Portada de Clik Clak

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

Clik Clak

GéneroPuzzle
Desarrollado porIdea
MúsicaPaolo Galimberti
Año1992
Veredicto originalMola
Valoración8/ 10
Gráficos
6
Sonido
6

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Es posible hacer una clasificación, miaja burda, de los tipos de nenes de guardería que uno puede encontrarse. Hay casi tantos como formas tienen los adultos de tratar con ellos. Cuando el chavalín comienza a tomar consciencia del mundo que le rodea, va, poco a poco, construyéndose una personalidad. Está claro que esa personalidad no es un producto de una introspección absoluta, aislada de cualquier influjo externo. De lo contrario, todos nos pareceríamos un montón a la forma de funcionar del  píloro, el páncreas o el yeyuno. Mismamente. "¡Ay, mira que nene más salao, que es igualito que el coxis de su padre!". 

Tiendo a llevarme bien con los niños pequeños. Y a ellos también suelo caerles en gracia. Es curioso, pero, con frecuencia, se me quedan mirando con cara de pasmo. No sé yo si será por aquello de que, a bordo de su carricoche, exploran el mundo aplicando una de las primeras tácticas mentales que se desarrollan en una persona en miniatura: el reconocimiento de caras. El pingajo trata de reconocer patrones entre las orejas de los viandantes con los que se cruza. Trata de establecer una red de expresiones familiares. Y, claro, toparse con un mozo con pinta de acólito del Dalai Lama (servidor), tiene que chocarles lo suyo. 

Sin embargo, a pesar de esa mutua simpatía, hay algo que me cuesta un montón cuando me topo con un moco postlactante que me mira con expectación, como aguardando que le diga algo: y es tratarlo como a un imbécil. No sé por qué a la aplastante mayoría de los "mayores", cuando interaccionan con un conato de adulto cómodamente despanzurrado en su carrito, le hablan como si fuera gilipollas. "¡Aaaay! ¡Tiqui-tiqui-tiquiii! ¡Aaay!". Me ponen de los nervios. Todos los niños del Universo parecen disponer de sólo dos palabras en su vocabulario: "Caca", para referirse a todo lo que podría ser perjudicial para su salud, y "Guau", para designar a cualquier chucho callejero. Imagino que "perro" es impronunciable, por aquello de que, a los niños pequeños, pedirles que emitan una "errrre" fuerte con sus encías desdentadas, tiene que ser una faena. La criaturita es capaz de poner perdida de babazas espesas a toda la entusiasmada audiencia familiar. 

¿Engranadetris? ¿Relojetris? ¿Gilipolletris? Es una cosa tan instintiva, ese trato, que, supongo, tendrá lo suyo de lógica biológico-natural. Pero, repito, no me sale lo de infantilizar aún más a los tiernos infantes. Hay que tener la tira de cuidado con la educación que se les da. Lo digo porque, cuando el chaval comienza a edificarse la personalidad, es un auténtico libro en blanco. Mucho ojito, pues, con lo que se garrapatea indiscriminadamente en él.

Lo suyo, digo yo, sería enseñarle a escribir y a manejar el lápiz, darle un par de lecciones de corrección semántica y ortográfica, e intentar que sea él el que empiece a redactar lo que le venga en gana (bajo la atenta vigilancia del mentor que proceda, máquina de propinar capones siempre en ristre, dispuesta y bien engrasada, para lo que sea menester). Pero, el asunto, al final, consiste en que sea él el que anote en el diario de a bordo.  

Cualquier mínimo cambio en los gustos de un chaval pueden suponer una modificación drástica de su vida en el futuro. Si al nene le gusta desmontar cualquier cachivache mecánico que caiga en sus manos, para ver cómo funciona, puede que tenga ínfulas de ingeniero. Una cosa es que, un día, se entalle un párpado con la manivela que pone en marcha el cochecito de plástico, y le tome una aversión tremebunda a todo lo que tenga cuatro ruedas y, otra que al señor papá, a la señora mamá, o a cualquier otro escriba improvisado, le dé por reconducir al infante por donde le venga en gana. "De eso nada, Felipito Tacatún. Tú vas a dedicarte a empaquetar chacina curada de las Hurdes, como tu bisabuelo. Faltaría más". 

A veces, uno descubre sus vocaciones profesionales porque sí. Cuando servidor de ustedes contaba con algo más de cinco o seis añitos, pocas cosas había que me fascinaran más que los relojes de cuco. A veces, me sentaba a esperar a que saliera el animalillo de plástico (aún no había concluido que le daba por brincar de su escondrijo cuando las manivelas señalaban determinadas posiciones). ¿Dónde se metía después? ¿Qué había tras aquella oscura portezuela de madera de imitación?

Había cierto reloj que me tenía hipnotizadito del todo, porque, en los momentos adecuados, no sólo salía el pajarraco de coña a piar melodiosamente, sino que se abrían unas pequeñas compuertas bajo la esfera, y una serie de parejas ataviadas como figurantes de Sonrisas y Lágrimas, se liaban a bailar una especie de vals tirolés, vuelta para acá, revuelta para allá, a lo largo de algo parecido a la maqueta de un balcón. Cruzaban ante mis narices y mi boca abierta, y volvían a las profundidades del reloj a través de otra compuerta. Aún recuerdo la musiquilla que emitía el artefacto en ese momento. 

En cuanto crecí lo suficiente como para alcanzar al desvalido ingenio, valiéndome de una silla, lo dejé despiezado del todo. Desvelé el misterio de sus entrañas. Toda una decepción, por cierto. Estaba lleno de engranajes, muelles, hierrecitos de toda índole y condición y, entre todos ellos, agazapados, como temerosos al verse descubiertos, el cuco y los bailarines de plástico. Una vez que sacié mi curiosidad, perdí todo interés por los chismes mecánicos en general, y por los relojes como aquel, en particular. Así que, miren ustedes por dónde, acabé descartando, sin querer, mi incipiente vocación de ingeniero, mecánico o similar. Lo de dedicarme a apretar teclas para ganarme la vida, se me ocurrió poco después de que mis padres aparecieran, a finales de 1982, con aquel artefacto beige (que, por cierto, nunca me dio por desmontar) made by Commodore. 

Hala, a lo tonto, a lo tonto, una vez más, hemos llegado al punto en el que, describiendo cuarenta y tres malabarismos tártaros en el aire, consigo enlazar la atronadora imbecilidad introductoria con el título que, se supone, tenía que comentaros. Resulta que, este Clik Clak, es uno de los juegos de lógica más sorprendentes y adictivos que he visto nunca en un C64. Y, no os lo niego, el hecho de que consista en hacer que los relojes de doce de los campanarios más famosos del mundo, echen a andar, me gustó mucho desde el principio. Casi me dio por recordar el "tirulín-tirulín", del reloj de cuco que desguacé cuando era un mocoso cabezón de flequillo lacio.   

Los juegos de este tipo tienen una curiosa propiedad: consiguen absorber al usuario de tal manera, que, tras una sesión especialmente prolongada, puede acabar tratando de encajar piezas mentalmente. ¿Nunca habéis padecido el Síndrome Tetris de Organización Obsesiva de Figurillas Vagamente Geométricas? A mí no me ha asaltado nunca, a Confucio gracias, pero sé de gente que lo ha sufrido en más de una noche a merced de las calenturas de alguna gripe furibunda, y después de haber pasado una tarde enchufado a la entretenidísima tontería eslava de amontonar piezas de colores y formas distintas. Hombre, lo cierto es que no todos los "puzzles" informatizados pueden presumir de invadir el cerebelo del jugón con tanto éxito. Los hay más flojos (el Deflektor, sin ir más lejos). Este Clik Clak, está más cerca de los desvelos compulsivos del Tetris, sin embargo. 

Otra característica de los juegos de lógica es que les pasa lo mismo que a los teoremas matemáticos más simples: que se enuncian con cuatro palabras mal contadas, pero luego suda uno tinta filipina para demostrarlos. Pues eso mismo: ¿el enunciado de este juego? Conectar dos ruedas dentadas, situadas en sendos puntos alejados de la pantalla, mediante una serie de engranajes.   El bichejo peludo de arriba intenta dar la coña rompiendo un eje...

¿Demostración? Aquí la tenéis. O, al menos, un intento...

Para empezar, tenemos que montar el instalache antes de que se acabe el tiempo, representado por la temperatura de la máquina que hace girar todas las ruedas dentadas. Y, lo más gracioso de todo, es que, el aparatejo, puede sufrir algún que otro recalentón que haga que se nos recorten los segundos disponibles. Por ejemplo, si colocamos algún engranaje en mal sitio y, en vez de transmitir la fuerza de giro, bloquea toda la cadena. Más os vale quitar del medio la rueda incordiante, o el motor se chamuscará eficazmente. El asunto es que, una vez que hayáis situado un engranaje sobre el eje que creáis conveniente, no puede moverse de allí. La única forma de resolver un desaguisado (que, ojo, no siempre consistirá en la ubicación de una pieza en mal sitio; en ocasiones, si no sabéis dónde poner una rueda y la dejáis caer donde os sugiera el Espíritu Santo en forma de chochaperdiz, puede que, más adelante, os tropecéis con ella) es volando por los aires el engranaje de marras. Y para ello, tendréis que echar mano de una de las herramientas que tenéis a vuestra disposición. Concretamente, de la bomba. Fijaos en la parte inferior de cualquiera de las dos capturas. ¿Veis una hilera con cuatro iconos? Bueno, pues os estoy hablando, precisamente, del tercero empezando por la izquierda. Para seleccionar cualquier de ellos no tenéis más que pulsar la barra de espacio y, entonces, mover el joystick a derecha o izquierda, para iluminar el que consideréis oportuno, y pulsar el botón de disparo para activarlo.

Los otros tres son, de izquierda a derecha: 
- Rueda: para seguir montando nuestro mecano desquiciado.
- Punto de mira: situadlo sobre una de las alimañas peludas incordiantes que dan la tabarra sin descanso (enseguida os hablo de ellas) y pulsad fuego para mandarla a freír espárragos.
- Aceite: elimina el óxido de un engranaje. Ojo, porque si no lo hacéis, la rueda girará más trabajosamente, y al motor le entrarán unos calentones que ríase usted de los sofocos de la pitopausia. 

(Acabo de perpetrar uno de los chistes más absolutamente imbéciles de los cientos y cientos de fichas que llevo tecleadas. Esto hay que celebrarlo. Tengan ustedes la bondad de esperar un segundo a que vaya a darme con el tapón de la botella de cava en un ojo, por cretino).

Lo dicho: si colocáis demasiadas piezas en la cadena, el tiempo se os acabará antes. El problema es que no siempre pude uno evitar que suceda tal cosa. Las piezas se nos dan al azar (la única libertad de acción que tenemos sobre ellas, es pensar, de antemano, qué hacer con la siguiente a la que tenemos ahora; si miráis al panel, en las dos capturas, veréis que, hacia la izquierda, una ventana muestra una rueda dentada. Bien, pues es, precisamente, la pieza que obtendremos una vez que coloquemos la actual. Vaya, como en el Tetris), y a veces una queda demasiado lejos de la última de la cadena, o demasiado cerca (se solapan, vamos), con lo que tenemos que ubicarla a tomar por saco, con el consiguiente riesgo de que el cachivache acabe por convertirse en un auténtico escollo más adelante. 

Hablando de los engranajes: los hay de tres tamaños. Fijaos en las capturas, fijaos. Pequeños, medianos y grandes. Como todo, en el Universo de Barrio Sésamo. (Otra imbecilidad magna y egregia. Hoy estoy que me salgo). Lo que quizás os llame la atención es el hecho de que no todas son azul celeste, y más de un engranaje tiene un color sobre su superficie (verde, violeta...). Bueno, pues la única diferencia que tienen, con respecto a los normales, es que dan más puntos si están situados en la cadena (y restan más si, cuando terminemos el engendro mecánico, están sueltos, sin girar; porque, precisamente, ese es el efecto que tiene sobre nuestra puntuación, cualquier pieza no conectada al motor. Ojo: la cantidad de puntos eliminada por culpa de un engranaje ubicado do Buda nos dé a entender, es el DOBLE de la que sumaríamos si estuviera unido a la cadena). Las ruedas rojas son las que hemos de conectar.

Y volvemos a lo de las alimañas porculeras: hay dos en cada pantalla, ambas monísimas, paticortas, con aspecto de peluche de semblante cretinoide... dan ganas de, una de dos, achucharlos hasta que echen el bofe, o acariciarlos profusamente con un cepillito de púas de acero. El bicho gris brinca de eje en eje y, de vez en cuando, la toma con uno de ellos, y salta sobre él hasta que consigue partirlo. Mala cosa, esta, porque nos puede dejar sin un eslabón que podría ser fundamental en la cadena. En los primeros niveles, puede que la trastada no tenga mucha importancia, ya que la práctica totalidad de la pantalla está llena de ejes. Pero esperad a ir progresando, esperad, y ya veréis qué gracia os hace enfrentaros a situaciones en las que hay auténticas calvas en el mar de palitroques ensartarruedas, y la aviesa monería se dedica a quebrar los pocos que se yerguen intactos. 

El bicho marrón es quizás menos dañino a corto plazo, pero puede ser una auténtica migraña como le dejemos hacer. Se dedica a oxidar las ruedas sobre las que se posa, lo que, como ya os he contado, recalienta el motor. 

Una última cosa, por cada dos ruedas coloreadas que consigáis enlazar directamente, obtendréis una moneda que podréis utilizar en una fase de bonificación entre nivel y nivel. Resulta que, en esos instantes, el juego os permitirá echar una partidilla a una máquina tragaperras en la que tenéis que formar una combinación de tres iconos. Si dais con una adecuada, conseguiréis más herramientas (bombas, aceite y demás). Algo esencial, porque la verdad es que se nos dan poquísimas de ellas al principio del juego. 

Lo mejor

* Inmensamente adictivo.

Lo peor

* Las herramientas son, quizás, demasiado escasas.