Castle Master
Género: Aventura Música: Matt Furniss
Desarrollado por: Domark Año: 1990
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Hay que ver lo que hacen algunos por romper con la rutina. Por no repetirse. Los hay verdaderamente alérgicos a todo tipo de redundancia a la hora de empuñar un bolígrafo o de ponerse dedos al teclado. Así, no es de extrañar encontrarse con calvorotas desmadejados como el tipo ese... ese "Antares", ya sabéis, que tras ni se sabe cuántos cientos de comentarios de juegos del año de la polca moldava, se devana los sesos cada vez que tiene que redactar la introducción de uno nuevo. El tipo se va por peteneras de un modo que, a veces, a alguno debe de parecerle recochineo. Sí señores. Ya comienza, el cocoliso desarrapado este... este... "Antares", ya sabéis, a dar la impresión de que los comentarios de este o aquel titulillo que, a mediados de los 80 hizo las delicias de hordas de adolescentes españoles, no son más que una burda excusa para emprender una especie de auto-psicoanálisis con vistas a nada, sin intención clara y con motivos difícilmente diagnosticables o, peor aún, ya puestos, el pajarraco desplumado ese... ese... "Antares", ya sabéis, no demuestra tapujo alguno a la hora de hacer de imitador de columnista de opinión de algún periódico imposible, con lo que consigue, por supuesto, quedar aún más a la altura del betún.

¡Vaya formas, las suyas, de comenzar la introducción de las fichas! Que si "os voy a contar la historia de la Gallina Flanders"... Que si "hoy os voy a dar mi sincera opinión sobre la influencia de la política internacional en la densidad de mugre de los chiringuitos playeros". Que si "¿sabéis por qué me gusta tanto conducir?"... 

... qué tío. Cuando quiere, es de lo más absurdo. Y cuando no quiere, es peor.

Por cierto... ¿sabéis por qué me gusta tanto conducir? 

(Insertar aquí los acordes de la Tocata y Fuga, y una risa malvada de fondo) Pues entre otros motivos, por uno que tuvo lugar hará cosa así de un año, mientras surcaba yo la llanura extremeña, en las inmediaciones de Feria, un pueblecito bastante mono. Al menos, tiene buena pinta de lejos. Nunca he vagabundeado por sus callejas, pero os puedo decir, sinceramente, que el aspecto que tenía, arremolinado en torno a su montecito verde era de lo más agradable.

El cerro está coronado por un castillo, bautizado por algunas mentes preclaras como "El Castillo de Feria". No me extrañaría que, no pocos conatos de político, aprendices de concejales y larvas de medrador lame-escaños, hubieran intentado llamar al monumento de formas comparables a "La Casa Grande Multicultural En La Que Nunca Jamás Se Enfrentó Un Cristiano -Mal Rayo Les Parta A Todos- Con Un Morisco Arisco, Os Lo Juro". No menos espeluznante habría sido una denominación como "El Bastión Inexpugnable De Todas Las Férreas Y Catolicísimas Españas Que Sojuzgarán Al Universo A Nada Que Se Descuiden Los Gringos". ¡Urr! ¡Qué yuyu! Sí, creo que me quedo con "El Castillo de Feria". 

Era un atardecer de verano, si no recuerdo mal. Uno de esos crepúsculos espectaculares, rojizos, inmensos, que en pocos sitios se pueden ver como en mi a-pesar-de-todo-querida Extremadura. Hala, ya me salió la vena tribal. Perdón :-)

El toque final de la estampa era una tormenta estival que sobrevolaba los montes de los alrededores de Feria. Poca lluvia, pero muchos relámpagos. Por una de esas casualidades afortunadas que la vida sólo te regala cuando no sirven para nada prácticamente (si muestran alguna utilidad práctica, tenga usted por seguro que se tratará entonces de una casualidad nefasta y que su objetivo consistirá fastidiarle todo lo posible), en ese momento sonaba en el equipo de música del coche "Storms in Africa", de Enya. Yo soy de los que no se conforman con oír las canciones: tengo que sentirlas en mis cannnes. No, no penséis que me gusta eso de circular por alguna barriada, con las ventanillas bajadas y alguna vomitona cuasi-epiléptica, enfermizamente rítmica, tronando a toda potencia. No: subo el volumen cuando sé que no molestaré a nadie. 

Bien, pues ahora imaginadlo. El paisaje era irreal. Un crepúsculo iluminado por lo poco que quedaba de luz solar enrojecida y por los relámpagos que serpenteaban entre los montes lejanos. Y, en primer plano, el Castillo de Feria, irguiéndose frente a la tormenta. La carretera, llana, recta, de horizonte a horizonte. Ni un alma. Sólo yo, con "Storms in Africa" poniéndole banda sonora a uno de esos momentos oníricos perfectos con los que, sólo muy de vez en cuando, uno se encuentra.

Ahí tenéis una de las razones por las que me gusta conducir. Y ya puestos, casi que podría enlazar con el escenario de este juego: los castillos. Bueno, sí, es un castillo nada más (y menos mal, porque al ritmo de babosa sedada al que reptan los frames plúmbeos que lo animan, si en vez de explorar una ciudadela medieval, tuviéramos que hacer lo propio con diez o doce, necesitaríais compraros una ampliación de esperanza de vida de varias décadas en el hipermercao-cyborg más cercano). Y hala, antes de seguir desvariando y derrapando sobre la coherencia, la cordura y la higiene semántica, será mejor que me centre.

Sí... los castillos. ¿Hay alguien a quien no le gusten, de una forma o de otra? Es curioso, todo lo que consiguen evocar. Si queréis lo más floridito, mariposoncito y empalagosito, ubicad la historia en un castillo de blancas almenas, torres esbeltas y estandartes luminosamente azules moviéndose blandamente en la brisa matinal. 

Ahora, sustituid semejantes mieles picamuelas por un foso oscuro y profundo lleno de fango verdoso en el que chapotean reptiles de ojillos ardientes, saeteras angostas que parecen vigilar al intruso y, sobre todo, cambiad las torres nacaradas por otras que parezcan más bien dedos ennegrecidos arañando un cielo perpetuamente negruzco. 

Como que la cosa ha cambiado. Y seguimos hablando de un castillo. Pocas cosas hay tan versátiles a la hora de construir un cuento, ya sea melifluo y merengoso (¡ññññi!) o siniestro y tiznado de olorcillo a sótano húmedo. Se ve que la morada hace al monje en este caso. Si en el castillo de marras pasa sus días una princesita vestida con vaporosas gasas rosáceas, el monumento se parecerá al que preside Disneylandia. Y si el inquilino principal es un calvo siniestro, de tez verdosa y harapos ennegrecidos (no, esta vez no es ese... ese... "Antares", ya sabéis; tendrá un principio de capullismo crónico, el zagal, pero aún no alcanza el rango de siniestro... ni tampoco realza sus mejillas con un lozano tono culo-de-sapo-malayo), veréis cómo, inevitablemente, a la faraónica montaña de pedruscos, cadenas y pendones, le brotan de pronto agujas que coronan de forma amenazante todas sus torres, arcos de medio punto que dan a la obra un desasosegante toque draconiano y algún que otro aderezo más, destinado a acojonar eficazmente al vagabundo imprudente que merodee por sus alrededores.

Casi, casi tan poco tranquilizadora como esta imagen, es la que a uno le sugiere un castillo que, simplemente, no tenga habitante alguno. Ni princesita con la tersura y la cursilería de un parterre de campanillas y tulipanes, ni aprendiz de Nosferatu relamiéndose los colmillos en alguna cripta mohosa. Nadie. Un castillo abandonado. Vamos, lo de las mansiones desiertas alzándose entre relámpagos, en lo más hondo de una noche más negra que el sobaco de un grillo, es una mariconada al lado de estampa semejante.

Bueno, pues abróchense ustedes los cinturones y ajústense firmemente los esfínteres, porque precisamente en este experimento con el Freescape y todos los topicazos descritos anteriormente, a cargo de Domark, su papel consiste en adentrarse en las tripas pétreas de un castillo abandonado, ya sea interpretando el papel de un príncipe más que dispuesto a rescatar a su princesita raptada o... bueno, ya se trate de la situación opuesta. No, no he notado diferencia alguna en el hecho de que elijáis a uno u otro para que sea el protagonista de esta aventura. Dado que todo se desarrolla en primera persona y que no se ha demostrado hasta ahora que ellas y nosotros percibamos el mundo exterior de maneras diferentes (ojo, una cosa es PERCIBIRLO y otra, INTERPRETARLO; ahí, -afortunadísimamente-, nos parecemos tanto como un cajón lleno de castañuelas y un paragüero de cáñamo... ustedes me dirán...).

¿Alguien ha preguntado por ahí atrás que qué es eso del "Freescape"?

Ah, que "¡no, noooo, por Dios, nadie ha preguntado nada semejante! ¡deja de decir gilipolleces ya y coméntanos el juego!"... Bueno, pues lo lamento mucho, mis criaturitas, pero no os vais a escapar sin que os resuma las bondades y maldades (en este caso, yo ni siquiera hablaría de "inconvenientes"... "maldades" es más apropiado) del Freescape de marras. A ver si poniéndole una velita a San Fittipaldi aceleramos el juego...

Lo cierto es que este Castle Master es más que su argumento (y menos mal, porque la historieta que le sirve de telón de fondo es una memez colosal), es más que su escenario y es más que... erm... más que... que su portada. Ea, por seguir alargando la frase...

Lo más importante del juego es que se desarrolla usando la técnica del Freescape, que se desarrolló a finales de los 80 y con la que se lanzaron títulos tan célebres como Dark Side o Total Eclipse. Para que os hagáis una idea, se trata de sumir al jugador en un entorno tridimensional que le permite libertad TOTAL de movimientos. Y cuando digo TOTAL, me estoy refiriendo a la misma que os conceden los últimos y más deslumbrantes mata-mata en primera persona. De la índole del Quake 3 y adláteres, ya sabéis. Y es que las máquinas de 8 bits más importantes no se quedaron sin títulos con perspectiva subjetiva y muchos de nosotros pudimos disfrutar de cosas tan sorprendentes técnicamente como The Eidolon o Scarabaeus. Sí señor: 3D en primera persona y en tiempo real... pero una miaja encorsetado todo, en mi opinión. En ninguno de aquellos juegos el usuario podía mirar en cualquier ángulo, volar, agacharse, reptar... en realidad, estaban más cerca del Doom que de alguna de la elegías poligonales más recientes. 

Bueno, pues Freescape gracias, el jugón podía desplazarse a su antojo por el mundo que servía de escenario a sus correrías. Si quieres adentrarte en el patio central del castillo que esconde a la princesita desdichada (o al principito infortunado), detenerte junto al mástil de la bandera que se yergue en su centro y mirar hacia arriba para verla con más detalle, adelante; puedes hacerlo. Si quieres gatear para pasar por una abertura a ras de suelo, tú mismo. Si quieres dejarte caer desde un ventanal o a través de un pozo, nada te lo impide. Insisto: libertad total de movimientos. ¡Y en 3D! ¡Y en primera persona! ¡Y con gráficos sólidos! ¡Y todo ello, ahora por sólo 3 frames por segundo! (y eso, en el mejor de los casos). Claro: había que pagar un precio. Los juegos que empleaban el Freescape eran LENTOS a más no poder. Tan lentos, de hecho, que cuando redacté la primera versión de este comentario que ahora leéis, decidí otorgarle al título que nos ocupa, sólo un seis. Aunque, eso sí, en aquellos tiempos ignotos en los que lo de las tarjetas aceleradoras, las Riva TNT, las GeForce y demás sabrosísimas hierbas no eran condimento ni siquiera en las series de ciencia-ficción-ye-ye de la tele, a mí, personalmente, estos juegos no me resultaban tan tediosos. 

Uno se malacostumbra con el tiempo. O quizás lo que ocurre es que, precisamente, te acostumbras "demasiado bien". (Y digo yo ¿por qué tienen que llamar "malacostumbrarse" a habituarse a lo bueno, a que no te falte la comida, a que no pases penurias mil y a no tener que reptar bajo el sol del desierto para beber un poco de agua potable? ¿es que estar adaptado a semejantes penalidades es estar "bienacostumbrado"? Aaaay, muy "malacostumbrados", me parece a mí que están algunos inventa-frases y pare-refranes). El caso es que, en estos tiempos de texturas maravillosas en tiempo real, Doom 3 y otras églogas en perspectiva subjetiva, este Castle Master es una pieza de museo. Y además, polvorienta. Y además, poco llamativa. Y además, con un cuajo denso, pesado, plúmbeo... 

Por eso, el juego ofrece un par de teclas para moverse con algo más de soltura a través de barbacanas, pasajes, torreones y corredores: algo así como "atajos" para girar 90º a nuestra izquierda o a nuestra derecha, o incluso para volvernos completamente (dar la media vuelta, vaya... como diría Carmen Sevilla -y cito textualmente-, "pa da un giro de tresientos noventa grados"). Con estas ventajas y el resto de controles, lo cierto es que la lentitud del Freescape se suaviza un poco. Lo suficiente como para que me haya decidido a regalarle todo un notable a esta historieta de búsqueda del amado o la amada a lo largo de capillas desiertas, fosos lóbregos y establos mugrientos... siempre armados con nuestra ilimitada remesa de... pedruscos. Di que sí. Nada de relucientes armaduras, centelleantes tizonas y briosos corceles. Mucho príncipe o mucha princesita; mucha sangre azul, mucha nobleza y mucha gallardía, pero el héroe (o la heroína) se desenvuelven entre polígonos monolíticos esgrimiendo un puñado de guijarros, como un gamberrete pre-púber cualquiera.

 
 
Terriblemente lentos, pero con un poco de buena voluntad, paciencia e imaginación, consiguen, incluso a estas alturas de la historia de los videojuegos, sumergir al jugador en el mundo que representan.

No niego que el comienzo está incluso bien: el protagonista se alza en una llanura rodeada por montañas lejanas. Y ante él, la mole imponente del castillo, mientras relámpagos ocasionales culebrean a lo lejos. Sí, se ve que la mezcla "castillos + tormentón pavoroso" siempre da buenos resultados. Al desquiciado inicio de esta ficha me remito...

Personajes... pues en los juegos Freescape nunca aparecía ninguna monería bitmap deslizándose entre cubos graníticos y paralelepípedos mastodónticos. Si en algún momento os las tenéis que ver con un malo, seguramente estará trazado de forma muy, muy esquemática, a base de polígonos rellenos y permanecerá inmóvil en algún sitio, aguardando un aluvión de pedradas por vuestra parte (por cierto: ahora que caigo... sí, las piedras sí que están dibujadas con gráficos bitmap). Y es que casi todo se resuelve a cantazo limpio en este juego. Un ejemplo: para bajar el puente levadizo, tenéis que endiñarle un peñascazo al recuadro verde que podréis ver a su izquierda. Cuando pulséis la barra de espacio, el punto de mira, que ocupa normalmente el centro de la vista, se podrá mover libremente por la pantalla. Hacia él irán dirigidas las piedras. También podéis situarlo encima de objetos o puntos especiales y pulsar la tecla "A", de acción. Es la clásica orden genérica, que igual te permite abrir una cerradura que remendarte el refajo principesco. 

Pero volviendo al tema de los malos: dado que siempre permanecen fijos en algún punto de la habitación, la única forma que tienen de haceros pupa es... bueno, simplemente restaros energía en cuanto entráis en la susodicha sala. Fijaos, por ejemplo, en la sauna con trampolín incluido a la que podéis acceder entrando por la puerta que queda justo a la izquierda del acceso principal al castillo. Se os advertirá de la presencia de un avieso... erm... cumuleno poligonal granítico, mediante una especie de HORRIBLE alarma que suena como si pasarais un sacacorchos de hierro por la batidora, mientras la pantalla parpadea con tonos rojizos. En cuanto le endiñéis un cantazo a una especie de siniestra silueta negruzca que se perfila en el agua, todo volverá a la tranquilidad.

La música es demasiado corrientita, técnicamente, para un juego de 1990. Para colmo, le deja el uno el ánimo por los suelos. Supongo que pretendía ser siniestra y tétrica, pero al final resulta más bien depresiva. Casi fúnebre.

Los efectos de sonido son muy escasos y casi nunca pasan de alguna que otra rasposa pedorreta de ruido blanco (si dejamos al margen el HORRIBLE chirrido de esa especie de alarma ante la presencia de un maloso, de la que os he hablado...).

Sí, sí, Castle Master es lentísimo... pero en el fondo consigue crear una atmósfera verdaderamente interesante. Cuando uno le dedica la paciencia suficiente, creo que puede sacarle bastante jugo. Os lo digo por experiencia: al principio no lo soportaba, pero con el tiempo he ido descubriendo que es un jueguecito que tiene bastante que ofrecer. 
* Inmersivo e interesante. * Lennnnto como una babosa jarta de Valium.