Portada de Elvira 2 - The Jaws of Cerberus

FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO

Elvira 2 - The Jaws of Cerberus

GéneroAventura / Rol
Desarrollado porFlair Software
MúsicaSean Connolly
Año1992
Veredicto originalMola
Valoración8/ 10
Gráficos
10
Sonido
2

Material

COMENTARIO ORIGINAL

La review

Si los gustos de uno evolucionan con los años, es de esperar que el chascarrillo que nos hacía una gracia loca cuando arrastrábamos nuestra granería y nuestro bigotillo incipiente (mira que nos ponemos condenadamente feos durante esos años) (y después, ya ni te cuento) (grroarr) (¿a que acojona?), década y pico después nos merezca la misma atención que las gráciles andanzas del último chou televisivo preescolar, protagonizado por monigotes amariconados de gomaespuma chillona, que pían, canturrean, susurran, suspiran, bufan y, en general, hacen que a uno le den unas ganas locas de endiñarles con un sofá de tres plazas, hasta que adquieran la consistencia de una ración de chocos a la plancha. Pues eso.

Cuando alguien me viene esbozando una sonrisa mameluca, medio forzada, medio sincera, y recitando aquello de "llega un tío a un puticlub y...", se me llena la boca de Bollicaos y pastelitos de la Pantera Rosa. Como en los viejos tiempos de la mochila atiborrada de libros con nombres tan polvorientos e invocadores de cuanta morgañería y caspa quepa imaginar como "Senda" (el de religión, creo recordar) o "Naturaleza y Sociedad"... ya puestos a mezclar, ¿por qué no "Cazón En Adobo Y Anisetes Con Merengue", o "Batido de Garbanzos Y Acelgas Con Mojama De Marrajo Y Coca-Cola"?... aunque, ahora que lo pienso, tampoco es mucho menos inquietante el título "Conocimiento del medio" que se estila ahora; a los chavales deberían darles ganas de sentirse congrios acuciados por la imperiosa necesidad de conocer los intríngulis de la charca fangosa a través de la que se deslizan, no sea que alguna milana hambrienta les jinque el pico donde más les duela. Deberían, sí. Pero me da a mí la impresión de que el parque neuronal con el que cuentan los platelmintos que se dejan caer por las aulas modernas no les alcanza para tanto. En el mejor de los casos, igual llegarán a empatizar con la larva del gusano de seda. O con el capullo. Más bien.

... cómo empezar hablando de los chistes pueriloides que contábamos en el patio del cole, cuando nos arreaba el hormonazo propio de la edad y no hacíamos otra cosa que concretar, con todo el esfuerzo del mundo, las enmieladas abstracciones lúbricas que la testosterona nos sugería constantemente, y terminar citando a los bichitos que pueblan las pozas pestilentes de agua estancada y verdín, en una sola lección magistral. ¿Ha quedado claro? ¿No? Me alegro. Se trataba exactamente de eso.

Lo que os decía: "va un tío a un puticlub y..."

... y qué risa y qué divertimento cuando uno tiene trece añitos recién floresíos y le cuentan las desventuras del enano contrahecho con forma de botijo a medio cocer en el horno de un alfarero tuerto, manco, cojo y retrasado mental, y sus tejemanejes con la Puri, la Paca o Macumba La Succionadora.

... y qué hartazgo cuando, ya entrando en la treintena, tiene uno que oír, por nonagésimo cuarta vez, la narración de las fazañas e gestas de la Señorita de Afecto Negociable con el ojo de cristal y el transistor de onda corta implantado en el esfínter, cual si de un ciborg incontinente y lascivo se tratara.

Bueno, pues algo parecido tendría que sucedernos, digo yo, con nuestra forma de entender la belleza femenina. Es de esperar que, con el paso de los lustros, la marejada arrebatadora del hormonazo descollante vaya remitiendo y, al mismo ritmo, vayan desinflándose las prieteces de nuestro oscurísimo objeto de deseo arquetípico. Me atrevería a decir que quizás sea buena cosa para casi todos que, en la balanza de nuestros desvelos lúbricos, según pasan los años, vaya pesando más el cerebelo de la señorita de turno, que su muslamen desparramado.

Bienvenido a Producciones Liendre Garrapatesco En los prolegómenos del desperezamiento de nuestra bioquímica churruscadora, no hay nene de pelusilla superlabial incipiente que sea capaz de desviar la mirada ante la exposición de vehículos para la navegación aerostática, dirigibles, zepelines y sondas de exploración troposférica debajo de cuatro centímetros cuadrados de vestidito elástico y traslúcido, que despliegan mozas tan lozanas como la tal Elvira. El "llega un tío a un puticlub...", vamos.

No, si tiene que haber de todo, vaya. Sutilezas y obviedades. Sugerencias veladas y carnaca frondosa y densa, en oferta. Edición limitada de tetamen proceloso do alcanza la vista. Me van a permitir ustedes que me quede con la primera alternativa. Y si no me lo permiten, me da lo mismo: hace ya tiempo que dejaron de hacerme gracia las peponas reventonas encofradas en un armazón de maquillaje fraguado, embutiendo, a duras, su dermis tensa y lustrosa en las angosturas y apreturas que el esbozo de vestidito hortera les hace padecer. Me parece muy bien que haya quien, concejal del todo, consejero sin tacha o ministro sin discusión, se siga pirrando por "el tío que llega a un puticlub". Pero, oigan, a mí cámbienme el disco.

De todos modos, reconozco que Elvirita no me motivaba ebulliciones de ninguna clase, ni siquiera cuando, por la edad, me prestaba a ello. Cuando mugía al borde de la licuefación la legión de montoneras de acné en celo errabundas a las que, está claro, iba dirigida la portada del Barbarian, protagonizada por aquella tal María Whittaker, con sus mohínes de vampiresa lúbrica del mesolítico, sus morritos de emperatriz belicosa de las cavernas y sus veintisiete gramos de tela asfixiada que se las veía y se las deseaba para tapar sus prominencias, valles, mesetas, cordilleras, cabos, hondonadas, penínsulas y geodas diversas, servidor de ustedes miraba carátula tan desmelenada con una mezcla de aburrimiento y curiosidad golfa. Poco más.

Elvira me resultaba tan insoportable que nunca pude imaginar sus clubes de fans sino como congregaciones de garrulos de tasca aceitosa, que silabean al leer el apartado de fritadas mugrientas y colesterosas del menú. Perdóneseme, pues, si entre vuesas mercedes se cuenta algún incondicional de esta especie de espantapájaros chupón siliconado. A mí, qué quieren ustedes que les diga, me resulta más bien poco sugerente. Cosas mías, supongo.

No, si luego, a lo mejor, le quitas el pelucón cardado de catorce kilos, le sometes la carita a un lavado con chorros de vapor de sosa cáustica, y le cambias el disfraz de la hermana zorrona de Morticia Adams, por algo con más clase (hasta una saca de esparto valdría) y, ¿quién sabe?, igual es hasta una belleza y todo. Si cimientos no le faltan a la zagala, ¿para qué lo vamos a negar? Pero es que no se trata de hechuras, sino de la forma de no tener ni puñetera idea de aprovecharlas con un mínimo de elegancia. Querrían los padres intelectuales del personaje, digo yo, crear a una especie de vampiresa libidinosa para el feliz consumo de la macarrería de motel roñoso. Porque, desde luego, si era esa su intención, lo bordaron.

Que sí, que sí, que me cae mal la Elvira esta. La especie de bruja que, parésceme a mí, hechiza a base de meneo de pandero y reparte sortilegios a pezonazo limpio, y que se deja retratar en las portadas de los juegos que protagonizó para las máquinas de 16 bits (y -sólo- una de 8: el C64; faltaría más), acompañada de una especie de atrezzo pueriloide que, sinceramente, no acabo de entender en qué medida contribuye a aumentar lo erógeno del cuadro. Qué manía, la de despelotar a una zagala, ponerle dos guantes de boxeo, un ojo morao y una tirita en el culo y, ¡hala! ¡a hacerle fotos, despatarrada sobre un ring! O la de tocar su delicada cabecita con una gorra de tripulante de submarino nuclear soviético y retratarla mientras saluda marcialmente, en cueros, sobre un glaciar lapón. Muy bonita y sensual la combinación de rictus de titirona feroz a duras penas contenida y el leve tonillo morado de la epidermis de la joven.

Será que soy muy clásico en estos asuntos. Pero, os lo digo de verdad, lo de medio disfrazar a una zagala de cualquier gilipollez, para después someterla a una sugerentísima sesión de fotografía picantona, me parece una chorrada inútil. Hombre, siempre cabe la posibilidad de que no sea infrecuente entre los consumidores habituales de tan elevada literatura, una fantasía en la que se lo montan con una bombera o con una conductora de cosechadoras industriales. A mí, que me dejen de aspavientos forzados y fetiches de colorines. Cuanto más natural, mejor. De ahí, supongo, esa especie de semi-inquina que, desde el principio, le profesé a la tal Elvira. Lo que no impidió que me hiciera con su Mistress of the Dark, tanto en la versión de Amiga como en la de C64. Buen juego, pardiez.

No mucho tiempo después, pude ver el anuncio de la segunda parte, en la por todos conocida MicroManía. Hala, ¡pues también tuvo adaptación commodorera, y también corrió a cargo de la gente de Flair Software! Una compañía, a todo esto, celebérrima, no hay duda, en el mundillo jugonero de la época. Vamos, tan, tan, tan, conocida como podría serlo... hmmm... ¿qué sé yo?... El Peíto y el Risitas en Birmania. O incluso menos.

No sé, pero yo diría que lo que más debió de costarles a los miembros de tan excelso cumuleno de picateclas fervorosos e inasequibles a la fatiga, la migraña y la cordura, fue meter un juego pensado inicialmente para máquinas de 16 bits, en una de 8.

El asunto es que, tanto la primera parte como (a ver, a ver, todos conmigo, y una, y dos y...) esta-que-nos-ocupa (trademark: yo) ponen el acento en el despiporren visual. Venga gráficos apabullantes. Venga ilustraciones descollantes. Venga animaciones dignas de... esto... de la más cutre y mugrienta de las películas de sangre tomatera y viscerillas de látex embadurnadas en ketchup.

No, si (en contra de lo que claman algunos malintencionados) yo creo que al viejo Commo, lo de pergeñar dibujitos vistosos no se le daba nada mal. Pero, claro, ocupaban memoria. Mucha memoria. Y con una cantidad de RAM que, allá a principios de los 90 hacía ya tiempo que venía dando una mezcla de penita mora y risa basilisa, en aviesa conjunción con una unidad de disco aproximadamente un poquito más lenta que el proceso de redacción de las égloglas, elegías, gestas y avatares de Bravasturaba El Hitita, con cincel y mazo, y sobre pedrusco basáltico, pues, claro, os podéis imaginar lo ágil que resultaba el producto:

-Paso al frente - "Inserte usté el disco sotopomil, hágame el favor" -Click - "Apriéteme el botón de disparo, si no es mucho pidil". -Click - "Hale. Espéreseme una miaja, majico..." - Ahí va, cagontó, que me he equivocao, que no era por aquí, que adentrándome en las siniestras lobregueces de ese corredor me toparé irremisiblemente con el temible Gargajiche Plastón de los Abismos Mismos, y yo con estos pelos y sin mi fidelérrima motosierra trepanadora, que me la dejé en el retrete. Endeluego... nada, nada, pulso el botoncito para retroceder -prudente, trémulo- un pasito, y asunto arreglado. Click - "Inserte usté el disco chopodós, si nosmucha molestia" - Click - "Apriéteme el botón de disparo, pero suavesito, suavesito, que de seguida me entran los siete temblores, y se pone la cosa mu mala..." - Click - "Ay, pero qué resalao que es mi niño. ¿Te importa esperar un poquito más? Consejo: usa la cajita de Valium Masivo For Family De Marsopas Hidrópicas Con Evidentes Desórdenes Endocrinológicos que el juego trae de serie... ah ¿que no la trae? ondia, qué fallo... espera, que aún no he terminado de cargar" - Déjalo, anda, déjalo, que tengo cosas más interesantes que hacer, como sentarme en la terraza lavadero a observar, embelesado, absorto, cómo la cal va obstruyendo los manguitos de la lavadora. Que ya lo decía el técnico ese gordinflas de la tele. ¡Calgonit, señora, Calgonit, no me sea gilipollas! ¡Guarra! ¡Zorrona! ¡Prostíbula!

... y todo eso, ya sabéis. Sí, hombre, ¿a quién no le ha pasado nunca algo así? Ejem.

¿Os acordáis de cuando os hablaba del Elvira 2? Ahh, qué tiempos aquellos. Pues, mirad, ya que me habéis pillado con el nervio nostálgico en pleno pálpito, os contaré que, por lo visto, la excelsa pelandrusca que adorna la portada del jueguecito en cuestión, después de que, en la primera parte, consiguiéramos, galantemente, dejar su castillito familiar como una patena, limpiándolo de mugre, roña, cochambre, pelusones, bestezuelas antropófagas del abismo más negro, pestilente y desagradable que os podáis echar a la cara, y otras menudencias comparables, va y nos lo agradece poniéndolo en venta. Y, claro, tal y como está la cosa de la vivienda últimamente, la muchacha se embolsa una pasta gansa. Por muy castillo polvoriento que sea y por muy pringado que esté de churruscada hemoglobina infernal y temblorosas babazas luciferinas, siempre se pueden encontrar compradores. Vamos, si se encuentran desdichados desesperados por un techo bajo el que cobijar sus cuitas, que acaban pagando lo que no está en los escritos (ni estará, por puritita vergüenza torera), por una caja metálica de esas que hay en las calles y que albergan los cables del teléfono de todo el barrio, y, nada, allí se incrustan ellos todos los días, tan calentitos, bit para aquí, byte para allá, cotilleo por acullí, refriega conyugal por acullá...

Madre mía, pero qué tarde llevo.

Nuestra insigne Elvirita, toda elegancia, toda sobriedad, todo saber estar y todo olvidar que existe una cosa que se llama ropa interior, con los beneficios, se compra un estudio de cine para ella solita. Así, podrá rodar las películas de terror más espantosas y salpiconas que se hayan proyectado nunca en cine alguno. Después de "Mi Padre, Mi Héroe", claro está. Pero qué cosa más horrenda, Dios mío. Esú, Aría y Osé. Tal parecía que el director había hecho fuerza por que saliera así de mala. Bla, bla, bla... ...

Hum...

*Hondo y regurgitante sorber de mocos, na más que para romper el tenso silencio que acaba de formarse, de un modo estrepitoso y asombrosamente eficiente*.

Hete aquí que cierto día, la buena zagala desaparece, y nosotros, en el papel del novio (no, si a mí, semejante acúmulo de silicona volcánica no es que me haga mucha gracia... pero, bueno, ya puestos, y ya que insiste... emmm... *estornudo oportunísimo* ... ejem, ejem, trrrrjeeeem...) hemos de dar con ella. ¿Qué susedió, mi amorsote? No se sabe, ni se le espera, ni contesta, pero el noviete concluye que las cosas no pintan muy bien, cuando llega al estudio... y descubre que la buscona lamelíflua de su costilla ha decidido bautizarlo con el muy tranquilizador y nada sugerente nombre de: "Producciones La Viuda Negra".

La madre que la parió.

Sea como sea, el lugar parece abandonadísimo y cerradísimo. Bueno; lo está. Y ahí es donde comienza la historieta: ingeniáoslas para entrar en el edificio de la productora, meter las narices por todas partes -tratando de que ningún espantito como el que podéis ver en la captura de abajo, os la rebane de una corná-, y, ya que estáis por allí, y si no es mucha molestia, dar con nuestro entrañable muestrario de silicona recauchutada industrial, que debe de andar pelando la pava con algún engendro del Averno, rebozado en azufre infernal, ectoplasma diabólico y mocos antipáticos. Segurísimo. La muy petarda.

No, no os asustéis, que es Elvira recién levantada En realidad, Elvira 2 es algo así como el resultado de someter a la primera parte a un lavado de cara más bien superficial. La interfaz, aunque ha cambiado algo, se maneja prácticamente del mismo modo. Bueno, hay algún que otro aderezo añadido y un par de botoncitos que han pasado a mejor vida, pero, en esencia, si uno sabe manejarse a través de las lobregueces de la primera parte, no tendrá el menor problema para repintar de rojo-higadillo-de-mocarrada-luciferina las paredes de la productora. Si se dejan, claro. Que no suele ocurrir.

Os cuento: la primera novedad llamativa es esa especie de muñecajo que podéis ver en la parte superior izquierda de la pantalla. Si os fijáis bien, notaréis que, de su cabeza, pecho, brazos y piernas, parten sendos rayajos, en cuyo extremo se encuentra un número. Incluso puede que, en el paroxismo del despiporren neuronal, advirtáis que, si os da por sumar los guarismos de marras, el resultado coincidirá con el que puede verse en el recuadro que hay justo encima de la cabeza del maniquí en cuestión. Anda la plantígrada. (Huy. Ji, ji, ji... *Otra sorbida de abundante mucosidad nasal*. Ji. Pero qué graciosismo acabo de parir, oigan ustedes. Que sí, que sí: anda la plantígrada. ¿Lo pescan? ¿Sí? Pobrecitos). Se trata de eso de los "puntos de golpe".

Ya sabéis, esa forma tan ingeniosísima y precisa de modelar la resistencia de un organismo vivo a toda suerte de empellones, tobones nuqueros y coces, que afirma que, un señor que haya encajado el embate de un búfalo maníaco-depresivo que la haya tomado con su epigastrio y haya decidido pateárselo durante un cuarto de hora con todo el salero y todo el arte del mundo, de modo y manera que su vitalidad (la de la víctima, no la del hirsuto ademán de morlaco) haya quedado reducida hasta el 1% de la de una persona bien descansada, bien desayunada, y recién duchadita y repeinada, aún es capaz de brincar, trotar y corretear como una Jaca Paca cualquiera. Que sí, que sí, que es de lo más creíble, no me digáis que no: el tipo tiene los arrestos para seguir combatiendo, a colleja limpia, contra un mihura embrabesío, y nadie nota los efectos de la colección de cornadas que guarda en el cuerpo, hasta que sus puntos de golpe llegan a cero, momento en el que, esbozando algún gesto especialmente teatral (¿qué sé yo? alzando los brazos al cielo, contrayendo el rostro en una espeluznante expresión de... esto... esquina cucurbitácea consuetudinaria, mientras se desploma cagándose en todos los inquilinos del Olimpo, por su flagrante dejación de responsabilidades -¿qué es eso de no acoger al héroe valeroso y belicoso, bajo su égida divina?-), se desploma como un muñeco de trapo.

La madre del cordero. Será mejor que me esfuerce por acabar esta ficha cuanto antes.

Pues sí, los puntos de golpe, sí. La suma de la resistencia de los centros vitales del protagonista, resulta en ese numerito tan salao que podéis ver en las tres capturas. Observaréis que, en la primera, es 12. En la segunda, 24. Y en la tercera 36. Se debe a que, conforme vayamos husmeando a través de los corredores de la productora, iremos ganando experiencia. Sí: nada más que con permanecer vivos y, de cuando en cuando, llevar a cabo alguna gesta digna de cantares de gesta diversos, como arrearle un cantazo a una puerta de cristal o apretar el botón de un ascensor. Jaté qué gloria.

En vista de esquema semejante, es de suponer que los malosos que campan a sus anchas por el juego, asustando al miedo con sus chepas peludas y sus caras de haberse quedado dormidos encima de una pizza cuatro estaciones (dentro del horno), tienen la posibilidad de golpear al héroe en puntos concretos de su cuerpo serrano ¿verdad? Pues sí. Es de suponer, sí. Ahora, de ahí a que ocurra eso realmente, pues como que media un abismo incluso más grande que el que separa a mi semper victis Club Deportivo Badajoz, de no escarajarse, de cabeza, en la Segunda División B, al final de esta temporada. Que ya es abismar.

El problema es que no hay manera de encontrar el manual por esas güebes. Ni por ningún otro lado. En la imagen emulable que podéis descargar desde esta página, tenéis un resumen de la documentación, pero el autor, que se ve que andaba poco emprendedor, se limita a narrar una miaja de la historia y a enumerar los hechizos que podéis lanzar. Algo es algo. Desde luego, bastante más que lo que hasta ahora he podido deducir del librito en polaco que venía en la caja de la versión que compré en eBay. Te lo juro por las garrapatas de Snoopy. En polaco del bueno. Y, claro, entre mprushnys y jaklinskis de toda suerte y condición, difícilmente puede uno concluir que lo de dividir la resistencia del bueno entre sus puntos vitales va más allá de la fantasmada pura y dura.

Los botones con texto de la primera parte ("abrir", "examinar", y todo eso...) han sido sustituidos por una serie de iconitos naif (desaforado cuadriculamiento obliga) y algo parecido a un sistema de "ayuda contextual". ¿No se llama así eso de saber para qué sirve algún detallito de un programa, simplemente pinchando primero en la interrogación de turno, y después sobre el rasgo en cuestión? ¿Cómo? ¿Que no os pregunte a vosotros, que, a fin de cuentas, el informático soy yo? ¿A que os meto tres mprushnys y dos jaklinskis y me quedo tan plrotstroski? Bkstroff!

Bueno, pues eso: pinchando con el cursor sobre un objeto, podréis acceder a distintas opciones, en función del tipo de cachivache del que se trate. Así, si se trata de una voraz tizona, podéis examinarla o blandirla. Y si estáis manejando un saquito, cofre o similar, podéis abrirlo y, así, hurgar en su interior.

El resto de maniobras que tendréis que hacer, ya os digo, son prácticmente idénticas a las del juego original. Eso sí, en los combates, lo de seleccionar "bloquear" o "golpear", funciona de verdad. O eso, o es que las versiones del Elvira 1 con las que me he topado en Inet, se portan todas como Vishnú les da a entender, porque parece que integran las dos funciones en una sola, de forma que, para detener la acometida de alguna alimaña mugiente a medio pudrir, tiene uno que arrearle con el espadón de turno. Bueno, pues ahora no: según elijáis el icono con forma de daga o el que parece un escudo ("parece", insisto), accederéis a un modo de combate u otro. A partir de ahí, se trata, simplemente, de pinchar sobre el maloso contrahecho, deforme, fané y descangayado, en el instante exacto (normalmente, cuando está a punto de empezar la maniobra para colocaros una turboyoya del Séptimo Círculo del Infierno, debajo de una ceja). Sabréis si habéis conseguido arrearle con el hacha de despiezador de reses, si el SID profiere un ridículo gorgorito asfixiado. Y es que, supongo yo, con tanta animación descollante y tanto gráfico desmochante, a los programadores debió de quedarles más bien poco espacio para alojar los efectos sonoros. Pero, esperad, esperad, que os lo cuento un poquito más adelante...

Lo mejor

* Los gráficos son impresionantes.
* Entretenido, adictivo, interesante, bien ambientado...

Lo peor

* ¡Venga accesos a disco!
* El sonido sigue dando aproximadamente la misma penita.