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Crack of Doom
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Dejando de lado matices poco destacables, dudo que queden argumentos en una orilla política u otra, que hablen en términos elogiosos del nivel cultural y educacional de los chavalines de este país. Puede que haya quien asegure que la cosa está fatal y que de los institutos brotan batallones enteros de ceporros que a duras penas son capaces de redactar un breve parrafito elemental sin cometer treinta y siete faltas de ortografía por palabra (incluso en los monosílabos) y que se las ven y se las desean para no parecerse a Forrest Gump, a la hora de leer cualquier fragmento de texto, por básico que sea. Puede que haya quien asevere que "hombre, tampoco está tan mal la cosa... todavía no son analfabetos del todo". En lo que no se pone de acuerdo nadie es en las soluciones. Mala cosa esa.
No son pocos los que abogan por fomentar el sanísimo hábito de la lectura en los chavales, ya desde pequeñines. Y, si es menester, suministrándoles clásicos de la literatura filosófico-política universal, apenas los nenes han empezado a andar. Hala. Que se vayan acostumbrando.
Otros se van al extremo contrario y proclaman que ¡menuda barbaridad sin sentimientos es esa de exigir esfuerzo de un preadolescente desprevenido! ¡Si han de aprender a leer, que no pasen del Pinta Y Colorea Con Pumuki Y Sus Amiguitos hasta haber cumplido los quince años! ¡No los frustremos, pobrecitos míos!
Y, digo yo, entre suministrarle solomillos de retinto a un lactante y potitos de merluza a un tiarrón de dieciséis años... ¿propone alguien un término medio? Seguramente sí. Seguramente, la sugerencia es ya más que conocida, publicitada y repetida. Ya os veo la cara de pánico, ya: "¡no! ¡no! ¡noo! ¡no se te vaya a ocurrir dar una disertación al efecto! ¡que esta es una página dedicada al Commodore 64! ¿qué cuernos haces tecleando sandeces mesiánicas?". Pero me da lo mismo. De alguna forma tengo que empezar los comentarios de cada juego ¿no? Y, como soy así de inoportuno, jijijí-jajajá, qué gracia me hago a mí mismo (y a nadie más), voy a escoger la menos apropiada. Hela...
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En los últimos cursos de la (creo que ya extinta) Educación General Básica, no recuerdo que se me obligara a leer nada más allá de los preceptivos libros de texto, llenos de dibujitos de colorines (aunque, al lado de los que, hoy en día, sirven de guía programática para chavales 3 ó 4 años mayores de lo que era yo entonces, parecerían una edición en sánscrito del Talmud por su complejidad y aridez). |
Sin embargo, en los primeros años de Bachillerato, sí que tuve que
vérmelas con obras de cierta enjundia. Como, faltaría más, El Quijote.
¿Consecuencia? Les tomé una manía estupenda. Es lo que tiene el hecho de que
te obliguen a leer algo. No, si yo ya pasaba mis buenos ratos, en aquellos
tiempos ignotos, haciendo de ratoncito de biblioteca, pero me divertía mucho
más cuando elegía libro. Lo de "léete esto, ya, ahora mismo,
contrarreloj y, encima, demuéstrame después que te has enterado de las ideas
que alberga, haciéndome un examen en el que me responderás a preguntas de la
índole de: ¿Cómo llamaba Azarías a su pajarraco domesticado?". Vamos,
que queda así bien claro que la conclusión que uno saca de Los Santos
Inocentes se resumen en dos palabras: "Milana bonita".
- Pero, vamos a ver, nene ¿te has enterado del fondo del libro? ¿Tienes una
opinión al respecto? ¿Estás de acuerdo? ¿En desacuerdo? ¿Por qué? ¿Has captado
que la gracia de la lectura no sólo está en lo consistente o emocionante de
una historia o en la descripción de sus actores?
- Milana bonita. Ju, ju, ju.
No tengo ni idea de cuál podría ser la solución para fomentar el (absolutamente imprescindible, creo yo) cariño por la letra impresa entre los Josua-Kevin-Jonathan y Vanessa-Jessica-Chenoa que pueblan hoy los institutos. Pero, si les intentas meter a presión las andanzas del Ingenioso Hidalgo, vas a producir una reacción de oposición, de lo más ruidosa. Es que, verán ustedes, desestupidizar a los que ya vienen estupidizados desde antes, es complicadísimo. Como no se va a conseguir, eso está claro, es cretinizándolos más todavía, para ver si acaban saliéndose por el lado contrario de la memez insondable y, de pronto, se vuelven todos intelectuales, o algo así. Como si te pones a caminar hacia el Este y, después de mucho tiempo, acabas regresando por el Oeste.
Andaba yo en Octavo de EGB cuando se puso de moda, entre mis más precoces e
inquietísimos compañeros de pupitre tamaño-escolar-de-13-añitos, la lectura
reflexiva y conmovida, con posterior debate de los matices que cada cual hubiera
captado, de la obra de J.R.R. Tolkien. En esencia, se puso de moda hacer el
gilipollas.
Cada cosa a su edad, creo yo. Y es que, ya es triste, oigan, que ahora, casi
20 años después, entienda yo por qué algunos de aquellos vecinos de sillita estándar para preadolescente de los 80 (éramos entonces bastante más
pequeños que los torreones ingobernables que se tambalean hoy por los pasillos
de los colegios) defendían conceptos políticos tan difícilmente comprensibles
para... ellos mismos. ¿Lavado de coco en casa? Sin duda.
Y, de este modo, uno no podía sentirse un chavalín comprometido con la geopolítica internacional y el padecimiento de los proletarios ruandeses, si no se disfrazaba de intelectualoide de cartera a la espalda y Cola-Cao calentito a la hora del ver el Barrio Sésamo. Esperpéntico, insisto. Paso primordial para ello: leer mucho. Y hacer como que te has enterado de algo. Poder, en suma, responder a cualquier pregunta rebuscada sobre el texto en cuestión, con la contundencia y la solidez de dos palabras poderosas.
- Milana bonita. Ju, ju, ju.
Así que, esos compañeros míos tan inquietos, tan inconformes con la crudeza del mundo al que habían sido arrojados, oh-yo-soy-la-náusea, el-Infierno-son-los-otros (y los otros son los americanos), no se consideraban dignos de ingresar en los círculos interiores de la Nomenklatura del cole (una vez más: qué esperpéntico), si no superaban el rito iniciático: leer el Silmarillion. Nadie decía nada de entenderlo. Se daba por supuesto que lo entenderías, si eras merecedor de los honores de ingresar en la elite de "Octavo A" (nunca escuché nada de la elite de "Octavo B"; al revés: el Soviet Supremo de chándal y cromos de Dragones y Mazmorras, que poblaba mi clase, no se cansaba nunca de repartir estopa a propósito del nivel intelectual y cultural de los ocupantes del aula vecina. Aseguraban que nuestro curso era el "A" porque éramos más listos y, en el otro habitaba una inconsciente y desneuronada tribu de aspirantes a futbolista de regional preferente).
¿Que si leí El Silmarillion? Sí, claro. ¿Que si lo entendí? No, claro. Como todos los demás. De cualquier modo, como se me daba fatal lo de hacer creer a los impasible Illuminati que me había enterado de algo (sería porque, en mi ingenuidad de nene de trece años recién cumplidos -de los de antes, o sea, de los que, con esa edad, eran ingenuos-, pensaba que ellos SÍ habían extraído hondísimas lecciones existenciales de semejante tocho y, claro, me sentía humilde y chiquitajo ante ellos), nunca conseguí ingresar en la Intelligentsia de lápices de colores y sacapuntas. Como, además, era un canijo inapetente, nunca desarrollé la potencia física suficiente como para que, al menos, se me pudiera considerar un miembro de los "basketballers". Veáse la ficha del One on One para más información al respecto. Ah y, me parece, para leer algo sobre no sé qué juego de baloncesto de C64, aunque eso no lo tengo tan claro.
Vaya, que, al final, servidor de ustedes no era, ni un orgulloso miembro del clan de los que afirmaban entender las motivaciones socioculturales de Tolkien cuando escribió su cosmogonía particular, ni tampoco podía etiquetárseme como un orangután sudao capaz de tirar a canasta con precisión admirable. Estaba en tierra de nadie. Qué penita más triste.
| También leí El Señor de los Anillos. Y el Hobbit. Y, esos
dos, sí que los entendí un poquito más, sí. Es decir, hasta el nivel
que un nene de mi edad en aquel entonces, podía profundizar. Ya
sabéis: - Milana bonita. Ju, ju, ju. |
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Quizás por eso, por el hecho de que la historia de la Guerra del Anillo fue la primera de cierta enjundia literaria, que leí libremente, le guardo un cariño especial (no, no formaba parte de rito iniciático alguno; eso se reservaba para El Silmarillion exclusivamente, porque, como no había Dios que lo entendiera, no cabía el peligro de que a algún preadolescente despabilado que sí que hubiera sido capaz de sacar alguna conclusión razonada, le diera por preguntar impertinencias a los miembros del Consejo Cultural De Bloc Cuadriculado Y Ulises 31 En La Tele).
Y por eso, tengo en alta estima a los tres videojuegos que Melbourne House comercializó, basados en sendos volúmenes en que El Señor de los Anillos se dividió después de su publicación. Y es que Tolkien presentó su ladrillazo maestro, de golpe, todo en uno. Su división en "La Comunidad del Anillo", "Las Dos Torres" y "El Retorno del Rey" fue cosa de las editoriales, temerosas de que semejante adoquín asustara hasta al más osado de los lectores; esto no es muy conocido, aunque, vaya, no nos quejemos, que hay ignorancias peores. Como la del mozalbete poligonero aquel que, cuando fui a ver la película de Peter Jackson sobre el "primer libro", al cine, por tercera vez, al acabar, se levantó indignado y clamó, muy alto, para que sus compañeros de piara pudieran aplaudir la gracia: "¡Po vaya mierda de final!" -Ejem, ¿sabía usted, su ilustrísima, que aún quedan como 600 páginas de libro por delante? No, ¿verdad? Y ¿a que tampoco le interesa saberlo? -Milana bonita. Ju, ju, ju. -Claaaaaro.
Me consta que soy de los pocos commodoreros que, a estas alturas, aún defienden al The Fellowship of the Ring, al Shadows of Mordor y a este Crack of Doom. Sus muchísimos críticos aseguran que son aventuras conversacionales asombrosamente lentas, como si el parser que las propulsa anduviera haciendo algún tipo de misteriosos cálculos internos entre descripción y descripción, entre orden y orden del usuario. También afirman que, en el fondo, respetan poco la obra en el que se basan y que, incluso, en algunos casos, se cometen flagrantes anacronismos, que a alguno podrían parecerle prueba de que el o los programadores ni se habían leído el libro y redactaban el texto de turno basándose en algún guión esquelético que alguien les había confeccionado. Y ¿sabéis? tienen toda la razón.
Sin embargo, a mí me encantan. Y, ya os digo, reconozco mi total subjetividad. Aunque hay algo más: técnicamente, siempre he pensado que la trilogía en cuestión estaba entre las aventuras conversacionales más avanzadas de su tiempo. Contaban con un parser muy potente (aunque quizás no tan versátil e inteligentemente diseñado como el del Lancelot y otros títulos de Level 9) y, sobre todo, esa lentitud, que a tantos exasperaba, a mí me transmitía una sensación, más que de ineficiencia por parte de los programadores, de complejidad del código. Y es que, mientras la mayoría de los títulos del género eran tremendamente estáticos (o séase, que se hacían repetitivos y aburridos enseguida), en la llamada "Tolkien Trilogy" (se comercializó una compilación de los tres juegos, bajo ese nombre) el tiempo pasa. De verdad. Y, me parece a mí, de ahí viene, precisamente, la lentitud con la que aparecen descripciones y respuestas a nuestras órdenes. Los personajes entran y salen libremente de la localización en la que estamos e, incluso, parecen, algunos de ellos, moverse, como si fueran objetos físicos, tangibles y situables, en áreas delimitadas. O sea, que, por ejemplo, en la primera entrega, los Jinetes Negros no se materializaban porque sí, de pronto, en algún lugar, cualquiera, del "mapa", sino que, en las primeras etapas de la aventura, tendían a moverse a lo largo de una serie de varias localizaciones en las inmediaciones del camino que unía Hobbiton con Bree. Y eran como un objeto. Esto es: que si estaban en una "pantalla" en un momento dado, tras unos instantes, si no nos detectaban, el texto nos contaría cómo se iban de allí, hacia el Este (por ejemplo) y, si nos daba por caminar en ese sentido, allí que nos los encontraríamos. Insisto: como si fueran un objeto tangible.
Bueno, pues esta idea, tan bien traída en principio, me temo que se escachifurcia en este Crack of Doom. El tiempo pasa, sí. Y los personajes siguen siendo "localizables" en el mapa. Pero el invento se ha "perfeccionado" tanto (nótese el entrecomillado) que ha terminado por convertirse en algo así como la versión descrita, en texto, de una película, para sordos. Vaya, que si uno se sienta a esperar ante el monitor (o el televisor, según corresponda), sin pulsar ninguna tecla, el programa no parará de parir frasecitas de relleno, como para que quede bien claro que el mundito que describen está aproximadamente (y ortopédicamente) "vivo", de la índole de: "Sam mira a su alrededor, pensando qué hacer a continuación". Aguardas un poco más y, en seguida, aquí que viene otro rengloncito: "Sam se pregunta no-sé-qué". Ya sabéis.
(Por cierto, aunque en las entregas anteriores de la aventura podíamos elegir personaje al principio, en la que nos ocupa sólo se nos permite encarnar a Sam, de entrada).
Bueno, pues creo que las cosas ocurren con demasiada rapidez. Es más: puedo
entender (y lo aplaudo) que se intente dotar de cierto dinamismo a una aventura
de texto, pero creo que lo juicioso, dado que la clave del nombre del género
no es exactamente lo de "aventura", sino lo de "texto",
es que se siga una estrategia "basada en turnos". Esto es: como un
juego de mesa, en el que cada participante mueve su ficha después de que lo
haya hecho el otro, y no a la vez. Así, el usuario teclea una orden y entonces,
y sólo entonces, el ordenador actualiza, internamente, el estado del mundo,
reubicando, si es menester, a los personajes móviles.
Eso no ocurre en Crack of Doom. Quieras o no, el mundo de juego no se va a detener
y, de hecho, se dan situaciones de lo más chocantes en un título conversacional,
como que, si no tecleas la orden apropiada a tiempo, igual a Sam le hace picadillo
alguna babaza de Mordor que le caiga encima. ¡En serio! Si os fijáis en la segunda
captura, veréis cómo se nos describe la discusión entre dos orcos, uno chiquitajo
y otro monumental. Bien: pues si no escribís "HIDE" (esconderse) a
tiempo, los dos energúmenos le darán de mandobles a nuestro desvalido Hobbit,
hasta que reaccionéis y tecleéis con urgencia alguna brillantez que le salve,
o hasta que el desdichado termine pareciéndose a un filete de pechuga de pavo
debajo de una excavadora. Si, a todo esto, conseguís escabulliros detrás de
unos matorrales, veréis cómo la pelea entre los dos espantos va volviéndose
cada vez más agresiva hasta que la emprenden a bofetadas, el uno con el otro.
Y, todo ello, narrado, frase a frase, "en tiempo real". Que sí, que
la idea puede que tenga su originalidad y, desde luego, su mérito técnico, pero,
para simular cierto dinamismo, otros desarrolladores de aventuras de texto,
optaban por no mover ficha hasta que el usuario escribiera algo.
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Como en las entregas anteriores de la saga (e incluyo a The Hobbit entre éstas), la versión de disco del juego permite al usuario activar las ilustraciones que acompañan a la descripción de algunas de las localizaciones del juego o limitarnos a texto puro y duro. |
En el primer caso, el desarrollo se ralentiza un poco cuando el programa tiene que acceder a disco en busca del amasijo de pixels chillones de turno, pero, de todos modos, nunca es una espera demasiado larga y, además, el juego tiene el detalle de no andar detrás de una ilustración escurridiza que no termina de dejarse cargar, cuando hace poco que se nos ha mostrado. Vaya, que si sales de una localización "ilustrada" e, inmediatamente, vuelves a ella, no tendrás que esperar unos segundos a que el dibujito de marras se muestre en pantalla. Buena idea, esta.
Eso sí, hay que decir que las ilustraciones, en cuestión, son quizás las más flojas de los cuatro juegos "tolkienianos" de Melbourne House. Al menos, de las versiones en disco (porque las de cassette eran asombrosamente flojas -además de escasísimas-).
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Afortunadamente, silencio absoluto. No, lo digo porque, ya que estamos con las andanzas de Frodo, Bilbo, Gandalf y demás épica ralea, recordad la extravagancia de la versión en disco de The Hobbit, que reproducía una musiquilla más bien tontainas, de fondo, que acababa por desconcentrar al más pintado. |
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Tengo la sensación de que, conforme se avanza en la trilogía, más fiel al libro se vuelve la versión informática de turno. Se abandonan los anacronismos y las frivolités de la primera entrega y las descripciones se vuelven más afines al texto original. |
Vaya, refiriéndose a detalles que aparecían en la novela. Buena cosa, esta. La mala cosa es lo del excesivo celo de los programadores a la hora de desarrollar una aventura conversacional "dinámica"; al final, se convierte, por momentos, en una especie de narración de una película en tiempo real, en la que, con demasiada frecuencia, al usuario no le da tiempo a leer el texto que va apareciendo en pantalla (y más aún si resulta que no se te da muy bien el inglés) ni, lo que es más grave, a teclear la orden apropiada antes de que a Sam lo conviertan en confetti de pies peludos y se nos acabe la odisea, así, por las buenas.
| * La historia en la que se basa. * Uno de los juegos conversacionales más complejos y dinámicos que conozco. |
* Los gráficos son los más flojos de la saga. * A veces, las cosas suceden tan rápido que masacran al pobre Sam antes de que a uno le dé tiempo a leer el texto. |