FICHA ORIGINAL · ARCHIVO MODERNIZADO
Shadow Dancer

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COMENTARIO ORIGINAL
La review
Es curioso cómo se deforman las historias gracias a eso de la "radio macuto". Ya sabéis: Perenganito se entera de que Futanita le ha puesto los cuernos a su novio Zutanito... así que corre a contárselo a su primo segundo, Pepito Chumbipérez, quien no pierde tiempo y en seguida da salida al notición. En menos que canta un gallo, amiguetes, allegados y señores que pasaban por allí, son partícipes del chisme. Entre maquillajes voluntarios, añadidos involuntarios y aderezos que se cuelan de rondón, al cotilleo original termina por no conocerlo ni su padre. Tras un puñado de brincos, de curiosón a curiosón, de métomentodo a métomentodo, la historia acaba transmutándose en el sobrecogedor testimonio (para todo el mundo, fidedigno, más que verídico y científicamente irrefutable) de cómo el desdichado novio de Futanita fue asaltado por un gorila fucsia desequilibrado, que la emprendió a golpes de poste de la luz con su costillar. ¡Pobre novio de Futanita!
Lo más gracioso de todo esto es que habrá muchos más chismosos ávidos de algo
que rompa, aunque sea de forma banal, trivial, aburrida y vulgar, su monotonía
diaria, que estarán más dispuestos a creerse la historieta del agresivo y alevoso
simio de colorines, que la de las cornucopias diversas. Seguro que en ello no
les influye el hecho más que probado, que a Futanita la conocen todos los mozos
de su pueblo y de los del resto de la comarca.
... y los turistas franceses...
... y los ingleses...
... y un equipo de lanzamiento de peso femenino de Alemania...
... y el párroco...
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El común de los mortales podrá ser sencillo. Podrá ser humilde. Podrá ser rutinario. Pero nunca pierde la imaginación. Eso está muy, pero que muy bien... hasta cierto punto, claro. El problema viene cuando uno tiene una expectativa previa y, a partir de ella, modifica su percepción de la realidad, para que concuerde con lo que quiere ver. No sé si me explico. |
Si os pasáis una tarde intentando reconocer la forma de una zambomba en las nubes veraniegas, os aseguro que la acabaréis reconociendo. A eso me refiero.
¿Que por qué os cuento tamaña monserga? Bueno, vamos a ver... ¿qué os sugiere eso de los "Ninja"? Imagino que los commodoreros entre vosotros (algo me dice que son abrumadora mayoría), clamaréis enseguida: "¡Last Ninja, Last Ninja, Last Ninja! ¿Me he ganao ya la camiseta?". Pues no, queridos míos, no os habéis ganado la camiseta. Estoy hablando de los Ninja de verdad. Los auténticos. Los genuinos. Sin conservantes, ni colorantes. Vamos, tan desconservados y decolorados que no se parecen ni de coña a los que nos pinta el imaginario popular. Porque, dicho sea de paso ¡menudo imaginario, oigan!
Durante los 70, Bruce Lee puso de moda el cine de artes marciales. Llevó a las masas eso tan arcano de las patadas en la osamenta y las sardinetas detrás de las orejas, siempre respaldado por una banda sonora mezcla de música de la época y una nutrida batería de chilliditos, aulliditos y grititos ridículos. "¡Ajui! ¡Ajui! ¡Jiá-jiá-jiaaaaaaaaaá!" y todo eso. La cosa creó escuela, curiosamente, entre el público menos exigente (por decir algo políticamente correcto...). El "cine de barrio" en esos países bárbaros y atrasados en los que no tenían a Fernando Esteso, Marcelino Pan-y-Vino y Paco Martínez Soria (ejem) solía ofertar al pueblo soberano toda suerte de ensaladas de codazos malabares, guantadas volantes, bofetones equilibristas y capones saltimbanquis. Así, una caricatura de la cultura de extremo oriente se desparramó por entre las gentes más sencillas de occidente. Muchos no supieron entender que las payasadas de Jackie Chan no tenían mucha más enjundia que las de aquel pelele circense que pretendía ser un cruce entre Cristóbal Colón e Indiana Jones en la versión cinematográfica gilipollesca y de fácil digestión (de todo tiene que haber en esta vida) del Descubrimiento de América (y que, curiosamente, se estrenó casi al mismo tiempo que 1492: La Conquista del Paraíso. Con sus más y sus menos, creo que esa SÍ que es una película cojonuda). Lo cierto es que el estricto sentido de la jerarquía y el honor, de la responsabilidad hasta lo inhumano, del valor, de la fiereza... en fin, el credo de los equivalentes a nuestros templarios, hidalgos y caballeros europeos en el Japón feudal, esto es, los samurai, nunca trascendió al cine de bocaos en los párpados y pisotones en la pituitaria. Demasie p'al body popular, no sé si me explico.
Siempre me ha parecido muy interesante la cultura medieval oriental. No tengo ni puñetera idea de ella, vale, pero me parece interesante de todos modos. La desolación del ronin, o sea, el samurai que se queda vagabundo, sin un señor al que servir, cuando éste estira la egregia pata. El porte aterrador y solemne a la vez, de sus armaduras. Y, sobre todo, los Ninja. ¿Quiénes fueron?
Bueno, pues hasta donde yo sé, se trataba de una especie de orden / clan / todos-juntitos-manque-no-revueltos de espías al servicio de algún feroz mangante de ojos rasgados y cara de estreñimiento perpetuo (horror de horrores). El imaginario nipón se encargó de deformarlos a través de los siglos, hasta convertirlos en una caricatura de lo que representaban. Y para terminar de joder las cosas, ahí estaban Jackie Chan, Chuck Norris y demás acróbatas infatigables. La imagen que tenemos hoy día de aquellos sujetos misteriosos del siglo XIV, se parece tanto a la realidad como un radiotelescopio a un espárrago. Imaginaos.
Reconozco que me gusta eso del "infiltrado sigiloso". A los Ninja
se les suele llamar (en Occidente, claro; o sea, en videojuegos, películas de
acción y adláteres), los "asesinos silenciosos", pero, hasta donde
yo sé, tenían más de lo segundo que de lo primero. A la hora de degollar al
prójimo eran bastante torpes. Sin embargo, sí que parece que desarrollaron toda
suerte de técnicas para meter las narices donde nadie les había llamado, sin
ser detectados. Eso del sigilo, eso de entrar en un fortín vigilado a conciencia
por matones con cara de perro pachón enarbolando las armas cortantes, punzantes
y contundentes más retorcidas y grimosas que uno pueda imaginar, perpetrar alguna
fechoría saboteadora y salir de allí sin que nadie se dé ni cuenta, es algo
que siempre me ha atraído más que la idea del guerrero de dos metros cuarenta
de alto y doscientos doce kilos de peso (de los cuales, el cerebro se lleva
siete miligramos), que irrumpe en las barracas del castillo echando abajo el
muro de carga a golpes de cráneo y se merienda a una guarnición entera él solito.
Me gusta más la idea del héroe silencioso, que cumple su misión con
elegancia, entre las sombras y sin tener que descabezar a nadie ni romper nada,
que la del Rambo de turno que sólo entiende de soluciones cuando hay una
ametralladora pesada de por medio.
| Los ninja siempre han tenido bastante mito detrás. Mito que equivaldría al gorila fucsia trastornado de mi desvarío de antes. Los "infiltrados sigilosos" de verdad, ni siquiera llevaban ese traje negro con el que se los pinta frecuentemente. Sí, ya sabéis, una especie de pijama de invierno, con leotardos y pasamontañas de camuflaje. | ![]() |
Por lo visto, en el teatro Kabuki japonés, cuando aparecía un ninja, había que hacer hincapié en su condición de poco visible. La sombra, el viento entre los sauces, la pedorreta transportada grácilmente por el dios del Este y demás floripondieces líricas. Y se conoce que, para representar tal cosa, cubrían al actor pertinente con ropajes negros. Eso, en el Kabuki de marras, parece que viene a significar algo así como "no toi, no podei verme, toi ejcondío". A partir de ahí, a los Ninja se les empezó a representar de tan siniestra guisa... cuando, en realidad, repito, ni siquiera vestían así.
Quizás el protagonista de este Shadow Dancer (sí, lo sé, ya iba siendo hora de que hablara del juego) no encajaría demasiado en la imagen arquetípica y deformada que tenemos de los seguidores del Ninjitsu. Para empezar, el tipo va de blanco inmaculado. Ya se sabe, con detergente ¡AYASUIII-OSUUU-KUIII-SOOOOO! (hay que pronunciarlo a alarido limpio; si no, no vale), su kimono queda impoluto de toda mácula y toda mancilla. ¡Evite que su marido se haga el hara-kiri por cualquier soplapollez! ¡Lave su honrilla, a mano o a máquina! ... esto... Bueno, pues eso; para empezar, nuestro agresivo Ninja va ataviado como un miembro del Ku-Klux-Klan y, para seguir, se hace acompañar por un chucho ferocísimo. He aquí el detalle más original del juego.
... corrijo: he aquí el ÚNICO detalle original del juego. Porque, admitámoslo, será todo lo adictivo y entretenido que ustedes quieran, pero Shadow Dancer tiene más bien poco de innovador. Ni siquiera oficiosamente... lo digo porque muchos rebautizaron a este simpático (pero desteñido) arcade con el sobrenombre de "Shinobi 2". No sé si tiene algo que ver con aquel juego que tan bien convirtió Virgin a nuestro C64, pero desde luego se le parece la tira. Eso sí, es bastante menos rápido y, desde luego, no está tan cuidado técnicamente. Pero no adelantemos acontecimientos... (como si hablar de la apariencia de un videojuego más antiguo que el concepto de la meada fuera "un acontecimiento"; jo, qué pena más triste...).
En el Shinobi original, el héroe tenía que rescatar a un grupo de niños, secuestrados por una pandilla de terroristas armados hasta los dientes y respaldados por toda suerte de engendros expertos en cascarle la rabadilla la prójimo a base de patada-con-giro y rodillazo-volante. Bueno, pues sustituid a los aterrorizados infantes por un buen puñado de bombas termonucleares. Nuestro ninja debe desactivarlas y no podremos superar un nivel hasta que nos hayamos hecho con todas.
Nuestras correrías, nuestros "ajuis-ajuis-ji-ji-ajás" y nuestra devastadora magia ninja (por cierto: contamos con tres usos de ésta; cada vez que la activemos, pulsando la barra de espacio, mandaremos a freír monas del Fuji Yama a todos los malosos que medren por la pantalla) nos llevarán a través de 15 niveles diferentes, organizados tal que así:
- Hay 5 fases.
- Cada una de ellas consta de 3 niveles.
- El tercer nivel de cada fase, es la inevitable refriega con el inevitable malo
gordísimo de turno. Como el que adorna la captura de abajo, mismamente...
Comenzamos en un aeropuerto, y habremos de atravesar los complejos subterráneos y de altíiiisimo secreto en el que los malosos planean alguna tropelía inenarrable contra... ¡un Trasbordador Espacial! ¡Toma castaña! Da igual que el protagonista sea un experto en las artes del Ninjitsu recién llegado de Yokohama. Da igual que sus enemigos no desmerezcan en cualquier episodio de Bola de Dragón... si el objetivo de sus fechorías no está en los USA, no nos quedamos tranquilos. Hay que ver, todos los totalitarios, dementes, pirados, supervillanos y extraterrestres del Cosmos tienen una fijación por la tierra del tito Sam en general, y por Nueva York en particular que... que... que... hum... ahora que lo pienso... a ver si iban a tener razón y todo, los tebeos de Spiderman... no, es que si uno pilla al Duende Verde y le cambia la máscara siniestra esa por un turbante y una espesa barba, pues... esto... olvidémoslo...
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El Shinobi original se desarrollaba con scroll lateral a través de fases en 2D que, con mucha frecuencia, nos permitían desenvolvernos en dos alturas distintas. Me explico: el bueno comenzaba correteando a ras de suelo. Pero casi siempre le era posible saltar hacia la parte media-alta de la pantalla, por donde transcurría algún balcón, repisa o tejado en el que se refugiaba el maloso vigilando al nene raptado de turno. |
Algo muy similar ocurre en este Shadow Dancer. Hay etapas en las que
tendremos que acceder a zonas elevadas para desactivar la bombita en cuestión,
siempre férreamente custodiada por algún psicópata armado hasta los dientes,
claro, pero... ¿qué es un psicópata armado hasta los dientes para nuestro
avezado Ninja? ¿Eh? ¿Qué es?
...
Pues un peligro, sinceramente. Y es que el juego es difícil con ganas. Sospecho
que, precisamente, en eso radica gran parte de su encanto. Sí, bueno, imagino
que hablar de encanto en una pavadita como la que nos ocupa es algo excesivo,
pero reconozco que, pese a sus muchos defectos, este Shadow Dancer tiene algo.
Pero volvamos a la dificultad: pues sí, el protagonista será capaz de cazar a
una mosca con sus chopsticks, mirando al tendido y mientras, con la otra mano,
detiene grácilmente los shuriken que le lanza su maestro, pero... cuando se
trata de enfrentarse a matones que enarbolan cuchillos jamoneros y rifles de
asalto, el pobre se nos defeca encima del kimono. ¡Es lento! Sí, el juego es
bastante lento. No, no se trata de un problema de megahertzio (adviértase el
uso del singular en esta palabra) en esta ocasión.
A fin de cuentas, el Shinobi original era mucho más vistoso y detallado, y se
movía con muchísima más soltura; sin comparación. Es que, por lo visto, la
gente de U.S. Gold decidió que el baile con las sombras del protagonista, fuera
un lento agarrao.
... y perpetrada semejante ESTUPIDEZ de juego de palabras, procederé solemnemente a darme cuatro o cinco golpes en los tobillos con la tabla de planchar. Por capullo.
Sigamos. Insisto: estamos ante una especie de Shinobi enlentecido, desteñido y complicado. ¿Dónde demonios tiene la gracia, entonces? ... la verdad es que no sabría decíroslo. Pero, personalmente, el juego me parece de lo más adictivo. Supongo que el detalle del perrito faldero de fauces aceradas y babeantes, le da un toquecito original muy de agradecer. El chucho no está de adorno: podemos hacer que ataque a los malos, simplemente manteniendo el botón de disparo pulsado durante un par de segundos. No puede cargarse a nadie, pero sí inmovilizará al primer matón que se le ponga a tiro. Y mientras lo tenga entretenido, royéndole las canillas, nosotros podremos acercarnos tranquilamente y mandarlo al cuerno de un eficaz shurikan... erm... shu... shurikan... kazo. Eso mismo. *toses* *carraspeo* *cara de imbécil* *cocotazo contra el pico de la mesa*.
Ojo: el chucho no es invulnerable, y ciertos enemigos pueden reducirlo a aperitivo
para surcoreanos ociosos. Sin embargo, al cabo de unos segundos, volverá a surgir
del suelo. Curioso. La mascota recurrente. Patéela. Bombardéela. Tírela desde
un tren en marcha. Da igual, porque enseguida se le materializará otra idéntica
al lado.
... joé, qué yuyu, ahora que lo pienso... imagina que se te muere un pez del
acuario... lo tiras por el retrete y, en una de estas, cuando vas a atender
la llamada de la madre Naturaleza en forma de retortijón apremiante, aparece
una vivaracha carpa famélica y te arrea un bocado en... en...
... en... ejem... *más toses* *cocotazo contra el marco de la puerta*
↑ Lo mejor
* El detalle del perrito juta-al-malo-y-mastícale-la-nuez, es bastante original.
↓ Lo peor
* La música es fea y los efectos de sonido, vulgares.
* Quizás resulta algo lento.




