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Attack of the Mutant Camels
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En los 80 no era raro que los aficionados a los videojuegos conocieran los
nombres de muchos programadores, músicos, y demás personajillos afines a la
industria. Y uno de los más célebres, sin duda, era Jeff Minter. Un tipo de
lo más curioso. Aún hoy en día sigue luciendo las desaforadas melenas y barbas
que ya por aquel entonces le hicieron ganarse el apelativo de "el hippy".
En esos años, aún estaba cercana la época en la que si no te dejabas greñas,
vestías de la manera más quinqui y antiestética que pudiera ocurrírsete, y ponías
cara de rebelde sin causa, no estabas a la moda. No hacía mucho que se habían
abandonado los ponchos mugrientos y los pantalones de campana (mira que eran
feos los condenados) en favor de las chupas de cuero ceñidas, y el flequillito
cardado. Lo que se dice salir de GuateHortera para caer en GuateMacarra. Más
o menos, vaya...
Pero es que la "hippiez" de maese Minter no le venía sólo por el hecho
de que parecía un orangután esmirriado y con gafas, sino por su cuasi psicodélica
afición a las llamas, dromedarios, ovejas, y demás entrañables herbívoros, que
le llevaba no sólo a vestir camisas cochambrosas que le venían siete tallas
grandes, decoradas con rumiantes surtidos, sino a hacerlos protagonistas de
sus juegos. Y eso, cuando no metía a alguna que otra cabra saltarina.
Sazónese todo con una buena ración de colorido hipnótico (epilépticos, abstenerse)
(no es broma) y una nutrida batería de sonidos psicodélicos, y obtendréis una
colección de títulos que, admitámoslo, con frecuencia no pasaban de ser "mediocres
con gracia"... pero que, merced a la originalidad, personalidad e inteligencia
de su autor, el jugón acababa muchas veces fijándose más en la gracia que en
la mediocridad.
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Jeff Minter tenía una columna mensual en la revista británica Zzap!64, desde la que despotricaba bien a gusto contra media industria del videojuego y allegados. Al menos, lo hacía con estilo... lo que no evitó, sin embargo, que acabara convirtiéndose en el típico personaje que no deja a nadie indiferente. O te encanta, o no lo soportas. Yo siempre he estado más cerca de aquellos a los que les parece, por lo menos, un tipo simpático. Siempre tuvo detalles brillantes. |
Sin ir más lejos, su comentario (en la mencionada columna mensual) de la recreativa
del Empire Strikes Back,
describiéndola como "Attack of the Mutant Camels en 3D", me parece
fabuloso.
Bueno, pues además, creo que servirá de maravilla para que, los que nunca habíais
visto el desquicio mental de "The Hairy One" -otro de sus motes-,
que nos ocupa, os hagáis una idea bastante aproximada.
Jeff Minter nunca programó otra cosa que no fueran matamarcianos (con la excepción
del entretenidísimo Hover Bovver).
Muy originales, sin duda. Pero matamarcianos, a fin de cuentas. Da igual que
los poblara de animalitos peludos, borregos explosivos, y duendecillos saltarines
que recorrían la pantalla esbozando una sonrisa histérica. Matamarcianos, y
punto. Y aquí tenéis un ejemplar más, precisamente.
La cosa no puede ser más sencilla: tenemos que defender nuestras posiciones, del ataque de una manada de camellos colosales (aunque a mí me recuerdan más a una especie de mulas gordas de cabeza escuchimizada) que avanzan pesadamente. Los engendros descomunales comienzan cada nivel hacia la izquierda de la zona. Podremos localizarlos mediante una especie de "escáner" de andar por casa que se muestra en la parte superior de la pantalla. Fijaos en las capturas, fijaos. Los seis muñequitos dromedariomorfos representan a las inmensas moles mutantes, y ese rectángulo rayado muestra el área que abarca la pantalla en la que se encuentra nuestro caza.
... que por cierto, es tremendamente veloz y maniobrable. Tanto es así que al principio os garantizo que os estamparéis contra los protonazos que os escupen los camellos, en más de una ocasión (o contra ellos mismos, si decidís activar la opción de "colisión contra los camellos" que, claro, le da bastante más salsa al asunto). Los épicos, grandiosos y terribles combates entre nuestro caza interplanetario y los ciclópeos rumiantes radiactivos, a veces me recuerdan a la versión psicodélica de una hipotética escena protagonizada por un tábano dándole la brasa a un marrano o a una burra. Así de mágico y poético, sí. Igual es que mister Minter andaba un día reposando su colocón de ácido lisérgico debajo de un ciruelo en alguna verde campiña británica, y mientras presenciaba tan bucólica estampa, los mejunjes alucinógenos que bañaban su cerebro le jugaron una mala pasada. Convirtió a los moscardones en velocísimos cazas galácticos, a la mula torda y reumática en un poderoso camello cósmico de dimensiones faraónicas, y los denodados latigazos que soltaba la pobre criatura con el rabo, tratando de espantar a los recalcitrantes moscones, en devastadoras descargas termonucleares.
| El caso es que la nave protagonista, insisto, no es fácil de controlar. Cuando tratamos de que invierta el sentido de su vuelo, en lugar de limitarse a dar la vuelta, y a apuntar con el morro hacia el lado contrario al que señalaba antes, se desplaza, "patinando" por toda la pantalla, y emitiendo un curioso ruidito electrónico. Es como si derrapara en el vacío. | ![]() |
No es sencillo habituarse, ya os digo, pero con un poco de práctica, seréis capaces incluso de utilizar semejante comportamiento en vuestro beneficio.
Y mientras tanto, el camellazo monstruoso tratará de acribillarnos a base de
bolas de energía que, si impactan contra nuestro caza, le causarán bastantes
daños (aunque no definitivos: puede soportar varios impactos). Precisamente,
en la primera captura podéis ver a uno de los mastodontes justo después de haber
escupido uno de estos dañinos proyectiles (que le sobrevuela la chepa, en su
trayectoria hacia la navecita protagonista).
Tened cuidado, porque cada cinco o seis descargas normales, el leviatán de la
joroba expelerá una diferente. Podréis distinguirla porque emite un sonido distinto
al de las demás... pero no sólo por eso: además, es como un misil guiado por
radar, y tratará de contrarrestar nuestras maniobras, para echársenos encima.
Ojo, porque estas te destruyen a la primera.
Tienes que darte prisa en reducir a los camellos a sopicaldos galácticos, porque
si la manada alcanza el extremo derecho del nivel, acabará automáticamente la
partida. Y conforme vayamos avanzando, los condenados serán cada vez más rápidos
(y no sólo en sus movimientos: también dispararán sus bolitas energéticas con
una cadencia cada vez mayor).
Cuando termines con las seis monstruosidades mutantes, te enfrentarás a una
fase de bonificación en la que la navecita debe esquivar una serie de proyectiles
guiados que se le echan encima. Si lo consigues, saltarás al hiperespacio (en
medio de una serie de efectos gráficos y sonoros que, la verdad, son de lo más
meritorios y llamativos para un juego tan antiguo como este), y entrarás en
el siguiente nivel. Que, por supuesto, es EXACTAMENTE igual que el anterior.
Sólo se diferenciará en que la recua de rumiantes tragaldabas es más agresiva
y rápida.
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Hombre, no es sólo que estamos ante un título al que habría que datarlo mediante la prueba del Carbono-14, por lo menos, sino que resulta que a monsieur Minter nunca se le dieron muy bien los gráficos de sus juegos. Aún así, es relativamente resultón. |
Todo muy simple, desde luego. Todo muy repetitivo (insisto en que, gráficamente,
todas las fases son absolutamente idénticas) pero, en este apartado, creo que
el juego cumple sin demasiados problemas.
Los escenarios nunca van más allá de ese fondo de montañas de filos tan irregulares,
y ese cielo estrellado. Y no hay más que tres personajes o, para que nos entendamos,
gráficos animados (o al menos, móviles): nuestro caza (con un curioso -aunque
casual y nada más que anecdótico, claro- parecido con el del Annihilator),
los misiles guiados que nos atacarán en las fases de bonificación y, por supuesto,
los mastodónticos camellos mutantes. Cuadriculados y feos como una boñiga de
Legoland, pero enormes. Recuerdo que, en mis tiempos (y cuando aún llamaba a
este juego "el Camellos-1" -la segunda parte era el estupendo Revenge
of the Mutant Camels-), me llamaba mucho la atención las dimensiones de
estos bichejos. No se veían personajes tan grandes en los videojuegos de C64
de aquel entonces.
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Magnífico. Tampoco hay música (otra cosa que tampoco era la especialidad de Jeff Minter; normalmente, la dejaba a cargo de un tal James Lisney, pero eso sí: los efectos son fabulosos. |
Muchos juegos bastante posteriores palidecerían en comparación. Psicodélicos, surrealistas y, en fin, dejando bien claro que, a la hora de exprimir el SID, el Peludo era uno de los mejores en sus tiempos.
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AMC (para abreviar) tiende a hacerse bastante repetitivo. En cuanto aprendes a controlar el caza sin problemas, acribillar a los desaforados y furibundos camellos mutantes es algo casi mecánico. |
Además, ayuda bastante el hecho de que los mostrencos disparan sus proyectiles a intervalos periódicos, con lo que no tienes más que "seguir el ritmo" para esquivarlos. Sin embargo es un juego original como pocos, con un innegable sentido del humor, y además, bastante adictivo.
| * Adictivo. * Muy buenos efectos de sonido. |
* Repetitivo. |