

En realidad, no es especialmente peligroso que los malos reduzcan parte de la ciudad del Támesis a sopita de sobre con torreznos deshidratados y cachitos de cebolla-bonsai momificada (lo peor que os puede pasar es que no obtengáis muchos puntos cuando terminéis la fase pertinente). El problema surge cuando empieza a desgastarse la zona que queda entre la Catedral de San Pablo (ese edificio con cúpula que se ve en el centro, aproximadamente, de las capturas) y el Parlamento (la construcción que tiene, en su extremo derecho, la torre del Big Ben). Por lo visto, bajo el suelo de esa zona, se guarda la maquinaria que genera un escudo protector que hace que el bombardeo alienígena no pase de parecerse a una especie de carcoma especialmente pertinaz. Pero nada más.

Si los muy invasores consiguen destruir los generadores, la ciudad entera saltará por los aires. Fin de la partida.

Hasta donde he podido ver, esto no parece especialmente probable en los primeros niveles, en los que nos asediarán las clásicas navecitas-carne-de-cañón, lentas, torpes y con tendencia suicida a ponerse delante de nuestro punto de mira, cada vez que tienen la ocasión. Sin embargo, según vayáis avanzando, fase, tras fase, nuevos marcianitos volantes se incorporarán a la demolición enconada del poblado británico. Primero, algo parecido a un hombrecillo azul, sin piernas, trazado a base de líneas rectas y angulosas (fijaos en la tercera captura), que revolotea describiendo unas ondas bastante incómodas, después, algo similar a elipses salpicadas de pixels descomunales (tercera captura, también), que son un verdadero peligro: rápidas, ágiles y profundamente enamoradas del arte de defecar positrones calentitos sobre la plaza de Trafalgar (cuando aparecen dos o tres de estos engendros, se produce un verdadero tamborileo -"tac"-"tac"-"tac"- carcomedor del skyline londinense)... y, después, vaya usted a saber. Si es que uno tiene que enfrentarse a algún ingenio intergaláctico más, aparte de los tres que os he descrito. La verdad, me extrañaría que fuera así. Sería pedir mucha variedad al invento...

A lo que iba: he dedicado a este juego, aproximadamente, una hora. Creo recordar que he llegado hasta el sexto nivel. Y, la verdad, no me pareció que la posibilidad de que los malos desintegren todo Londres, después de convertir en virutas la zona que se extiende entre San Pablo y el Parlamento, fuera especialmente elevada. En todas las partidas, acabé dándome de morros con la tabla de puntuaciones-más-altas, después de rematar de cabeza un protonazo alienígena. Como el de la segunda captura, precisamente.

De cuando en cuando, alguna de las naves furibundas expelerá una especie de pelotón naranja volante, que se dirigirá, raudo, hacia vuestra batería antiaérea. No caigáis en la tentación de emprenderla a cañonazos con él. No sirve de nada. La única forma de evitar que dé al traste con la partida (sólo tenéis una vida) es mover el punto de mira hacia uno de los lados de la pantalla, de modo que obligue al escenario a hacer scroll y, así, quite de vuestra vista el proyectil. Parece una tontada, sí, especialmente si se tiene en cuenta que el avieso bolindre no se acerca muy deprisa. Pero, en el fragor de la desintegración del marcianito furibundo, no es raro que acabe uno arrinconándose, cerca de uno de los extremos del escenario. Esto es: en el punto en el que el scroll se detiene. Como resulta que el fondo es de lo más anodino, falto de referentes que le llamen a uno la atención sin que tenga que fijarse atentamente en ellos, no es raro que te despistes y decidas "huir" hacia el lado equivocado, topándote con el límite del mapa, justo cuando ya no tienes tiempo material de enmendar tu error, moviendo el cursor hacia el borde opuesto de la pantalla.

No, y, encima, a veces, cuando tienes aun verdadero enjambre de imperialistas galácticos, volando ante tus narices, la bolita devastadora mana de uno de los que se ocultan en segundo plano y, cuando quieres darte cuenta, y cuando los malos que tenías delante se apartan un poco, te encuentras con el pepino termonuclear, de pronto, y a punto de fundirte los empastes.

Lo mejor

* Muy entretenido.

Lo peor

* Técnicamente es casi infantil.
* Sólo un escenario y, además, esquemático.