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Creatures
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¿Habéis oído hablar de los Premios Darwin? ¿No? Pues se trata de algo así como los "Óscars a la muerte más estúpida". Como leéis. Hombre, entiéndase bien, no creo que, cada cierto tiempo, se reúna un jurado y allí, delante de toda una elegantísima audiencia, en algún teatro de vaya usted a saber dónde, otorguen los galardones, con toda la alharaca propia de semejantes eventos (incluyendo actuaciones musicales, chistecillos estúpidos escritos en el guión y que el famoso del momento lee con más bien poco entusiasmo, motivando las risas y el aplauso -igual de falsos y de concertados previamente- de los congregados), a la familia del fallecido en gilipollescas circunstancias. O a lo que reste del desdichado, en cuestión. Vamos, no creo. Aunque, no sé, cosas más raras se han visto. Echadle un vistazo a su web oficial: http://www.darwinawards.org.
La idea es premiar a aquellos individuos que mejoran la dotación genética de la Raza Humana, al quitarse del medio del modo más estúpido posible. De aquesta manera, los sujetos más capullos de la especie no consiguen que su herencia pase a una siguiente generación que, horror, igual se le parecía en su estulticia suicida. Es que, claro, si no fuera por los esfuerzos de personas semejantes, de héroes anónimos así de imbéciles, igual la Humanidad terminaba extinguida, toda ella, al defenestrarse sus integrantes, víctimas de su propia tontucia. En el fondo, hasta nos hacen un favor y todo. Por lo visto.
En la página que os mencionaba antes, puede uno encontrar la descripción de las últimas candidaturas y nominaciones a tan prestigioso galardón, del que todos los demás seres humanos habríamos de estar orgullosísimos. Cada historieta, con su título sarcástico y todo, está publicada, para deleite del navegante que quiera pasarse por allí a rendir tributo a los ceporros autoinmolados que en el mundo han sido. Y, así, podréis enteraros de los avatares de un mozo que, tratando de impresionar a unas jovencitas, decidió bañarse en las inmediaciones de un géiser, por aquello de parecer el protagonista de alguno de esos anuncios lúbricos modernos, en los que, con cualquier excusa, te ponen al modelo de calzoncillos marcapaquete-de-relleno remojado en ¿qué sé yo? champán, refresco de naranja o gasolina sin plomo. Pues eso. Allá que fue el chaval, todo testosterona él, pasándose por el forro del bañador las múltiples advertencias escritas en carteles que deberían haberle hecho desistir de su osadía. Y allá que fue, por los aires, cuando al géiser le dio por hacer lo que hacen todos los géiseres: activarse, escupir un chorro y mandar al adolescente a tomar por culo.
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Y no os digo nada del señor que, tan concentrado estaba en instalar y revisar su equipo para filmar un salto en paracaídas, que, cuando se lanzó al vacío, se dio cuenta de que... bueno, de que se había olvidado el paracaídas. Precisamente. Eso sí, el rodaje de la bofetada a velocidad terminal, debe de ser memorable, pese a que los últimos segundos son ininteligibles, por aquello de que, con la castaña, la cinta se arrugó un poco. |
Otro premio Darwin, de lo más merecido, se otorgó, de forma colectiva, a media docena de habitantes de no-sé-qué poblacho egipcio, que, en su afán por rescatar a un pollo que se había caído a un pozo, acabaron todos ahogados. El pollo sobrevivió, por cierto.
No os lo niego: al principio, uno lee estas historias y el motivo de los Premios que, simbólicamente, se les otorga y no puede evitar una sonrisa. O alguna que otra risilla. Hasta que se da cuenta de que, teóricamente, estamos hablando de hechos reales. Y de señores que, meterían la pata de la forma más clamorosa y digna de chanza que a uno se le pueda imaginar, sí, pero acabaron criando malvas. Insisto en el asunto clave: ¿son reales estas historias, o no? Porque, de ser así, los allegados de algunos de estos patosos que pasaron a mejor vida violentamente, tendrían todos los motivos del mundo para cabrearse, demandar al ideólogo de la gracia y comerse a la parrilla a sus cómplices. Y si los cuentos de torpeza mortífera son el producto de la inventiva retorcida de un par de redactores ociosos con demasiada afición por el humor negro, la idea de la página y los premios de marras, perderían gran parte de la chispa que se supone que tienen.
¿Por qué nos divierten tanto los cocotazos, resbalones, bofetadas contra una farola o bimbasos contra el pico de la mesa? Culetazos tremebundos, escuernamientos pavorosos terraplén para abajo, o atropellos terroríficos, en ocasiones, motivan la risa del espectador, como si se trataran de las cuchufletas de los Cruz y Raya (y casi la misma poca gracia tienen, unos y otras). Recuerdo que, hace unos años, leí la noticia necrológica de un señor ruso, campeón supremo de cierto arriesgadísimo deporte que, a lo que se ve, causaba furor en aquellas tierras lejanas. La cosa consistía en competir a bordo de motos retocadas para que patinaran sobre lagos helados. No sé si es que se les sustituía la rueda delantera por una cuchilla o qué; el caso es que, el tío, era un auténtico as de semejante barbaridad de pasatiempo. Y un día, mientras paseaba por la calle, se resbaló y se descalabró contra el bordillo de la acera. Fiambre en el acto. Está claro que la noticia, si llegó a merecer al menos un recuadrito en algún periódico español, fue por lo paradójico del asunto. Perdón por el eufemismo... quería decir "por lo cachondo del asunto". No creo que nadie meneara la cabeza con preocupación al enterarse de cosa tan funesta; más bien, lo que propiciaría serían risas generalizadas. Menuda anécdota curiosa. Menudo chascarrillo apropiado para ser lanzado cuando uno lleva un par de cervecitas e invitar, así, a la guasa generalizada. No, si a mí también me hizo gracia; no creáis que me coloco fuera del saco, qué va. Precisamente, me he preguntado por qué NOS divierten tanto esas tremendeces.
Lo pregunto porque, una de las cosas que hicieron famoso a este Creatures, allá por los años en los que el C64 ya daba sus últimos coletazos, fue que transpiraba una mala leche asombrosa. Más notable por el hecho de que el tono general del juego era similar a los de las monadas y ñoñerías de los salta-y-corre japoneses de las consolas de la época, en los que, claramente, estaba inspirado. Es más que digno de aplauso el entusiasmo de gente como los hermanos Rowlands, los únicos integrantes de la mini-compañía Apex Computer Productions (si no me equivoco) y que, en sus comienzos, conseguía comercializar sus títulos, de mucha calidad en todos los casos, merced ni más ni menos, que a Thalamus. Y es que, aún a principios de los 90, cuando el sector de los 8 bits andaba ya pachucho, de vez en cuando surgía algún grupito de programadores que no se arredraban ante la maquinaria pesada del mercado, que, claro, se había centrado ya a atender la demanda de los usuarios de 16 bits, e iban y te parían maravillas como la que nos ocupa y que, de una vez y muy alegremente, procedo a comentar...
| Oculto de toda influencia humana, en lo más profundo del Caribe, el Pirata LeChuck... esto... no, perdonen ustedes, ya ven, cosas del directo y del fragmento de metralla que tengo alojado en el sistema límbico del cerebelo desde que me petara una granada del Viet-Cong cuando tomé Hanoi con los muchachos de la vigésimo quinta división aerotransportada. Malditos charlis. Esto es un infienno. | ![]() |
No, vamos a ver, decía que, en la inmensidad del océano Pacífico, se alza
una islita paradisíaca, habitada por demonios de lo más inquietantes...
Inquietantes, porque
tienen pinta de algo así como un cruce entre gominola y peluche para
preescolares, pero yo desaconsejaría vivamente regalarlos a algún párvulo
desprevenido, porque, entre amorosos canturreos y candorosas sonrisitas, muy
capaces son de agarrar al rapaz y sonarle los mocos a golpe de martillo
neumático. Sin embargo, hay algo en lo que coincido plenamente con ellos,
aviesos y taimados engendritos adorables: profesan una manía atroz a cualquier
alimaña que sea más mona y achuchable que ellos.
Y hete aquí que, cierto
día, una raza de felpuditos interplanetarios, de sonrisa estúpida y orejas
fláccidas, aterriza en la isla en cuestión, y la convierte en su nuevo
hábitat. Y, a partir de ahí, os podéis imaginar hasta qué niveles llega la
cursilería tropical, entre fiestecitas con farolillos de vivos y alegres tonos,
toboganes de merengue, columpios de nata montada, tulipanes en flor y
borreguitos en pañales y con alitas de algodón de feria brotándoles del lomo. Qué espanto. No es de extrañar, la verdad,
que los demonios, que, miren ustedes, serían muy encantadores y muy propensos a
recibir las carantoñas de los más peques de la casa (si los hubiere en
derredor, y resolvieran no comérselos crudos nada más ventearlos, claro
está), pero al menos mantenían una pizca de dignidad y de mal café, hartos de
tanta jarana enmielada y tanta algarabía edulcorada, tomaran medidas en el
asunto. Medidas drásticas. Y salpiconas. Y poco higiénicas. Como las que
toma el señor que aferra el hacha corta-huesos detrás del mostrador de la
carnicería, según va convirtiendo la cabeza de oveja en taquitos p'al puchero.
Pronto, asaltan el poblado de las criaturitas hirsutas del planeta
Pero-Qué-Ñoño-Soy-Cago-En-San-Pito, y no sólo no se conforman con reducirlas a
confetti churruscado, sino que las secuestran y las distribuyen a lo largo de
una serie de cámaras de tortura a cuál más imaginativa y despiadada.
Como suele ocurrir en estos casos, una de las víctimas en potencia escapa a la escabechina y, de hecho, se convierte en el único (y muy cabreado) superviviente. Se llama Clyde Ratcliff, un nombre, que, no sé, digo yo, igual en inglés suena de lo más simpático y original, pero a los hispanohablantes nos deja tan ternes como si el encantador pelusón from-outer-space respondiera al apelativo Carromato Mojama Rodaballo Paragüero ... erm... Ramírez. Mismamente. Lo que sí es digno de mención es que el angelito tiene la habilidad de expectorar bolas de fuego capaces de hacer estragos entre los diablillos. Es más, si mantenéis pulsado el botón de disparo, escucharéis cómo el SID emite un gorgorito que irá aumentando en frecuencia. En cuestión de un par de segundos, el sonido mantendrá constante el tono y Clyde comenzará a parpadear en rojo. Sólo tendréis, entonces, que soltar el botón para ver cómo nuestro avieso Mogwai from-el-quinto-coño-interplanetario escupe una llamarada verdaderamente devastadora (eso sí, de corto alcance).
No, Creatures no es un salta-y-corre cualquiera, de esos que comenzaron a
proliferar, a principios de los 90, en las consolas de 8 bits (como la
celebérrima Nintendo original chachi piruli guan pelotilla y demás egregios
apelativos... no, y todavía se me ocurren más... mirad, mirad: fetén, súper
molona que te cagas, hiper mega guanchi y erm, este... chiripitifláutica)
(ahora, procedo solemnemente a enjuagarme la boca con desatascador industrial de
lavabos; qué asco me he dado yo solo, así de pronto). Para empezar, le falta
velocidad. No se trata de una deficiencia técnica, sino más bien un rasgo
del desarrollo. Hala. Toma pedantada. Ejem. Pues eso: el juego está planteado
como una mezcla bastante original entre salta-y-corre y aventura. La parte de
acción está muy limitada: ni siquiera cuando tengamos que vérnoslas con la
típica horripilancia viscosa de fin de nivel (que las hay), se nos exigirá que
vapuleemos el joystick como presas de un ataque de epilepsia galopante.
La
mayoría de las veces, el avance a través de las fases consiste más bien en
situar a Clyde en puntos estratégicos desde los que pueda vaporizar a sus enemigos
sin arriesgar el cutis peludo y grasiento más de la cuenta o, en propinarle un
rápido empellón a la palanquita, en el momento apropiado y con la intensidad
adecuada. Esos instantes, sin embargo, son los menos y, no creáis, si hasta un
torpeitor del joystick como quien esto escribe (lo mío no son los juegos de
acción, ni lo ha sido nunca; si consigo llegar lejos en uno de ellos, es a
fuerza de practicar) consigue superar esos escollos sin necesitar después de
una dosis masiva de Valium, por aquello de los espamos y los estertores de la
frustración rampante, es que la cosa no es tan complicada, después de todo. La
dificultad de este Creatures se esconde, principalmente, en dos detalles:
- Detalle número 1: lo largos que son los niveles y lo llenos que están de
trampas mil y maniobras arriesgadas cien. La mayoría de las veces, insisto, no
se trata de saltos con precisión a nivel de pixel y de femtosegundo, sino más
bien, uno pierde una vida, a traición y sin avisar, cuando se las tiene que ver
con cierto coco o cierta disposición de ellos, que parece insalvable, a priori.
¿Ejemplos? A lo largo del juego os toparéis
con varios diablillos indestructibles, que corretean, reptan o revolotean
describiendo trayectorias cíclicas, o bien, que se mantienen quietecitos en el
sitio, bloqueando el paso.
La única manera de acabar con ellos, así a bote
pronto, es tocándolos... pero, claro, nos hacen daño. Y Clyde puede
soportar dos porrazos antes de perder una vida (esto no se aplica en el caso de
que caiga al agua o se escoñe por una poza p'abajo), de modo que no suele ser
recomendable optar por semejante vía rápida (aunque, a veces, el juego te
obliga a escogerla; vamos, que hay momentos en los que la única forma de seguir
adelante es dejando que alguna monada caníbal te mastique un poquito). Sin embargo,
podéis estar seguros de que, cuando parece imposible continuar avanzando sin
perder una vida, siempre hay una solución. Los hermanos Rowlands
fueron lo suficientemente considerados como para no meter al jugador en ninguna
encerrona. Y, así, si veis que la única manera de sortear un estanque
subterráneo es daros de morros contra una alimaña indestructible que os
cierra el paso, o una corriente dispuesta de tal forma que es imposible darle el
esquinazo, lo más probable es que, en las inmediaciones, se encuentre el
remedio. Pista: muchos bichejos parecen estar "unidos", de manera que
si vaporizas a uno de ellos, el otro se desintegra también.
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Aunque las trampas adoptan más formas, no creáis. Una de las más irritantes es la de las pelotitas que se transforman, en cuanto reciben un impacto, en algún peluche genocida que se os echará encima sin avisar y casi sin dejaros tiempo para reaccionar. O los monstruitos que permanecen inmóviles e inmunes a cualquier llamarada que les apliquemos y que, sin embargo, en cuanto nos acercamos mucho, parecen despertar y, también, se nos abalanzan. |
- Detalle número 2: ... y uno de los que dio más fama al juego cuando se comercializó, allende los comienzos de la década de 1990. Las cámaras de tortura. Todo un dechado de imaginación truculenta. Es más: son una verdadera demostración de violencia gratuita. Inaudita. Insólita. Más todavía en un juego tan lleno de monerías de colorines fosforito, como este, y mucho más aún, en un juego de C64, que, como todas las grandes máquinas de 8 bits de la época, no tenían acostumbrados a sus usuarios a presenciar desparrames de hemoglobina mucho más explícitos que los del Barbarian o el Death Wish 3. No, esto es algo totalmente diferente. La mala leche asombrosa de la que hacen gala esas "cámaras de tortura", en este Creatures, roza lo inquietante. Más desasosegador resulta aún el hecho de que, como cuando uno lee la crónica de las defunciones malabares galardonadas con algún Premio Darwin, es difícil no emitir al menos una risilla malévola. Veamos un caso concreto: la primera de las cámaras de tortura del juego, que, precisamente, es la que podéis ver en la captura de arriba.
La idea es la siguiente: esa especie de Barbapapá morado de la derecha de la pantalla, maneja algo parecido a una grúa que va desplegándose conforme menea arriba y abajo una palanca. Al término del dispositivo, uno de los hirsutos congéneres de Clyde Ratcliff va ascendiendo, tumbado, con cara de espanto (no es para menos), mientras clama, despavorido, por nuestra ayuda. Vale. Ahora, arriba del todo hay una guarrería rosácea con ojos, manos y patas que, en cuanto el alienígena peludo llegue a su altura, irá a buscar una motosierra y, bueno, os podéis imaginar la escabechina que organizará. Y si no os la podéis imaginar, fijaos en la captura, insisto, porque la animación consigue mezclar, de forma sorprendentemente inquietante, lo simpático con lo escatológico. Es de una violencia pasmosa, creedme, ver cómo la babosidad ovoide trincha con verdadera saña al desdichado extraterrestre orejudo, que, claro, se sacude y se menea, mientras su sangre brota y salpica alegremente en derredor.
Para evitar el escabeche, Clyde tiene que quitar del medio al engendro lila que maneja la maquinita elevadora, echando mano, para ello, de los objetos que hay en la pantalla y cuidándose de no meter la pata y perder una vida a manos, tentáculos, cilios, flagelos o seudópodos de alguno de los espantos que la habitan. Y he aquí la gracia de estas "cámaras de tortura"; ya os digo, uno tiene que encontrar la forma de salvar al peluche from-raticulín antes de que la porquería salpicona se consume. El único punto débil de una idea tan original como esta (y ya tiene mérito encontrarse con una idea original en un juego de Commodore 64 de principios de los 90) es que hay una sola forma de resolver cada "puzzle" y, claro, una vez que uno da con ella (y no es tan complicado, en realidad), ya sólo tiene que aprendérsela y repetirla mecánicamente. Aún así, estas cosas tan deliciosamente retorcidas están llenas de los suficientes detalles de calidad como para que uno no se canse de verlas. Por ejemplo (dado que utilizan una sola carga para ellas solitas y dejan, así, mucha memoria libre) cuentan con cantidades ingentes de animaciones verdaderamente sorprendentes. Y, por otro lado, no son muy frecuentes: aparecen cada dos niveles, y éstos son tan largos como para que batallar contra algún mecanismo diabólico para evitar que uno de nuestros congéneres termine convertido en ensalada de cuscús y tomatito confitado, sea todo un acontecimiento. Vamos, tanto es así, y tanto llamó la atención de los jugones de la época, que la, técnicamente espectacular segunda parte de este Creatures, consiste, exclusivamente, en "cámaras de tortura", verdaderamente ingeniosas y desafiantes.
¿Y qué hay de las ventajillas y similares que, en casi todos los juegos de
este tipo, uno puede encontrar? Bueno, pues en un título como el que nos ocupa,
que hace gala de una fauna que ríase usted de la exótica variedad de liendres
que prosperaban en las rastas de Bob Marley, no podía ser de otro modo: toman
la forma de monstruitos de aspecto gelatinoso, espinoso y blanducho en general.
Como una colección de pelotitas anti-stress de esas que uno estruja y estruja
con tanto afán y fruición, que acaba cabreándose en el proceso. Mumble, mumble.
*Tic nervioso en el ojo derecho*.
Esto... pues sí, que, si en otros juegos parecidos, el protagonista había de
esforzarse por coleccionar estrellitas, moneditas, frutitas y/o mariconaditas,
en este, Clyde tendrá que realizar las cabriolas más osadas con tal de conseguir
tres tipos diferentes de bichito reluciente que se mantiene quietecito en el
sitio.
Cuando terminemos un nivel, una bruja que está como un queso de buena lahijadesumadre,
nos ofrecerá canjearlos por un conjuro que mejore nuestra capacidad de disparo.
Veréis: en la parte inferior izquierda de la pantalla aparece un "selector"
de disparos. Cada uno tiene nombre y su icono, y sólo tenéis que empujar el
joystick a los lados para recorrerlos. A la derecha, podéis ver una ventana
en la que se nos muestra el coste del arma, en bichitos. Y no creáis que se
trata de una frivolité como cualquier otra: en ocasiones, elegir el tipo de
disparo más apropiado (en línea recta, describiendo una suave curva hacia arriba
o hacia abajo...), puede ser la diferencia entre vérselas y deseárselas para
superar un nivel, y atravesarlo sin demasiado esfuerzo. He aquí otra de las
cosas que dotan de mucha personalidad a este Creatures: las fases, además de
ser largas, vistosas y muy diferentes entre sí, están verdaderamente bien diseñadas.
Vaya, que no se nos obliga a seguir un camino más o menos recto y a enfrentarnos
a más o menos los mismos malosos empleando para ello más o menos las mismas
tácticas: al contrario, yo diría que, casi cada minuto, uno se tiene que enfrentar
a situaciones de lo más ingeniosas y estupendamente planteadas, que requieren
cierta táctica.
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Fantásticos. Muy coloristas y, aunque emplean el modo de 160x200 puntos (y, en consecuencia, muchos de los espantos blanduchos a los que nos enfrentaremos son verdaderamente cuadriculados -echadle una ojeada a la mucosidad violácea de la tercera captura-) están tan, tan bien diseñados, tanto fondos como personajes, que uno ni siquiera repara en que se vea, de cuando en cuando, algún pixel más saltón de lo deseable. |
Además, los fondos no son estáticos, y veréis cosas como el agua fluyendo o despeñándose en cascadas. Las cámaras de tortura, por cierto, están especialmente bien dibujadas y algunos de los personajes que las protagonizan hacen gala de una animación fantástica.
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Efectos y música están a la altura. Podéis jugar sólo con efectos o con éstos y, simultáneamente, una tonadilla de lo más apropiada, que varía cada dos fases (salvo en las cámaras de tortura, donde sólo podréis escuchar una música apremiante). |
No es que las músicas sean un prodigio como composición, pero, insisto, le van al ambiente del juego como anillo al dedo.
Además, el SID reproduce música y efectos (algunos de los cuales son tan adecuados como el rumor de las cascadas, que incluso aumenta o disminuye en intensidad, progresivamente, según nos acerquemos o alejemos de ellas), al mismo tiempo y sin que jamás se pisen los canales. Es como si sonaran cuatro o cinco voces.
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Creatures no es una especie de salta-y-corre commodorero técnicamente fantástico pero, a la larga, repetitivo, al estilo del It's Magic, como muchos de los que proliferaron en los 90. Es más lento, sí, pero colorista, terriblemente original, asombrosamente adictivo, formado por niveles muy largos, llenos de detalles de mucha personalidad que consiguen que no haya dos que se parezcan, ni remotamente; es más: es que cada nivel individual es verdaderamente variado en su desarrollo. |
Además, rezuma una saña pavorosa y sanguinaria que, ¡oye, tiene su cierto gracejo retorcido y todo!
| * Gráficos estupendos, coloristas, muy bien diseñados y estupendamente
animados. * Sonido y música de lo más apropiados y que, además, se reproducen simultáneamente y sin pisarse. * Asombrosamente adictivo. * Original, con detalles de muchísima personalidad (¿qué me decís de las cámaras de tortura y la pavorosa mala leche que destilan?). |
* Las cámaras de tortura son de lo más originales, pero sólo se resuelven de una única forma y, claro, en cuanto te la aprendes, la cosa pierde algo de chiste. |